Vida de recién casados para un divorcio exitoso - Capítulo 106
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- Capítulo 106 - Episodio extra 6
No solo ahora; muchas veces había sido así. Cuando Jiwoon lloraba o estaba herido, por supuesto que le dolía el pecho. Pero incluso cuando Jiwoon sonreía ampliamente de aquella manera y parecía feliz, seguía sintiendo una punzada aguda en el corazón. Aquella ternura, aquel temor de que esa preciosa persona pudiera salir volando si apartaba la mirada siquiera un instante, era un amor más profundo y también una sed.
Seo Taecheon decidió armarse de valor. Sabía que, si no lo decía ahora, podría perder la oportunidad.
—Jiwoon, después de que nazca el bebé… ¿te vincularías conmigo?
—…¿Vincularme?
—Sí. Quiero vincularme contigo.
Su voz no vaciló. Miró directamente a Jiwoon a los ojos y el calor de sus manos entrelazadas era inconfundible.
—Ah…
Mientras Jiwoon se limitaba a parpadear sin responder, Taecheon continuó:
—Quiero mirar únicamente hacia ti. Seré sincero. Te mostraré exactamente lo que hay dentro de mí. Quiero hacerte mío para siempre. Odio la idea de que alguien más pueda percibir tu aroma. Esa es la clase de hombre que soy. Finjo ser equilibrado, que no conozco los celos, que soy una persona correcta… pero, en realidad, solo pienso en cómo tenerte completamente para mí.
¿Alguna vez había sido tan sincero respecto a sus deseos? Echó la vista atrás, recorriendo sus más de treinta años de vida. De niño, ni siquiera había tenido la libertad de decir que se sentía solo; creció hasta convertirse en un adulto de pocas palabras. Cuando algo despertaba su codicia, se interesaba brevemente y luego daba un paso atrás; cuando algo le desagradaba, procuraba controlar sus emociones. Sabía muy bien que vivir indiferente y apático ante el mundo era la mejor manera de no salir herido.
Pero ante Lee Jiwoon, deseaba desesperadamente confesarlo todo. Quería perseguirlo, aferrarse a él y derramar toda su devoción, incluso si esta no era correspondida.
—Sí. Sé que la vinculación no es un juego de niños. Y aun así, te lo estoy pidiendo ahora.
—…
—Cuando nazca el bebé y te hayas recuperado… ¿lo pensarás seriamente?
Jiwoon se mordió el labio y sus ojos se enrojecieron.
—Taecheon. Esas eran las palabras que yo quería decir primero.
—Jiwoon…
—Tenía miedo de preguntártelo. Quiero vincularme contigo… incluso ahora mismo.
Jiwoon escondió la cabeza contra el pecho de Taecheon.
—Porque te amo. Quiero que seas mi único Alfa. No necesito a nadie más.
La voz de Jiwoon temblaba. Taecheon podía oír los fuertes latidos de su propio corazón resonando en sus oídos… o quizá era todo su cuerpo el que palpitaba.
Hicieron el amor con más ferocidad que nunca. Cada punto en el que sus cuerpos se tocaban ardía, y cada vez que la mano de Taecheon recorría la delicada piel de Jiwoon, este se estremecía bajo una sensación embriagadora.
Contempló la espalda de Jiwoon mientras este se apoyaba sobre las manos: el estremecimiento de sus caderas con cada embestida, aquella espalda delgada salpicada de marcas oscuras donde Taecheon había succionado y dejado mordiscos semejantes a moretones. Acarició lentamente aquella espalda desordenada por sus huellas y después extendió la mano para envolverle el pecho.
Los pezones de Jiwoon eran suaves y delicados como la pulpa de una fruta. Pequeños y adorables, pero de una naturaleza perversa; como si hubieran estado esperando ser tocados, se endurecieron de inmediato y gemidos húmedos escaparon de sus labios.
—Ah… ah…
—¿Te gusta, Jiwoon?
—Sí… sí… Ah, duele…
Cuando Taecheon apretó con fuerza las puntas entre los dedos, Jiwoon frotó el rostro contra las sábanas y su voz tembló. Cuando suavizó el contacto, Jiwoon jadeó y se aferró a las sábanas.
—Ah… ¡ah…! P-por favor, detente…
Taecheon lo sujetó por los hombros y volvió a colocarlo correctamente sobre sus manos.
Atormentado en el pecho mientras Taecheon lo penetraba con rudeza desde atrás, Jiwoon era incapaz de contener su excitación y su postura seguía derrumbándose.
Cuando sus caderas se alzaron por sí solas, una oleada de calor ascendió hasta la coronilla de Taecheon. Nunca había visto nada tan incendiario.
—Lee Jiwoon… ngh…
—¡Ah… ah…!
Su visión se volvió blanca y el orgasmo lo arrasó. Taecheon se derramó profundamente en su interior, inundando las profundidades de Jiwoon con su semen. Las feromonas del Omega se abrieron por completo, ansiando a su Alfa.
Taecheon supo que aquel era el momento.
Sin separarse de él, envolvió entre sus brazos la parte superior del cuerpo de Jiwoon y acercó los labios a su cuello. Durante un fugaz instante, sintió que Jiwoon se estremecía, pero ya no había vuelta atrás.
No soy un hombre que deja escapar una oportunidad para después arrepentirse.
Sus dientes se cerraron sobre la suave piel. La sangre brotó de inmediato y humedeció su lengua.
—¡Ah!
El sabor metálico nubló sus sentidos. Taecheon succionó sin pensar, ciego a todo, concentrado únicamente en conquistar aquel hermoso cuerpo. No importaba si Jiwoon lloraba diciendo que le dolía; en su mente solo existía el juramento de reclamarlo como suyo.
Con la boca llena de la sangre de Jiwoon, lo sujetó con fuerza y lo inmovilizó para impedirle moverse. Jiwoon gimoteó asustado.
—D-duele… Taecheon. ¡Taecheon!
Vertió sus feromonas en el cuello desgarrado. Su denso aroma se asentó allí y se extendió en oleadas por todo el cuerpo de Jiwoon.
—Ah… ah… Por favor…
Cuanto más escuchaba aquellos gemidos suplicantes, con mayor fuerza surgían su deseo más primitivo y su instinto animal. Su feroz aroma saturó la habitación y la fragancia cítrica de Jiwoon, con sus matices verdes, se elevó en respuesta.
Pero no era suficiente.
Tengo que impregnar a este Omega con algo más denso, más pegajoso.
Algo estalló dentro de las glándulas de feromonas de Taecheon: un núcleo condensado que liberó feromonas tan densas que provocaron una reacción en el cuerpo de Jiwoon.
También en el interior de Jiwoon, un núcleo de feromonas con el que había nacido se agrietó y no tardó en estallar.
—¡Ah!
Como dos hilos que se anudaban, sus aromas se entremezclaron. Por separado eran dos hebras diferentes, pero ahora un torbellino invisible azotó el aire mientras aquellos aromas se fusionaban con un rugido: la señal de que la vinculación había comenzado en serio.
Atrapado bajo la respiración agitada de Taecheon, Jiwoon lloró. La mordida desgarrada palpitaba y descargas irregulares, semejantes a relámpagos, lo atravesaban a intervalos.
El dolor físico era intenso, pero peor aún era el miedo psicológico de haber entregado su punto débil a un depredador. Aunque lloraba, Taecheon no soltaba su delgado cuerpo.
Al contrario, aquellos gruesos antebrazos lo apretaron todavía más, hasta el punto de que Jiwoon temió que algún hueso pudiera romperse.
Y entonces llegó otra agonía: una energía feroz lo atravesó como una lanza y su temperatura se disparó. La piel se le erizó como si el fuego recorriera todo su cuerpo y los gemidos escaparon violentamente de su garganta.
—Ugh… mm…!
Parecía como si miles de agujas lo pincharan por todas partes; la cabeza le daba vueltas y su visión ardía de amarillo. Quería desmayarse y acabar de una vez.
Pero, un instante después, en aquel cuerpo destrozado comenzó a verterse el aroma de su amado Seo Taecheon, lento pero pesado, impregnándolo por completo.
Cuando aquellas feromonas penetraron profundamente, grabándose en cada célula y cada hueso, Jiwoon derramó lágrimas de éxtasis.
Todas las células de su cuerpo parecieron quebrarse y, por aquellas grietas, se filtró el aroma persistente de Taecheon, llenando hasta el último rincón. Arrastrado por aquella corriente irresistible, lo comprendió:
Me he convertido, de verdad, en el Omega de este Alfa. Ahora el dueño de mi cuerpo, mi corazón y mi alma es mi Alfa.
Su mente, sumida en el vértigo, se quedó en blanco. Como si alguien hubiera apagado un interruptor, perdió el conocimiento de inmediato.
Cuando Taecheon finalmente recuperó la razón, Jiwoon yacía pequeño y precioso entre sus brazos. En la nuca se distinguían claramente la marca de la mordida y la sangre seca convertida en costra.
Respirando suavemente, Jiwoon se dio la vuelta y se acurrucó más cerca de él. Su cuerpo cálido actuó como un anestésico y relajó cada uno de sus músculos. Taecheon besó ligeramente sus labios y luego depositó un beso prolongado sobre el cuello mordido.
Como un depredador saciado después de la cacería, cayó en un sueño profundo.
Para determinar si la vinculación había tenido éxito o había fracasado, había que observar si aparecían dolor y fiebre alta dentro de los tres días posteriores a la «ducha» de feromonas.
Había transcurrido una semana desde que Taecheon mordió la nuca de Jiwoon y derramó sobre él su aroma.
Pero ambos estaban bien. Aparte de un dolor de espalda similar al que quedaba después de tener sexo vigoroso, ninguno experimentaba dolores particulares ni fiebre. Taecheon tranquilizaba a Jiwoon diciéndole que debían esperar un poco más, pero al llegar el sexto y después el séptimo día, la sensación de fracaso se hizo cada vez más intensa.
¿Deberíamos intentarlo otra vez? ¿Sería demasiado para el cuerpo de Jiwoon? Sufrió muchísimo… ¿podría soportarlo de nuevo?
La idea le provocaba remordimientos.
Y entonces llegó la mañana siguiente. Al despertar, Taecheon ardía con una fiebre tan alta que ni siquiera podía caminar derecho. Respiraba entrecortadamente y su temperatura seguía subiendo.
Lo supo.
Ha llegado.
Aunque sentía que la cabeza le iba a estallar y los escalofríos sacudían todo su cuerpo, recibió con alegría la fiebre de la vinculación.
—Taecheon, ¿estás bien?
—…No mucho.
—Ay, no. Déjame cambiarte la compresa fría.
Jiwoon pidió permiso por enfermedad y se dedicó a cuidarlo con devoción. Cada vez que su mano fresca tocaba su frente y limpiaba su sudor, algo cosquilleaba en las entrañas de Taecheon.
Podía sentirlo instintivamente.
Se había vinculado con este Omega.
El aroma de Jiwoon lo golpeaba con una intensidad diez veces mayor de lo habitual; todos sus demás sentidos se habían embotado y sus cinco sentidos se orientaban únicamente a encontrar, absorber y llenarse de las feromonas de Jiwoon.
—…Hueles tan bien.
Tomó la muñeca de Jiwoon y besó la suave piel de su interior, dejando besos calientes y húmedos.
Ni siquiera a los quince años, cuando descubrió que era un Alfa, había ardido ni perdido la cabeza de aquella manera. La fiebre de la vinculación era aterradora: la mente rechazaba la razón y el deseo se encendía con violencia. Cada vez que percibía el aroma de Jiwoon, su bajo vientre se agitaba. Las feromonas del Omega penetraban en él y se asentaban bajo su piel como un tatuaje.
—Tu fiebre es demasiado alta. ¿Quieres más medicina?
—No. Quiero quedarme exactamente así.
—…¿Qué?
—Lo digo en serio.
Esbozó una leve sonrisa. Cada célula de su cuerpo gritaba de dolor, pero un placer indescriptible lo arrastraba y hacía desaparecer el sufrimiento. Jiwoon se había hundido por completo en su ser, convirtiéndose en una trampa de la que jamás podría escapar. Y muy pronto, él se convertiría en lo mismo para Jiwoon.
Hasta ahora, Jiwoon había sido adorable y peculiar; a veces, un frágil Omega al que sentía que debía proteger y, otras, una presencia refrescante que lo hacía sonreír al final del día. Pero desde aquel momento de la vinculación, Jiwoon se convirtió en su único Omega y en el destino final de toda su posesividad.
Ahora eres mío. No irás a ninguna parte.
Sonrió para sí mismo, convencido de haber tomado la mejor decisión de su vida.
Exactamente a la mañana siguiente, Jiwoon también comenzó a arder de fiebre. Todo su cuerpo estaba enrojecido por el calor y una sed feroz le desgarraba la garganta. El médico que había acudido a domicilio dejó medicamentos el día anterior, pero los antipiréticos solo surtían efecto durante unas horas. Intentaba cerrar los ojos, pero cada vez que el calor volvía a intensificarse, terminaba abriéndolos de nuevo.
Peor aún, su deseo sexual no dejaba de crecer. No soportaba no tocar a Seo Taecheon ni no estar empapado de su aroma. Cuando Taecheon abandonaba la cama siquiera por un instante, un vacío lo carcomía por dentro. Al respirar aquella fragancia intensa de matices fríos, sentía como si cada célula de su cuerpo estuviera renaciendo.
Sin embargo, en lugar de enfriarse, su cuerpo ardía cada vez más. Un calor diferente de cualquier deseo normal lo envolvía de pies a cabeza. La sola cercanía de Taecheon bastaba para humedecerlo. Con el deseo ardiendo en ambos sentidos, no había motivo para vacilar; día y noche, unían sus cuerpos. Incansable, Taecheon inundaba sus profundidades con su semen.
Reseco por la necesidad, Jiwoon lo acariciaba y bebía de sus besos. Cuando Taecheon entraba en él, una oleada de sensaciones y placer primitivo lo dominaba por completo; no podía dejarlo ir. Después de un tiempo, perdió la noción de los días y dejó de saber cuánto había transcurrido desde que comenzó la fiebre.
Así que esto es la vinculación. Desearse cada vez más, sentir que el corazón se partirá sin el otro. Un reino imposible de comprender hasta que uno mismo lo experimenta.
Cuando Jiwoon se quedó brevemente dormido, Taecheon se apresuró a preparar algo de comer. Sacó frutas del refrigerador, las cortó, preparó sopa y esperó hasta que se enfrió lo suficiente para poder comerla sin riesgo. El médico había dicho que la vinculación en sí misma no dañaría al bebé y que, por el contrario, incluso podía aportar estabilidad, pero ahora le preocupaban la desnutrición y el agotamiento.
¿Fui demasiado codicioso con un Omega que lleva un hijo en su vientre?
La culpa le punzó el corazón. La voz de Jiwoon se había vuelto ronca de tanto gemir y tenía tanto dolor entre las piernas que apenas podía caminar correctamente.
—…Soy un mal hombre.
Sin embargo, no se arrepentía de la vinculación. El delirio de aquella luna de miel, en la que se perdían el uno en el otro a través del sexo, era demasiado dulce.
Entró llevando una bandeja repleta de comida. Jiwoon ya estaba despierto. Primero lo hizo beber un poco de agua y después dejó la bandeja sobre la mesita de noche.
—Se ve delicioso.
—Traje bastante para ti, Jiwoon. Pídeme más si quieres.
—Sí. Por supuesto.
Jiwoon se comió hasta el último bocado mientras sonreía para sí mismo, incapaz de contener la plenitud que desbordaba su corazón.
—Cariño.
—¿Sí?
—Ahora realmente no puedo vivir sin ti, ¿verdad?
—Así es.
Taecheon le acarició el cabello y acercó los labios a la frente de Jiwoon. Depositó sobre ella una sucesión de besos suaves y ligeros.
—Soy feliz.
—Yo también. No puedo vivir sin ti y, aun sabiéndolo, elegí este camino.
—Yo también.
Jiwoon tampoco se arrepentía de haberse vinculado con él.
Solo deseaba que aquel momento pudiera durar para siempre.