Vida de recién casados para un divorcio exitoso - Capítulo 80
Solo estaba pensando en mis propios sentimientos, sin considerar los de Taecheon. En realidad, debe apreciarme mucho más de lo que imaginaba. Si algo me sucede… lo herirá profundamente.
Jiwoon ya había sufrido una pérdida así y podía imaginar aquel dolor con demasiada claridad.
El recuerdo seguía tan vivo como si hubiera ocurrido ayer: aquel dolor abrasador en el pecho y las amargas lágrimas que no dejaban de inundarle el rostro. Cuando sus abuelos fallecieron, el pequeño Jiwoon se había convertido en el doliente principal de su funeral y había recibido a los visitantes inclinándose ante ellos. La mayoría de los asistentes —parientes lejanos y habitantes del pueblo— no murmuraban acerca de la muerte de la anciana pareja, sino sobre el pobre niño que había quedado atrás.
—Perdió a sus padres siendo tan pequeño y ahora también a sus abuelos. Se ha quedado completamente solo… Cuánto debe dolerle. Pero esto es algo que Jiwoon tendrá que soportar por sí mismo.
Incluso entonces lo había comprendido. La familia, aquellos que te abrazaban incondicionalmente y te amaban sin pedir nada a cambio, era el mayor consuelo mientras estaba con vida, pero al morir se convertía en una fuente de dolor despiadado.
No. No puedo permitir que Taecheon sienta la misma agonía que yo.
Si de verdad quería evitarle ese sufrimiento, solo había un camino: debía marcharse. Tenía que volar muy lejos, sin permitir siquiera que Taecheon descubriera lo que le había sucedido.
Ignorando la resolución que Jiwoon había tomado en su interior, Seo Taecheon simplemente terminó de desayunar.
—Jiwoon, ¿podrías irte ahora al trabajo? Tengo que salir temprano por la reunión que programaron ayer.
—Ah, creo que iré un poco más tarde. Preparar el desayuno me dejó sin energías, así que quisiera descansar un rato.
—Me gustaría que fuéramos juntos. Lo siento.
—No te disculpes. Tomaré el autobús, no hay problema. Tú concéntrate en el trabajo.
—Entonces espera.
Antes de salir, Taecheon regresó al vestidor y sacó una bufanda. Era suave, de un elegante tono avena, y la colocó alrededor del cuello de Jiwoon.
—Esto te mantendrá abrigado. Hoy hace frío, úsala.
—¿Cómo podré agradecértelo?
—No hace falta. Un beso será suficiente.
Rozó suavemente los labios de Jiwoon con los suyos. Sin embargo, en el pecho de Jiwoon aquel gesto se clavó como un cuchillo. Pensar que ese podía ser su último beso lo mareaba.
—Preferiría que fueras en auto, pero entonces nos veremos en la oficina.
—Sí. Nos vemos más tarde.
Cuando la puerta se cerró y la espalda de Taecheon desapareció, Jiwoon apretó los ojos. En cuanto escuchó el clic del pestillo, las lágrimas comenzaron a caer.
Aquella despedida… podía ser la última de verdad.
Esa era su realidad.
Jiwoon mantuvo la bufanda bien ajustada y tomó el autobús. Tuviera o no una enfermedad terminal, aún debía trabajar. Para él, aquel era un día en el que tenía que presentarse en la oficina, aunque no para trabajar realmente, sino para dejar todos sus asuntos en orden. Durante meses había preparado discretamente un archivo de entrega, por si acaso, como quien compraba un boleto de lotería con la esperanza de obtener la libertad. Qué amargo y, al mismo tiempo, qué extrañamente reconfortante resultaba tenerlo ahora.
Se aferró a la barra del autobús, perdido en sus pensamientos.
¿Por dónde debería empezar a poner mi vida en orden? ¿Qué debo conservar y qué debo desechar?
Al menos, el mensaje para Taecheon ya estaba grabado en el muñeco Sookryeo-Doongyi con inteligencia artificial. Lo había dejado deliberadamente a la vista en la sala. Taecheon seguramente lo encontraría y, eso esperaba Jiwoon, acabaría resentido con él antes de olvidarlo con el tiempo.
También había dejado una carta aquella mañana. En ella no mencionaba su enfermedad. Solo decía que lo sentía, pero que el matrimonio se había vuelto demasiado pesado para él y que se marchaba. Le pedía que no lo buscara.
Pase lo que pase, no intentes encontrarme. Yo solo fui un extra que entró por error en tu vida. Ahora abandono el escenario.
Mientras grababa aquellas palabras, se había derrumbado en sollozos, cubriéndose la boca con una mano y tapando la cabeza del muñeco con la otra para impedir que su llanto quedara registrado.
La verdad es que tu vida siempre fue como una película, y a mí me dieron un papel protagónico. Pensé que había sido un error de reparto, pero luego descubrí que habíamos nacido para amarnos… No puedo imaginar una felicidad mayor.
—Próxima parada: intersección Cheongdam. Intersección Cheongdam.
El anuncio lo sobresaltó. Por poco se pasaba de su parada. Descendió junto con el resto de los pasajeros y miró al otro lado de la calle: allí se alzaban las elevadas oficinas de cristal de la empresa.
Había sido allí donde, gracias a la amabilidad de un desconocido, decidió entrar al grupo hotelero y poco después lo consiguió. Por un giro del destino, terminó casándose con el mismísimo director. Después de todo el caos, habían encontrado juntos la felicidad.
Pero ahora… había llegado el momento de marcharse.
De soltar todo aquello que nunca le había pertenecido.
Respiró profundamente y avanzó con decisión hacia el edificio.
Sin embargo, la oficina seguía bajo el dominio del líder de equipo Song, quien ya estaba listo para atormentarlo de nuevo.
—Vaya, el empleado más joven puede darse el lujo de llegar después que el líder del equipo. ¡Qué excelente empresa es esta!
El sarcasmo era evidente. Jiwoon lo ignoró y encendió su computadora. Con calma, abrió la intranet, cargó el formulario de Recursos Humanos y comenzó a escribir. Solo el repiqueteo seco del teclado rompía el silencio.
—¿Ahora ni siquiera respondes?
—Líder de equipo Song, he enviado una solicitud de aprobación electrónica. Por favor, autorícela.
—¿Aprobación? Todavía no te he asignado ningún trabajo.
—No es un asunto laboral. Es una cuestión de personal.
—…¿Qué cuestión de personal?
—He presentado mi renuncia.
—…¿Qué?
La exclamación de Song cortó el aire. Todos volvieron la cabeza: la subgerente Min, el gerente Kim y sus demás compañeros lo miraron fijamente.
—¿Qué acabas de decir? ¿Renuncia? ¡Espera, asistente Lee!
Min se levantó de golpe de su silla. Miró alternativamente a Song y a Jiwoon. Todos sabían que Song había acosado a Jiwoon sin descanso. ¿Acaso no era ese el resultado inevitable, que el empleado más joven terminara marchándose a causa del hostigamiento?
Song también comprendió lo que todos pensarían. Era cierto que lo había atormentado durante las últimas semanas… pero ¿presentar su renuncia? Aquello era demasiado peligroso.
El pánico comenzó a apoderarse de él. Si los altos mandos creían que había obligado a un subordinado a renunciar, su reputación quedaría destruida. Peor aún, si alguien presentaba una denuncia directamente ante el Comité Disciplinario, el propio director podía convocarlo.
—C-cálmate, Jiwoon. Quizá… quizá se han acumulado algunos malentendidos. Siéntate, hablemos.
—No es una decisión impulsiva. Como referencia, todos los documentos de entrega están organizados cuidadosamente en mi computadora. Los proyectos actuales ya fueron cargados en la unidad compartida. Me disculpo por dejarlos inconclusos.
—No, a lo que me refiero es que te sientes. Podemos…
Song intentó retroceder desesperadamente y mostrarse conciliador. Sin embargo, la voz de Jiwoon permaneció firme.
—Sin importar lo que diga, mi decisión es definitiva. Le solicito que apruebe la renuncia.
—¿Qué está ocurriendo en el Equipo de Marketing 1?
El jefe del departamento asomó la cabeza por encima del separador, atraído por la tensión. Jiwoon se inclinó cortésmente ante él y luego ante Min.
—Gracias por todo. Rechazaré cualquier conversación adicional. Por favor, tramiten mi renuncia.
Le quedaba menos de un año de vida. No tenía tiempo que desperdiciar en una oficina.
Y, por encima de todo, tenía que alejarse de Seo Taecheon.
—Adiós.
Salió con paso firme, ignorando los murmullos que crecían a su espalda.
—¡Asistente Lee!
Min corrió tras él y lo sujetó por la muñeca.
—¿Por qué estás haciendo esto?
—…Subgerente.
Ella lo había cuidado desde su primer día en la empresa. Se sentía culpable por despedirse de esa manera. Sin embargo, revelar la verdad podía hacer que llegara a oídos de Taecheon, y eso era imposible.
—Lo siento. Gracias por todo. Me pondré en contacto con usted más adelante.
—Prométeme que lo harás. Cuando sea, ¿de acuerdo?
Min tomó ambas manos entre las suyas. Su mirada preocupada le destrozó el corazón.
—Lo haré.
Jiwoon asintió y luego entró en el ascensor.
Afuera, el viento invernal mordió su piel con dureza, como si tuviera garras.