Vida de recién casados para un divorcio exitoso - Capítulo 111

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Kim Min-ji le compartió los sitios de mayor calidad y algunos consejos para editar fotografías. También le explicó cómo guardar las tarjetas fotográficas en fundas protectoras delgadas o colocarlas en estuches rígidos para disfrutarlas como pequeños marcos.

Seo Taecheon subió todas las fotografías de Jiwoon que tenía guardadas en el teléfono para convertirlas en tarjetas fotográficas. Ni una sola le parecía menos que hermosa; no podía descartar ninguna. Una para usar, otra para conservar, una para emergencias y otra por si estallaba una guerra o tenían que evacuar: cuatro copias de cada una.

Tres días después, llegó el paquete.

Contempló las fotografías individuales de Jiwoon, editadas con esmero, las imágenes de ambos como pareja y las tarjetas con las ecografías de Mango. Luego eligió cuidadosamente algunas y las guardó en su billetera.

Las había llevado consigo durante el viaje, pero no podían compararse con el verdadero Jiwoon. Un cuerpo que había abrazado y tocado no podía ser reemplazado por fotografías.

Frotó con el pulgar la tarjeta protegida por una funda de plástico y desbloqueó su teléfono. Había un video del viaje que habían hecho juntos a la playa. En él, Jiwoon jugaba con los pies entre la espuma; sus pies descalzos, bañados por el sol, eran impecables. Escuchar su risa no hizo más que intensificar el dolor de extrañarlo.

Ah… No tengo remedio. Ninguno en absoluto.

Después sacó la tarjeta que había mandado a hacer con la ecografía de Mango. Sinceramente, apenas lograba distinguir qué parte era el rostro y cuál un pie. Aunque el médico se lo explicaba en cada revisión, Taecheon siempre terminaba preguntando:

—¿Y cómo se supone que esto es nuestro Mango…?

Aun así, saber lo que había allí dentro hacía que la imagen fuera preciosa y tuviera valor por sí misma.

Ahora que lo pienso, Mango nacerá pronto. El médico dijo que es un niño. ¿Se parecerá a mí? ¿O se parecerá a Jiwoon y será hermoso como una pintura? Mi piel es un poco oscura, pero la de Jiwoon es blanca como la nieve. El color de nuestro cabello y nuestros ojos es completamente diferente.

Si se parece a mí, será muy alto… Ya es grande para su edad gestacional y también pesa más de lo normal. Tal vez sí.

Anhelaba tener un hijo que pareciera una copia exacta de él, pero, en secreto, deseaba todavía más que el bebé se pareciera a Jiwoon. Un rostro tan hermoso merecía quedar registrado en la historia de la humanidad. De lo contrario, la humanidad entera saldría perdiendo.

Imaginó un mundo con dos personas así de hermosas. Por primera vez en su vida, se descubrió agradeciéndole a un Dios en el que jamás había creído.

¿Qué clase de bebé nacerá?

Mientras miraba más allá de aquella borrosa imagen en escala de grises, se perdió en sus pensamientos.

La agenda era agotadora: reuniones y visitas de inspección desde la mañana hasta la noche. Para cuando terminó la cena con los ejecutivos de la otra parte, ya era muy tarde.

Para los altos directivos, una cena de negocios no servía únicamente para hablar de trabajo. Era un espacio para debatir y ejercer presión de manera sutil, un lugar donde construir relaciones personales que permitieran que todo avanzara con mayor facilidad.

Hablar exclusivamente de negocios no producía buenos resultados, así que Taecheon comentó que había estudiado en el extranjero y regresado al país, que estaba a punto de convertirse en padre y que extrañaba terriblemente a su Omega, que se encontraba en Corea. Aquel terreno común suavizó el ambiente y comenzaron a intercambiar copas de vino.

Como resultado, regresó al hotel mucho más tarde de lo planeado. En su habitación se enjuagó con agua fría y se puso únicamente una bata. Bebió agua mineral helada y extendió la mano hacia el teléfono, pero se detuvo.

La tabla de husos horarios lo dejaba claro: en Seúl todavía era de madrugada.

Jiwoon, que solía despertarse tarde, no estaría despierto. Taecheon ansiaba escuchar su voz, pero aún faltaban varias horas. Calculándolo rápidamente, al menos tres o cuatro.

—Uf…

Como ya era tarde, debería dormir. Pero ¿sería mejor permanecer despierto y esperar hasta escuchar la voz de Jiwoon antes de acostarse?

Mientras lo meditaba, recibió un mensaje.

¿Estás despierto, Taecheon?

Era Jiwoon. Taecheon se sorprendió al descubrir que estaba despierto a aquella hora y respondió de inmediato.

Estoy despierto. ¿Puedo llamarte?

El teléfono sonó al instante. Una voz ligeramente ronca llegó desde el otro lado.

—Taecheon, ¿acabas de terminar de trabajar?

—Sí. Todo se alargó y acabo de volver a mi habitación. Allí todavía es de madrugada. ¿Ya estás despierto?

—Me desperté temprano.

—No te sentirás mal, ¿verdad?

—Claro que no. Ayer tuve la revisión. Tanto el bebé como yo estamos sanos.

—Gracias al cielo.

—Y es maravilloso escuchar tu voz tan temprano.

—Yo siento lo mismo. Es agradable terminar el día contigo.

Aunque sus cuerpos estaban separados, escucharse les permitió tener la certeza de que compartían el mismo sentimiento. Naturalmente, el rostro de Jiwoon llenó la mente de Taecheon, seguido por la imagen de su amado cuerpo.

Quiero tocarlo. Quiero sentirlo.

Antes de darse cuenta, estaba imaginando que acariciaba la blanca nuca de Jiwoon. Últimamente, su piel se había vuelto todavía más suave. Siempre había sido clara y tersa, pero el embarazo la había vuelto especialmente mullida. Aquella sensación lo había llevado al límite más de una vez mientras sostenía a Jiwoon entre sus brazos.

No le habían crecido senos —después de todo, era un hombre—, pero sus pezones habían aumentado de tamaño. Cuando ambos lo notaron por primera vez, se sintieron desconcertados. Taecheon había aprendido que, en ocasiones, las hormonas aclaraban el tono de la piel y hacían que los pezones y el perineo adquirieran un color más pálido.

Había fingido mantener la calma, pero apenas podía controlar su excitación.

Sus manos buscaban el pecho de Jiwoon a la menor oportunidad. Cuando se acostaban juntos por la noche, lo abrazaba, le acariciaba la espalda y luego deslizaba una mano bajo su camiseta para jugar con uno de sus pezones. Bastaba un ligero roce para que se marcaran visiblemente bajo la tela. Ya no eran tan pequeños; ahora eran más grandes y definidos, lo que los hacía visualmente provocativos.

Entonces sus caricias se volvían insistentes y Jiwoon gemía, avergonzado. Taecheon lo calmaba y cubría con los labios la tela sobre el pezón. Cuando lo provocaba con la lengua, Jiwoon no sabía dónde meterse y gemía impotente. No solo se habían vuelto más grandes, sino también más sensibles.

Cuando jugaba con ambos al mismo tiempo, Jiwoon se retorcía, al borde del orgasmo únicamente por aquello. Su cuerpo respondía fielmente a cada estímulo que Taecheon le proporcionaba.

El perineo, teñido de rosa, también lo volvía loco. A medida que se acercaba el parto, aquel perineo rosado se tornaba más carnoso. Conforme aumentaba su sensibilidad sexual, también se incrementaba la lubricación de su entrada trasera, por lo que Jiwoon solía estar húmedo en aquella zona. Cuando el carnoso perineo se volvía pegajoso y mojado, Taecheon sentía que los ojos se le iban hacia atrás. Enterraba encantado el rostro entre sus piernas y bebía aquella dulzura.

La primera vez que había puesto la boca allí, Jiwoon retrocedió sobresaltado. Incluso lo había echado de la cama de una patada. Más tarde, cuando comprendió que su resistencia no se debía al desagrado, sino a la intensidad abrumadora de la sensación, Taecheon ya no estuvo dispuesto a renunciar.

Persistió, lamiendo y succionando aquella entrada apretada.

La abertura era pequeña y su lengua gruesa, por lo que no resultaba fácil introducirla. Sin embargo, cuando separaba los pliegues y lamía con fuerza la mucosa interior, Jiwoon siempre se endurecía por completo. En ocasiones, bastaba con que succionara la entrada y el perineo para hacerlo llegar al orgasmo.

Después, mortificado, Jiwoon ocultaba el rostro, pero Taecheon adoraba aquella humedad obscena. Le producía una profunda satisfacción saber que solo él podía ver a Jiwoon abierto de aquella manera, mostrándole aquella abertura húmeda.

Gracias al cielo soy yo. Gracias al cielo soy el Alfa que se casó con él.

La idea de que otros hombres no conocieran aquella faceta de Jiwoon le parecía perfecta.

A veces le preocupaba que su creciente posesividad pudiera parecer peligrosa. En otro tiempo, había sido la imagen misma del autocontrol. Ahora cualquiera podría acusarlo de haberse acercado a Jiwoon únicamente por su cuerpo, pues lo tendía sobre la cama siempre que encontraba un momento libre.

Actuaba con serenidad y ocultaba su desenfreno, pero era un hombre lleno de deseo hasta el límite.

—Cariño, ¿qué estás haciendo?

El simple sonido de aquella voz alegre bastó para endurecerlo. Por fortuna estaba solo; cualquiera más se habría horrorizado.

—Jiwoon, ¿estás solo ahora mismo?

—Claro. Estoy en casa.

—Entonces, ¿en qué habitación estás? ¿En la cama?

—Eh… En realidad, estoy en el vestidor. Vine a buscar tu ropa.

—¿Mi ropa? ¿Para qué?

—Últimamente duermo debajo de ella. Es mucho más acogedora que el edredón. Y me encanta su aroma.

Una punzada atravesó el pecho de Taecheon. Recordó a Jiwoon acurrucado entre un montón de ropa suya, como si hubiera construido un nido, durmiendo plácidamente. Nadie podría comprender lo insoportablemente adorable que le había parecido aquella imagen.

Y ahora Jiwoon había estado haciéndolo otra vez a escondidas. El solo pensarlo hizo que deseara volar de regreso a Corea en aquel mismo instante. Anhelaba correr al aeropuerto y abordar el siguiente vuelo, pero, maldita sea, todavía le quedaban dos días de reuniones.

Se dejó caer sobre la cama y se echó hacia atrás el cabello, todavía húmedo.

—Entonces, ¿vas a llevar mi ropa a la cama?

—Así es. Acabo de entrar en el dormitorio principal. Estoy a punto de acostarme.

—…Jiwoon, ¿sabes que esas palabras me están provocando?

Lo advirtió con voz baja. Si Jiwoon continuaba, no sería capaz de soportarlo.

Pero Jiwoon no retrocedió.

—Por supuesto. Lo dije a propósito. Quería ver cómo reaccionabas.

Soltó una risita al decirlo.

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