Hasta una ardilla solitaria tiene un hogar - Capítulo 122
—Glup.
Frente a Sa Muheon, a una distancia extremadamente corta, Garam tragó saliva de manera involuntaria. Justo cuando pensaba que el sonido había sido mucho más fuerte de lo normal, el rostro de Sa Muheon volvió a acercarse.
—Ugh….
Anticipando lo que estaba por suceder, Garam cerró los ojos con fuerza.
Pero las acciones de Sa Muheon desafiaron por completo sus expectativas.
Había pensado que Sa Muheon uniría de inmediato sus labios con los suyos con impaciencia, pero, en cambio, comenzó a depositar suaves besos sobre su mejilla, acompañados de pequeños sonidos húmedos.
La delicada sensación hizo que Garam abriera lentamente los ojos y, en cuanto lo hizo, sus miradas se encontraron. Antes de que pudiera decir nada, los labios de Sa Muheon rozaron los suyos una vez más.
Esta vez, sus labios sí se encontraron.
Pero, igual que antes, Sa Muheon se apartó enseguida, como si estuviera gastándole una broma, haciendo que Garam frunciera el ceño con molestia.
—En serio, ¿qué estás haciendo?
Garam extendió las manos y sujetó las mejillas de Sa Muheon para impedir que volviera a besarlo en la cara. Mientras trataba de contenerlo, terminó completamente recostado sobre la cama, mirando hacia él.
Aun así, no sintió ningún peligro.
Más bien, era como intentar controlar a un perro enorme y travieso.
Con ambas mejillas atrapadas entre las manos de Garam, Sa Muheon lo observó fijamente desde arriba. Sin embargo, incluso así, la insatisfacción por no poder seguir besándolo era evidente en su mirada.
Justo cuando Garam estaba a punto de echarse a reír, de pronto sintió que algo no encajaba.
—¿Eh…?
Movió ligeramente las manos sobre las mejillas de Sa Muheon, pero no cambió nada.
La piel que tocaban sus palmas estaba anormalmente caliente.
Solo entonces Garam se dio cuenta de que la temperatura corporal de Sa Muheon, normalmente fresca, era mucho más alta de lo habitual.
Sobresaltado, retiró las manos rápidamente e intentó incorporarse.
Pero no llegó muy lejos.
En cuanto dejó libres sus mejillas, Sa Muheon volvió a llenar de pequeños besos todo su rostro.
Al final, Garam volvió a sujetarle las mejillas y lo miró directamente a los ojos.
—¿Qué está pasando? Ni siquiera me explicas nada… ¿Te sientes mal?
En la voz de Garam se mezclaban una leve irritación y una sincera preocupación.
Pero Sa Muheon, aparentemente ajeno a la gravedad de la situación, simplemente soltó una risita antes de hablar.
—Cariño….
—¿Qué?
Al oír la voz de Sa Muheon, el rostro de Garam se iluminó por un instante, pero la ilusión duró muy poco.
Sa Muheon volvió a cerrar la boca sin decir nada más.
Impaciente, Garam le dio unas suaves palmadas en la mejilla con las yemas de los dedos, intentando que reaccionara de verdad.
No eran más que ligeros toques, pero, por alguna extraña razón, parecieron sacar a Sa Muheon de su aturdimiento.
Por primera vez, la expresión de sus ojos cambió. Su mirada se volvió mucho más clara.
—Oh.
Al notar aquel cambio, Garam dejó escapar una pequeña exclamación.
Sa Muheon, ahora con expresión confundida, se incorporó un poco.
—¿Por qué estaba yo…?
—¿Ya estás recuperando la conciencia?
Garam sujetó rápidamente su muñeca cuando Sa Muheon intentó apartarse.
En cuanto su piel entró en contacto, Sa Muheon se quedó inmóvil, permitiendo que Garam le tocara el rostro y comprobara cuidadosamente su frente y sus mejillas.
Era un alivio que hubiera recuperado algo de lucidez, pero Garam seguía sin poder tranquilizarse del todo.
Con la preocupación aún reflejada en su rostro, volvió a posar los dedos sobre la mejilla y la frente de Sa Muheon antes de alzar la vista hacia él con el ceño fruncido.
—¿Estás bien? Hace un momento estabas actuando muy raro….
Ante aquella pregunta tan inocente, lo poco que quedaba de la conciencia de Sa Muheon gritó de desesperación.
La fiebre seguía nublándole la cabeza, pero no le resultó difícil llegar a una conclusión racional: no podía seguir adelante con alguien que ignoraba por completo la situación.
—…Lo siento, pero necesito salir de aquí.
—¿Qué?
Garam parpadeó, confundido por aquella respuesta totalmente fuera de contexto.
Normalmente, Sa Muheon habría explicado las cosas de una forma que Garam pudiera comprender.
Pero ese no era el momento.
Sa Muheon sabía que haber recuperado la compostura precisamente en ese instante era poco menos que un milagro.
En lugar de explicarse, sujetó a Garam por los hombros para ayudarlo a incorporarse y luego retrocedió varios pasos, poniendo una considerable distancia entre ambos.
—Esta situación… Ha… Es peligrosa. Vete.
—¿Quién fue el que me trajo aquí en primer lugar…?
El murmullo desconcertado de Garam llegó claramente a sus oídos.
Al darse cuenta de que Garam no pensaba marcharse tan fácilmente, Sa Muheon volvió a hablar.
—Entré en celo de repente. Es peligroso. Sal de aquí. Ahora mismo.
—…¿Qué?
Garam se quedó mirándolo sin comprender, como si no pudiera creer lo que acababa de oír.
Sa Muheon habló con rapidez, enumerando lo que debía hacer.
—Sal ahora mismo. Llama al jefe Han o al jefe Jang. Quédate en el jardín hasta que vengan a recogerte. Y no vuelvas a entrar en la casa hasta que yo te llame.
Con cada palabra que pronunciaba, un dolor agudo le golpeaba la cabeza.
Apoyándose en la cómoda, Sa Muheon se sostuvo la cabeza palpitante, terminó de decir lo que debía y se alejó tambaleándose.
No sabía cuándo volvería a perder el control, así que pensó que lo mejor era encerrarse en el baño.
Pero antes de poder dar siquiera unos pasos, sintió una mano que sujetaba con cautela la manga de su camisa.
Y, como siempre, Sa Muheon fue incapaz de apartar la mano que lo retenía.
En lugar de hacerlo, se detuvo y se dio la vuelta.
—…No me voy.
Garam, que había estado mirando al suelo, levantó lentamente la cabeza hasta encontrarse con los ojos de Sa Muheon.
Las primeras palabras que salieron de sus labios fueron completamente inesperadas.
En el estado confuso en el que ya se encontraba, aquellas palabras bastaron para sacudir los últimos restos de la razón de Sa Muheon.
Hasta Garam pudo percibir el leve temblor en sus pupilas.
Aun así, Sa Muheon logró aferrarse a su autocontrol. Negó ligeramente con la cabeza y habló con una firmeza poco habitual.
—¿No me escuchaste? Te dije que te fueras.
Pero Garam solo se mordió el labio y volvió a negar con la cabeza.
Sa Muheon soltó un profundo suspiro y se pasó una mano por el cabello.
—Tú… nunca has vivido un celo, ¿verdad?
—……
—¿Crees que esto es una broma? Sal. Ahora. Y haz lo que te dije.
A propósito endureció el tono de su voz, aunque incluso mientras lo hacía sentía el corazón intranquilo.
No había manera de permitir que alguien tan inocente atravesara un celo junto a él.
Apretó los dientes y estaba a punto de darse la vuelta otra vez.
Pero la pequeña voz de Garam lo detuvo.
—¿Por qué insistes tanto en que me vaya?
La mirada de Sa Muheon volvió hacia él.
Los ojos que se encontraron una vez más con los suyos brillaban con una firme determinación. Garam apretó con más fuerza la tela de su camisa y dio un paso hacia él.
—Me gustas.
Eran las palabras que Sa Muheon llevaba tanto tiempo esperando.
Aunque ya conocía los sentimientos de Garam, escucharlos directamente de sus labios era algo más que felicidad; resultaba casi embriagador.
Pero aquella no era una situación en la que pudiera simplemente disfrutar de esa alegría.
—…Hablemos después.
—No. Quiero decirlo ahora.
Sa Muheon intentó apartar la mano que sujetaba su ropa, pero Garam, en vez de soltarlo, tomó con fuerza la mano que se acercaba y continuó hablando.
—Tú siempre me has ayudado cuando estaba enfermo o cuando lo estaba pasando mal, ¿verdad?
—Eso…
Quiso decir que aquella situación era diferente, pero Garam negó con la cabeza, interrumpiéndolo.
—No. Al menos para mí, es lo mismo.
—……
—No puedo abandonar a la persona que me gusta cuando está sufriendo.
Sa Muheon no encontró palabras.
Al notar que su determinación empezaba a tambalearse, Garam dio otro paso y se aferró a su brazo.
—Tú harías lo mismo si nuestros papeles estuvieran invertidos.
—…Ha.
Al final, un suspiro escapó de los labios de Sa Muheon.
El resultado había estado decidido desde el principio.
Nunca había logrado imponerse a aquella pequeña ardilla.
En realidad, jamás había intentado hacerlo.
Reuniendo los últimos restos de su racionalidad, formuló una última pregunta.
—¿No te vas a arrepentir?
Garam levantó la vista y lo miró con claridad.
—¿De verdad estás dispuesto a involucrarte con alguien como yo? Aún eres joven y sabes perfectamente a qué me dedico. Te lo advierto desde ahora: si te involucras conmigo, nunca volveré a dejarte ir.
—……
—Aunque algún día te arrepientas, jamás te dejaré marchar. Además, soy un cambiaformas serpiente. ¿De verdad crees que podrás soportar estar con alguien como…?
Sa Muheon no pudo terminar la frase.
Como si aquellas palabras hubieran sido suficientes, Garam dio un paso adelante, rodeó con los brazos el cuello de Sa Muheon y fue él quien lo besó primero.
No fue más que una firme presión de sus labios.
Y, sin embargo, en ese instante, Sa Muheon quedó completamente desarmado.
Sus manos descendieron hasta rodear la cintura de Garam.
Como si jamás pensara soltarlo, atrajo su cuerpo contra el suyo y profundizó el beso, apoderándose por completo de sus labios.
Cuando finalmente se separó, Garam jadeaba en busca de aire. Poco a poco abrió los labios y preguntó:
—¿Te… gusto?
—…Ja, ¿esa siquiera es una pregunta?
Sa Muheon dejó escapar una risa entrecortada.
Pero Garam siguió mirándolo fijamente, esperando una respuesta clara.
Sa Muheon sonrió y apoyó la frente contra la de Garam.
—Sí. Me gustas.
Al escuchar esas palabras, el rostro de Garam se iluminó con una sonrisa radiante.
Era la sonrisa más brillante y feliz que Sa Muheon le había visto jamás.
—Entonces… no me arrepentiré.
Aún no había terminado de pronunciar esas palabras cuando Sa Muheon se abalanzó sobre él.