Hasta una ardilla solitaria tiene un hogar - Capítulo 134
—¿Como tu papá?
Era una respuesta que Sa Muheon no esperaba en absoluto.
Además, llevaba todo el día pensando en el padre fallecido de Garam, así que por un instante incluso sintió que Garam le había leído la mente.
Al notar que su voz había sonado un poco más alta de lo normal, Garam lo miró con expresión extrañada, como preguntándose por qué reaccionaba así.
Dándose cuenta de que podía despertar sospechas, Sa Muheon esbozó una sonrisa y lo animó a continuar.
—¿Y eso qué tiene que ver con que estudies tanto?
—Era muy pequeño, así que no recuerdo muchas cosas. Pero mi abuela me contó que mi papá también estudió Química y trabajaba como investigador.
Garam soltó una pequeña risa, como si recordara una escena de su infancia, y continuó.
—Sí recuerdo una cosa. Cuando era niño, a mi papá le encantaba explicarme muchas cosas. Pero a veces hablaba de temas demasiado difíciles para mí… y entonces mi mamá lo regañaba mientras lo escuchaba.
Sonrió con felicidad mientras evocaba aquel recuerdo.
Pero la mente de Sa Muheon se enredó todavía más.
Como si los recuerdos fueran apareciendo conforme hablaba, Garam continuó.
—Cuando entré a la preparatoria, todos empezaron a preocuparse por la universidad. Yo también… pero al principio estaba preocupado porque no había nada que realmente quisiera hacer.
—¿De verdad? Eso sí me sorprende.
—Fue entonces cuando mi abuela me habló de mi papá. Aunque solo era un recuerdo de cuando era pequeño… quizá porque recordaba lo mucho que le gustaba su trabajo, de repente quise estudiar lo mismo que él. Me dio curiosidad saber qué era aquello que tanto le apasionaba.
Para algunas personas, elegir una carrera por ese motivo podría parecer absurdo.
Pero a Sa Muheon le pareció una decisión muy propia de Garam.
—¿Y qué pasó cuando empezaste a estudiarlo de verdad?
—Mmm… Me gusta. Creo que estudiar se me da mejor de lo que imaginaba; es divertido. Quizá me parezco a mi papá… A veces pienso eso…
La última frase salió casi como un murmullo.
Como si él mismo se hubiera sorprendido por lo que acababa de decir, soltó una risa incómoda y cambió rápidamente de tema.
—Bueno… al principio elegí la carrera por eso, pero una vez que empecé me gustó mucho. Quise hacerlo cada vez mejor y terminé esforzándome más. No es una razón muy especial, ¿verdad?
Mientras observaba a Garam sonreír de esa manera, Sa Muheon encontró por fin la respuesta a la pregunta que lo había atormentado durante todo el día.
—…A mí me parece una razón muy especial. Y al final encontraste algo que realmente disfrutas. ¿No es eso lo único que importa?
—Sí… supongo que tienes razón.
Garam asintió con una suave sonrisa, como si acabara de reflexionar sobre ello.
Sa Muheon acarició lentamente su cabello.
Los sedosos mechones se deslizaban entre sus dedos.
Al contemplar el rostro de Garam vuelto hacia él, recordó al pequeño niño que había visto en la fotografía.
En aquel entonces su cabello era de un tono castaño más claro que ahora.
Las puntas ligeramente rizadas le daban esa ternura tan propia de los niños pequeños.
Aunque, para Sa Muheon…
El Garam que tenía delante siempre sería el más adorable.
Se inclinó y le dio un beso.
Garam no lo rechazó ni se avergonzó.
Al contrario.
En cuanto Sa Muheon se apartó, Garam volvió a acercarse para devolverle un breve beso.
—Si lo que realmente quieres es seguir estudiando, entonces no te preocupes por buscar trabajo. Solo dedícate a hacer lo que quieres.
Al escuchar aquello, los ojos de Garam se abrieron de par en par.
—Pero… ¿cómo podría…?
Mientras negaba con la cabeza, resultaba evidente que vacilaba.
Era obvio que, en el fondo, realmente deseaba seguir estudiando.
Sa Muheon sonrió y le acarició la cabeza.
—¿Por qué no? Cuando nos casemos, todo mi dinero será también tuyo. Solo vive haciendo lo que te haga feliz. Puedo permitírmelo sin problemas.
Aquellas palabras dejaron a Garam completamente desconcertado.
Abrió la boca varias veces, incapaz de responder.
—Piénsalo con calma, ¿de acuerdo?
—…Está bien.
Satisfecho con aquella obediente respuesta, Sa Muheon volvió a besarlo suavemente y se puso de pie.
Después tomó de la mano a un Garam que seguía mirándolo distraídamente y lo condujo hacia el dormitorio.
Mientras caminaba detrás de él, Garam comenzó a tararear una melodía alegre.
Era evidente que estaba de muy buen humor.
Al escucharlo, Sa Muheon sonrió sin siquiera darse cuenta.
Deseaba que la persona que amaba…
La persona que algún día sería oficialmente su familia…
Fuera feliz para siempre.
Y precisamente por eso decidió no contarle la verdad.
Sabía que, si Garam llegaba a descubrirla, lograría superarlo.
Sin duda sufriría y pasaría por un período muy doloroso.
Pero al final conseguiría levantarse y seguir adelante.
Aun así…
Sa Muheon no quería obligarlo a atravesar un dolor que podía evitar.
No era porque no confiara en Garam.
Simplemente…
No quería verlo sufrir innecesariamente.
—Guau…
Garam permanecía pegado al enorme ventanal de la sala contemplando el jardín.
Sa Muheon, sentado en el sofá, disfrutaba observándolo.
Como tenía la temperatura corporal naturalmente baja, odiaba profundamente el invierno.
Con el frío, el cuerpo se le volvía pesado y perezoso.
Quizá por su naturaleza de cambiaformas serpiente, el invierno también hacía que durmiera mucho más de lo habitual.
Y la nieve le desagradaba todavía más.
En cambio, Garam estaba completamente fascinado con la intensa nevada.
No dejaba de maravillarse mientras contemplaba el jardín cubierto de blanco.
—Antes de que mi abuela falleciera, cada vez que nevaba así hacíamos muñecos de nieve juntos.
—Mmm…
Al escuchar aquella respuesta tan poco entusiasta, Garam volvió la cabeza hacia él.
—¿No te gusta mucho la nieve?
—No especialmente. Mi madre solía decir: «¿Cómo puede alguien que nació en un día de nieve odiarla tanto?».
—¿Cuándo es tu cumpleaños?
Ahora que lo pensaba, nunca se lo había dicho.
En cambio, él conocía perfectamente la fecha de cumpleaños de Garam.
Incluso la hora exacta en la que había nacido.
—En febrero.
—¿Eh? ¡Pero ya casi es febrero!
—Sí, ya falta poco… Es dentro de dos viernes.
—¿Qué…?
Después de comprobar el calendario y decirle la fecha exacta, Garam lo miró completamente conmocionado.
—…Nunca lo mencioné porque normalmente no celebro mi cumpleaños.
Al escuchar aquella explicación, casi como una excusa, Garam se acercó inmediatamente hasta sentarse a su lado.
Y comenzó a bombardearlo con preguntas.
—¿Hay algo que quieras de regalo?
—No especialmente.
—Entonces… ¿hay algo que hayas querido últimamente?
—A ti.
—…¿Eh?
Ante aquella respuesta inmediata, Garam abrió mucho los ojos y luego estalló en carcajadas.
Parecía convencido de que Sa Muheon acababa de hacer un chiste muy divertido.
Por supuesto…
Él solo había dicho exactamente lo que sentía.
Pero tampoco vio necesario corregir aquel malentendido.
—¿Nada aparte de mí?
—Nada en particular.
Y también era cierto.
Sa Muheon nunca había sentido demasiado apego por las cosas materiales.
No coleccionaba objetos innecesarios ni solía desear nada.
Antes de que Garam llegara a vivir con él, sí compraba todo tipo de accesorios para que los hámsteres que criaba estuvieran más cómodos.
Pero desde que Garam apareció en su vida…
Había dejado de hacerlo.
Últimamente, lo único que realmente disfrutaba era comprar ropa que pensaba que le quedaría bien a Garam o darle comida que creyera que le gustaría.
—…¿De verdad no quieres nada?
—Mmm…
Sin embargo, al ver la expresión tan sincera de Garam mientras insistía, Sa Muheon empezó a pensar rápidamente.
Aunque realmente no deseara nada…
Si seguía diciendo eso, era cuestión de tiempo que Garam terminara mirándolo con reproche.
Mientras reflexionaba, una sonrisa apareció lentamente en sus labios.
Después de todo…
¿Quién había dicho que un regalo tenía que ser necesariamente un objeto?
—Acabo de pensar en algo que sí me gustaría.
—¿Qué es?
Los ojos de Garam brillaron de inmediato.
Solo verlo así ya le parecía adorable.
Incapaz de contener el cariño que sentía, Sa Muheon le dio un beso en la mejilla.
Garam soltó una risita y, mientras llenaba de pequeños besos las mejillas de Sa Muheon, volvió a insistir.
—¿Mmm? ¿Qué es?
—Quiero que hagamos un viaje juntos.
—¿Ese es el regalo que quieres?
Garam inclinó la cabeza, confundido.
—Me estarás regalando tu tiempo, ¿no? Estás muy ocupado estudiando y aun así apartarás un tiempo tan valioso para estar conmigo. Claro que debería agradecerlo.
—Aun así… no estoy seguro de que eso pueda considerarse un regalo…
—De verdad no quiero nada más.
Garam sentía que, sin darse cuenta, Sa Muheon estaba llevándolo exactamente a donde quería.
Pero, cuando vio que este no pensaba ceder, terminó levantando una mano en señal de rendición.
—Está bien. Entonces… ¿cuándo iremos de viaje?
Al escuchar por fin la respuesta que esperaba, Sa Muheon sonrió satisfecho.
Aquella sonrisa…
Como si desde el principio hubiera sabido que todo acabaría exactamente así…
Resultaba un poco irritante.
Y cuando dijo la fecha que tenía en mente, los ojos de Garam volvieron a abrirse de par en par.
Poco después, la casa volvió a llenarse del sonido de su alegre risa.