Hasta una ardilla solitaria tiene un hogar - Capítulo 130

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La pared estaba casi completamente ennegrecida por la enorme cantidad de firmas y garabatos que los visitantes habían dejado a lo largo de los años.

Sin embargo, Garam permanecía observándola fijamente, como si estuviera buscando algo entre todas aquellas letras.

—¿Qué estás mirando con tanta atención?

Sa Muheon quería complacer a Garam en todo lo que deseara, pero todavía estaban comiendo.

Le parecía extraño que estuviera tan distraído precisamente cuando había insistido tanto en venir a comer allí.

—Ah… bueno…

Solo al escuchar la pregunta pareció volver en sí.

Una sonrisa avergonzada apareció en sus labios mientras apartaba finalmente la vista de la pared.

—La verdad es que… cuando era pequeño venía mucho a este lugar.

—¿Aquí?

—Sí. Vivía cerca de aquí hasta justo antes de entrar a la primaria. Por eso veníamos muy seguido…

Desde que comenzaron oficialmente a salir, Sa Muheon había escuchado muchas historias sobre Garam.

Pero era la primera vez que lo oía hablar de su infancia.

No era que no le interesara conocer esa etapa de su vida.

El problema era que, inevitablemente, eso lo llevaría a hablar de sus padres fallecidos.

Nueve años.

Esa era la edad que tenía Garam cuando los perdió.

Para ser sincero, Sa Muheon apenas podía recordar qué hacía él mismo a esa edad.

Solo conservaba recuerdos vagos y fragmentados.

Después de perder a sus padres siendo tan pequeño, probablemente Garam tampoco conservaba demasiados recuerdos de aquella época.

Y aquel lugar debía de ser uno de los pocos que aún permanecían.

Solo entonces Sa Muheon comenzó a observar con atención el antiguo restaurante.

Las fotografías y los incontables garabatos que decoraban las paredes conservaban los recuerdos de innumerables personas.

—¿Nunca habías vuelto desde entonces?

Mientras observaba el lugar, hizo la pregunta.

Garam, que lo estaba mirando, asintió suavemente.

—No. Simplemente… no me apetecía venir solo.

Aunque sonreía con naturalidad, Sa Muheon no podía imaginar cuántas lágrimas habría derramado antes de ser capaz de pronunciar esas palabras con tanta calma.

Era un dolor que ni siquiera podía empezar a comprender.

Justo cuando buscaba algo que decir, fue Garam quien volvió a hablar.

—Ahora que lo pienso… cuando era pequeño intenté escribir algo en esa pared. Pero todavía no sabía escribir bien, así que mi mamá me ayudó.

Mientras hablaba, recorrió con la mirada toda la pared llena de inscripciones, como si buscara un rastro que hubiera sobrevivido al paso de los años.

—¿Quieres que lo busquemos cuando terminemos de comer?

Sa Muheon habló casi sin pensarlo.

Fue una propuesta espontánea.

Pero al ver la sorpresa en el rostro de Garam sintió que había valido la pena.

—¿Eh?

—Quieres encontrarlo, ¿verdad?

—Pero… puede que ya no esté. Y aunque siga ahí, quizá no podamos encontrarlo.

Respondió con cierta inseguridad.

Sin embargo, la curiosidad seguía llevándolo una y otra vez a mirar la pared.

Al final, después de que Sa Muheon insistiera un poco más, terminó asintiendo.

—Entonces terminemos de comer primero y luego lo buscamos con calma.

—¡Sí!

Con una expresión mucho más animada, Garam comenzó a comer bastante más deprisa.

Al principio había dicho que quizá sería imposible encontrarlo.

Pero ahora apenas podía contener la emoción, comiendo rápidamente mientras seguía mirando la pared una y otra vez.

—¡Ya terminé!

—Yo pagaré. Tú adelántate y empieza a buscar.

—¡Está bien!

Chirr…

Garam se levantó enseguida y caminó hacia la pared.

Por suerte, eran los únicos clientes del restaurante.

Después de pagar la cuenta, Sa Muheon fue hasta donde estaba Garam.

—¿Recuerdas más o menos dónde estaba?

—Mmm… Creo que era por aquí…

Agachado frente a la pared, Garam inclinaba la cabeza mientras iba leyendo uno por uno los antiguos garabatos.

—Recuerdo que yo estaba parado justo aquí mientras mamá escribía a mi lado…

Murmurando para sí, fue deslizando lentamente la mano por la pared hasta detenerse en un punto.

—¡Ah…!

—¿Lo encontraste?

Sa Muheon siguió con la vista el lugar que señalaba el dedo de Garam.

Allí, escrito con trazos torpes e infantiles, aparecía un pequeño mensaje.

[Clase Pulip, Kang Garam]

Debajo, con una letra mucho más pequeña, podía leerse:

«Con mamá y papá».

—Vaya… No pensé que todavía seguiría aquí…

Murmuró Garam sin apartar la vista de aquellas pocas palabras.

Su dedo acarició lentamente la frase «Con mamá y papá» escrita debajo de su nombre.

—Así que… esta era la letra de mi mamá…

Sa Muheon permaneció en silencio observando el perfil de Garam mientras este hablaba consigo mismo.

Garam parecía no darse cuenta de que lo observaban.

Toda su atención seguía puesta en aquella pequeña inscripción.

Después de todo lo que había sufrido, Garam conservaba un corazón sorprendentemente fuerte.

Al menos así lo veía Sa Muheon.

A veces se preguntaba si él habría sido capaz de seguir adelante igual que Garam de haber vivido lo mismo.

Y la respuesta siempre era la misma.

No.

Jamás lo habría conseguido.

Pero Garam sí había soportado todo aquello.

Y ahora estaba allí, a su lado.

Aun así…

No podía evitar preguntarse si, de no haber sufrido todas esas desgracias, ahora sería todavía más feliz.

Mientras aquellos pensamientos se mezclaban en su cabeza, Garam, completamente ajeno a ellos, se volvió hacia él.

—¡Mira! Yo estaba justo aquí cuando escribí esto… Era realmente bajito. No imaginaba que estuviera tan cerca del suelo.

Lo dijo sonriendo.

Y en esa sonrisa no había el menor rastro de tristeza.

Sin embargo, precisamente esa sonrisa hizo que el corazón de Sa Muheon doliera un poco.

—De verdad eras solo un niño.

No podía permitir que Garam viera lo que sentía.

Así que sonrió como si nada y respondió con naturalidad.

Garam asintió.

—Sí. Cuando era pequeño era muy bajito… Recuerdo que mi mamá me llamaba todos los días «mi pequeña ardillita».

—¿De verdad?

Al escuchar eso, Sa Muheon intentó imaginar a Garam de niño.

Más pequeño, más joven que ahora…

Le resultaba fácil visualizar a un Garam que todavía vivía rodeado de felicidad.

—¿Recuerdas alguna otra cosa?

—¿Sobre qué?

—Algo que hicieras con tus padres.

—Mmm…

Tuvo la sensación de que aquel era el momento adecuado para preguntar.

Y, tal como imaginaba, Garam permaneció pensativo unos instantes.

De pronto dejó escapar un pequeño «Ah», como si acabara de recordar algo.

—Cuando era pequeño fuimos a la playa.

—¿A la playa?

—Sí. Era la primera vez que veía el mar. Y justo ese día empezó a nevar. Hacía muchísimo viento y un frío terrible… pero todavía recuerdo lo impresionado que me quedé al ver el océano por primera vez.

Garam sonrió para sí mientras recordaba aquella escena.

—Mi papá me cargó en brazos hasta la orilla y me dijo que solo metiera la punta de los dedos porque el agua estaba muy fría. Pero cuando la toqué me sorprendí tanto que mi mamá se rio de mí durante muchísimo rato.

Mientras hablaba de aquel recuerdo, su expresión era más luminosa que nunca.

Al verlo así, Sa Muheon habló sin pensarlo.

—¿Vamos?

La propuesta fue tan inesperada que Garam parpadeó confundido.

—¿Adónde?

Su expresión dejaba claro que no entendía a qué se refería.

Esta vez Sa Muheon respondió con claridad.

—A la playa. ¿Quieres ir ahora?

—¿Ahora?

—Sí.

Garam lo miró durante unos segundos, intentando averiguar si hablaba en serio.

Sa Muheon asintió ligeramente.

Incluso después de confirmar que no estaba bromeando, Garam siguió observándolo unos instantes.

Finalmente se puso de pie.

Sa Muheon, que aún permanecía sentado, levantó la vista hacia él.

Garam sonrió y le tendió la mano.

Sa Muheon observó aquella mano extendida.

Después la tomó y se levantó.

Con una expresión satisfecha, Garam comenzó a caminar delante de él sin soltarle la mano.

Al contemplar su espalda, Sa Muheon dejó escapar una suave risa.

Swoooosh…

El mar de invierno era mucho más frío de lo que Garam recordaba.

El viento helado le acariciaba las orejas.

Aun así, no podía apartar la vista del paisaje que tenía delante.

—Guau…

Mientras soltaba una pequeña exclamación de admiración, Sa Muheon, que había llegado detrás de él, rodeó cuidadosamente su cuello con una bufanda.

—Vas a resfriarte.

—Estoy bien…

—Póntela.

Ante aquel tono firme, Garam sonrió y asintió.

Solo entonces Sa Muheon dirigió la mirada hacia el mar que él llevaba contemplando desde hacía rato.

Era imposible adivinar qué estaba pensando mientras observaba el horizonte.

Garam miró de reojo su perfil y luego volvió la vista al océano.

El sol acababa de comenzar a salir.

Su luz iluminaba lentamente el oscuro mar.

Aquella imagen transmitía una paz difícil de describir.

Los dos permanecieron allí durante mucho tiempo contemplando el mar bañado por la cálida luz del amanecer.

Fue Garam quien habló primero.

—Oye…

—¿Sí?

—Gracias por traerme aquí.

Solo entonces Sa Muheon volvió la mirada hacia él.

Como siempre, su expresión apenas dejaba entrever lo que sentía.

Pero Garam podía darse cuenta de que guardaba silencio únicamente porque le daba un poco de vergüenza.

—Me trajiste hasta aquí solo porque hablé de mis padres. Solo quería darte las gracias por haber sido tan considerado.

—No fue para tanto.

Respondió como si realmente no hubiera hecho nada especial.

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