Hasta una ardilla solitaria tiene un hogar - Capítulo 4

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Los hombres continuaron conversando como si Garam ni siquiera estuviera allí. Por lo que decían, Garam pudo deducir algunas cosas. Aquellas personas no eran cambiaformas y probablemente tampoco sabían que él lo era.

El hombre de actitud ruda por fin giró la cabeza y le habló a Garam.

—Oye, chico. ¿Tú eres Kang Garam?

—…Sí.

Garam asintió con dificultad.

—Escuché que los cambiaformas que vivían aquí eran cambiaformas de tigre o algo así. En fin, eso no importa. ¿Tú también eres uno de ellos?

El hombre miró a Garam de arriba abajo. Tal como esperaba, no sabían nada de él. Garam comprendió instintivamente que aquella era su oportunidad. Negó con la cabeza y, reprimiendo el temblor de su voz, respondió:

—No. No lo soy. Mi mamá no era cambiaformas, así que yo tampoco nací como uno.

—¿Ah, sí? Entonces será más fácil tratar contigo. Esos bastardos medio bestias a veces son un fastidio. Supongo que es porque viven todos juntos como animales.

El hombre se señaló la cabeza con un dedo mientras reía, y los otros hombres a su alrededor se unieron a sus carcajadas, ruidosos y exagerados, siguiéndole la corriente.

—En fin, mira esto. ¿Esta es tu firma?

Garam bajó la mirada hacia el documento que le habían puesto frente a la cara. El nombre escrito con su letra era, en efecto, el suyo, pero el contenido que aparecía encima le resultaba completamente desconocido. Estaba seguro de que había leído con cuidado el documento antes de firmarlo, y no había nada parecido a eso. Aun así, el nombre era innegablemente suyo. Garam asintió con pesadez.

—…Eso parece.

—¿Eso parece? O lo es o no lo es.

—Ese es mi nombre, pero yo nunca firmé algo como esto.

El hombre arqueó una ceja y volvió a preguntar:

—¿No lo firmaste?

—No, de verdad que no. Yo no necesito tanto dinero, así que por qué iba a…

El hombre lo interrumpió con un gesto de la mano y habló con tono irritado.

—Basta. Tienes una deuda de mil millones de wones a tu nombre. No sé cómo te gastaste todo eso teniendo una casa como esta, pero eso no es asunto mío. Yo solo necesito el dinero. Entonces, ¿cuándo vas a pagarlo?

—…De verdad no lo pedí prestado.

—Ese no es mi problema. El dinero fue emitido a tu nombre, ¿y qué? ¿Se esfumó en el aire? El plazo de pago ya venció, así que mientras antes pagues, mejor. Si no puedes hacerlo, vende esta casa y paga.

—Eso es…

Mientras Garam vacilaba, el hombre metió las manos en los bolsillos y lo observó durante un momento. Luego sonrió con malicia y se dirigió hacia un armario cercano a la entrada.

Dentro del armario estaban las delicadas tazas de té y los adornos que la abuela de Garam había atesorado. Sin la menor vacilación, el hombre volcó el gran armario.

¡Crash! ¡Clang!

Un estruendo resonó en la casa. Los ojos de Garam se abrieron al máximo. Su corazón latía con tanta fuerza que sintió que sus orejas y su cola podrían aparecer de golpe, pero apenas logró contenerlo. El hombre volvió la vista hacia Garam, actuando como si no hubiera pasado nada, con movimientos despreocupados.

—Cuando llega la hora de pagar, la gente siempre intenta escabullirse. En fin, hoy solo vinimos a comprobar si hay alguien que pueda pagar. Ahora ya sabes cuáles son tus opciones. La próxima vez ten listo el dinero, o al menos las escrituras de la casa, ¿entendido?

Dicho eso, el hombre se volvió hacia sus compañeros y dijo con indiferencia:

—Vámonos. Déjenle una tarjeta al chico.

Uno de los hombres le entregó una tarjeta a Garam. Temblando, Garam la tomó, y los hombres fueron saliendo de la casa uno tras otro. Sus huellas embarradas dejaron un rastro caótico tras ellos.

Aunque aquellos hombres solo habían permanecido en la casa durante un corto tiempo, se sintió como si una tormenta hubiera pasado por allí. Tanto la casa como el corazón de Garam quedaron hechos pedazos. Aturdido, Garam miró fijamente el armario volcado y los restos destrozados de las queridas tazas de té de su abuela, esparcidos por el suelo.

—…Ah.

Algo pesado pareció oprimir el pecho de Garam, dificultándole la respiración. Apenas unos instantes antes estaba disfrutando de un agradable día libre, pero ahora su ánimo se había hundido en la desesperación. Sentía el pecho tan apretado que quería gritar, pero ni siquiera tenía fuerzas para eso. Lentamente, Garam se dejó caer al suelo. Mientras permanecía allí sentado, las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.

—¿Mil millones de wones…?

Era una suma que superaba la imaginación de Garam. Jamás se habría atrevido a considerar pedir prestada una cantidad tan enorme, ni tenía ninguna necesidad inmediata de hacerlo. Solo había una persona capaz de haber hecho algo así.

—…Ja, jaja…

Una risa vacía escapó de los labios de Garam. Resentía a Ryu Beomju, quien había organizado todo aquello, pero todavía más resentía a su yo del pasado. Se odiaba por haber firmado aquellos documentos con manos temblorosas, sin saber qué podía pasar, preguntándose si quizá perdería la casa, simplemente por la presión de aquel abogado astuto.

Garam bajó la mirada hacia la tarjeta de presentación que sostenía en la mano.

[Mirae Capital]

Una risa impotente se le escapó. Cualquiera que acabara contactando con un lugar como ese probablemente ya habría renunciado hacía mucho tiempo a cualquier futuro. ¿Por qué alguien lo llamaría así? ¿A quién se le había ocurrido semejante nombre? Garam miró fijamente la tarjeta en su palma y luego cerró el puño. La rígida tarjeta se arrugó bajo su mano.

Sentado sin fuerzas, Garam se apoyó en la pared para levantarse. Las piernas aún le temblaban, pero no podía quedarse allí para siempre.

Quería enfrentarse a Ryu Beomju, pero ni siquiera sabía dónde estaba, mucho menos cómo contactarlo.

Al acercarse el primer aniversario de la muerte de su abuela, Garam había pasado mucho tiempo pensando si debía contactar a Ryu Beomju. Después de muchas dudas, marcó su número, pero lo único que escuchó fue un breve mensaje diciendo que el número ya no estaba en servicio. Todas sus preocupaciones habían sido en vano.

Así que ahora era imposible contactarlo o enfrentarlo. Además, Garam tampoco conocía los datos de contacto del abogado que lo había hecho firmar aquellos extraños documentos. Todo lo que Garam tenía eran la deuda de mil millones de wones, la tarjeta que los hombres habían dejado y la casa. Una tenue luz de resignación apareció en sus ojos.

Lentamente, se puso de pie. Apartó la mano de la pared y se mantuvo erguido sobre sus propios pies mientras miraba a su alrededor. En cada rincón de aquella casa había recuerdos con su abuela. Al final, su mirada se posó sobre el armario roto.

Lo observó en silencio durante un rato. Luego, como si hubiera tomado una decisión, apretó los dientes y alzó la barbilla.

Aquella casa era más valiosa que el dinero, estaba llena de recuerdos de su abuela. Los hombres le habían dicho que preparara dinero o las escrituras de la casa, pero Garam no podía entregar ninguna de las dos cosas.

—No puedo hacer eso.

Garam murmuró en voz baja. La resignación desapareció como si jamás hubiera existido.

Aunque no sabía dónde estaba Ryu Beomju ni cómo contactarlo, no podía simplemente quedarse de brazos cruzados y dejar que se saliera con la suya. Ryu Beomju siempre había menospreciado a Garam, llamándolo una ardilla inútil, pero quien había criado a Garam era una tigresa feroz. Y Garam había crecido hasta convertirse en una persona de corazón fuerte, tal como le habían enseñado.

—…Lo encontraré.

Garam no era tan ingenuo como para creer que encontrar a Ryu Beomju solucionaría todo. Los documentos claramente llevaban su nombre. Aunque algo seguía sintiéndose extraño, en apariencia, sin duda era la firma de Garam. Así que, incluso si lo encontraba, tal vez la situación en la que se encontraba no cambiaría. Pero no hacer nada no era una opción.

—Un tigre no puede tener éxito en la caza si se queda sentado sin moverse. Tiene que esforzarse al máximo incluso en las cosas más pequeñas.

Tal como su abuela le había dicho alguna vez, debía intentar todo lo que estuviera a su alcance. Las luces de la entrada estaban apagadas, dejándolo todo en penumbra. En medio de esa oscuridad, los ojos de Garam brillaron con determinación.

—

En cuanto Garam decidió actuar, lo primero que hizo fue sacar su maleta y empezar a empacar. No podía llevarse todo, pero reunió rápidamente los documentos importantes y la ropa que necesitaba.

Después de comprobar que no había olvidado nada, Garam tomó de inmediato su teléfono y buscó un contacto. Entre los muchos números guardados, había una persona que le vino primero a la mente. Alguien confiable. Presionó el botón de llamada y, tras un breve tono, la otra persona contestó. Antes de que pudiera decir nada, Garam abrió la boca primero.

—Minjae, ¿puedes hablar ahora?

—¿Garam hyung? ¿Qué pasa a estas horas?

Minjae era un alumno menor de la universidad de Garam, un cambiaformas de gato adorado por todos gracias a su personalidad amable. Sin embargo, Minjae no se llevaba bien con cualquiera que se le acercara. Parecía tener estándares bastante exigentes, y Garam era el sunbae al que más seguía.

Solo después de escuchar la voz de Minjae, Garam miró la pantalla de su teléfono. Ya eran casi las diez de la noche.

—Ah, perdón. ¿Estabas durmiendo?

—La verdad, no… ¿Qué sucede?

—Necesito un favor. ¿Podrías guardar algo por mí? Tengo una situación urgente ahora mismo… pero no sé cuándo podré pasar.

Al escuchar que Garam hablaba más rápido de lo habitual, Minjae guardó silencio por un momento. En ese breve silencio, la ansiedad comenzó a devorar a Garam. Por suerte, no duró mucho.

—No sé de qué se trata, pero si no es algo demasiado complicado, puedo ir ahora mismo. Te enviaré mi dirección por mensaje.

—Ah, gracias.

Poco después de que la llamada terminó, Garam recibió un mensaje de texto. Tras confirmar la dirección, tomó su maleta y se dirigió hacia la entrada.

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