Vida de recién casados para un divorcio exitoso - Capítulo 105
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- Capítulo 105 - Historia extra 5
Desde los primeros días de su matrimonio, Seo Taecheon había deseado establecer una impronta. Sin embargo, no tenía ninguna certeza de que Lee Jiwoon aceptara. Aunque le suplicara permanecer unidos de por vida, un solo «no» de Jiwoon bastaría para poner fin al asunto.
También estaba el problema de su compatibilidad: un Alpha dominante emparejado con un Omega recesivo. Un Omega recesivo podía ser incapaz de soportar las feromonas de un Alpha dominante, haciendo que la impronta fracasara. En ese caso, podría ser necesario un segundo intento, incluso un tercero, y Taecheon sentía que obligarlo a pasar por algo así sería cruel.
Al menos, según el conocimiento general, realizar la impronta durante el embarazo era lo más efectivo. Era el período en el que ambos estaban completamente acostumbrados a las feromonas del otro y mantenían un intercambio recíproco y constante de feromonas.
Aun así, detestaba la idea de que Jiwoon sufriera. Tampoco quería crear una situación en la que Jiwoon aceptara solo por sentirse obligado.
Pero, al contemplar ahora aquella espalda, su mirada no dejaba de dirigirse hacia la nuca limpia y sin marcas.
Si mordía profundamente y vertía sus feromonas en él, la impronta se establecería. Si lo mordía ahora, probablemente tendría éxito.
Pero sin el consentimiento de Jiwoon, jamás lo marcaría.
Incluso con aquella posesividad hirviendo en su interior hasta el punto de que apenas podía contenerse.
¿Debería aguantar un poco más?
—¿En qué estás pensando, cariño?
Jiwoon se volvió hacia él, buscando su mirada. Un pequeño beso creció poco a poco, superponiéndose cálidamente hasta volverse más húmedo y profundo.
—En Jiwoon.
Una suave risa escapó entre sus labios unidos. Apoyando la cabeza contra el pecho de Taecheon, Jiwoon murmuró:
—La comida debe estar completamente fría a estas alturas. ¿Qué hacemos?
—Podemos comer ahora mismo, aunque sea tarde.
—¿Entonces vamos?
Jiwoon se puso a arreglar el delantal, que para entonces estaba arrugado y maltrecho, intentando recuperar de alguna manera el «concepto» original. La imagen era tan absurda como adorable, y Taecheon soltó una risita.
Cuando entraron en la cocina, habían transcurrido dos horas sin que se dieran cuenta. La comida se había endurecido y cuajado hasta el punto de resultar incomible.
—¿Qué hacemos? De verdad se enfrió por completo.
—Podemos recalentarla.
—Está bien. Lo haré rápido.
Vestido únicamente con aquel pequeño trozo de tela, Jiwoon se movió atareado por la cocina: se inclinaba y volvía a enderezarse, separando y juntando las piernas.
Observándolo desde atrás, los ojos de Taecheon fueron bendecidos y su cuerpo castigado. La excitación que ya había liberado volvió a crecer hasta convertirse en una dolorosa dureza.
Fuera de eso, todo era perfecto.
—¡Tarán! Bienvenido al Bistró de Jiwoon.
—Son todas mis comidas favoritas. Pasta y estofado.
—Sí. Intenté prepararlo todo según tus gustos. ¿Qué te parece?
—Excelente.
Taecheon probó una cucharada de estofado y aplaudió. La auténtica felicidad reflejada en su rostro compensó a Jiwoon por todas las dificultades que había sufrido en la cocina.
—Jiwoon, come tú también.
Lo tomó por la cintura y lo sentó sobre su regazo.
—¿Así?
—Sí.
Resultaba vergonzoso sentarse de aquella manera con las nalgas desnudas, pero no era desagradable. Jiwoon rodeó firmemente el cuello de Taecheon con los brazos. Una vez acomodado de manera estable, pudo sentir con claridad la firme longitud que presionaba debajo de él.
—Está delicioso.
—De verdad está delicioso. Gracias, Jiwoon.
Con cada bocado, Taecheon lo elogiaba una y otra vez. Para el propio Jiwoon, la comida apenas era aceptable, pero Taecheon la alababa incansablemente como si estuviera hablando con el chef principal de un hotel de lujo.
—Y esto es… ¿?
—Ah, las flores. Son bonitas, ¿verdad?
Como el mantel era negro, Taecheon no las había notado al principio: una tela de terciopelo negro, un jarrón negro y, dentro de él, exuberantes rosas negras.
Sorprendido, Taecheon miró a Jiwoon, cuya expresión parecía decir:
¿Y qué tiene?
—Te encanta el negro, así que preparé algo especial.
—Ah… ya veo. Eres muy considerado, Jiwoon.
—Sí, lo soy… solo un poco.
—¿Cómo podría no amarte?
Depositó un beso en la mejilla de Jiwoon.
En una ocasión, Jiwoon había hecho que tirara todas sus batas negras porque las detestaba; ahora había decorado toda la mesa de negro.
Era demasiado adorable para soportarlo.
—Más hermoso que las flores eres tú.
—¿Lo dices en serio?
—Puedes verlo claramente si los comparas.
Sacó una rosa del jarrón y la sostuvo junto al rostro de Jiwoon.
No era un simple halago.
Junto a la flor oscura, la tez luminosa y el aura inocente de Jiwoon destacaban todavía más, casi como si fuera una ninfa del bosque.
Detrás de aquel hermoso rostro se escondían una sinceridad juguetona y una pureza casi infantil, pero también un alma que había tenido que madurar demasiado pronto, algo que siempre le dolía recordar.
Sabiendo todo aquello, no existía ninguna flor en el mundo que Taecheon pudiera considerar más hermosa que Jiwoon.
—Mi Taecheon tiene un gusto excelente.
—Así que lo sabes.
Ambos se sonrieron.
Y en aquel mismo instante, los dos pensaron exactamente lo mismo:
Me alegro tanto de haberme casado con esta persona.
En todos los sentidos, había sido un aniversario de bodas perfecto.
Jiwoon despertó un poco tarde. Quizá la bulliciosa celebración de la mañana y las relaciones amorosas que se habían prolongado hasta la noche tenían algo que ver, porque le dolían todas las articulaciones del cuerpo.
—Dormiste hasta tarde.
—No importa. Tomémonos nuestro tiempo antes de salir.
—Sí. Dame un momento, amor.
Ese día iban a dar un paseo en automóvil. Aunque el día anterior habían celebrado su aniversario en casa, todavía quedaba un acontecimiento pendiente. Esta vez, había sido Taecheon quien lo había propuesto.
—¿Qué te parece si visitamos… aquel lugar?
—¿Dónde?
—El hotel de Bundang. Donde nos encontramos por primera vez.
Al escuchar aquellas palabras, los ojos de Jiwoon se humedecieron.
Cuando todavía se estaba preparando para buscar trabajo, se había encontrado con él en aquel hotel. Un amable desconocido que había puesto un pañuelo en las manos de un joven que lloraba tras sufrir una pérdida.
Y aquella persona sin nombre era ahora el hombre que permanecía a su lado.
—Deberíamos visitar el vestíbulo donde nos conocimos.
La idea de regresar a aquel recuerdo le encantaba.
¿Cómo sería ahora el vestíbulo?
¿Habría cambiado o seguiría igual?
El aire cálido acarició su rostro a través de la ventanilla del automóvil mientras levantaba la mirada hacia el cielo. Durante su boda, las mañanas y las noches todavía eran frías; ahora la estación había madurado hasta encontrarse al borde del verano.
Entre las últimas flores tardías, los árboles presumían de hojas de un verde intenso, suficientes para hacer que Jiwoon comenzara a tararear sin siquiera darse cuenta.
Mientras conducía, Taecheon sonrió en silencio, escuchando a Jiwoon cantar al ritmo de la música del estéreo.
Nunca le había gustado demasiado el verano.
Sin embargo, aquel año, el final de la primavera y la proximidad del verano le resultaban agradables.
Debía ser porque atravesar las estaciones junto a la persona que estaba a su lado era una alegría; alguien que conseguía hacer que esperara con ilusión la llegada del mañana.
Esa persona era Jiwoon.
Tomaron la carretera de circunvalación y se dirigieron hacia Bundang. Pronto, incluso ante los ojos de Jiwoon, comenzó a desplegarse un paisaje familiar.
El hotel de Bundang, inaugurado no hacía mucho tiempo, seguía impecablemente cuidado. Su edificio principal, con una escultura moderna y concreto expuesto, incluso había ganado un premio de diseño.
—Sigue siendo tan hermoso. En aquel entonces me pareció increíble… y ahora se ve exactamente igual.
—Gracias por sus amables palabras, estimado cliente.
Fingiendo una reverencia, Taecheon tomó a Jiwoon de la mano y tiró suavemente de él.
Cuando entraron en el vestíbulo, el personal de recepción salió apresuradamente y se alineó para recibirlos.
—Director, lo estábamos esperando.
—Ha pasado tiempo, gerente general.
El gerente general, un hombre de mediana edad con una amable sonrisa, los condujo hasta el mostrador de recepción. Se sentaron en unos cómodos sillones, escucharon brevemente algunos comentarios orgullosos sobre el hotel y recibieron las llaves.
—Una suite. Es nuestra mejor habitación. Por favor, disfrútenla al máximo.
—Gracias por tan considerada atención, gerente general.
—No es nada. Si tienen algún inconveniente, por favor, no duden en comunicárnoslo.
—Se lo agradecemos mucho.
Con el gerente general despidiéndolos, subieron al ascensor.
Al llegar al último piso y entrar en el pasillo, los recibió una amplia vista abierta. Además, la distancia inusualmente grande entre las puertas indicaba que las suites debían ser enormes.
—Esta habitación va a ser increíble.
—Vamos a verla.
Cuando abrieron la puerta, los recibió un espacio tan grande como un apartamento.
Primero, una amplia sala de estar. Junto a la ventana, las cortinas automáticas se abrieron para revelar el atardecer sobre la ciudad.
—La puesta de sol es preciosa.
Jiwoon la contempló con admiración.
—Y hay algo más: champaña sin alcohol.
—¡Y pastel!
Eran cosas que Taecheon había pedido al hotel que preparara de antemano.
Un pastel blanco de dos pisos, decorado con intensas flores naranjas, amarillas y azules. Una verdadera obra de arte comestible.
—Nunca había probado un pastel de dos pisos.
—En realidad, yo tampoco. Solo los he cortado.
En un costado del pastel, pequeños trozos de caramelo formaban las palabras:
Happy Anniversary.
Sonriendo, Jiwoon hundió un dedo en la crema y untó un poco sobre la punta de la nariz de Taecheon.
—¿Estás jugando conmigo?
—Sí. Y te ves demasiado lindo cuando lo hago.
Taecheon no dejó pasar la provocación. Tomó un poco de crema y la extendió sobre los labios de Jiwoon.
Las risas cristalinas se transformaron, sin que ninguno de los dos opusiera resistencia, en un beso juguetón, suave y con sabor a crema.
Después de un largo beso, se sentaron uno al lado del otro en el sofá junto a la ventana, bebiendo champaña.
No contenía alcohol, pero servida en copas altas resultaba festiva, sobre todo porque tenía las notas frutales que tanto le gustaban a Jiwoon.
—Esto es maravilloso. Me alegra mucho que hayamos venido.
—¿Sí?
—Sí. La cama parece enorme y cómoda, la iluminación es suave… Esta habitación parece diez veces mejor que aquella en la que me hospedé entonces.
—¿De verdad?
—Sí. En aquel entonces me quedé en una habitación deluxe, gastando prácticamente todo lo que tenía. Pensé que, si iba a trabajar en la industria hotelera, debía estudiarla… así que ahorré cada won que pude para pasar una sola noche aquí.
—…
—Y gracias a eso terminé conociéndote.
Jiwoon hizo chocar suavemente su copa contra la de Taecheon.
El limpio tintineo del cristal resonó por toda la habitación.
—Al final, todo dio una vuelta completa y terminó conduciéndome a la felicidad. Todo gracias a ti.
La sonrisa de Jiwoon era tan sincera e inocente como siempre.
Cada vez que sonreía de aquella manera, Taecheon sentía felicidad y, al mismo tiempo, un agudo dolor en el pecho.
Era una emoción extraña.
Y una que atesoraba profundamente.