Vida de recién casados para un divorcio exitoso - Capítulo 81

  1. Home
  2. All novels
  3. Vida de recién casados para un divorcio exitoso
  4. Capítulo 81
Prev
Next
Novel Info

Jiwoon volvió a enrollarse la bufanda color marfil alrededor del cuello y bajó la cabeza. Conservaba un tenue aroma a Seo Taecheon y era muy cálida.

Incluso de pie en medio de la calle, sentía que las lágrimas amenazaban con caer. Pero Jiwoon sacudió la cabeza con fuerza para serenarse.

No debo flaquear. Es mejor que me recuerde como alguien desvergonzado y cruel. Así le dolerá menos a Taecheon.

Renovó su determinación y siguió adelante.

Pero… ¿adónde iría ahora?

Después de marcharse precipitadamente, se dio cuenta de que no tenía ningún lugar al cual ir. Permanecer cerca de la empresa era imposible, así que subió al primer autobús que vio sin importarle su destino. Su teléfono vibraba sin cesar en el bolsillo, pero lo ignoró.

Después de diez paradas, se encontró en un barrio desconocido. Perfecto. Bajó del autobús. Las calles le resultaban extrañas y solitarias.

Más adelante había una cafetería. Abrió la puerta con cierta timidez. A pesar de lo temprano que era, unas cálidas luces iluminaban el interior y una joven estaba detrás del mostrador. Quizá porque afuera hacía frío, el resplandor del local parecía todavía más acogedor. Se sintió atraído hacia él y sus pies comenzaron a moverse casi inconscientemente.

Una campanilla tintineó cuando entró. El aroma del café lo envolvió, sorprendentemente parecido al de los granos que Taecheon preparaba en casa. Al instante, los recuerdos de aquellas mañanas tranquilas a su lado inundaron su mente. La presencia de Taecheon siempre había estado acompañada por el aroma del café. Ahora, al imaginarse borrado de aquellas mañanas, el pecho de Jiwoon comenzó a doler de manera insoportable.

—Bienvenido. Puede ordenar aquí.

—Ah… sí.

—¿Qué le gustaría pedir?

Un enorme menú se alzaba detrás de la joven. Normalmente habría elegido cualquier cosa, pero ese día vaciló.

¿Cuántas oportunidades más tendré de beber café en lo que me queda de vida?

De repente, cada taza le parecía algo sagrado.

—¿Qué es lo mejor que tienen aquí?

—¿Nuestra recomendación? Según las ventas, el café moca. En estos días, la versión caliente es muy popular.

—Entonces tomaré eso.

—Sí.

Por instinto, sacó la tarjeta de Taecheon… y se quedó inmóvil. La guardó apresuradamente y eligió la suya.

Idiota. Si la usara, Taecheon podría localizarme. No. Lo nuestro se acabó.

—Aquí tiene su café.

—Gracias.

Se sentó, apoyó la barbilla entre las manos y contempló el vacío.

¿Y ahora qué? Mi ropa, mis pertenencias… Todo quedó en nuestro «hogar de recién casados». Pero ¿para qué necesita sus pertenencias un hombre al que solo le quedan unos meses de vida? Simplemente gastaré mis ahorros y eso será todo.

¿Y el trabajo? A quién le importaba. Después del escándalo que había armado al renunciar, la noticia ya debía de haber llegado a Taecheon. Seguramente estaría conmocionado. Jiwoon se secó los ojos húmedos con la manga.

Mientras sorbía por la nariz, la barista se acercó con unos pañuelos.

—Tome… por favor.

Pañuelos y toallitas húmedas. Un consuelo silencioso.

Aquel gesto de bondad terminó por derrumbarlo. Las lágrimas volvieron a caer en cascada.

El mundo puede ser tan amable… Entonces, ¿por qué tengo que abandonarlo?

—Gracias… Muchas gracias.

Con la nariz congestionada y sollozando, se limpió el rostro. Llorar lo dejó agotado y, entonces, su estómago gruñó de hambre.

—…Tengo hambre incluso ahora.

La ironía le pareció tan lamentable como absurda. Pero había un viejo dicho: «El fantasma que muere con el estómago lleno es más hermoso que el que muere con hambre».

Si tenía que morir, al menos lo haría con el estómago lleno.

Se puso de pie.

—Gracias. Adiós.

—¡Que tenga un buen día!

Afuera, el viento aullaba, revolviéndole el cabello y cortando la piel expuesta. Con cada paso, sus manos y pies se entumecían más.

Por fortuna, no muy lejos había un restaurante especializado en ppyeo-haejangguk¹. Era uno de sus platos favoritos. Entró y el personal lo recibió.

—Bienvenido.

—Un haejangguk, por favor.

—Por aquí.

En cuestión de minutos, colocaron frente a él un tazón hirviendo. Pero, en lugar de resultarle reconfortante y apetitoso, el aroma le revolvió el estómago. Bastó un solo sorbo para que las náuseas se agitaran en su interior.

¿Qué pasa? ¿Este lugar ya no cocina como antes? No… No es solo que esté malo. Se siente inhumano, incomible.

Se obligó a tomar unas cuantas cucharadas antes de dejarla a un lado. Masticó un poco de arroz blanco y lo acompañó con agua fría.

¿Tan pronto? ¿A esto se refería el médico cuando dijo que podía deteriorarme repentinamente y sin previo aviso?

El miedo se apoderó de él. Sintió lágrimas en los ojos y sus manos comenzaron a temblar.

¿De verdad me estoy muriendo? ¿Me consumiré poco a poco, incapaz de comer, hasta quedar reducido a nada?

—¿No es de su agrado? Apenas lo ha tocado —preguntó un empleado, un poco molesto, mientras volvía a llenar su vaso de agua.

—Últimamente tengo el estómago delicado… Disculpe.

Esbozando una débil sonrisa, Jiwoon bajó la mirada. Estar rodeado de comida que no podía tragar era una auténtica tortura.

Huyó del lugar.

Mientras tanto, Seo Taecheon estaba sentado en el asiento trasero de su auto, presionando la opción de rellamada por trigésima primera vez y escuchando siempre la misma voz mecánica:

—El número al que llama no se encuentra disponible. Por favor, inténtelo de nuevo más tarde.

—Maldición.

La repetición le golpeaba el cráneo y avivaba su furia. Conducir él mismo habría sido una locura; estaba tan enfurecido que sin duda acabaría provocando un accidente. Por eso había llamado al señor Kim, su chofer, para que lo llevara a casa.

—Más rápido, por favor, señor Kim.

—Sí, joven amo.

Taecheon se aflojó la corbata de un tirón y se echó el cabello hacia atrás. Su reflejo, casi enloquecido, le devolvió la mirada desde la ventana.

A las nueve y diez de aquella mañana había recibido la noticia: Lee Jiwoon había presentado su renuncia y se había marchado precipitadamente. La secretaria Kim Minji se lo había comunicado. Taecheon corrió hasta el Equipo de Marketing 1, pero Jiwoon ya se había ido.

Y su teléfono estaba apagado.

—¿Qué ocurrió? —exigió saber.

Pero nadie pudo darle una respuesta clara. Ni siquiera Song.

—Nosotros… sinceramente, no lo sabemos.

—¿Simplemente se marchó? ¿Sin decir nada? ¿Sin decir adónde iba?

—Sí… señor.

Aquellas palabras lo aplastaron como una caverna que se derrumbaba sobre él. Desde entonces se había sentido a la deriva, como un barco perdido en alta mar.

¿Dónde?

¿Por qué?

No sabía nada.

Finalmente, logró razonar: Jiwoon no permanecería cerca de la oficina… La casa era su única esperanza.

—Hemos llegado, señor.

Con la cabeza a punto de estallarle, saltó del auto, abrió la reja de golpe, cruzó el jardín a grandes zancadas e irrumpió por la puerta principal.

La casa estaba en silencio.

Un silencio aterrador.

Revisó todas las habitaciones, con las manos temblando cada vez que tocaba un picaporte: no había rastro de Jiwoon en el dormitorio, ni en el baño, ni en la cocina.

Finalmente, llegó a la pequeña habitación de invitados donde Jiwoon guardaba algunas de sus pertenencias.

Pero todo seguía allí.

Ni siquiera faltaba una maleta.

Se fue sin llevarse nada. Simplemente… desapareció.

La casa parecía exactamente igual que aquella mañana, cuando habían salido.

Pero entonces, la mirada inquieta de Taecheon se detuvo.

En la sala, colocado deliberadamente a la vista, había un único objeto:

el Sookryeo-Doongyi con inteligencia artificial.

Prev
Next
Novel Info

MANGA DISCUSSION

© 2024 Ares Scanlation Inc. All rights reserved

Sign in

Lost your password?

← Back to Ares Scanlation

Sign Up

Register For This Site.

Log in | Lost your password?

← Back to Ares Scanlation

Lost your password?

Please enter your username or email address. You will receive a link to create a new password via email.

← Back to Ares Scanlation

Premium Chapter

You are required to login first