Vida de recién casados para un divorcio exitoso - Capítulo 110
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- Capítulo 110 - Episodio extra 10
Al abrir la puerta principal y entrar, la casa de repente se sintió vacía. Siempre había sido espaciosa, pero hasta entonces Jiwoon solo había pensado que era agradable tener muchas habitaciones y baños; nunca había considerado las desventajas de vivir en una casa tan grande.
En aquella enorme casa, donde no resonaba ninguna voz, ni una sola mota de polvo flotaba en el aire. Parecía que el tiempo mismo se hubiera detenido y las habitaciones carecían de toda calidez. Por alguna razón, Jiwoon tuvo la sensación de que siempre había vivido solo allí.
Entró en el dormitorio y pasó una mano sobre la cama. Las sábanas ya estaban frías; no quedaba ni rastro del calor de Taecheon.
¿Qué estoy haciendo, lamentándome tan pronto? Apenas acaba de irse…
Dándose unas palmaditas en el pecho dolorido, se dirigió al vestidor. Allí colgaban las prendas que Seo Taecheon siempre había usado con frecuencia. Entre ellas, a Jiwoon le encantaban especialmente las camisas que solía llevar, la bata blanca y la gabardina que se echaba sobre los hombros en primavera.
Todas estaban impecablemente planchadas, pero aun así las reunió y las llevó hasta la cama. Extendió la gabardina como si fuera una sábana y luego se acostó abrazando las demás prendas. Cuando acercó el borde de una camisa a su nariz, percibió débilmente las feromonas de Taecheon. Era como estar encerrado en un bosque oscuro y húmedo. La energía del Alfa lo envolvió con dulzura, como si el hombre estuviera a su lado.
Incluso de esta manera quiero sentirlo. Lo extraño muchísimo.
Gimoteando suavemente, Jiwoon enterró el rostro en la camisa… y terminó quedándose dormido.
En su sueño, caminaba junto a Seo Taecheon. Atravesaban una extensa pradera y, entre ambos, avanzaba tambaleándose un niño pequeño que no les llegaba más arriba de las rodillas y cuyo rostro era indistinguible. Sus pasos eran torpes, como si acabara de aprender a caminar, y tenía las mejillas regordetas.
El niño soltó una risa clara y alegre, luego levantó ambas manos y les ofreció una diminuta palma a cada uno. En el instante en que sujetaron aquellas pequeñas manos, una cálida corriente los atravesó. El hormigueo se parecía a una leve descarga eléctrica.
Eres Mango.
Nadie tuvo que decírselo. Simplemente lo sabía.
Mango, que ahora respira dentro de mí y que pronto vendrá al mundo para estar con nosotros…
Por ti, tengo que ser fuerte. Sí, ya no volveré a ponerme melancólico.
Al despertar del sueño, Jiwoon se estiró tanto como pudo y salió de casa. Mientras emprendía una caminata por un sendero arbolado, sintió que su corazón se aligeraba.
Mientras Jiwoon cuidaba de sí mismo y comenzaba a recuperarse de aquella manera, Seo Taecheon mostró graves señales de ansiedad incluso antes de emprender el viaje. En la sala VIP del aeropuerto, mientras se encontraba reunido con los ejecutivos, derramó repentinamente su café.
—Director, ¿se encuentra bien?
—Estoy bien.
—Traeré algo para limpiarlo.
Por fortuna, era café helado y lo había derramado sobre sus propios pantalones, así que nadie más resultó afectado. Sin embargo, el hecho de que le hubiera temblado la mano hasta volcar el vaso resultaba impactante, tanto para él como para los demás.
Su secretario habló con cautela.
—¿Se siente mal?
—No. Solo estoy un poco nervioso.
¿El gran Seo Taecheon, nervioso por un viaje de negocios? Sonaba absurdo. El secretario observó su rostro sin color e insistió.
—¿Quiere que vaya a la farmacia por algún tónico? ¿Algo para combatir la fatiga? ¿O quizá algo que lo ayude a tranquilizarse temporalmente?
—Estoy bien. No necesito nada de eso.
Ningún medicamento de venta libre podría aliviar lo que sentía.
De hecho, días antes ya había aprovechado una hora del almuerzo para consultar a un especialista, sin decírselo a Jiwoon.
—Voy a hacer un viaje sin mi cónyuge. Me preocupa que estar separado de Jiwoon pueda reducir nuestros niveles de feromonas o debilitar nuestros cuerpos de alguna manera. ¿Podría aconsejarme al respecto?
El médico se encogió de hombros.
—Estar separados durante unos días no afectará sus cuerpos. Dijo que se vincularon recientemente, ¿verdad?
—Sí.
—En las parejas vinculadas, la separación suele provocar una ansiedad intensa y, en ocasiones, incluso pueden sentirse físicamente enfermas, pero se trata de algo psicológico. Una especie de dolor fantasma, por así decirlo. No existe ningún efecto real sobre la salud.
—¿De verdad? Me preocupa todavía más porque Jiwoon está embarazado.
—La respuesta es la misma. Incluso durante el embarazo, a menos que estemos hablando de años de separación. En casos extremos, como un divorcio o la muerte de la pareja, puede producirse un desequilibrio de feromonas. Pero, en este momento, sus cuerpos deberían tener abundantes feromonas circulando. Durante la vinculación no solo se liberan las feromonas comunes, sino que también se abre la capa fundamental. Se sintió abrumado y mareado, ¿verdad?
—Sí.
En efecto, al recordar el día de la vinculación, aquello había ido mucho más allá del sexo habitual. La excitación, el impulso salvaje que lo había invadido al morderle la nuca y aquella caída en un estado en el que perdió toda noción de sí mismo mientras la vinculación se completaba.
—Actualmente, sus feromonas están entrelazadas como ganchos; podría decirse que están hechas a la medida la una de la otra. Circulan por sus vasos sanguíneos y llenan cada espacio vacío. En resumen: una separación de una semana no supone ningún problema.
El médico no le recetó nada y lo envió de regreso.
Aun así, las dudas seguían atormentándolo. ¿Realmente tenía razón el médico? Porque aquello se sentía como una enfermedad.
Nunca en toda su vida había tenido la mente tan dispersa ni había actuado de una manera tan errática. Incluso mientras atravesaba la puerta de embarque para abordar el avión, volvió a perder la concentración: en lugar de dirigirse directamente hacia la zona correspondiente a la aerolínea nacional, estuvo a punto de desviarse hacia la terminal utilizada por las aerolíneas extranjeras.
Si hubiera tomado el tren lanzadera directo hacia aquella terminal, quizá no habría podido regresar. Había estado a punto de provocar un desastre.
El secretario Park comprendió las señales: su jefe no era él mismo.
Tendré que vigilarlo de cerca.
Decidió mantenerse a su lado y ocuparse meticulosamente de él.
Una vez a bordo, Taecheon no pudo dormir. El vuelo hasta el aeropuerto Charles de Gaulle de París duraba más de doce horas; era un trayecto largo. Necesitaba descansar para poder trabajar al llegar, pero ni siquiera con un antifaz ni después de beber algo logró conciliar el sueño.
En el pasado, habría cenado, bebido una copa de vino tinto y dormido una siesta. Era su costumbre. Pero ahora, cuanto más transcurrían las horas, más despierto se sentía. Jiwoon y Mango eran lo único que ocupaba su mente.
¿Estarán bien? ¿Estarán bien sin mí?
Preocuparse por los dos hizo que el tiempo pasara volando. Le parecieron apenas dos horas y, cuando levantó la mirada, ya estaba en París. Recogió su equipaje y comprobó que su teléfono tuviera activada la itinerancia. En cuanto recuperó la conexión a la red, llamó a Jiwoon.
—Jiwoon, ya aterricé.
—¿Ya? ¿Estás cansado?
—No. Estoy bien. ¿Tú estás bien?
—Por supuesto. Hoy la señora que nos ayuda en casa preparó carne a la parrilla. Comí bien y salí a caminar.
—¿La digeriste bien?
—Al principio me sentí un poco pesado, pero comí algo de fruta y mejoré.
—Bien. Volveré a llamarte.
Con solo escuchar aquella querida voz durante un instante, sintió que volvía a la vida. Sin embargo, no poder ver aquel rostro parlanchín ni escuchar su voz durante más tiempo resultaba desesperante.
Durante el primer día, vivió como un hombre que tuviera dos cuerpos. En el horario de Jiwoon, le enviaba mensajes para asegurarse de que hubiera comido, dormido y no sintiera ningún dolor. Y durante las horas locales, cumplía con su agenda de negocios sin apenas tiempo para respirar.
En las reuniones con clientes tenía que concentrarse por completo; no había tiempo ni siquiera para echar un vistazo al teléfono. Estaba allí como representante de una empresa y quería mostrar únicamente una imagen impecable y meticulosa, lo cual, de todos modos, era propio de su forma de trabajar.
Por eso, durante los breves intervalos mientras se trasladaba de un lugar a otro, se aferraba al teléfono. Como un viajero del desierto que hubiera encontrado un oasis, enviaba mensajes con entusiasmo y recorría una y otra vez las fotografías de Jiwoon que tenía guardadas.
Y entonces recurría a su carta secreta: la tarjeta fotográfica.
La levantó y depositó un beso sobre ella. Era una rígida tarjeta del tamaño de una tarjeta de crédito en la que aparecía el rostro de Jiwoon, con los labios fruncidos en una sonrisa traviesa.
La idea de las tarjetas fotográficas se le había ocurrido por casualidad. La subdirectora Kim Min-ji, de la secretaría, se había enamorado perdidamente de un grupo de ídolos. Como quien descubre tarde un vicio y se entrega a él sin moderación, compraba álbumes y productos oficiales de manera frenética; tenía varias tarjetas fotográficas de los integrantes pegadas alrededor de su monitor.
Un día, al pasar por allí, Taecheon las vio y preguntó de dónde provenían.
—Viene una en cada álbum, como una especie de regalo adicional.
—Oh… Entiendo. Así que esa es la estrategia de marketing actual.
—Sí. Pero no es la única forma de conseguirlas. A veces, los clubes de fans fabrican ediciones especiales y las reparten, o entregan tarjetas exclusivamente a los fans que asisten a conciertos.
—Entonces, para conseguirlas, hay que participar activamente.
—Ah, no necesariamente. También puede mandar a hacer las suyas con cualquier fotografía que le guste. Nadie se lo impedirá.
—¿De verdad? ¿Así que una persona común puede hacerlas?
Su voz reveló un claro interés.
—Por supuesto. Y son mucho mejores que las fotografías impresas normales. El material no retiene huellas dactilares y, además, son compactas. Tienen exactamente el tamaño de una tarjeta de crédito, así que caben perfectamente en la billetera.
Taecheon ya tenía una fotografía de identificación de Jiwoon, pero todas las demás estaban atrapadas dentro de dispositivos electrónicos. Nunca se le había ocurrido llevar fotografías impresas consigo; jamás había tenido una relación amorosa y el mundo de los ídolos era un misterio para él, por lo que el concepto mismo le resultaba completamente nuevo.
—En ese caso, necesito mandar a hacer algunas.
—¿Perdón? ¿A usted también le gustan los ídolos, Director?
—No. Voy a hacerlas del asistente Lee Jiwoon. Y, ya que estamos, también de las ecografías del bebé.
Habló con una seriedad incluso mayor que la que mostraba durante una reunión de emergencia para una reubicación, por lo que Kim Min-ji solo pudo responder:
—Ah… Entiendo.
Supuso que Taecheon tenía un corazón de fan muy parecido al suyo, solo que dirigido hacia una estrella diferente.
—Secretaria Kim, ¿dónde se hacen estas tarjetas?
—Hay varios sitios web.
—Por favor, envíeme los enlaces.