Hasta una ardilla solitaria tiene un hogar - Capítulo 137
Sa Muheon volvió la cabeza para mirar a Garam, que jadeaba tratando de recuperar el aliento. Sus ojos, enturbiados y aturdidos por el placer, permanecían perdidos en el vacío.
—Kang Garam.
Al escuchar su nombre, la mirada de Garam se dirigió de inmediato hacia él. Satisfecho, Sa Muheon sonrió y extendió una mano.
Garam no esquivó la mano que se acercaba. Al contrario, apoyó la mejilla con total naturalidad sobre la palma de Sa Muheon. Verlo entregarse a él de esa manera hizo que un nuevo calor ascendiera por la mente de Sa Muheon.
Después de haber alcanzado el clímax una vez durante el apresurado encuentro que habían tenido al principio, todo el cuerpo de Garam desprendía una agradable calidez.
Sa Muheon aún no había llegado al clímax, pero tan solo contemplar el aspecto deshecho y lánguido de Garam le hacía pensar que podría sentirse satisfecho con solo observar aquella escena.
Por supuesto, aquello no pasó de ser un pensamiento.
Cuando la respiración de Garam fue estabilizándose poco a poco, Sa Muheon comenzó a mover lentamente las caderas. Al mismo tiempo, los gemidos de Garam volvieron a escapar.
—Nngh…
Era un sonido a medio camino entre un gemido de dolor y un quejido cargado de deseo. Mientras movía las caderas con mucha más calma de lo habitual, Sa Muheon se quedó pensando en ese sonido.
El calor que lo había invadido de forma tan repentina hacía rato que se había disipado. Hasta entonces, Sa Muheon siempre había creído que no era una persona especialmente dominada por la lujuria, pero últimamente había tenido que admitir que aquello había sido un enorme error de juicio.
Incluso en la vida cotidiana, bastaba con mirar a Garam para que el deseo despertara de repente. Era una sensación parecida al hambre y, al principio, incluso llegó a preguntarse si se debía a que él era una serpiente y Garam una ardilla; quizá, en un sentido literal, quería devorarlo.
Por suerte, lo que sentía no era más que un deseo terrenal y profundamente posesivo dirigido únicamente hacia Garam.
—Ah… ¡Hh… ugh…!
—Haa…
Cuando de pronto se hundió por completo en él, el gemido de Garam se volvió más agudo. Al mismo tiempo, la intensa presión que lo envolvió hizo que Sa Muheon dejara escapar un largo suspiro.
Como su temperatura corporal era ligeramente más baja que la de la mayoría de las personas, cada vez que recibía el calor de Garam sentía un impulso difícil de contener.
Aquel pequeño calor que Garam le transmitía parecía prender fuego a su deseo.
Y ahora no era diferente. El calor que intercambiaban con cada roce iba desdibujando cada vez más su racionalidad.
Sin embargo, ese día no quería precipitarse. Tal vez porque había pasado las últimas semanas en constante tensión, se encontraba más sensible de lo habitual.
Aun así, estar allí, rodeado por un paisaje completamente cubierto de nieve, le proporcionaba una tranquilidad que hacía mucho tiempo no sentía.
Sa Muheon sacudió ligeramente la cabeza y volvió a mover lentamente las caderas. Garam, que no parecía desagradarle aquel ritmo inusualmente pausado, se removió y extendió los brazos hacia él.
—Haa…
Sa Muheon sonrió y se inclinó hacia adelante.
Con ese movimiento, penetró un poco más profundamente. Aunque Garam dejó escapar un gemido por la intensa sensación de plenitud, aun así atrajo a Sa Muheon hacia él y lo besó.
—Hh…
Cada vez que sus labios se separaban, Garam se aferraba a su cuello como si estuviera suplicando otro beso. A Sa Muheon le resultaba adorable verlo aferrarse de esa manera, así que respondía una y otra vez ofreciéndole sus labios.
Aunque jamás podría decir con sinceridad que le gustaba aquel lugar, por un instante sintió que quizá, a partir de ese día, podría llegar a apreciar aquella villa.
—¡Ah…! Hh… e-espera… ¡Ahh…!
—Hoo… no te contengas, ¿sí?
A medida que el movimiento de sus caderas fue acelerándose, los gemidos de Garam se hicieron más intensos.
Cuando sintió que otro clímax se acercaba, Garam le pidió que se detuviera un momento, pero Sa Muheon sabía que aquella súplica nacía únicamente del exceso de placer.
Llevó una mano hasta la entrepierna de Garam y comenzó a acariciarlo con suavidad.
—Ah… hhiik… ugh…!
Bajo su mano, el miembro de Garam se estremecía como si fuera a liberarse en cualquier instante.
Aprovechando el momento justo, Sa Muheon mordisqueó suavemente el borde de su oreja.
Todo el cuerpo de Garam se tensó al llegar al clímax.
—Hh…
La palma de Sa Muheon quedó enseguida empapada, pero no sintió el menor desagrado. Siguió acariciándolo con delicadeza hasta que Garam terminó por completo y, solo entonces, él también alcanzó el clímax.
—Haa…
Aunque aquel encuentro había transcurrido con mucha más calma de lo habitual, por alguna razón eso había intensificado aún más su excitación.
Quizá al sentirlo terminar, Garam perdió toda la fuerza del cuerpo y quedó completamente relajado.
—¿Estás bien?
—Sí… Solo déjame quedarme acostado un rato.
—De acuerdo.
Las mejillas de Garam seguían teñidas de un intenso rubor por el calor residual.
Sa Muheon lo abrazó por la espalda mientras ambos permanecían tendidos mirando por la enorme ventana.
Contemplando el mundo cubierto de nieve, una extraña sensación se apoderó de él.
Como si solo ellos dos siguieran existiendo en el mundo.
Acurrucado tranquilamente entre sus brazos, Garam comenzó a moverse un poco. Se giró para quedar frente a Sa Muheon, soltó una risita y rodeó su cintura con los brazos.
Permanecieron así, sintiendo los latidos del corazón del otro, hasta que Sa Muheon vio cómo los párpados de Garam empezaban a caer lentamente por el sueño.
—¿Tienes sueño? ¿Quieres que durmamos un rato?
Temiendo que su voz pudiera espantar el sueño de Garam, preguntó casi en un susurro.
Garam soltó una risita, pero negó con la cabeza.
—Aun así… deberíamos salir.
Sin embargo, sus palabras carecían de toda convicción. Con aquella voz lenta y adormilada, no parecía alguien con verdaderas ganas de salir.
Sa Muheon reprimió una sonrisa y comenzó a convencerlo con suavidad.
—¿No habíamos dicho que mañana haríamos un muñeco de nieve?
—Mmh…
—La nieve no va a desaparecer este año. Podemos volver el año que viene. O, si quieres, podemos quedarnos un día más.
A medida que seguía hablándole, los párpados de Garam se volvían cada vez más pesados.
Respondía con pequeños murmullos, intentando mantenerse despierto, pero mientras Sa Muheon le acariciaba lentamente la espalda, terminó rindiéndose al sueño.
—¿Ya te dormiste?
Incluso después de ver sus ojos completamente cerrados, Sa Muheon formuló la pregunta en un susurro, por si acaso.
Por suerte, Garam parecía haberse quedado profundamente dormido, pues no obtuvo respuesta.
Chup.
Sa Muheon contempló en silencio el rostro dormido de Garam, le dio un pequeño beso en la punta de la nariz y luego se levantó con sumo cuidado.
Sabía perfectamente que, una vez dormido, Garam no se despertaba con facilidad. Y ahora, agotado por el cansancio, sería aún más difícil despertarlo.
Aun así, no quería perturbar ni un poco el dulce sueño en el que Garam había caído.
Salió silenciosamente del dormitorio y se dirigió a la cocina.
Al revisar el teléfono que había dejado sobre la mesa del comedor, encontró un mensaje del jefe Han.
Como siempre, informaba que no había nada sospechoso en los alrededores.
—…Haa.
Solo entonces Sa Muheon pudo relajarse de verdad.
Habían inspeccionado la zona dos veces y, por fin, estaba seguro de haber llevado a Garam a un lugar completamente seguro.
Pero eso no significaba que pudiera bajar la guardia.
Después de responder indicando que permanecieran alerta hasta el final, regresó por fin al dormitorio donde dormía su pequeña ardilla.
—¡Ah, la encontré!
Garam, que llevaba un buen rato mirando de un lado a otro como si buscara algo, gritó emocionado.
Cuando Sa Muheon se volvió, lo vio agitando orgullosamente una larga rama.
Con entusiasmo, Garam corrió hasta el enorme muñeco de nieve que habían construido entre los dos y clavó la rama en su cuerpo.
Y así, el muñeco de nieve, que llegaba aproximadamente hasta el pecho de Garam, quedó finalmente terminado.
Garam aplaudió al contemplar la obra terminada.
Su expresión rebosaba felicidad, y al verlo así, el corazón de Sa Muheon también se llenó de satisfacción.
—¿Te gusta?
—¡Sí! Hacía muchísimo tiempo que no hacía uno así. Me encanta. Muchas gracias.
Garam respondió con una sonrisa radiante.
Tenía las mejillas completamente rojas por haber permanecido tanto tiempo afuera, pero reía como si ni siquiera sintiera el frío.
Ver lo sinceramente feliz que estaba hizo que Sa Muheon enderezara inconscientemente los hombros, orgulloso.
—Me alegra que te guste.
—Sí, de verdad me encanta. No esperaba que fuera a quedar tan grande… Pero ¿no tienes frío después de haber estado tanto tiempo haciéndolo?
Mientras hablaba, Garam se acercó a Sa Muheon.
Antes de que este pudiera responder, Garam se quitó los guantes y tomó sus manos.
En cuanto las tocó, soltó un jadeo de sorpresa.
Aunque la temperatura corporal de Sa Muheon siempre era baja, ahora sus manos estaban completamente heladas.
Incluso llevando guantes, era normal que terminaran así después de pasar horas formando bolas de nieve.
Sin saber qué hacer, Garam tiró de la mano de Sa Muheon.
—V-vamos adentro, rápido.
La sonrisa de hacía unos instantes había desaparecido por completo.
Ahora Garam parecía a punto de echarse a llorar.
—Estoy bien. La verdad es que no sentí tanto frío.
Sería mentira decir que no había tenido frío.
Pero la verdad era que, si eso significaba ver a Garam sonreír de aquella manera, Sa Muheon estaba dispuesto a soportar mucho más.
Así que, con el rostro sereno, mintió.
—Lo siento… No quería que estuviéramos tanto tiempo afuera…
Pero Garam parecía no haber escuchado una sola palabra.
Simplemente tiró de él y caminó apresuradamente hacia la villa.
No fue hasta que estuvieron dentro y Sa Muheon pasó un buen rato calentándose las manos frente a la chimenea que la sonrisa finalmente regresó al rostro de Garam.