Vida de recién casados para un divorcio exitoso - Capítulo 82

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Sobre el suelo desnudo, sin nada más a su alrededor, el Sookryeo-Doongyi con inteligencia artificial parecía completamente fuera de lugar, incluso siniestro. Apenas la noche anterior, Jiwoon lo había dejado en el estante de su estudio.

—…¿Por qué está aquí?

Mientras Seo Taecheon se acercaba, un pensamiento cruzó su mente. Aquel muñeco tenía una función de grabación. Al presionar el botón con forma de corazón de su mejilla, podía reproducirse —o grabarse— un mensaje de voz.

¿Podría haber… un mensaje para mí dentro?

La respiración de Taecheon se volvió superficial mientras se obligaba a acercarse. El pulso le rugía en los oídos y la ansiedad lo envolvía como una tela empapada. Un oscuro presentimiento pesaba sobre él, pero tenía que comprobarlo.

Después de respirar profundamente, recogió el muñeco y presionó el botón. El panel LED de su pecho se iluminó y, entonces, la conocida voz de Jiwoon brotó del altavoz.

[—Taecheon. Por favor, escucha con atención lo que voy a decirte.]

El corazón le dio un vuelco, como si se hubiera detenido por un instante. El muñeco estuvo a punto de resbalarle de las manos. Un escalofrío le cubrió la espalda y su mandíbula comenzó a temblar.

Las palabras que siguieron cayeron como una bomba.

[—Para decirlo sin rodeos, no puedo continuar con este matrimonio. Lo pensé bien y comprendí que no te amo. Eso es todo lo que puedo decir. Si me odias, maldíceme y después olvídame por completo. Me pondré en contacto por separado con el Centro de Reflexión, así que tú también deberías hacerlo para terminar nuestro divorcio. De todos modos, ya estaba en proceso, ¿verdad?]

Con un golpe seco, el muñeco cayó de sus manos y rodó por el suelo.

[—…Lo siento.]

El mensaje terminó.

Taecheon se quedó mirando al vacío. Después negó con la cabeza y cerró los ojos con fuerza. Se pasó una mano por el cabello, se desplomó contra la pared y se deslizó hasta el suelo con un golpe sordo. Su mirada vacía se desvió hacia la ventana.

—Jiwoon… Lee Jiwoon.

No puede ser. Esa sonrisa que me mostrabas, la forma en que te aferrabas a mí con tanta felicidad, esa voz que decía que deseabas que permaneciéramos juntos para siempre… Nada de eso pudo haber sido mentira. Entonces, ¿por qué está ocurriendo esto?

Apretó los ojos con fuerza. En su mente apareció con nitidez el rostro de Jiwoon.

Había sido tres años atrás.

Jiwoon nunca llegó a conocer aquella verdad, pero Seo Taecheon ya se había fijado en él antes de que entrara a trabajar en la empresa. Para ser precisos, había sido un encuentro fugaz, pero uno que le había arrebatado el aliento.

Un Omega estaba sentado en silencio en el sofá de una esquina del vestíbulo de un hotel, llorando sin emitir sonido. Sus hombros temblaban mientras intentaba contener los sollozos. Algo se agitó con tanta intensidad dentro de Taecheon que terminó haciendo algo que jamás había hecho antes.

—…¿Está bien?

Le ofreció un pañuelo.

Unos grandes ojos marrones inundados de lágrimas se alzaron hacia él y se desbordaron. Algo inexplicable le oprimió el pecho. Que las lágrimas de otra persona pudieran causarle dolor era una sensación completamente nueva.

—G-gracias.

Quizá demasiado agradecido por aquel pequeño gesto de bondad, el joven hundió el rostro en la tela y comenzó a sollozar con fuerza. Taecheon permaneció a su lado hasta que finalmente dejó de llorar.

—Arruiné su pañuelo. Lo siento mucho.

Con el rostro rojo, el joven entró en pánico.

—Usted trabaja aquí, ¿verdad? Lo lavaré y se lo devolveré mañana.

—No hace falta.

—No. Mañana por la noche lo traeré aquí mismo.

Pero el destino intervino. Un asunto urgente impidió que Taecheon estuviera allí. Creyó que se trataba de una despedida definitiva, que aquel Omega encontrado por casualidad, impregnado con un tenue aroma cítrico, nunca volvería a cruzarse en su camino.

Hasta el día de las entrevistas para los nuevos empleados.

—Hola, soy Lee Jiwoon.

En cuanto entró por la puerta, Taecheon supo que era él.

El mismo Omega.

Aunque Jiwoon no lo recordara, Taecheon estaba seguro. Había estado preguntándose cómo acercarse a él cuando el propio Jiwoon tomó la iniciativa y comenzó a hablar atropelladamente sobre un registro matrimonial equivocado.

—…¿Estás diciendo que tú y yo aparecemos registrados como casados?

—¡Sí! ¡Director, por favor, divórciese de mí!

Entrelazados.

Como carretes de hilo enredados, sus vidas quedaron anudadas aquel día. Aunque la situación era absurda, Taecheon había sentido en secreto un pequeño destello de esperanza.

Al vivir juntos, descubrió que Jiwoon era todavía más adorable de lo que había imaginado. Rompía platos con frecuencia, quemaba la comida, pero siempre volvía a intentarlo con una determinación entrañable. Hablaba durante todo el día, pero dormía como un corderito.

Algo irresistible comenzó a crecer dentro de Taecheon.

No quiero dejarlo ir. Quiero que vivamos juntos así para siempre.

Y el amor surgió de manera natural.

Aquel rostro luminoso como el sol, aquella lengua atrevida que se burlaba sin miedo del temido Seo Taecheon, aquella sinceridad… Todo en él era desesperantemente adorable.

Incluso conspirar con los funcionarios para prolongar el periodo de reflexión del divorcio había sido idea suya, con el propósito de ganar el tiempo suficiente para que Jiwoon llegara a amarlo también.

Como una llovizna que empapaba la ropa sin que uno lo advirtiera, hasta que llegó el momento y se confesó.

Por fin, su amor parecía haberse cumplido.

Pero ahora Jiwoon había desaparecido.

Cuando solo faltaba la ceremonia de boda.

—…

Taecheon se negó a aceptar que el mensaje fuera verdadero. Lo reprodujo una vez más y reparó en la respiración irregular, en los sollozos contenidos entre cada palabra.

Cerró el puño hasta que las venas sobresalieron y golpeó la pared con fuerza. La piel se abrió y la sangre comenzó a brotar, pero aquel dolor consiguió serenarlo.

Te encontraré.

Te traeré de vuelta.

Ese era el único pensamiento que ocupaba su mente.

Mientras tanto, Jiwoon deambulaba por las calles después de abandonar el restaurante. No tenía destino ni dirección.

Al pasar frente a un cine, decidió comprar una entrada por impulso para matar el tiempo. En una mañana de día laborable, la sala estaba casi vacía y parecía pertenecerle solo a él.

Irónicamente, la película trataba sobre un romance marcado por una enfermedad terminal. Su ánimo se hundió, pero no se marchó. La oscuridad envolvente de la sala, donde podía sentarse y dejar la mente en blanco, le pareció una forma de descanso.

Cuando terminó la película, el sol ya estaba alto. Su reloj marcaba las dos. Caminó sin rumbo por un callejón detrás del cine, mirando los establecimientos. La hora de mayor afluencia del almuerzo ya había pasado: los restaurantes estaban vacíos y las cafeterías abarrotadas.

Ya había tomado café por la mañana. El bullicio lo repelía. Siguió caminando y encontró un bar abierto.

—¿Ya están abiertos?

—Sí, nos especializamos en bebidas durante el día.

Perfecto. Entonces beberé solo.

Entró y se sentó junto a la ventana. A través del alto cristal, la ciudad rebosaba de alegría navideña: coronas, campanas doradas y villancicos llenando el aire.

Aquello le dolía.

Había pensado que la Navidad de ese año sería diferente y cálida. Que decoraría un árbol con Taecheon, beberían vino y terminarían la noche de manera romántica.

En cambio, allí estaba, vagando por las calles, con la nariz roja de tanto llorar y buscando alcohol al mediodía.

—Disculpe, señor. La máquina de cerveza de barril está averiada hoy, así que no podemos servirla. ¿Le gustaría una cerveza embotellada?

Por supuesto. El destino ni siquiera le permitía beber cerveza.

No le gustaba la cerveza embotellada, así que negó con la cabeza.

—No. ¿Podría recomendarme otra cosa?

—Como hace frío, ¿qué le parece un vin chaud, vino caliente especiado? Se prepara hirviendo vino tinto con cáscaras de naranja y manzanas. Es bueno para los resfriados y muy sabroso.

—¿Vin chaud?

—Sí. No se preocupe, la mayor parte del alcohol se evapora al hervirlo. Conserva el sabor del vino tinto y el aroma de las especias.

—…De acuerdo. Tomaré eso.

—Sí, señor.

Poco después llegó una taza humeante. Era dulce, con el ligero amargor del vino tinto y el aroma de la canela y la cáscara de naranja. La bebida alivió su estómago revuelto.

Está bien. Es cálido y reconfortante, pero no embriaga.

Beber solo intensificaba su soledad, pero Jiwoon seguía amando los sabores agradables.

Ya que estoy destinado a morir… también podría comer bien, beber bien y dormir cuando me apetezca.

Eso es mejor que consumirme poco a poco.

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