Vida de recién casados para un divorcio exitoso - Capítulo 87

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La señora Choi miró detrás de ella. El «disfraz» de Jiwoon dejaba mucho que desear. Como no había logrado huir a tiempo, se había escondido debajo de un edredón. Quizá resultaba lamentable, pero ella lo comprendía: dadas las circunstancias, era la única opción que había encontrado.

—Bueno… ¿de qué estás hablando, hijo? —respondió con ligereza, fingiendo ignorancia y forzando una sonrisa.

Pero Seo Taecheon ya lo había notado.

Su madre, siempre tan exigente con el orden, jamás dejaría un edredón tirado en medio del suelo de la sala. Y allí estaba, abultado de una manera extraña, como si escondiera a una persona. Cerca había mangos a medio pelar y un montón de cáscaras de mandarina.

Sin embargo, lo que realmente captó su atención fue la forma en que habían pelado las mandarinas. No eran trozos irregulares, sino largas tiras intactas, retiradas de una sola vez y rematadas con un pequeño tirón.

Exactamente como Jiwoon solía presumir de su «talento especial»: nunca romper la cáscara de una mandarina.

—…Madre. ¿Hay alguien detrás de ti? —preguntó en voz baja.

Debajo de la manta, Jiwoon comenzó a temblar. El edredón se estremeció con él.

—Estoy sola. ¿Qué tonterías dices? —respondió ella, tan serena como siempre.

—Ah… ¿de verdad?

—Sí. He estado sola todo el tiempo. De hecho, durante todo el día.

Su tono permaneció frío e imperturbable.

—…Entiendo.

El silencio se prolongó.

Cinco segundos se sintieron como cinco años.

Debajo del edredón, Jiwoon sudaba a mares.

Lo siento, Taecheon. Ahora mismo no puedo enfrentarme a ti. Reuniré valor, calmaré mi corazón… y después iré a verte.

Pero su cuerpo lo traicionó. Un pequeño sorbido escapó de su nariz.

Apenas audible, pero real.

—Madre… Todavía mantienes contacto con esa amiga investigadora tuya, ¿verdad? —dijo Taecheon finalmente.

—¿Oh? ¿Te refieres a mi compañera de escuela que trabaja como detective?

—Sí. La que se especializa en encontrar personas.

—Sí, la vi hace poco en una reunión. Dijo que el negocio le iba muy bien.

Era la misma mujer que años atrás había ayudado a la señora Choi cuando criaba sola a Taecheon y que, más recientemente, había colaborado para localizar los registros de Jiwoon.

—Por favor, dame su número.

—…¿Por qué?

—Para encontrar a Jiwoon.

Ante aquella respuesta directa, la señora Choi vaciló.

—Oh… Yo… no recuerdo bien su número.

—Acabas de verla, madre. ¿No podrías preguntárselo a alguna de tus antiguas compañeras?

—…Supongo que sí.

¿Y ahora qué hago?, pensó con angustia, atrapada entre la mentira y la verdad.

—Por favor, madre. En cuanto lo confirmes, envíamelo.

—…De acuerdo.

Resignada, aceptó y terminó la llamada. Después de soltar el aire, se volvió hacia la figura temblorosa.

—…Ya puedes salir.

—¿Terminó?

Jiwoon asomó la cabeza con cautela.

—Sí, colgó.

—Ufff…

Se quitó el edredón de encima y se secó el sudor de la sien.

—Pero esto no me gusta. Creo que sospecha…

—¿Qué? ¿De verdad?

El miedo atravesó a Jiwoon como una descarga eléctrica. Sus manos comenzaron a temblar.

—¿Y si viene corriendo hasta aquí? ¿Y si descubre que estoy escondido?

—Tranquilo. Él no sabe que nosotros ya nos conocíamos.

Era cierto. Sus encuentros —el sobre con dinero y, después, el tónico— se habían mantenido en secreto. Oficialmente, Taecheon todavía creía que su madre nunca había conocido a Jiwoon.

—…Es verdad.

—Así que no imaginará que estás aquí.

—…Eso espero.

—Confía en mí. No te estreses. El estrés es malo tanto para ti como para el bebé.

Tomó una mandarina y la depositó suavemente sobre su regazo. Aquel gesto sencillo reconfortó a Jiwoon.

—Gracias, madre.

—Relájate. Aquí estás a salvo.

La firmeza de ella consiguió tranquilizarlo un poco. Aun así, le costaba calmarse. El temor de que Taecheon descubriera la verdad y apareciera de repente no dejaba de perseguirlo.

Incapaz de quedarse quieto, caminó de un lado a otro por la sala, suspiró profundamente, se acercó a la ventana, volvió arrastrando los pies hasta el sofá y se dejó caer sobre él.

Después repitió el mismo ciclo.

La señora Choi lo observó y también suspiró.

—No sigas preocupándote de esa manera. Ve a descansar a la habitación de invitados. Ya debe estar caliente.

—…¿De verdad?

—Sí. Incluso tengo ropa que había comprado para Taecheon. Puedes usarla.

—Gracias…

Ella fue a buscarla. Era demasiado grande para Jiwoon, pero resultaba cálida y cómoda.

—Has tenido un día muy largo. Descansa, hijo.

—Sí, madre.

La habitación de invitados era acogedora. Jiwoon se aseó y, en lugar de acostarse en la cama, se sentó sobre el suelo caliente, dejando que el calor ascendiera desde abajo. Bajó la manta de la cama, se tendió sobre ella y se envolvió por completo.

¿Debería ponerme en contacto con él? Y si lo hago… ¿qué debería decir primero?

No lograba dormir. Sus emociones estaban enredadas. Instintivamente, llevó una mano hasta el abdomen.

—…Mango.

Ya lo había decidido.

Mango sería el taemyeong, el apodo prenatal del bebé.

—Papá lo está pasando mal… —susurró mientras acariciaba su vientre con ternura.

—Tu otro papá debe estar perdido sin mí. Quizá también esté sufriendo.

En la palma de su mano se mezclaban el cariño, la culpa y la vergüenza. En su mente apareció el rostro angustiado de Taecheon.

—…Lo amo, Mango. Tengo que contarle que existes. Pero ¿cómo? El momento es horrible.

Las lágrimas volvieron a nublarle la vista.

Sabía que nadie se alegraría tanto como Taecheon al enterarse de que esperaban un hijo. Sin embargo, aquel parecía el peor momento posible para decírselo.

—Pensaré en ello mañana. Perdóname, Taecheon. Lo siento, Mango.

El suelo excesivamente caliente lo envolvió como una pegajosa torta de arroz. El agotamiento acumulado tras varios días huyendo terminó por vencerlo.

Cayó en un sueño profundo.

A la mañana siguiente, Jiwoon despertó y descubrió que la señora Choi había salido por asuntos relacionados con el museo, aunque le había dejado preparado el desayuno. Mientras comía en silencio, encendió el teléfono.

Al menos debo decirle que estoy a salvo. Eso lo tranquilizará.

De inmediato comenzaron a llegar los mensajes.

Llamadas perdidas: más de cien.

—…Debe estar desesperado.

Se sujetó la cabeza con ambas manos. Después buscó el número de la subgerente Min Hye-gyeong.

Subgerente, soy yo. ¿Cómo está?

La respuesta llegó de inmediato.

Min:

Asistente Lee, ¿estás bien?

Sí, estoy bien. En realidad… ¿puedo preguntarle algo?

Min:

Dime.

Por favor, no piense que es extraño… El director Seo Taecheon… ¿se encuentra bien?

La respuesta tardó en llegar.

Jiwoon imaginó su sorpresa. Había renunciado y desaparecido, solo para preguntar por el hombre que se encontraba en el centro de todo.

Min:

¿Por qué?

Solo quería saber cómo está.

Min:

No ha ido a la oficina desde ayer.

¿Qué?

Min:

No sé por qué. Pero ayer no se presentó y hoy… tampoco ha venido.

Jiwoon se quedó inmóvil.

¿Qué? ¿Está faltando al trabajo para… buscarme?

La revelación lo golpeó como un bloque de hielo.

El director, siempre tan entregado a sus responsabilidades, había abandonado su puesto.

Era algo sin precedentes.

Ah… Entiendo. Gracias.

Min:

¿Por qué lo preguntas?

Nada. De verdad, muchas gracias.

Conmocionado, Jiwoon necesitaba aire. Quizá un poco de aire fresco le ayudaría a despejar aquella tormenta.

Abrió la ventana de la sala.

Desde el tercer piso vio un sedán negro entrando en el complejo de apartamentos.

Lo reconoció de inmediato.

Era el auto de Seo Taecheon.

—¡Aaah!

Se dirigía directamente hacia el edificio.

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