Vida de recién casados para un divorcio exitoso - Capítulo 125

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  4. Capítulo 125 - Llámame por mi nombre IF Extra 9
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Reír mientras lloraba era absurdo y, sin embargo, las lágrimas no dejaban de caer. Mientras la almohada gris se oscurecía bajo ellas, un sabor amargo se extendió por la boca de Seo Taecheon.

Acababa de lastimar a un Omega. Desde la perspectiva de ese Omega, después de haber llevado a su hijo en el vientre y de haber vivido felizmente juntos, que de pronto le dijeran que debían separarse… era comprensible que estuviera conmocionado. No era algo difícil de entender.

Aun así, para Seo Taecheon, aquel era el mejor camino.

—Me haré cargo del niño, tanto económicamente como de su educación. No le faltará nada, así que no te preocupes.

Para Jiwoon, aquellas palabras corteses eran una sentencia de muerte: un mensaje claro de que debía llevarse al bebé y abandonar la casa justo después del parto. Él no quería una casa lujosa, escuelas de élite ni cosas costosas; solo quería criar al niño —el fruto de su amor— sano y recto. Ese había sido su objetivo y su sueño.

Tras haber perdido a su familia a una edad temprana, Jiwoon quería, pasara lo que pasara, criar a su hijo sin que conociera la soledad. Quería colmarlo de todo el amor paternal que él nunca había recibido. Por eso se había alegrado de que el Alpha del que se enamoró —como resultado de un vínculo accidental— fuera un buen hombre; había sido feliz porque era sincero y cálido.

Y entonces, aquel sueño se hizo añicos.

Incluso en ese momento, la deficiencia de feromonas hacía que su vientre sufriera espasmos y que un hormigueo recorriera todo su cuerpo. Le dolían las manos y los pies como si se los pincharan con espinas. Había llegado a su límite; los suplementos no servían de nada. Solo las feromonas de su Alpha podían salvarlo.

—…Está bien. Me… divorciaré.

Su voz salió ronca. No tenía elección; debía aceptarlo.

—Lo siento.

—No tienes por qué disculparte. Estás viviendo tu propia vida.

Una migraña lo golpeó y se le secó la boca; su organismo estaba destrozado por la falta de feromonas.

—Eh… No me siento bien. Me faltan muchas feromonas… ¿Podrías ayudarme?

Silencio.

Entonces Taecheon se acercó y se sentó a su lado. Un aroma fresco y dulce rozó su nariz: una nota cítrica que, por alguna razón, le resultaba familiar. Como habían mantenido las distancias desde el accidente, apenas había podido percibir el aroma ya debilitado de Jiwoon; ahora era tenue, detectable solo estando muy cerca.

…Huele bien.

Instintivamente, quedó cautivado por aquel aroma. Aunque no sintiera amor por ese Omega, su fragancia era dulce.

Deslizó una mano impaciente bajo la camiseta de Jiwoon; la piel bajo su gran palma era tersa y casi demasiado suave.

—Ah…

Ante el primer contacto en mucho tiempo, Jiwoon dejó escapar un grito. Incluso aquella ligera caricia hizo brotar un poco de sus feromonas y, luego, aún más, hasta llenar el aire. Taecheon actuó con rapidez: se quitó la ropa y la dejó caer al suelo antes de arrancarle bruscamente la de Jiwoon.

Jiwoon estaba avergonzado, pero no pensó en huir.

Relajó el cuerpo y permaneció inmóvil mientras Taecheon se cernía sobre él. Unos labios ardientes tocaron el pequeño brote de su piel desnuda. La repentina succión en su pecho lo hizo estremecerse.

…No es mi esposo.

Las caricias que recibía ahora no se parecían a las de Seo Taecheon.

A diferencia del esposo que lo calentaba lentamente, el hombre convertido en un extraño utilizaba manos directas y sensuales: hacía rodar sus pezones sin contenerse, presionaba la areola y el brote con su gruesa lengua y succionaba con fuerza mientras amasaba su trasero y frotaba una erección furiosamente dura contra la cara interna de su muslo.

Estaba tan rígida que resultaba amenazante y, sin embargo, el cuerpo del Omega, hambriento de feromonas, era sincero: ya estaba húmedo. Cada vez que Taecheon embestía contra su muslo, un escalofrío le recorría la cintura.

Avergonzado por lo rápido que se había excitado, Jiwoon no pudo mirarlo a los ojos y hundió el rostro en la almohada.

Mientras tanto, Taecheon estaba profundamente cautivado por el aroma que emanaba del Omega.

Nunca esperé esto… Una fragancia tan embriagadora…

Si la belleza pudiera aplicarse a un aroma, aquello era la belleza absoluta: como una elegante flor blanca junto a un lago en calma. Su corazón se aceleró y, de pronto, surgió en él el deseo de mancillarla.

Quiero monopolizar a este Omega.

El cuerpo del Alpha, al encontrarse con un Omega en celo, reaccionó por puro instinto. La codicia se apoderó de su mirada y sus caricias se volvieron más bruscas. Con fuerza, le abrió las piernas de par en par; Jiwoon jadeó. Entre ellas, la abertura teñida de rosa palpitó.

Un cuerpo obsceno que rogaba ser penetrado. Estaba tan mojado que no solo la entrada, sino también sus nalgas estaban húmedas. Era demasiado tentador y, sin pensarlo, Taecheon hundió la cabeza entre sus muslos.

—Ah… ah… ah…

Mientras succionaba la entrada sin descanso, Jiwoon se retorcía y gemía; sus manos desorientadas se aferraron a la cabeza de Taecheon y sus delgados dedos arañaron su cabello, provocándole una sensación cosquilleante, como si se sumergiera en las profundidades del mar.

Cuanto más húmedas se volvían las caricias, más intenso era el aroma del Omega. De la nuca semejante a la de un ciervo, de sus delicadas palmas, de sus muñecas… emanaba un perfume jugoso, denso como pétalos triturados, más intenso que cualquier colonia. Cada vez que Taecheon liberaba sus feromonas, Jiwoon dejaba escapar sonidos entrecortados e incontenibles.

Las feromonas de Taecheon eran como un bosque profundo: imponentes y pesadas; una energía oscura lo bastante vasta como para tragarse por completo el fresco aroma cítrico de Jiwoon.

Sediento de aquel aroma, Jiwoon lo bebió con avidez. Como tierra reseca recibiendo la lluvia, tragó y tragó sin descanso. Frotó el rostro contra el ancho pecho, entrelazó sus piernas con aquellas extremidades firmes y gruesas y suplicó afecto.

Normalmente, Taecheon lo recostaba y no le permitía hacer nada, para luego colmarlo de intensos juegos preliminares, preguntándole una y otra vez si le dolía, si estaba bien, mientras lo provocaba con delicadeza.

Este hombre no era el Seo Taecheon que él conocía. Esa verdad era brutal, piel contra piel. Taecheon se colocó entre las piernas abiertas de Jiwoon; la sensación de la carne contra la carne era la misma que días atrás, pero su pecho estaba helado.

—¡…!

Sin previo aviso, unos dedos penetraron profundamente en su interior. Había recibido aquellos dedos muchas veces, pero nunca con movimientos tan bruscos y salvajes. Con fuertes sonidos húmedos, penetró profundamente y revolvió sus paredes internas. A diferencia del esposo cariñoso que conocía, aquello era puro instinto.

Podía percibir en él el deseo de saborearlo por completo: el salvajismo de un Alpha evaluando qué clase de cuerpo y qué clase de aroma tenía ante sí.

—Mm…

Con un gemido estremecido de excitación, otro dedo entró en él; los sonidos húmedos llenaron la silenciosa habitación. La intensa dilatación hizo temblar a Jiwoon. No le gustaba aquella mano diferente ni el excesivo ruido húmedo y, sin embargo, a medida que el instinto incrementaba el placer, gemidos impotentes escapaban de sus labios. Cada vez que los duros nudillos golpeaban su punto sensible, su visión parpadeaba.

—Parece suficientemente dilatado —dijo con indiferencia mientras se bajaba los pantalones.

Un miembro grueso y rojo oscuro se alzó de golpe, surcado de venas, temible y tan grande que hacía dudar de que pudiera entrar. En contraste, la abertura trasera de Jiwoon era pequeña. ¿Acaso podría siquiera recibir el glande? Chasqueando la lengua, Taecheon se frotó contra el borde y, entonces, una extraña sensación lo invadió.

El Omega bajo él parecía herido, como un ciervo desangrándose tras una cacería.

Una oleada de disgusto surgió en su interior. El rostro de Jiwoon estaba contraído por el dolor.

¿Por qué? Estoy cooperando tan obedientemente… y, después de todo, soy tu amado esposo. Necesitas tener sexo con ese esposo, y si soy yo quien lo hace, no pierdes nada.

¿Por qué me miras con esa expresión tan dolida y desolada?

Entonces lo comprendió: Jiwoon estaba mirando más allá de él, buscando a otro Seo Taecheon.

Una oleada de crueldad se apoderó de él.

No lo hagas. Concéntrate en mí. Soy yo quien te inundará de feromonas y entrará en ti.

Sujetó ambas muñecas con una sola mano y las inmovilizó sobre su cabeza.

—¡Ah! ¡Aahng…!

De nuevo, sin previo aviso, penetró en él. Aunque ya lo había dilatado, su miembro era tan grueso como una maza; la intensa sensación de estar completamente lleno hizo que Jiwoon cerrara los ojos con fuerza.

—Hah…

Su interior era ferozmente estrecho y caliente; un placer brutal lo envolvió. Tan suave, tan dulce… y ese hecho no hizo más que avivar su ira.

Mientras movía las caderas y arrastraba hacia sí aquel cuerpo delicado, Jiwoon seguía mostrando una expresión triste. No estaba deshecho por el placer ni jadeaba como un Omega. Como un hombre cargado con una historia dolorosa, mantenía la mirada baja y sorbía por la nariz de vez en cuando.

Taecheon lo odiaba.

Así que le abrió aún más las piernas y embistió con mayor rudeza. Jiwoon se estremeció, pero aun así se aferró con fuerza a él.

Cada vez que alcanzaba el clímax, la habitación se llenaba de aroma a flores. Era extraño. Cuanto más lo poseía, mayor era su sed, así que devoró a Jiwoon sin descanso. Después del orgasmo, cuando Jiwoon quedó sin fuerzas, Taecheon lo abrazó por detrás y volvió a hundir en él su amenazante miembro.

—Ah… ngh, me… duele.

—Necesitas mis feromonas.

—Hn… hic, Taecheon…

Más allá de su esbelta cintura, su vientre se alzaba redondeado. Como si quisiera proteger al bebé, Jiwoon lo sostuvo entre sus brazos mientras su cuerpo se mecía al ritmo de Taecheon. Este colocó su mano sobre la de Jiwoon.

Así que el bebé estaba ahí debajo.

El bebé al que Jiwoon amaba tanto…

Mis feromonas criarán al niño… al niño que está ahí dentro. Sin mí, no puede vivir, y este Omega se aferrará a mí aunque solo sea por eso.

Comprenderlo le provocó una emoción demencial. Mordió el hombro de Jiwoon y llegó al clímax.

Durante toda la larga noche, no lo dejó ir.

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