Vida de recién casados para un divorcio exitoso - Capítulo 88
Jiwoon corrió de un lado a otro por la sala presa del pánico, golpeando el suelo con los pies, pero no había ningún lugar por donde escapar. Si salía en ese momento, se encontraría de frente con Seo Taecheon, quien acababa de llegar al complejo de apartamentos.
—¿Qué hago? ¿Dónde puedo esconderme?
Ahora ya no cargaba únicamente con su propia vida, así que arrojarse desde el balcón del quinto piso estaba completamente descartado. Estaba atrapado, sin poder avanzar ni retroceder.
Así se siente un ratón acorralado por un gato…
¿Dónde debería meterme…?
Entonces, su mirada frenética se posó sobre una puerta: el vestidor del que la señora Choi había sacado ropa la noche anterior.
Corrió hacia allí, recordando sus palabras. Los armarios empotrados del lado izquierdo estaban reservados para la ropa de Taecheon cuando se quedaba a dormir, aunque en ese momento estaban vacíos.
Sí. Aquí. No tengo otra opción.
Abrió de un tirón una de las puertas. Había espacio suficiente para una persona. Se metió dentro y cerró justo cuando la puerta principal emitió un pitido y se abrió con un clic.
Está aquí. De verdad está aquí.
Jiwoon se abrazó con fuerza, tratando de contener los temblores y obligándose a respirar sin hacer ruido. No poder ver nada y depender únicamente de los sonidos resultaba aterrador.
Los pasos resonaron cada vez más cerca. Escuchó puertas deslizándose, una tras otra, hasta que finalmente la del propio armario se abrió.
—…Jiwoon. Así que estabas aquí.
—T-Taecheon…
Con el corazón golpeándole el pecho, Jiwoon se quedó inmóvil.
Había esperado encontrarlo furioso. Después de dejarle una grabación tan cruel y desaparecer sin dejar rastro, seguramente Taecheon debía estar consumido por la ira.
—…Lo siento.
—¿Crees que vine para escucharte decir eso?
—…¿Qué?
En lugar de rabia, el rostro de Taecheon estaba lleno de preocupación, dolor y alivio. Su voz sonó ronca y desesperada.
—No me abandones. Vine para suplicarte eso.
—Taecheon…
—Si hice algo mal, dímelo. Cambiaré.
—No, no es por eso…
El corazón de Jiwoon se hundió cuando Taecheon sostuvo su rostro entre las manos, temblando.
—Sea cual sea la razón, por favor… No me dejes.
Aquel hombre, a quien siempre había considerado inquebrantablemente fuerte, revelaba una fragilidad que llenó de lágrimas los ojos de Jiwoon.
¿Qué he hecho? Actué por mi cuenta, lo atormenté y provoqué esa angustia en su rostro… Todo es culpa mía.
—Lo siento, Taecheon. Lo siento muchísimo…
Se arrojó a los brazos del hombre mayor y rompió a llorar.
—Me equivoqué. Huir de casa, abandonarte… Lo siento.
—…Entonces, ¿volverás conmigo?
—Sí. Quiero volver.
Sorbió por la nariz y se aferró con más fuerza. Taecheon ignoró su ropa arrugada y le secó con ternura el rostro mojado usando la manga.
—Después le explicaré a mi madre. Por ahora, baja conmigo.
—Sí… de acuerdo.
No tenía equipaje que recoger. Simplemente volvió a ponerse la ropa con la que había llegado, se colocó el abrigo y salió con él.
—Sube. Hace frío.
—Sí.
Jiwoon se acomodó en el asiento del copiloto. Cuando el auto se puso en marcha, susurró con la cabeza inclinada:
—Lo siento. Por haber huido de esa manera.
—Está bien.
—…Me siento muy culpable, Taecheon.
—No te disculpes más. Estoy bien.
Taecheon apretó cálidamente su mano. Aquel calor firme estuvo a punto de hacerlo derrumbarse de nuevo.
—No llores.
—…De acuerdo.
Veinte minutos después, el auto cruzó la entrada de su casa. Al recorrer el sendero familiar y atravesar la puerta, Jiwoon sintió una profunda paz.
El aroma, la calidez cuidadosamente mantenida…
Su hogar.
—Ah…
—¡Jiwoon!
Se tambaleó.
—¿Estás bien?
—S-sí. Solo estoy nervioso.
Sin embargo, sus rodillas cedieron y Taecheon lo sujetó de inmediato.
—Ven. Descansa.
Cuando se sentó en el sofá, Jiwoon vio el muñeco Sookryeo-Doongyi que había dejado, con la grabación incluida, tirado en el suelo.
Así que sí lo escuchó.
La vergüenza le abrasó el rostro.
Taecheon preparó té caliente, se sentó a su lado y sostuvo su mano.
—Jiwoon.
—Sí.
—Si me ha faltado algo, lo siento. Dímelo y lo corregiré.
—No… Tú no hiciste nada malo.
—Entonces, ¿por qué intentaste abandonarme?
Sus ojos brillaban con desesperación. El pecho de Jiwoon se contrajo.
Se está culpando a sí mismo… Todo por mi impulsividad.
—…La verdad es que… me dijeron que tenía una enfermedad terminal.
—¡¿Qué?!
El rostro de Taecheon quedó marcado por la conmoción. Jiwoon se apresuró a continuar:
—Pero fue un error. No era cierto. Se equivocaron en el diagnóstico.
—…Dios. Casi muero del susto.
—Me hicieron nuevos análisis. Estoy sano.
—…Entonces… ¿me dejaste por eso?
Jiwoon asintió.
—Sí. Pensé que, si de verdad nos convertíamos en una familia, si nuestro amor se hacía todavía más profundo y después yo moría, quedarías destrozado. No podía soportar causarte ese dolor. Por eso… pensé que debía desaparecer.
—…¿Por qué no me lo dijiste? Aunque estuvieras enfermo, querría que permanecieras a mi lado.
La garganta de Jiwoon se cerró y le ardió la nariz.
—¿De verdad?
—Por supuesto. Aunque estuvieras muriendo, aunque tuviéramos que afrontar una despedida, querría pasar contigo cada instante hasta que llegara ese momento.
Las lágrimas volvieron a acumularse en sus ojos.
Jiwoon había creído que la distancia disminuiría el dolor, pero aquel hombre pensaba exactamente lo contrario: que estar juntos hacía más llevadero el sufrimiento.
—Lo que más temo es perderte. Que terminemos alejándonos.
—Taecheon…
—Júramelo. Sea mucho o poco el tiempo que nos quede, vívelo conmigo. Todo.
¿Quién podría resistirse a unas palabras así?
Con el rostro empapado en lágrimas, Jiwoon asintió.