Vida de recién casados para un divorcio exitoso - Capítulo 104

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Lee Jiwoon hundió el rostro contra el pecho de Seo Taecheon y se frotó contra él. Al inhalar profundamente, absorbió hasta el último rastro de las feromonas del Alpha. Decidido a no desperdiciar ni una sola gota, a veces incluso las lamía con un hambre que rozaba la codicia. Era algo desesperado e irracional, como si hubiera encontrado un oasis en medio del desierto.

Seo Taecheon encontraba aterradoramente adorable a Jiwoon, que no dejaba de apretarse contra él.

¿Acaso sabes… que cada vez que haces esto quiero abrazarte con tanta fuerza que podrías romperte entre mis brazos?

Deseos oscuros y brutales se agitaban en su interior.

Jiwoon reaccionaba con absoluta sinceridad a la estimulación sexual. Cuando lo tocaban, respondía con extrema sensibilidad y, cuando algo le daba placer, lo admitía abiertamente. Quizá porque había vivido la mayor parte de su vida ignorando todo lo relacionado con el sexo, Jiwoon había mostrado muy poca timidez desde la primera noche que durmieron juntos. Al contrario, a veces adoptaba posturas atrevidas y provocadoras sin vacilar.

Como ahora, abriendo las piernas de par en par y mostrándose por voluntad propia.

Era tan propio de Jiwoon.

¿Cómo puedes ser tan increíblemente adorable?

—Mételo.

—¿Dónde?

—Abajo… en el agujero… métete dentro de mí.

La entrepierna de Seo Taecheon ya estaba abultada. Su erección era gruesa y rígida, y de ella comenzaban a brotar fluidos.

—Mmm… date prisa, por favor. Rápido.

—Tu agujero todavía está demasiado estrecho. Aún no.

—No, no quiero esperar. Date prisa.

Jiwoon, con los ojos nublados y los labios temblorosos, movió las caderas y gimoteó suplicándole. Para cualquier Alpha común, aquello habría bastado para perder la razón de inmediato. Pero Seo Taecheon se aferró desesperadamente a los últimos vestigios de autocontrol que le quedaban.

En realidad, lo único que quería era hundirse brutalmente en aquel pequeño agujero rosado y enrojecido entre esos muslos blancos como la nieve. Deseaba penetrarlo tan profundamente que Jiwoon perdiera el aliento, embestirlo salvajemente y verlo desmoronarse por completo.

Quería sujetarlo firmemente por la cintura para que no pudiera escapar y arremeter contra él sin piedad hasta alcanzar la mayor profundidad posible. Incluso si Jiwoon lloraba de dolor o le suplicaba que se detuviera, deseaba abusar sin descanso de aquel cuerpo blanco y delicado.

Pero no podía.

Ahora no.

Porque Seo Taecheon era grande incluso para los estándares de un Alpha: demasiado grande, demasiado grueso. Los médicos se lo habían advertido. Si lo penetraba por completo, el cuerpo Omega de Jiwoon podría no soportarlo. Físicamente, su interior era estrecho y sus caderas delgadas. Forzar dentro de él algo del tamaño del antebrazo de un niño pequeño podría provocarle daños irreparables.

Durante su primera vez, Jiwoon había estado en celo y había producido una abundante cantidad de lubricación que facilitó las cosas. Su cuerpo se había abierto con facilidad, permitiendo que Taecheon se hundiera hasta la base y lo penetrara con fuerza y sin descanso.

Pero ahora, con un hijo creciendo en su interior, Taecheon tenía que contener sus deseos.

—Date prisa, por favor, cariño…

—Espera. Sé bueno, ¿sí?

La necesitada abertura de Jiwoon se contrajo y brilló de humedad. Taecheon presionó el glande contra ella y, muy lentamente, comenzó a deslizarse en su interior. El agujero del Omega se estremeció y se fue dilatando poco a poco, pero Taecheon solo introdujo la mitad antes de detenerse, abrumado por la estrechez.

—Uhn… más profundo, por favor, más profundo.

—No. Solo hasta aquí.

A veces, cuando Jiwoon se excitaba demasiado, olvidaba toda precaución e intentaba recibir a Taecheon por completo, ya fuera dejándose caer imprudentemente sobre él o subiéndose encima y forzándose sobre su enorme grosor. Cada vez, le correspondía a Taecheon calmarlo y contenerlo, muerto de preocupación ante la posibilidad de que el bebé sufriera algún daño.

La solución intermedia era acostarse de lado. Si permanecían estrechamente pegados y Taecheon levantaba una de las piernas de Jiwoon para dejar espacio para la penetración, podía contenerlo y, al mismo tiempo, hacer que el acto fuera más suave. Aunque Jiwoon se retorciera y arqueara el cuerpo por la excitación, aquella postura impedía una penetración peligrosamente profunda.

Esa noche, una vez más, Taecheon lo convenció de acostarse de lado.

—Ah… se siente tan bien.

Estar de lado hacía que el cuerpo de Jiwoon estuviera más cómodo, y parecía adorar la calidez del pecho de Taecheon pegado estrechamente contra su espalda. Taecheon buscó sus labios y lo besó. Los amantes se besaron profundamente, como si compartieran miel. Hasta el aliento que fluía entre ambos parecía dulce.

Ahora que lo pienso, ni siquiera le quité ese delantal…

Al mirarlo con atención, el delantal ya era un desastre, empapado de semen y completamente desordenado. Las cintas que antes formaban un pulcro lazo en la cintura se habían desatado y ahora colgaban inútilmente.

Y, aun así, aquella imagen resultaba embriagadora.

Era el mismo Jiwoon que conocía y, al mismo tiempo, de alguna manera parecía alguien distinto. Aquella extraña e indescriptible sensación no hizo más que endurecer todavía más a Taecheon.

Apretando los dientes, Taecheon introdujo y retiró una y otra vez la punta de su miembro. Con una mano sujetaba el hombro de Jiwoon mientras movía únicamente las caderas, sintiendo cada sensación cobrar vida en aquella profundidad que lo apretaba.

La dulzura de las ardientes y suaves paredes internas de Jiwoon envolviéndolo era electrizante, como entrar en el mismísimo cielo. Cada vez que se hundía en él, sentía como si todo su ser se derritiera dentro de Jiwoon.

—¡Hhhn, ah…!

—Haaah…

—D-demasiado rápido…

Incluso con unas ligeras embestidas ascendentes que lo hacían entrar un poco más profundo, Jiwoon gemía con una voz dolorida que Taecheon encontraba demasiado encantadora para expresarlo con palabras.

Deseando escucharlo una y otra vez, Taecheon hundió el rostro en la nuca de su amante y continuó moviéndose en su interior. Cuanto más rápido movía las caderas, más desesperados se volvían los gemidos de Jiwoon.

—¡Ahh… ahhhn! ¡Haaah!

Las rápidas embestidas sacudían violentamente su cuerpo y llenaban el aire con el obsceno sonido de carne golpeando contra carne. Cada impacto de las fuertes caderas y muslos de Taecheon hacía que las nalgas de Jiwoon se enrojecieran y ardieran.

—¡Hhh… nghhh, aahh…!

Incluso aquel dolor se transformaba en placer, hasta el punto de que Jiwoon pensaba que podría perder la razón.

Con la excitación llevada a semejante extremo, los pensamientos desaparecieron. La razón se desvaneció por completo.

Lo único que permaneció fue el deseo primitivo de convertirse para siempre en uno con Taecheon. Jiwoon solo podía gritar por instinto, moviendo las caderas como le dictaba el cuerpo.

—S-siento que… ¡v-voy a morir… aghh!

Cuando la oleada del clímax lo atravesó, su agujero se contrajo con fuerza. Su liberación brotó, ligera y acuosa, mientras su mente daba vueltas como si cayera desde una altura vertiginosa, arrastrada por embriagadoras olas de placer.

Las intensas contracciones precipitaron también el clímax de Taecheon. Un sonido gutural y primitivo ascendió por su garganta, áspero y crudo.

—Kh… ngh…

Al correrse, Taecheon abrió todas las glándulas de feromonas de su cuerpo y dejó que oleadas de su presencia se abatieran sobre su Omega.

Era un acto primitivo de dominación, una forma de dejar su aroma y su existencia grabados en su amante.

Abrumado por aquella inundación, Jiwoon se retorció. Sus instintos gritaban que era una presa atrapada y las lágrimas brotaron de sus ojos en un reflejo de resistencia.

—Huuhh… uhh, ngh…

Eso también formaba parte de la naturaleza de un Omega.

Y, aun mientras lloraba, su cuerpo respondía apretándose alrededor del pene del Alpha, ordeñándolo hasta la última gota y moviendo las caderas con avidez. Vergonzoso o no, de su garganta escapaban gemidos descaradamente obscenos.

—¡Hnngh, haaah… ahhh! Por favor, más… solo un poco más… dámelo todo.

Al contemplar a su Omega, consumido por el calor y privado de razón, Taecheon fue dominado por un violento y casi peligroso deseo de monopolizarlo por completo.

Esta expresión obscena debe ser solo para mí. Estos jadeos entrecortados… solo yo debería poder escucharlos. Este aroma dulce como la miel… solo yo debo tener permitido saborearlo.

Todo Alpha nacía con el instinto de atar a su Omega a sí mismo, de convertirlo en alguien que le perteneciera exclusivamente. Antes que la ética, antes que los derechos humanos, existía aquel impulso innato. Por eso, cuando llegaba su ciclo de rut, el período en que no eran mejores que animales, lo único en lo que podían pensar era en reproducirse.

Por eso Seo Taecheon ansiaba realizar la impronta.

Cada vez que Jiwoon, empapado en su semen y sus feromonas, lo miraba con el rostro nublado por el éxtasis, el impulso rugía en su interior:

Márcalo. Realiza la impronta ahora.

La idea de que Jiwoon pudiera resultar igual de atractivo para otro Alpha era insoportable.

Seo Taecheon se preocupaba a menudo.

Nunca dudaba del amor de Jiwoon por él, pero ¿qué pasaba con los demás hombres?

Cuando Jiwoon regresara al trabajo y volviera a integrarse a la sociedad, ¿algún bastardo intentaría acercársele? ¿Alguien lo acosaría mientras caminaba por la calle? ¿Y si algún desgraciado sin vergüenza, cegado por el deseo, se abalanzaba sobre él?

Sus inquietudes no hacían más que acumularse.

A veces tenía pensamientos peligrosos.

¿Y si encerrara a Jiwoon en algún lugar? En una villa de una isla aislada, separado de todos los demás, donde sus ojos no miraran a nadie excepto a mí.

Aunque no era el tipo de persona que cometería un crimen, Taecheon sentía que fácilmente podría volverse irracional si eso le permitía tener a Jiwoon solo para él.

Últimamente, su codicia se había vuelto insoportable.

La impronta comenzaba cuando el Alpha mordía la nuca del Omega con suficiente fuerza para dejar las marcas de sus dientes, bebía su sangre y, al mismo tiempo, lo inundaba con sus feromonas.

Una vez completado el proceso, el Omega quedaba unido inquebrantablemente al Alpha.

El resultado era una esclavitud mutua permanente.

Una vez vinculados, solo podían percibir las feromonas del otro. Los demás Alphas y Omegas se volvían inodoros para ellos, dejándolos prácticamente como Betas dentro de la sociedad.

Ser alguien con género secundario y, aun así, renunciar para siempre a las interacciones de esa naturaleza con todos los demás de su misma clase.

Eso era la impronta.

Sin embargo, no todas las parejas casadas elegían realizarla. De hecho, solo una minoría lo hacía. Entre las parejas Alpha-Omega, apenas alrededor del diez por ciento llegaba a establecer una impronta. Entre quienes solo salían o convivían juntos, la cifra era todavía menor.

La verdad era que no realizar la impronta constituía la decisión racional.

Porque una impronta jamás podía deshacerse.

No había cancelación.

No había reversión.

No podía eliminarse.

Las feromonas del Omega se enlazaban químicamente con las del Alpha, quedando unidas para siempre de una forma que ni siquiera la medicina podía borrar.

Para el Alpha, una vez establecida la impronta, solo su Omega podía satisfacerlo durante el rut. En cada ciclo, tenía que depositar su semilla en su Omega para poder liberarse. De lo contrario, sus glándulas de feromonas comenzaban a funcionar mal, provocándole conmoción, enfermedades y, en casos graves, padecimientos incurables.

Lo mismo ocurría con los Omegas. Una vez marcados, ya no podían concebir el hijo de ninguna otra persona. Sin su pareja vinculada, se volvían prácticamente estériles.

Por eso, solo las parejas que confiaban… no, que se entregaban por completo el resto de sus vidas, elegían realizar la impronta.

A veces lo hacían parejas mayores, ya en una etapa estable de la madurez. Sin embargo, los amantes jóvenes e imprudentes que se vinculaban precipitadamente solían terminar arrepintiéndose.

Por eso, la sociedad enseñaba una cosa por encima de todo:

La impronta debía realizarse con la máxima cautela.

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