Hasta una ardilla solitaria tiene un hogar - Capítulo 136

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—¿…Hola?

Al no recibir respuesta, Garam alzó la voz, confundido. Solo entonces Sa Muheon consiguió abrir la boca.

—Sí, cariño.

—Ah, como no decías nada, pensé que te había pasado algo…

Con un suspiro juguetón de alivio, Garam soltó una risita. Pero Sa Muheon fue incapaz de reír con él.

Tal como él había estado preocupado por Garam, aquel incidente del pasado seguía muy presente en la mente de Garam y también lo llenaba de ansiedad.

—…No. No es eso. Quizá por un momento no se escuchó el sonido.

—Entiendo… Entonces, ¿por qué llamaste? ¿Vas a volver temprano a casa?

Había llamado solo para asegurarse de que Garam estaba bien, pero no podía decirlo de repente. Por suerte, Garam había preguntado primero, dándole la oportunidad de inventar una excusa.

—Sí. Surgió un pequeño inconveniente con mi agenda de la tarde, así que pensé en regresar antes. Si todavía sigues afuera, podríamos volver a casa juntos.

Originalmente tenía toda la tarde libre, pero aunque no hubiera sido así, sabía que no habría podido concentrarse en nada.

—Pero tardarías bastante en llegar hasta aquí. ¿Qué te parece si mejor nos vemos en casa?

—No importa. ¿Sigues en la tienda departamental?

Al notar el ruido de fondo que llegaba por el teléfono, preguntó, y Garam lo confirmó.

—Sí, aquí sigo. Pero ya compré prácticamente todo lo que venía a buscar… Solo voy a mirar un poco más.

—Está bien. Haz eso. El jefe de equipo Jang está contigo, ¿verdad?

—Sí, está justo a mi lado.

—Perfecto. Llegaré enseguida.

Solo después de confirmar que Jang Seokgyu permanecía al lado de Garam, Sa Muheon sintió que parte de su inquietud desaparecía. Colgó de inmediato y se puso de pie. Tenía la sensación de que aquella ansiedad no se calmaría hasta verlo con sus propios ojos.

—Guau…

Desde el instante en que la villa apareció ante sus ojos, Garam no había dejado de exclamar maravillado. Incluso después de que el automóvil se detuviera, seguía sin poder bajar, limitándose a soltar otro largo:

—Guau…

—Ya basta de admirarla desde aquí. Entremos.

—¡Sí!

Volviendo en sí al escuchar a Sa Muheon, Garam se desabrochó rápidamente el cinturón y salió del automóvil.

Cada uno de sus movimientos rebosaba entusiasmo. Más que una ardilla, parecía un cachorro emocionado al ver la primera nieve de su vida.

Sa Muheon sabía que a Garam no le gustaba que lo trataran como a un niño, pero aun así… verlo de esa manera hacía evidente lo joven que realmente era.

Cuando Sa Muheon descendió del automóvil con una sonrisa, Garam, que ya había corrido hasta la entrada, le gritó con impaciencia.

—¿Cómo se abre la puerta?

—Debería estar sin llave.

Al verlo señalar la entrada con la cabeza, Garam corrió hasta allí y probó el picaporte.

—Guau…

Tal como había dicho Sa Muheon, la puerta de la villa estaba abierta. Como hipnotizado, Garam entró.

El cálido y acogedor interior era exactamente la imagen que cualquiera imaginaría al escuchar la palabra «villa».

Había visto fotografías antes, pero verla en persona era todavía más hermosa y acogedora de lo que cualquier imagen podía transmitir.

Mientras Garam recorría la casa explorando cada rincón, Sa Muheon comenzó a ordenar el equipaje que habían llevado y luego lo llamó.

—Cariño, ¿dónde estás?

—¡Aquí!

Garam respondió a gritos y salió apresuradamente de una habitación. Sa Muheon estaba en la cocina revisando los ingredientes que habían dejado preparados con antelación.

—¿Hay algo que quieras cenar?

—Mmm… La verdad es que siento que cualquier cosa sabría deliciosa aquí.

—Entonces, ¿te da igual lo que prepare?

—Sí.

Garam asintió sonriendo. Sa Muheon soltó una leve risa y comenzó a acomodar los ingredientes.

Quizá gracias a los preparativos previos de su madre, la villa estaba perfectamente abastecida. Y pensar que pasarían allí el fin de semana, ellos dos solos… no podía imaginar algo más perfecto.

—¿Quieres salir un rato más tarde?

—¿De verdad estás bien con eso?

Garam lo miró con preocupación. Sabía que a Sa Muheon no le gustaban el frío ni los lugares nevados, así que estaba preocupado por él.

Incluso cuando Sa Muheon propuso aquel pequeño viaje, Garam había pensado que quizá estaba obligándose a hacer algo que no le agradaba solo por él.

Pero Sa Muheon estaba convencido de que incluso algo que detestara podía llegar a gustarle si era algo que hacía feliz a Garam. Este viaje no era la excepción.

Cuando era un niño que no entendía nada, había visitado aquella villa varias veces de la mano de su madre. Sin embargo, desde que creció, no había regresado ni una sola vez.

Ahora, viendo a Garam sonreír tan radiante, sentía que no le importaría quedarse atrapado en aquella villa para siempre.

—Estoy bien. Quiero que hagamos todo lo que tú quieras.

—Pero aun así…

—De verdad estoy bien. No me gusta el frío, pero eso no significa que lo odie.

Para ser sinceros, estaba mucho más cerca de odiarlo, pero Sa Muheon mintió con total naturalidad, sin siquiera pestañear. Por suerte, Garam le creyó fácilmente y asintió.

—Entonces… ¿salimos solo un ratito?

—Podemos estar afuera todo el tiempo que quieras. ¿No dijiste que querías hacer un muñeco de nieve?

—Eso puede esperar hasta mañana. Hoy solo quiero salir un poco.

Sa Muheon intentó tentarlo con una propuesta irresistible, pero Garam no cayó tan fácilmente. Y rechazar la consideración de Garam tampoco era sencillo, así que al final Sa Muheon levantó las manos en señal de rendición.

—Está bien. Déjame terminar aquí y salimos. Mientras tanto, sigue recorriendo la casa.

—¡Está bien!

Como si hubiera estado esperando precisamente esas palabras, Garam sonrió de oreja a oreja. Cuando estaba a punto de salir de la cocina, se dio la vuelta, besó a Sa Muheon en la mejilla y se marchó riéndose.

Incluso viendo únicamente su espalda, era evidente lo feliz que estaba Garam. Sin darse cuenta, una risa escapó de los labios de Sa Muheon.

Los últimos días habían estado llenos de tensión, y aquel era un raro momento de tranquilidad.

Solo después de asegurarse de que Garam se había alejado por completo, Sa Muheon sacó el teléfono que llevaba en el bolsillo. El primer mensaje que apareció era del jefe Han.

[Desde anoche reforzamos la seguridad en la zona. Hasta ahora no se ha encontrado nada sospechoso.]

Aunque era un mensaje breve, bastó para aliviar parte de su ansiedad.

Desde que recibieron el informe de que Ryu Beomju había reaparecido, habían registrado a fondo la zona donde se le vio por última vez, pero no encontraron ningún rastro.

Como si quisiera presumir de sus habilidades, Ryu había desaparecido por completo sin dejar la menor pista.

Era natural que la inquietud de Sa Muheon aumentara. Si solo tuviera que enfrentarse a Ryu por su cuenta, no sería un gran problema, pero ahora había alguien a quien debía proteger.

Además, Ryu Beomju ya había burlado una vez la vigilancia de Jang Seokgyu y había amenazado directamente a Garam, por lo que era lógico que Sa Muheon estuviera mucho más alerta.

Todavía no le había dicho nada a Garam. Aunque Ryu Beomju había aparecido cerca, nadie sabía cuándo volvería a desaparecer. Por eso, Sa Muheon pensó que no tenía sentido infundirle un miedo innecesario.

Además, siempre que Garam salía estaba acompañado por personal de seguridad, y pasaba la mayor parte del tiempo en casa, por lo que las probabilidades de que se encontrara en una situación peligrosa eran muy bajas.

Si capturar a Ryu Beomju seguía retrasándose, entonces pensó que todavía habría tiempo para explicarle la situación a Garam.

Después de enviarle un mensaje al jefe Han para que reforzara aún más la seguridad en los alrededores, guardó el teléfono en el bolsillo. En ese momento escuchó que Garam regresaba.

—¡Está nevando otra vez!

Los ojos de Garam estaban muy abiertos, divididos entre la emoción y la preocupación por Sa Muheon. Este soltó una pequeña risa y le acarició la cabeza.

—Eso es una gran noticia, pequeño. Así podrás hacer muchísimos muñecos de nieve.

—Eso no es lo importante… ¿De verdad crees que soy un niño?

Incluso aquella pequeña protesta resultaba adorable. A esas alturas, todo en Garam le parecía encantador, y ya ni siquiera sentía que eso fuera un problema. Al contrario, le parecía algo maravilloso.

—Tienes razón. No eres un niño.

Mientras decía eso, Sa Muheon besó los labios ligeramente fruncidos de Garam. Vio cómo sus ojos se abrían de par en par por la sorpresa.

—Con un niño no podría hacer esto.

—Ay, en serio…

Los ojos abiertos de Garam se curvaron formando una sonrisa. Entonces, justo cuando Sa Muheon se apartaba, Garam rodeó su cuello con los brazos y dejó un beso profundo sobre sus labios.

Sa Muheon había pensado contenerse ese día, ya que Garam parecía tan feliz, pero ahora que era Garam quien había dado el primer paso, no tenía ningún motivo para rechazarlo.

Rodeándole la cintura con los brazos, Sa Muheon lo besó con intensidad, como si quisiera devorar sus labios.

—Haa…

Sa Muheon dejó escapar un largo suspiro.

Su relación con Garam siempre le brindaba nuevas formas de felicidad, pero aquel día todo se sentía especialmente distinto.

Una de las paredes del dormitorio era un enorme ventanal de piso a techo, y más allá de la pequeña terraza conectada a él, el mundo entero estaba cubierto de blanco.

Incluso el pequeño lago, congelado desde hacía mucho tiempo, estaba ahora oculto bajo una suave capa de nieve, haciendo que todo el paisaje pareciera completamente blanco.

Solo contemplarlo bastaba para sentir que el cuerpo entero podía congelarse por el frío.

Y, sin embargo, la habitación donde ellos estaban se encontraba llena del intenso calor que ambos desprendían.

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