Hasta una ardilla solitaria tiene un hogar - Capítulo 124
Garam, que seguía medio colgado del cuerpo de Sa Muheon, volvió a recostarse sobre la cama mientras respiraba con dificultad.
Sa Muheon lo observó unos instantes antes de llevarse la mano a la boca y lamer el líquido que la cubría.
Garam, que descansaba con los ojos entreabiertos, abrió los ojos de golpe al verlo y se incorporó sobresaltado. Le sujetó apresuradamente la muñeca y, tomando un pañuelo de la mesa de noche, le limpió la mano con rapidez.
—¡P-pero por qué harías eso…!
Completamente alterado, Garam tartamudeó sin lograr ordenar las palabras, mientras Sa Muheon se pasaba la lengua por los labios con una sonrisa ladeada.
—¿Qué? No sabe mal.
—¡E-eso…!
Al ver la expresión tan despreocupada de Sa Muheon, Garam solo pudo abrir y cerrar la boca sin encontrar qué decir.
Finalmente, con el rostro ardiendo de vergüenza, bajó la cabeza derrotado.
Sa Muheon soltó una risa baja y lo empujó con suavidad para que volviera a recostarse.
Mientras contemplaba a Garam, que ni siquiera era capaz de sostenerle la mirada, volvió a pensar en lo joven que parecía. ¿O quizá simplemente era demasiado tímido?
Inclinando ligeramente la cabeza, Sa Muheon separó lentamente las piernas de Garam.
Solo entonces Garam volvió a mirarlo de frente.
Seguía avergonzado, pero no opuso resistencia; simplemente dejó que Sa Muheon acomodara sus piernas.
Instalándose entre sus muslos, Sa Muheon deslizó lentamente la mano.
Aunque Garam acababa de alcanzar el clímax, seguía completamente excitado.
Su mano pasó de largo por su miembro endurecido y descendió un poco más.
Cuando una mano ajena tocó una zona que ni él mismo solía tocar, Garam tensó el cuerpo y miró a Sa Muheon con evidente nerviosismo.
Sabía cómo funcionaban las relaciones entre hombres, pero nunca se había imaginado ocupando esa posición.
Era natural que estuviera tan tenso.
Para tranquilizarlo, Sa Muheon depositó un suave beso sobre su mejilla.
Después de repetir aquel gesto varias veces, Garam terminó soltando una risa entrecortada, como si toda la fuerza hubiera abandonado su cuerpo.
—Ugh… Ya basta.
—Entonces… ¿puedo seguir?
Mientras hablaba, Sa Muheon movió la mano que descansaba más abajo.
La sonrisa de Garam desapareció al instante.
Tras vacilar unos segundos, asintió levemente, como si por fin hubiera tomado una decisión.
Con su permiso, ya no había motivo para contenerse.
Sa Muheon comenzó a mover la mano lentamente.
El líquido que había brotado antes, mezclado con otros fluidos, había humedecido la zona, pero seguía sin ser suficiente.
Sin vacilar, abrió el cajón de la mesa de noche.
Sacó el frasco de gel que había guardado allí y dejó escapar una risa apenas audible.
Cuando lo había colocado en ese lugar, jamás imaginó que las cosas avanzarían tan deprisa con Garam.
De hecho, incluso se había sentido algo disgustado consigo mismo por albergar pensamientos tan perversos hacia un chico tan inocente e inexperto.
Pero ahora tenía ganas de felicitarse por haber sido tan previsor.
Abrió el envase, dejó caer una cantidad generosa del gel sobre la palma y esperó unos segundos a que tomara temperatura antes de acercar la mano a Garam.
—Mm…
La sensación desconocida hizo que Garam frunciera ligeramente el ceño y moviera un poco el cuerpo.
Con infinita paciencia, Sa Muheon continuó preparándolo.
—Ah…!
La extraña sensación de verse abierto hizo que Garam se aferrara con fuerza a las sábanas.
Mientras seguía besándolo con suavidad para tranquilizarlo, Sa Muheon continuó con movimientos lentos y cuidadosos.
Aceptar el primer contacto había resultado relativamente sencillo.
Sin embargo, conforme avanzaba la preparación, la respiración de Garam comenzó a desordenarse.
Sa Muheon observaba atentamente cada una de sus reacciones.
Cuando encontró un punto especialmente sensible, Garam aspiró bruscamente.
—Hik… ngh… E-eso… se siente raro…
Era una sensación completamente distinta a la anterior, y Garam parecía totalmente desconcertado.
Pero para Sa Muheon, aquel descubrimiento solo hizo que su respiración se volviera más pesada por la emoción.
Apartándose el cabello que le caía sobre el rostro, sonrió y volvió a buscar deliberadamente ese mismo lugar.
—¡Ah… ngh! ¡E-eso…!
—¿Eso qué? Tienes que decírmelo para que pueda saberlo.
—¡Ah…!
Aunque su voz seguía siendo suave, sus movimientos se habían vuelto mucho más decididos.
Incapaz de soportar aquella intensa estimulación, Garam terminó gimiendo sin control y alcanzó el clímax una vez más.
Solo entonces Sa Muheon se detuvo lentamente.
Después de correrse dos veces en tan poco tiempo, el pecho de Garam subía y bajaba con rapidez.
Sa Muheon lo observó unos instantes antes de desabrochar tranquilamente su cinturón.
A pesar de respirar con dificultad, Garam no perdió detalle de aquel movimiento.
Mientras veía cómo los pantalones de Sa Muheon descendían poco a poco, tragó saliva sin darse cuenta.
No era por anticipación.
En el peor momento posible, un recuerdo acudió a su mente.
Poco después de llegar a aquella casa, cuando todavía vivía como una ardilla, había visto por accidente el cuerpo desnudo de Sa Muheon.
Solo de recordarlo, la boca se le secó por los nervios.
Sa Muheon pareció darse cuenta de su estado y, deliberadamente, comenzó a moverse todavía más despacio.
Pero eso no hizo más que aumentar la tensión de Garam.
—No te sorprendas demasiado.
Aquellas palabras sonaron inquietantes.
Aunque Garam no entendía exactamente a qué se refería, aun así asintió ligeramente.
Lejos de tranquilizarlo, aquello solo incrementó su ansiedad.
Al ver su reacción, Sa Muheon no pudo evitar soltar una risa.
Swish…
Incluso a través de la ropa interior podía apreciarse el impresionante tamaño que ocultaba.
Y cuando la última prenda cayó al suelo, Garam se cubrió la boca por reflejo.
Si no lo hubiera hecho, estaba seguro de que habría gritado.
Solo entonces comprendió por qué Sa Muheon le había dicho que no se sorprendiera.
Era exactamente igual de grande que la vez que lo había visto por accidente.
Pero había algo aún más impactante.
Tenía dos.
—Bueno… habría sido raro que no reaccionaras.
Murmurando para sí, Sa Muheon sujetó despreocupadamente la base de ambos.
Ni siquiera con una sola mano podía abarcar por completo su grosor.
—Hic…
Garam, completamente inmóvil, dejó escapar un pequeño hipo.
—No te preocupes. No voy a usar los dos.
—…¿Lo prometes?
—¿Por quién me tomas?
La expresión de Sa Muheon dejaba claro que aquella idea le parecía absurda.
Solo entonces Garam logró relajarse un poco.
Al notar que estaba más tranquilo, Sa Muheon acercó lentamente su cuerpo.
Cuando lo puso frente a Garam, que ya estaba mucho más relajado, el cuerpo de este volvió a tensarse por un instante.
Sin embargo, como si hubiera terminado de reunir el valor necesario, respiró profundamente y fue relajándose poco a poco.
—Hoo…
—Ah… huu…
—¿Te duele?
Moviéndose con extrema lentitud, Sa Muheon avanzó apenas un poco.
Un gemido de dolor escapó inmediatamente de los labios de Garam.
Apenas había comenzado y Garam ya dejaba escapar sonidos de incomodidad, lo que hizo que Sa Muheon frunciera ligeramente el ceño.
Aun así, siguió hablándole con dulzura.
Aunque continuaba emitiendo pequeños gemidos, Garam negó con la cabeza.
Sin embargo, parecía que no estaba del todo bien.
Extendió ambos brazos hacia Sa Muheon.
Sonriendo, Sa Muheon se inclinó sin dudarlo.
Ese simple movimiento hizo que avanzara un poco más.
A diferencia de Sa Muheon, que ya lo había previsto, Garam soltó un jadeo al sentir aquella nueva invasión y rodeó rápidamente el cuello de Sa Muheon con ambos brazos, intentando aliviar la tensión.
—Ugh… ah… espera… despacio…
—Mm. Despacio.
Respirando hondo, Sa Muheon obedeció su petición y continuó moviéndose con extrema lentitud.
El deseo de perder el control y entregarse por completo era casi insoportable.
Pero no soportaba la idea de hacerle daño a Garam.
Apretó los dientes y, mientras lo besaba una y otra vez para distraerlo, siguió avanzando con infinita paciencia.
Finalmente logró acomodarse por completo.
En realidad, aún quedaba una pequeña parte sin avanzar, pero el interior de Garam ya lo rodeaba con tal firmeza que seguir forzando las cosas parecía imposible.
Y tampoco había necesidad de apresurarse.
Aquella no sería la única noche que compartirían.
Sin darse cuenta, el sudor ya empapaba por completo su cabello.
Por su naturaleza de cambiaformas serpiente, la temperatura corporal de Sa Muheon solía ser más baja que la de una persona normal.
Sin embargo, ahora, con la excitación nublándole la mente y el cuerpo de Garam estrechamente pegado al suyo, sentía cómo el calor aumentaba rápidamente.
Normalmente habría encontrado aquella sensación incómoda.
Pero hoy era diferente.
Además, el calor que lo envolvía era mucho más intenso que cualquier otro que hubiera experimentado.
Un pensamiento absurdo cruzó por su mente.
¿Y si terminaba derritiéndose por culpa de ese calor?
La idea era tan ridícula que no pudo evitar reír entre dientes.
Garam seguía respirando agitadamente.
Sa Muheon quería darle más tiempo para que terminara de acostumbrarse.
Pero su propia paciencia estaba llegando al límite.
Ya de por sí se encontraba en celo.
Consideraba casi digno de un premio haber logrado contenerse hasta ese momento.
Ajeno a toda la lucha interna de Sa Muheon, Garam seguía jadeando mientras apoyaba la frente contra su hombro y su cuello.
Apoyándose con una mano sobre la cama, Sa Muheon levantó la otra para apartarse el cabello empapado de sudor.
Aquel movimiento apenas perceptible bastó para provocar una nueva reacción.
—Haa…
Un suspiro profundo escapó de sus labios antes siquiera de darse cuenta.
Garam, sin apartar el rostro de su hombro, preguntó con voz temblorosa:
—Hh… ugh… ¿Y-ya… entró todo?
Parecía no darse cuenta de que Sa Muheon había permanecido inmóvil todo ese tiempo para permitirle adaptarse.
En ese momento estaba demasiado aturdido para pensar en otra cosa.
Pero saber que era él mismo quien había llevado a Garam hasta ese estado llenó el pecho de Sa Muheon de una profunda satisfacción.
Garam parecía tener curiosidad, aunque no reunía el valor suficiente para mirar.
Como Sa Muheon no respondió de inmediato, escondió aún más el rostro en su hombro y, como si quisiera obligarlo a contestar, imitó lo que él mismo había hecho antes.
Intentó morderle el cuello.
Claro que no llegó a hacerlo de verdad.
Al final, apenas rozó la piel con los labios y la lengua.
Y aun así, ese simple gesto bastó para que una oleada de calor recorriera por completo el cuerpo de Sa Muheon, haciendo que el poco autocontrol que le quedaba estuviera a punto de romperse.