Vida de recién casados para un divorcio exitoso - Capítulo 126

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  4. Capítulo 126 - Llámame por mi nombre IF Extra 10
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Así pasó algún tiempo. Después de varias sesiones de sexo, la tez de Jiwoon volvió a mejorar. Incluso recuperó un poco de peso. Con un suministro adecuado de feromonas, su estado mejoró a una velocidad sorprendente. Recuperó el apetito y, a veces, incluso cortaba fruta para comer por su cuenta.

—¿Te gusta el mango?

Un día, Seo Taecheon le hizo aquella pregunta de la nada. Jiwoon, un poco sorprendido, asintió. Esa noche, Taecheon regresó a casa cargando una cesta de frutas.

—Toma. Come.

—¿Eh?

Con los ojos muy abiertos, Jiwoon recibió la cesta con cierta vacilación.

—Parece que te gusta la fruta. Compré un poco.

Jiwoon sacó primero un mango y se lo comió. No sabía qué había impulsado a Taecheon a llevárselo, pero se alegró por aquella pequeña muestra de afecto que no había sentido en mucho tiempo.

Aun así, no empezaron a coincidir más dentro de la casa. En algún momento, Jiwoon dejó de preparar el desayuno.

Mirando la mesa vacía, Taecheon cerró la mano en un puño. Solo faltaban un trozo de pan y una taza de café y, sin embargo, aquel vacío lo carcomía. Siempre había rechazado ese desayuno y se había marchado, pero ahora sentía un tirón en el pecho, como si realmente importara.

Tal vez significaba que ya no tenía sentido seguir preparando el desayuno, puesto que el divorcio era inevitable de todos modos. Intentó verlo de esa manera, pero la incomodidad persistió.

Cuando llegaba temprano a casa, a veces encontraba a Jiwoon, generalmente dormido.

A medida que su vientre crecía, Jiwoon dormía cada vez más. Se quedaba dormido en el sofá de la sala o en el sillón junto a la terraza, probablemente vencido por repentinas oleadas de somnolencia antes de conseguir llegar al dormitorio.

Taecheon recordó algo que su madre había dicho una vez.

Cuando estás embarazado, duermes mucho.

Había dicho que sufrió mucho por culpa del sueño, que odiaba a cualquiera que la despertara…

Sin tocarlo, Taecheon permaneció allí, contemplando su rostro.

Era como la historia de sus padres. Al igual que su madre, aquel Omega daría a luz y se marcharía unos meses después. La diferencia era que sus padres se habían divorciado tras años de peleas, mientras que él y aquel Omega planeaban un divorcio limpio y de mutuo acuerdo. No habría un desgaste emocional innecesario.

No se lo había contado a Jiwoon, pero unos días atrás había recibido una llamada del centro neurológico. Habían encontrado estudios sobre pacientes con síntomas similares. Con la esperanza de descubrir algún caso positivo o una posible solución, había acudido allí a toda prisa; sin embargo, las noticias del médico habían sido desalentadoras.

—Lamentablemente, no existe ningún medicamento ni terapia.

Esperar a que los recuerdos regresaran de manera natural era lo mejor que podían hacer, sin ninguna garantía de que fueran a volver. Taecheon quedó en silencio, golpeado por una profunda sensación de impotencia e inutilidad.

El médico le dijo que debía ser consciente de las posibilidades negativas y le explicó algunos casos recogidos en la literatura médica.

Según uno de ellos, un paciente nunca recordó a su hijo hasta el día de su muerte. Aprendió y aceptó que el muchacho frente a él era su propio hijo y continuó viviendo de esa manera. Otro paciente nunca volvió a reconocer a su madre después del accidente, hasta el final de sus días.

Los casos de recuperación de la memoria eran, lamentablemente, casi inexistentes. El médico calificó la recuperación de los recuerdos como «un milagro».

Mientras salía de allí, Taecheon luchó con sus pensamientos.

Si sus recuerdos nunca regresaban, entonces «Jiwoon» sería extirpado de su vida. ¿Sería eso una pérdida o una ganancia? No podía juzgarlo.

La pregunta siempre regresaba al mismo punto: antes de perder la memoria, ¿su antiguo yo había amado profundamente a aquel Omega?

Según le había contado su secretario, los dos habían mantenido una relación secreta en el trabajo. Taecheon quedó atónito al enterarse de que incluso habían vivido juntos antes de la boda; para él, algo así resultaba inconcebible.

¿Un hombre que consideraba agobiante incluso compartir una comida por cortesía con un Omega presentado como posible pareja había anunciado públicamente su relación en un entorno formal? Lo mirara como lo mirara, era extraño. Para que él hiciera algo tan impropio de su carácter… ¿acaso aquel Omega había sido tan especial?

Sus dudas continuaron dando vueltas hasta llegar al niño que crecía en el vientre de Jiwoon.

Después del divorcio, ¿cómo viviría Jiwoon? Taecheon tenía la intención de pagarle una pensión suficiente para que viviera cómodamente. Como había dicho, no escatimaría en los gastos de crianza y educación. Si el niño lo deseaba, se reuniría con él y pasaría tiempo a su lado. Quería cumplir con su responsabilidad como padre biológico.

Pero…

El automóvil se detuvo ante un semáforo en rojo. Con las manos sobre el volante, Taecheon miró por la ventana.

¿Realmente este es el camino correcto? ¿Divorciarnos así?

Los casos descritos en los estudios… Aquellas personas que no podían reconocer a sus hijos o a sus madres y que, aun así, habían vivido juntas hasta el final. Incluso sin recuerdos, siguieron siendo una familia.

¿Podría yo… mantener una familia así?

Continuó conduciendo con la mente hecha un nudo. Entonces, como si todo ocurriera a cámara lenta, una escultura al borde de la carretera captó su atención. Una estatua de color verde oscuro.

He visto eso. No… Lo conozco.

Se le erizó la piel. Detuvo el automóvil cerca de allí. La forma, el color… todo le resultaba familiar.

Ante él se alzaba un letrero de estacionamiento. Aparcó rápidamente y salió del vehículo para observar la estatua.

—…¿?

Su visión pareció ondular. El edificio frente a él le resultaba terriblemente familiar. El letrero decía: «Centro de Reflexión sobre el Divorcio, sucursal de Gangnam, Seúl». El estacionamiento, el paisaje… conocía todo aquello demasiado bien.

Había estado allí.

Varias veces.

Imágenes tenues comenzaron a florecer con color en su mente.

El rostro de Jiwoon pasó fugazmente ante él. No hubo dolor de cabeza. Solo su sonrisa, la brillante luz del sol, el viento cálido y el aroma fresco que se adhería a su cuerpo… todo se entrelazó en una única impresión.

Jiwoon.

Tres sílabas quedaron firmemente grabadas en su mente. Taecheon esperó a que sus pensamientos se ordenaran.

—Vaya, a esta hora nunca viene nadie.

Un hombre de mediana edad salió tranquilamente del edificio y reparó en el automóvil estacionado.

—¿Oh? ¡Miren quién está aquí! ¡Cuánto tiempo sin verte!

Al reconocer el rostro de Taecheon, sonrió ampliamente.

—Ah, señor.

Conocía a aquel hombre. No solo su rostro, sino también su nombre.

Era… cierto.

El oficiante de su boda.

Era primavera. Vestido con traje, el hombre había declarado formalmente su unión. Frente a él estaban Seo Taecheon, con una amplia sonrisa, y un radiante Lee Jiwoon. Sin embargo, Taecheon no conseguía librarse de la sensación de que una pieza del rompecabezas seguía sin encajar por completo.

El hombre le preguntó:

—¿Cómo has estado? ¿Qué tal la vida de casado? —preguntó con una sonrisa despreocupada.

—…Vamos a tener un bebé. Está de cuatro meses.

Taecheon respondió con cierta torpeza, eligiendo la respuesta más segura.

—Ah, eso ya lo sé. Deben estar entrando en el periodo estable. La última vez dijiste que estaba de tres meses.

—Sí. Ahora está mucho más estable.

—Maravilloso. He unido a muchas parejas, pero ninguna encaja tan bien como ustedes dos.

—¿De verdad?

—No te hagas el tímido. Mimas a tu Omega sin la menor vergüenza.

Taecheon no supo qué responder.

Así que era así como los demás los veían.

—Todavía tienes ese retrato, ¿verdad? Aquella clase causó un gran revuelo. Qué tiempos tan divertidos.

—Ah, sí… Lo recuerdo.

No tenía idea de qué retrato hablaba, pero fingió recordar.

—Se me ha hecho tarde. Ya me voy.

—Sí.

—Nos vemos de nuevo. Y no lo olvides: me debes una comida.

—Sí, señor. Cuídese.

El hombre agitó la mano y regresó al interior del edificio.

Taecheon permaneció allí un momento antes de regresar a su automóvil.

La palabra «retrato» se había quedado clavada en su mente.

¿Yo pinté un retrato?

En otro tiempo había querido ser pintor. Un niño que pasaba largas horas solo con su cuaderno de dibujo; aquel había sido su único amigo. Podía dibujar eternamente las cosas que le gustaban sin cansarse: conejos, aviones, balones de fútbol.

Al descubrir el talento de su hijo, el presidente Seo lo envió a una escuela secundaria de artes. Allí también destacó; rebosaba energía mientras perdía la noción de las horas frente al lienzo.

Tenía una regla: dibujar únicamente aquello que amaba. Plasmaba la belleza, las cosas adorables y los momentos radiantes para sanar su propia soledad. No quería dibujar nada negativo ni oscuro. Detestaba el arte abstracto.

Por eso, cuando eligió los negocios en lugar de las bellas artes, apenas sintió arrepentimiento; la fama nunca había sido su objetivo. Mientras pudiera dibujar aquello que amaba cuando quisiera, daba igual si lo convertía en su profesión o no.

—Retrato…

Nunca había dibujado uno. Nadie había conseguido entrar de aquella manera en su corazón. Como no sentía afecto ni amor por los demás, nunca los había pintado.

¿Y aun así pinté uno?

Condujo a toda velocidad, estacionó y corrió a abrir la entrada. Una vez dentro, fue directamente al estudio y revolvió los estantes. No había ningún retrato. Ni en los cuadernos de dibujo ni en ningún marco.

Era una persona ordenada; sin duda debía de estar guardado en algún lugar. ¿Por qué no podía encontrarlo?

Tal vez…

Jiwoon lo tiene.

Salió del estudio. Al pasar frente al vestidor, escuchó unos suaves sollozos. Invadido por una repentina urgencia, abrió la puerta de golpe y se quedó paralizado.

Jiwoon estaba agachado en el suelo, haciendo las maletas. Había llenado tanto una pequeña maleta de mano que tenía que presionarla con la rodilla para conseguir cerrar la cremallera.

—Jiwoon. ¿Qué estás haciendo?

Jiwoon alzó la mirada hacia él y luego volvió a concentrarse en la maleta.

—Me voy hoy.

Su voz estaba empapada de lágrimas, pero era firme.

—¿Te vas?

—Sí. Podemos vernos solo cuando sea necesario. Me pondré en contacto contigo.

Sorbió por la nariz una y otra vez.

Taecheon no tenía idea de cómo responder. Jiwoon no estaba equivocado. Sin embargo, ante la idea de que abandonara aquella casa, un agujero negro se abrió en su pecho.

Si se iba, si se marchaba a otro lugar… ¿entonces qué? Ya no lo encontraría dormido por toda la casa, completamente indefenso. No podría cubrir aquel cuerpo delgado con una manta, acomodar su cabeza sobre una almohada, escuchar sus diminutos pasos durante la noche ni ver aquella expresión avergonzada acompañada de su cabello revuelto por las mañanas.

—¿Por qué tan de repente? ¿De verdad tienes que irte?

Preguntó con urgencia. Jiwoon se mantuvo firme.

—Sí. No creo que quedarme aquí sea bueno para mí ni para el bebé.

Sollozando, abrió la maleta y comenzó a ordenar nuevamente sus cosas. Entonces, un marco colocado sobre la ropa captó la atención de Taecheon.

Era un boceto sencillo, pero no había duda de que representaba el rostro de Jiwoon.

Él lo había dibujado.

Aquellos trazos eran suyos.

El cabello fino y los rasgos habían sido plasmados con sumo cuidado; los ojos inocentes brillaban como si estuvieran soñando. Las mejillas sonrojadas y la mirada bondadosa lo hacían parecer un muchacho surgido de un mito.

Un escalofrío recorrió su cuerpo.

Así que ese es el retrato.

Lo comprendió.

Había amado ferozmente a Jiwoon.

Cada trazo del lápiz, cada sombra, lo decía claramente: había amado a esa persona, a esa hermosa persona, más que a nadie.

El único retrato que había dibujado en toda su vida —el primero y el último— lo demostraba.

—Jiwoon…

Una voz ahogada escapó de su garganta.

—No te vayas.

Jiwoon levantó la vista hacia él, incrédulo. Las lágrimas comenzaron a correr por los ojos de Taecheon y cayeron al suelo.

—Por favor, no te vayas. Te lo suplico. Quédate conmigo.

Mientras Jiwoon permanecía demasiado sorprendido para responder, Taecheon cayó de rodillas.

Una chispa de esperanza apareció en los ojos de Jiwoon.

—¿Lo… lo recordaste?

Ante la pregunta urgente, Taecheon negó con la cabeza.

—No, no todo. Todavía no te conozco. Sé que te amaba, pero no recuerdo los momentos que vivimos juntos.

El rostro de Jiwoon quedó inmóvil. Sin embargo, ante las palabras que siguieron, ya no pudo contener las lágrimas.

—Pero de esto sí estoy seguro: te amaba con locura. Y me he vuelto a enamorar de ti.

Una lágrima solitaria se deslizó de su ojo. Jiwoon extendió la mano y la secó con la manga.

—Cada mañana, pensar que ya no encontraré tu café… me desespera. Que solo nos veamos cuando tenemos relaciones… me está consumiendo. Cuando salgo de la habitación y tú lloras… si te escucho, no puedo dormir.

—Taecheon…

—…¿Puedo volver a amarte?

Jiwoon se levantó y se arrojó a sus brazos. Taecheon lo abrazó con fuerza. Una cálida sensación se extendió entre ambos.

—No sé nada. Cómo nos conocimos, cuánto nos amamos… nada.

Mientras Jiwoon sollozaba entre sus brazos, Taecheon acarició su cabello. Aquellas finas hebras que se deslizaban suavemente entre sus dedos… seguramente las había amado.

Y todavía las amaba.

—Así que, de ahora en adelante… enséñame.

—Taecheon.

—Lamento todo lo que he hecho hasta ahora.

Jiwoon rompió a llorar. Aferrados con fuerza el uno al otro, permanecieron unidos durante mucho tiempo.

Aquella noche, se acostaron uno al lado del otro en la cama principal y hablaron hasta el amanecer. Jiwoon le contó cuidadosamente todo lo que había ocurrido. Taecheon escuchó en silencio. Cada historia le resultaba desconocida y, precisamente por eso, mantuvo la mirada fija en Jiwoon y asintió ante cada una.

—…Taecheon.

—Sí.

—¿Quién soy?

Aquel día, en la habitación del hospital, Taecheon le había preguntado a Jiwoon: ¿Quién eres?

Ahora era Jiwoon quien le preguntaba:

¿Quién soy?

—Lee Jiwoon, mi Omega.

Apartó el cabello que caía sobre la frente de Jiwoon y depositó un beso allí.

—…Eso era lo que quería escuchar.

Jiwoon enterró el rostro en el pecho de Taecheon, sorbió por la nariz y luego cerró los ojos.

Justo antes de quedarse dormido, susurró:

—Espero que mañana llegue pronto.

Que pronto amanezca el primer día en que volvamos a enamorarnos.

—Duerme bien, Jiwoon —respondió Taecheon con voz suave y profunda.

Entonces, abrazando al profundamente dormido Jiwoon, cerró los ojos.

Un sueño muy profundo envolvió a ambos.

Fin

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