Hasta una ardilla solitaria tiene un hogar - Capítulo 123
—Hngh…
Una sensación de cosquilleo en el vientre hizo que Garam echara la cabeza hacia atrás y dejara escapar un suave gemido. Al oírlo, Sa Muheon alzó la mirada hacia él. Su respiración agitada y el brillo empañado de deseo en sus ojos dejaban claro lo excitado que estaba. Aun así, incluso en ese estado, seguía atento a la más mínima reacción de Garam, como siempre.
—¿No te gusta?
—Ngh… No es eso…
Por la forma en que lo preguntó, parecía que se detendría de inmediato si Garam respondía que sí. Sin embargo, la mano que seguía acariciándole la cintura revelaba un deseo intenso y persistente. En realidad, a Garam no le desagradaba lo que Sa Muheon estaba haciendo. Solo que, avergonzado, se limitó a morderse el labio y negar con la cabeza.
Al verlo, Sa Muheon soltó una risita y volvió a inclinarse para depositar suaves besos sobre el liso abdomen de Garam.
Chas.
La humedad de aquellos labios sobre su piel hizo que su vientre se contrajera instintivamente. Pero, a medida que Sa Muheon seguía repartiendo besos aquí y allá, calmándolo con delicadeza, la tensión fue desapareciendo poco a poco, sustituida por un placer cada vez más intenso.
Como era la primera vez que experimentaba algo así, Garam apretó con fuerza las sábanas entre los dedos, como si quisiera escapar de aquella sensación desconocida. Sin embargo, incluso eso fue detenido por Sa Muheon, que tomó con suavidad sus manos y besó uno a uno sus nudillos.
Cuando aquel ligero y cosquilleante contacto arrancó un pequeño gemido de los labios de Garam, Sa Muheon por fin se apartó. Entrelazó sus dedos con los de él, sujetándole la mano con firmeza antes de continuar.
—Haa…
Cada vez que los labios de Sa Muheon rozaban su piel, el abdomen de Garam se estremecía. Además, siempre que su cabello le acariciaba la piel, un escalofrío de placer recorría todo su cuerpo. Bastaba con contemplar a Sa Muheon mientras continuaba con aquellos gestos para que un calor profundo se acumulara en la parte baja de su vientre.
Abrumado por tantos estímulos, Garam terminó levantando un brazo para cubrirse los ojos. Pero enseguida Sa Muheon le sujetó la muñeca y la apartó, obligándolo a encontrarse con su mirada, claramente insatisfecha.
—¿Por qué te tapas la cara?
—…Porque me da vergüenza.
—¿Y qué tiene de vergonzoso, mi pequeño?
—Ngh…
Garam quiso decir que lo realmente vergonzoso era que lo llamara así en una situación como esa, pero en cuanto vio el rostro de Sa Muheon, sus mejillas volvieron a encenderse y giró rápidamente la cabeza hacia otro lado.
A diferencia de Garam, que ya tenía el torso completamente descubierto, Sa Muheon seguía vestido con camisa y pantalón. Claro que su aspecto distaba mucho de ser ordenado. La ropa estaba completamente desarreglada, pero lejos de hacerlo ver descuidado, solo volvía la escena aún más provocativa.
Sa Muheon no permitió que Garam siguiera evitando su mirada. Bajó la cabeza y fue dejando besos sobre la mejilla expuesta, la oreja y el cuello de Garam. Cuando la piel de este quedó completamente sonrojada hasta la garganta, Garam levantó una mano para cubrirse el cuello y lo miró con un leve reproche.
Solo entonces Sa Muheon sonrió satisfecho y le dio un beso en los labios.
—Si hay algo que no te guste, dímelo. De lo contrario, no podré saberlo.
—…Está bien.
Cuando Garam asintió ante su mirada seria, Sa Muheon, complacido, le dio un suave beso en la punta de la nariz antes de añadir con tono juguetón:
—Aunque sería todavía mejor si también me dijeras qué te gusta… o qué quieres.
—Ngh…
Tal vez intentaba aliviar sus nervios, pero solo consiguió que Garam se ruborizara aún más y desviara la mirada con impotencia.
Como era su primera vez, ni siquiera él sabía qué era lo que quería.
Pero había una cosa de la que estaba completamente seguro.
—Solo…
—¿Hm?
Garam murmuró con voz muy baja. Sa Muheon se inclinó un poco más, escuchándolo con atención.
—…Me gusta todo.
Pronunciar incluso aquella corta frase le resultó insoportablemente vergonzoso. Con el rostro tan rojo que parecía a punto de estallar, Garam cerró los ojos con fuerza para evitar la mirada de Sa Muheon.
Este lo observó unos instantes con expresión aturdida. Después dejó escapar una respiración pesada y se pasó una mano por el cabello.
—Ha…
Como si ya no pudiera contenerse, comenzó a cubrir de besos las mejillas enrojecidas de Garam. Luego se incorporó lentamente y empezó a desabotonarse la camisa, botón por botón.
Al notar que Sa Muheon se alejaba, Garam abrió los ojos con cautela. En cuanto vio cómo iba desabrochándose la camisa, volvió a girar la cabeza. Sin embargo, la curiosidad terminó imponiéndose y, poco después, sus ojos regresaron hacia él.
Al darse cuenta, Sa Muheon soltó una carcajada baja y, deliberadamente más despacio que antes, continuó desabotonándose la camisa.
La escena tenía un aire extrañamente sensual que hizo que Garam tragara saliva.
Finalmente, cuando desabrochó el último botón, Sa Muheon se quitó la camisa de los hombros y la dejó caer al suelo sin darle importancia.
Incluso cuando volvió a inclinarse sobre Garam, este seguía observándolo fijamente. Solo reaccionó cuando Sa Muheon le besó la mejilla; entonces dio un pequeño respingo y apartó la vista a toda prisa.
—Así que a mi pequeño le gusta esta clase de cosas.
—N-no.
—Yo no he dicho nada, pero parece que tienes la conciencia un poco intranquila.
Al escuchar aquello, las pupilas de Garam temblaron levemente. Sin embargo, apretó los labios con firmeza y se limitó a negar con la cabeza, decidido a sostener su inocencia hasta el final.
—Bueno, da igual. Ya lo averiguaremos más adelante.
Murmurando eso, Sa Muheon volvió a inclinar lentamente la cabeza.
Después de dejar atrás el liso abdomen que había estado besando y acariciando durante un buen rato, descendió un poco más.
En ese instante, el cuerpo de Garam se tensó visiblemente.
—¿De verdad estás bien?
Al oír la pregunta, Garam asintió sin dudar. Sin embargo, los nervios propios de aquella primera experiencia seguían reflejándose claramente en él.
Con cuidado de no sobresaltarlo, Sa Muheon comenzó a bajarle lentamente los pantalones.
En ese mismo momento, Garam cerró los ojos con fuerza, mientras Sa Muheon tragaba saliva procurando que él no lo notara.
Todavía le costaba creer que Garam estuviera tendido frente a él en un estado tan cercano a la desnudez. Incluso llegó a preguntarse si todo aquello no sería un sueño, como si hubiera entrado en celo.
Despacio, deslizó una mano y acarició con suavidad la parte baja del abdomen de Garam.
—Ugh…
Un gemido escapó de los labios de Garam.
Al ver que la tela de su ropa interior ya estaba húmeda, Sa Muheon la bajó lentamente.
Un largo hilo de líquido transparente se estiró desde su miembro, que ya estaba completamente erecto.
Quizá porque se había duchado nada más llegar a casa, un suave aroma del jabón corporal que usaba Garam flotaba en el aire.
Contemplando el cuerpo completamente expuesto ante él, Sa Muheon se humedeció inconscientemente los labios.
Incluso esa parte de él era tan impecable como el resto de su cuerpo, lisa y hermosa, sin una sola imperfección.
Terminó de quitarle la ropa interior y la arrojó descuidadamente al suelo. Luego rodeó con la mano el miembro rígido de Garam, que descansaba erguido contra su bajo vientre.
—¡Ah…!
Sobresaltado por el contacto repentino, Garam dejó escapar un fuerte gemido y abrió los ojos.
Sus redondos ojos brillaban ligeramente por la humedad acumulada en ellos.
Sa Muheon besó con delicadeza las lágrimas que comenzaban a formarse en las comisuras de sus ojos mientras, al mismo tiempo, continuaba moviendo la mano.
Era la primera vez en toda su vida que Garam experimentaba ese tipo de placer provocado por otra persona.
Confundido e incapaz de soportar aquella intensidad, se retorció sobre la cama.
Al final, levantó los brazos y se aferró con fuerza a los hombros de Sa Muheon.
Este sonrió para sí, procurando que Garam no se diera cuenta.
En ese momento era él quien lo estaba envolviendo por completo en placer.
Si Garam realmente lo hubiera odiado, habría bastado con apartarlo y todo habría terminado allí.
Pero, en lugar de rechazarlo, Garam eligió abrazarse a su cuello y aceptar plenamente todo lo que Sa Muheon le ofrecía.
Al comprenderlo, un agradable escalofrío recorrió la espalda de Sa Muheon.
Ese era el momento que había estado esperando.
El instante en que Garam le confiaba absolutamente todo.
Y aquella certeza provocó una descarga de emoción que recorrió cada rincón de su cuerpo, incomparable con cualquier otra sensación.
—Ah… ¡Yo…! Creo… que voy a…
Como si soltar a Sa Muheon fuera a provocar una catástrofe, Garam se aferró desesperadamente a su cuello mientras gemía junto a su oído.
No pasó mucho tiempo antes de que estrechara todavía más aquel abrazo.
Fue un desenlace bastante rápido, pero para Sa Muheon incluso eso resultaba adorable.
Por supuesto, su mano no disminuyó el ritmo en lo más mínimo.
Al contrario, cuando aceleró un poco más el movimiento, Garam dejó escapar un gemido entrecortado y las lágrimas comenzaron a rodar libremente por sus mejillas.
Sa Muheon giró la cabeza y besó con urgencia el lóbulo de su oreja.
Abrumado por la doble oleada de placer que lo envolvía por arriba y por abajo, Garam ya no pudo resistir más.
Todo su cuerpo se tensó de golpe.
Incluso después de que Garam terminara, Sa Muheon no se detuvo de inmediato.
Fue reduciendo el ritmo poco a poco, permitiéndole atravesar por completo las últimas oleadas del clímax.
Pero para Garam, aquella estimulación prolongada era demasiado intensa.
Arañó la espalda de Sa Muheon mientras las lágrimas seguían deslizándose por su rostro.
—Ah… hngh… Yo… ya… ya terminé… hic…
Solo cuando el cuerpo de Garam volvió a estremecerse, como si estuviera a punto de alcanzar otro clímax, Sa Muheon soltó por fin su mano.
Solo entonces los brazos que habían permanecido aferrados con fuerza alrededor de su cuello perdieron toda la fuerza.