Hasta una ardilla solitaria tiene un hogar - Capítulo 132
Sa Muheon se bajó de la cama, cubrió con una manta a Garam, que permanecía acostado boca abajo, y se dirigió al baño.
Garam permaneció inmóvil, intentando recuperar el aliento.
Todo su cuerpo se sentía pesado y sin fuerzas.
Parpadeó distraídamente, con la sensación de que ni siquiera quería mover un dedo.
Antes de darse cuenta, Sa Muheon salió del baño, se acercó y se sentó a su lado en la cama.
—¿Estás muy cansado?
La mano que apartó con delicadeza el cabello que caía sobre la frente de Garam era increíblemente suave.
Al escuchar aquella voz llena de cariño, Garam simplemente levantó la vista hacia él y parpadeó en silencio.
Sa Muheon rompió a reír.
—Debes de estar tan cansado que ni siquiera tienes ganas de hablar.
Y tenía razón.
Garam estaba tan agotado que hasta responder le parecía una molestia.
Asintió apenas con la cabeza.
Entonces Sa Muheon lo levantó en brazos sin quitarle la manta.
—¡Ah…!
Aunque Garam era más pequeño que él, seguía siendo un hombre adulto.
Era imposible acostumbrarse a que lo alzaran con tanta facilidad.
Al menos, después de que Sa Muheon lo hubiera cargado varias veces durante los últimos días, ya no le resultaba tan extraño.
Aun así, seguía sintiéndose algo incómodo… y un poco inseguro.
Rápidamente rodeó el cuello de Sa Muheon con ambos brazos.
Sa Muheon soltó una risa satisfecha y lo llevó hasta el baño.
Solo cuando llegaron lo dejó cuidadosamente en el suelo y retiró la manta que lo envolvía.
Después, sin darle siquiera tiempo para sentir el frío, lo ayudó a entrar directamente en la bañera llena de agua caliente.
Chap.
—Hoo…
Al hundirse en el agua a la temperatura perfecta, sintió que toda la tensión acumulada en los músculos desaparecía poco a poco.
Apoyándose hacia atrás contra Sa Muheon, dejó escapar todo el peso de su cuerpo.
Sa Muheon rodeó suavemente su cintura y lo atrajo un poco más hacia él.
—¿Está demasiado caliente?
—No… Está perfecta.
—Ya veo.
Quizá para Sa Muheon el agua resultara un poco caliente.
Pero no parecía importarle mientras Garam estuviera cómodo.
Tras aquella breve respuesta, apoyó la cabeza sobre el hombro de Garam.
—Ugh… Me haces cosquillas.
Sa Muheon comenzó a dejar pequeños besos sobre el hombro descubierto de Garam.
Al final, Garam no pudo contener la risa.
—¡Ah! ¡Te dije que me hace cosquillas! ¡Jaja!
Mientras reía y trataba de apartarse, Sa Muheon terminó por dejarlo tranquilo.
Como el hotel estaba junto a la playa, frente a la bañera había un enorme ventanal desde el que podía contemplarse el mar.
Habían llegado al amanecer.
Pero ahora el sol ya brillaba alto en el cielo.
Las olas azules que avanzaban lentamente parecían completamente distintas a las que habían visto al alba.
Garam contempló el paisaje distraídamente y, sin darse cuenta, bostezó.
—Haaaam…
Se cubrió rápidamente la boca con la mano.
Pero era imposible que Sa Muheon, justo detrás de él, no lo hubiera escuchado.
—¿Tienes sueño?
—Un poco… Después de todo, no he dormido nada.
Sonó casi como una excusa.
Pero era la verdad.
Sin embargo, comparado con él, Sa Muheon había dormido todavía menos… quizá ni siquiera había cerrado los ojos.
Pensar en eso hizo que la voz de Garam se volviera cada vez más pequeña.
—Te esforzaste demasiado. Es normal que tengas sueño.
Mientras hablaba, Sa Muheon acomodó cuidadosamente su postura para que Garam pudiera apoyarse mejor contra él.
Como si eso no bastara, comenzó a darle suaves palmadas rítmicas sobre el pecho.
—¿Qué estás haciendo? Ya no soy un niño…
Garam soltó una risa incómoda.
Pero Sa Muheon fingió no escucharlo y continuó.
Al principio Garam pensó que simplemente estaba jugando.
Sin embargo, el calor del agua y el ritmo constante de aquellas palmadas comenzaron a producirle una extraña somnolencia.
—Me está entrando sueño…
—¿Quieres que vayamos a acostarnos?
—Sí…
Cuando Sa Muheon lo propuso, Garam asintió.
Lo ayudó a salir de la bañera y, al ver que ya tenía los ojos medio cerrados, secó cuidadosamente cada gota de agua de su cuerpo.
Poco después, ambos estaban acostados sobre unas sábanas recién cambiadas y suaves.
Sa Muheon volvió a abrazarlo y reanudó aquellas lentas y tranquilizadoras palmadas sobre su pecho.
Garam sintió ganas de reír por lo absurdo de la situación.
Pero el sueño terminó venciéndolo antes de que pudiera hacerlo.
Después de regresar de aquel corto viaje, transcurrieron varios días tranquilos.
El hombro de Sa Muheon ya se había recuperado por completo.
Tal como había deseado, pasaba las vacaciones abrazando a Garam y disfrutando perezosamente de su compañía.
Sin embargo, también se había acumulado una montaña de trabajo que había ido posponiendo con la excusa de la lesión.
Él habría sido feliz pasando todo el día abrazado a Garam.
Pero no podía hacerlo.
Al menos no hasta capturar y resolver definitivamente el asunto de Ryu Beomju.
Además, cuanto más prolongaba las vacaciones, más miradas preocupadas recibía de Garam.
Y si quería seguir pareciendo una persona responsable ante los ojos de su novio, no le quedaba más remedio que volver al trabajo.
—Me voy.
—Hoy no se te ocurra salir antes del trabajo.
—¿Qué pasa? ¿Ya te cansaste de estar conmigo?
—No es eso.
Sa Muheon fingió llorar exageradamente.
Garam soltó una risa y enseguida trató de tranquilizarlo.
—Si te vas antes de tiempo, los demás tendrán que trabajar más. Eres director, ¿no? Debes de tener muchas responsabilidades.
—Solo soy una figura decorativa. Apenas hago nada. ¿Verdad, jefe Han?
La broma fue dirigida al jefe Han, que esperaba junto al automóvil.
Este había observado toda la conversación con una expresión satisfecha.
Pero al escuchar aquello, endureció el gesto y negó con la cabeza.
—¿Una figura decorativa? ¿Quién le dijo semejante cosa?
—Bueno… solo lo decía por decir. Es cierto que tampoco hago tanto, ¿no?
—No. Hay documentos importantes que únicamente usted puede aprobar.
Mientras el jefe Han continuaba hablando, Garam dirigió a Sa Muheon una mirada que claramente decía: «¿Ves?»
Al final, Sa Muheon no tuvo más remedio que renunciar a seguir quedándose a su lado.
—Está bien, está bien.
Encogiéndose de hombros, se inclinó y dejó un beso sobre los labios de Garam.
El sonido del beso fue tan evidente que Garam miró de inmediato al jefe Han, completamente avergonzado.
Pero, como siempre, él ya había apartado discretamente la vista.
—Me voy.
—…Cuídate.
Incluso ahora, Garam seguía poniéndose nervioso cuando demostraban afecto delante de otras personas.
Con las mejillas ligeramente sonrojadas, se despidió en voz baja.
Chup.
—No olvides comer bien. Y si ocurre cualquier cosa, llámame.
Después de darle otro beso en la mejilla y terminar con sus cariñosas advertencias, Sa Muheon subió al automóvil.
El jefe Han arrancó el vehículo.
El silencio reinó durante todo el camino hacia la empresa.
Había otro motivo por el que Sa Muheon había decidido volver al trabajo aquel día.
Tenía relación con la carpeta que el jefe Han le había mostrado la última vez.
La misma que había arruinado por completo su estado de ánimo.
Cuando el automóvil se detuvo lentamente, Sa Muheon bajó y caminó a paso firme.
Al salir del ascensor en la planta de las oficinas, Jang Seokgyu, que se encontraba sentado en recepción, se levantó rápidamente para saludarlo.
—Ha llegado.
—Ah, director Jang. ¿No ha pasado nada, verdad?
—Ja, ja. Si hubiera ocurrido algo, ya se lo habría informado.
Después de aquel breve intercambio sin importancia, Sa Muheon entró en su despacho.
El jefe Han lo siguió.
En la mano llevaba otra carpeta.
—Entonces… ¿encontraron algo más?
—…Será mejor que lo vea usted mismo.
En el fondo, Sa Muheon había esperado que no hubieran descubierto nada nuevo.
Pero la realidad, como siempre, no seguía sus deseos.
Tomó la carpeta que el jefe Han le tendía y comenzó a leer lentamente su contenido.
Con cada página, su expresión se volvía más sombría.
—…Ha.
Finalmente dejó la carpeta sobre el escritorio.
Cerró los ojos y presionó con fuerza el entrecejo.
Sentía un dolor de cabeza punzante.
—…Todo este tiempo lo llamamos maldito gato… pero ahora siento que les debo una disculpa a todos los gatos.
Dejó escapar un largo suspiro y apoyó la espalda contra el respaldo de la silla.
—Después de todo… ni siquiera un gato haría algo así con su propia familia, ¿no cree?
—…
El jefe Han permaneció en silencio y bajó la cabeza.
Quizá por todo lo que acababan de descubrir, incluso sintió deseos de fumar un cigarrillo…
A pesar de que nunca fumaba.
La investigación del jefe Han detallaba cada uno de los trabajos que Ryu Beomju había realizado en el pasado.
Aquel había sido uno de los primeros encargos que recibió poco después de unirse a la organización.
Una prueba de lealtad impuesta por el presidente Yoo.
La orden consistía en eliminar a un matrimonio.
El esposo era investigador en una empresa.
Era un hombre muy capaz, respetado por todos y con un futuro prometedor.
Hasta que un día descubrió una verdad peligrosa.
Uno de los compuestos químicos utilizados por la empresa podía provocar graves daños al cuerpo humano.
Informó inmediatamente a sus superiores.
Pero quienes estaban en la cima intentaron comprar su silencio con dinero.
Si hubiera aceptado el soborno y permanecido callado, no habría ocurrido nada.
Pero decidió revelar la verdad.
Y ese fue su error.
Aquella información era tan grave que, si salía a la luz, podía destruir por completo a la empresa.
Por eso los altos cargos decidieron eliminar al incómodo investigador.
El encargo llegó primero al presidente Yoo, que por entonces todavía era un jefe del crimen organizado.
Y la persona elegida para ejecutarlo fue Ryu Beomju, que acababa de comenzar a trabajar bajo sus órdenes.
No fue una elección casual.
Para Yoo era la oportunidad perfecta de poner a prueba su lealtad.
Porque el objetivo era alguien a quien Ryu Beomju conocía personalmente.
—Fue capaz de hacerle eso a su propio primo… aun sabiendo que ese niño se quedaría completamente solo…
En la primera página de la carpeta había una fotografía del hombre asesinado por Ryu Beomju.
En la imagen aparecía junto a su esposa y su pequeño hijo.
Los tres sonreían con felicidad.
Sa Muheon fue incapaz de apartar la vista del rostro del niño.
Aquel niño…
Era Garam.