Vida de recién casados para un divorcio exitoso - Capítulo 83

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Jiwoon salió del bar después de beberse tres tazas completas de vin chaud¹. Para entonces ya eran cerca de las cinco de la tarde y, como era habitual en invierno, el sol comenzaba a apagarse.

Qué frío… Será mejor que busque algún lugar donde dormir esta noche.

Aquella mañana había ido al trabajo sin llevar ninguna bolsa, así que ahora solo tenía consigo el teléfono y la cartera. Al menos, en ella llevaba tanto tarjetas de crédito como de débito, por lo que encontrar una habitación para pasar la noche era posible.

¿Quizá un motel?

La zona estaba concurrida y había varios moteles a la vista. Eligió uno al azar y entró. Un empleado esperaba detrás del pequeño mostrador.

—Disculpe, ¿tienen habitaciones disponibles?

—¿A esta hora? Normalmente no, señor. Todavía estamos en el horario de uso diurno.

—¿Incluso si pago el cargo adicional?

—Si está dispuesto a cubrir la diferencia, entonces sí. ¿Una habitación?

—Sí, por favor.

Estaba demasiado destrozado y agotado mentalmente como para preocuparse por el costo. Lo único que deseaba era un lugar donde desplomarse, llorar y desahogarse por completo. Entregó rápidamente una tarjeta y recibió la llave.

—Tercer piso.

—Gracias.

Subió en el ascensor, abrió la habitación y entró. Era un espacio estrecho, con una cama demasiado grande y apenas algunos muebles. La iluminación era intensa y la decoración, sombría.

—…

Estaba muy cansado.

Y tenía mucho frío.

Se dejó caer sobre el colchón sin siquiera quitarse el abrigo. A pesar de la calefacción, el frío le carcomía el cuerpo. Se sentía más rígido y dolorido que cuando había estado afuera, expuesto al viento.

—…Taecheon.

El nombre escapó de sus labios entre sollozos. Siempre que Jiwoon tenía frío o sentía dolor, Seo Taecheon había estado a su lado.

Hasta apenas unos días atrás.

Ahora, el simple hecho de pensar en él lo atravesaba como una cuchilla.

Sacó el teléfono torpemente y lo encendió.

Llamadas perdidas: ochenta y una.

Setenta y ocho eran de Taecheon.

—…

También tenía más de cien mensajes sin leer. Jiwoon se mordió el labio con nerviosismo.

¿Qué clase de cosas le habría escrito Taecheon? ¿Habría enojo, reproches o burlas?

Abrió los mensajes con cautela.

Todos eran súplicas desesperadas.

¿Dónde estás? Por favor, dime qué está ocurriendo. Dime dónde estás y pasaré por ti. Solo… avísame que estás a salvo.

Prácticamente le estaba rogando.

—¡Taecheon… lo siento!

Las lágrimas brotaron rápidamente y le empaparon las mejillas. Jiwoon rompió a llorar a viva voz, con el pecho hecho pedazos.

Quiero volver corriendo, desplomarme entre sus brazos y contárselo todo. Aunque solo me quede un año de vida, quiero rogarle que permanezca conmigo.

Su mente se derrumbó bajo el peso del anhelo. Pero entonces, su parte racional lo reprendió.

¿Vivir un año y después qué? ¿Obligarlo a sufrir la muerte de su esposo? ¿Arruinar su vida por mi egoísmo? No. Debo encontrar una forma discreta de completar el proceso de divorcio. Mañana llamaré al Centro de Reflexión. Preguntaré si existe alguna manera de finalizarlo sin tener que vernos en persona.

Se obligó a reafirmar su decisión.

Ya me marché una vez. No puedo flaquear ahora. Esto es por Taecheon.

Sus sollozos se redujeron poco a poco hasta convertirse en hipos. El dolor seguía desgarrándolo. Algún día, Taecheon jamás conocería la verdad. Nunca sabría que Jiwoon había muerto enfermo.

Como no le quedaba ningún familiar, sus cenizas permanecerían en un solitario columbario, sin que nadie fuera a visitarlas.

Y Taecheon lo recordaría para siempre únicamente como aquel Omega cruel que lo abandonó.

Eso es lo que más duele. Pero… es todo lo que puedo darle al hombre que amo.

Llorando, quedándose dormido y despertando de nuevo, Jiwoon apenas consiguió descansar. Al amanecer, las náuseas volvieron a atacarlo y unos calambres abdominales lo retorcieron hasta hacerlo caer al suelo.

Está empezando otra vez. El diagnóstico era correcto.

Se sujetó el abdomen, apretó los dientes y rodó impotente bajo el dolor. Cuando finalmente disminuyó, la tristeza ocupó su lugar.

—No puedo vivir así.

Las palabras del médico volvieron a su mente: una de las opciones era recibir cuidados paliativos, un tratamiento para aliviar el sufrimiento.

Moriría más adelante, pero con menos dolor.

Después de dos días de dolor y terror, aquella sugerencia comenzaba a resultarle tentadora.

Tal vez debería aceptar los medicamentos y las inyecciones. Vivir con un poco más de tranquilidad antes de irme.

Se obligó a levantarse, decidido a visitar de nuevo a un médico. El problema era que ahora el mareo lo abrumaba y las náuseas le cerraban la garganta.

—Dios… Ese otro hospital está demasiado lejos…

Estaba en Gangnam y aquel hospital se encontraba en el extremo norte de Seúl. Eran las ocho y media de la mañana, plena hora pico. Tanto tomar un taxi como el metro sería una tortura.

Sería mejor consultar a alguien cerca.

Cambió de idea. Más tarde regresaría con el médico original. Por ahora, buscaría tratamiento local. Incluso unos medicamentos básicos o líquidos intravenosos podrían ayudar.

Al revisar el mapa de su teléfono, vio un hospital de tamaño considerable justo frente al motel. No era un centro universitario, pero sí una institución de atención secundaria que contaba con varios especialistas en medicina interna.

Perfecto. Solo tengo que cruzar, registrarme y recibir atención rápido.

A las nueve de la mañana devolvió la llave, salió del motel, cruzó la calle y se detuvo frente al hospital. Vaciló durante un instante, pero finalmente entró y se dirigió a recepción. El vestíbulo estaba lleno de ruido y ya se encontraba abarrotado de pacientes y acompañantes.

Por fin llegó su turno.

—¿Es la primera vez que viene?

—Sí.

—Por favor, complete este formulario. ¿A qué departamento desea acudir?

—Medicina interna.

Después de terminar el papeleo, se sentó a esperar frente a los consultorios, con el ánimo por los suelos.

Cada segundo que transcurría le parecía como si su propia esperanza de vida se estuviera agotando. Miró sin expresión por la ventana. El viento soplaba con violencia y caía aguanieve. En un árbol de ramas desnudas, una sola hoja permanecía aferrada obstinadamente.

Eso… eso es «La última hoja»². Si cae, yo también caeré.

La tristeza volvió a inundarlo.

—Taecheon…

Desbloqueó el teléfono y revisó las fotografías guardadas. Había demasiadas.

Al principio, eran imágenes rígidas tomadas para la aplicación gubernamental del Centro de Reflexión, con el rostro impasible de Taecheon.

Después se volvían más cálidas: viajes a islas apartadas, las comisuras de sus labios más relajadas.

Poco a poco, sus sonrisas se hacían más luminosas, incluso juveniles.

Las fotografías más recientes, tomadas durante la caminata, resplandecían. Su mirada brillaba con tanto afecto que Taecheon parecía el modelo perfecto, de una belleza sobrecogedora.

Nunca volveré a ver ese rostro.

Nunca volveré a tocarlo.

—Taecheon…

—Paciente Lee Jiwoon, puede pasar.

Era una enfermera.

Había llegado su turno.

Todo su cuerpo se tensó. Su pecho quería gritar.

Otro médico volvería a hablarle de su enfermedad.

Otro veredicto.

Le aterraba escucharlo.

Con movimientos pesados, entró en el consultorio.

Lo recibió un médico de mediana edad, de facciones agudas y mirada penetrante.

—Señor Lee Jiwoon, ¿qué lo trae por aquí?

—…Tuve un dolor abdominal repentino y cambios drásticos de temperatura, subiendo y bajando.

—Entiendo. ¿Sospecha cuál podría ser la causa?

—…Ya me diagnosticaron en otro hospital.

Con la cabeza gacha, mencionó el nombre de la enfermedad. El médico frunció profundamente el ceño.

—Entiendo… Eso entra dentro de la categoría de enfermedades raras. ¿Vino para solicitar una segunda opinión? A veces ocurren diagnósticos erróneos. ¿Deseaba una nueva confirmación?

—…No. Los síntomas coinciden exactamente. Ya me hicieron análisis de sangre. Hoy vine únicamente porque aquel hospital queda lejos. Solo quiero algo para aliviar las náuseas y quizá algún analgésico.

Su voz vaciló y su respiración se volvió pesada.

El médico lo observó en silencio, mientras profundas líneas de preocupación se formaban en su frente.

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