Transmigré después de que el CEO villano quedara en bancarrota - Capítulo 30

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  4. Capítulo 30
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Gu Lin sintió que la temperatura bajo su palma aumentaba poco a poco hasta quemarle y finalmente comprendió qué lugar había presionado por accidente.

Además, Pei Sheng había reaccionado.

Su respiración se volvió algo pesada y sus dedos se aferraron a la manta. En medio de la oscuridad, sus jadeos se escuchaban con especial claridad.

Con las orejas completamente rojas, Gu Lin quiso retirar la mano.

Pero Pei Sheng, aturdido por el alcohol, probablemente sentía demasiada tensión. Flexionó ligeramente una pierna y dejó caer la palma sobre el dorso de la mano de Gu Lin, manteniéndola allí. Frotó la cabeza contra la almohada y la inclinó un poco hacia atrás, dejando el cuello estirado.

Era evidente que se sentía muy incómodo.

Gu Lin tampoco estaba pasándolo precisamente bien.

No se atrevía a moverse ni a retirar la mano.

Bajo su palma hacía muchísimo calor e incluso parecía poder sentir el pulso de las venas.

Tragó saliva y se mordió el labio.

Al ver a Pei Sheng exhalar una bocanada de aire caliente, cerró ligeramente los ojos y, armándose de valor, pensó que nada de esto habría ocurrido si él no hubiera metido la mano donde no debía.

Ni siquiera Gu Lin había hecho muchas veces algo así consigo mismo.

Comenzó a mover la mano con evidente torpeza.

Sus movimientos inexpertos solo consiguieron que Pei Sheng se sintiera todavía más incómodo.

Era como si se hubiera quedado suspendido a medio camino, incapaz de avanzar o retroceder. Su nuez se movió y extendió una mano para sujetar directamente aquello que lo estaba haciendo sufrir.

—Más rápido —murmuró con voz ronca.

Su voz se mezclaba con su respiración desordenada y resultaba extraordinariamente sensual.

Gu Lin, en cambio, estaba a punto de llorar.

¡Ni siquiera podía sujetarlo bien!

¡¿Y todavía se atrevía a exigirle que fuera más rápido?!

Gu Lin tenía el rostro y las manos ardiendo.

«¡Pues date prisa tú también!»

La muñeca que Pei Sheng sujetaba comenzó poco a poco a dejar de obedecerle.

Gu Lin quiso retirar la mano.

Sin embargo, en la conciencia confusa de Pei Sheng, su forcejeo pareció una resistencia. Por segunda vez, sujetó con una fuerte posesividad el dorso de su mano y la mantuvo presionada en aquella peligrosa zona.

Gu Lin levantó la mirada y descubrió que Pei Sheng lo observaba con los ojos entrecerrados.

—¿Gu Lin?

—¡No soy yo!

Gu Lin respondió instintivamente del susto.

Retiró bruscamente la mano, se puso de pie y salió huyendo.

De paso, casi mandó volando el bote de basura de una patada.

En aquel momento habría deseado poder abandonar directamente el planeta en menos de un segundo.

Sin embargo, Pei Sheng estaba entre dormido y despierto, con la visión borrosa.

Solo alcanzó a distinguir la silueta que desaparecía en la oscuridad.

Una sensación de frustración por no haber quedado satisfecho recorría su cuerpo. Con una mano aflojó la cintura del pantalón y se giró, abrazando la manta revuelta.

Su nariz quedó rodeada por el aroma a manzana.

Frotó la punta de la nariz contra el lugar donde aquel aroma era más intenso.

Su cuerpo y su respiración se volvieron cada vez más calientes.

Finalmente, casi perdió por completo la noción de sí mismo.

Gu Lin se apoyó contra la puerta y se encorvó para escuchar los movimientos del exterior, aterrorizado ante la posibilidad de que Pei Sheng apareciera con un cuchillo de cocina para descuartizarlo.

Después de escuchar durante un rato y no percibir ningún movimiento, finalmente consiguió tranquilizarse y volvió a acostarse.

Miró hacia arriba.

Instintivamente levantó la mano con la que acababa de tocar al pequeño Pei Sheng.

Formó un círculo con los dedos, calculando aproximadamente el tamaño.

Volvió a maravillarse.

—Eso no es del tamaño de un hombre normal.

Se tocó el trasero.

Aunque no había ocurrido nada, inexplicablemente sintió que ya empezaba a dolerle un poco.

Gu Lin también se envolvió completamente en la manta.

Apagó la luz, sacó el teléfono y comenzó a buscar con expresión extremadamente seria:

¿Dos personas cuyos tamaños no son compatibles pueden tener futuro juntas?

Al final terminó sumergido en sus maravillosas fantasías sobre el futuro y pasó buena parte de la noche riéndose tontamente.

A las siete de la mañana siguiente, se levantó arrastrando un cuerpo algo agotado por haber trasnochado y se preparó para ir a trabajar.

Trabajando en la casa del terror ganaba doscientos al día.

Además, Chu Gege era realmente generosa y, de vez en cuando, le daba propinas de varios cientos o incluso miles.

Tenía que trabajar duro, ahorrar y devolver los doscientos mil que había gastado viendo modelos masculinos.

Bostezó y se estiró, dejando al descubierto un tramo de cintura.

Al abrir la puerta de su habitación, vio a Pei Sheng junto a la entrada, aparentemente sumido en sus pensamientos.

Gu Lin se sintió culpable al instante.

Se dio la vuelta con intención de regresar a su habitación.

Pero Pei Sheng lo llamó.

—Ven aquí.

Pei Sheng miró la cintura que había quedado expuesta.

Sobre ella había una marca roja bastante evidente que se superponía con algunos recuerdos fragmentarios de la noche anterior.

Su mirada pasó hacia el sofá.

Recordaba haber levantado a Gu Lin.

Después, todo se convertía en una oscuridad caótica y en algunas palabras que no conseguía recordar con claridad.

Su cerebro, afectado por la resaca, todavía no había despertado por completo.

Aquellos fragmentos desordenados le provocaban dolor de cabeza.

Al ver que Gu Lin seguía retorciéndose sin acercarse, volvió a mirarlo.

Esta vez, Gu Lin caminó hacia él como si estuviera dispuesto a enfrentarse a la muerte.

—¿Q-qué pasa? —preguntó nervioso.

Con lo borracho que había estado, seguramente no recordaba lo sucedido anoche.

Gu Lin rezó silenciosamente en su interior.

Cuando llegó junto a la entrada, hasta el cuero cabelludo se le tensó por los nervios mientras levantaba el rostro para mirarlo.

Pei Sheng probablemente acababa de ducharse.

Al acercarse podía percibirse el aroma mentolado de su champú.

El corazón de Gu Lin latía descontroladamente.

Temía que Pei Sheng preguntara en cualquier momento:

«¿Qué me hiciste anoche?»

Al ver lo nervioso que estaba, Pei Sheng tuvo la vaga sensación de que algo anormal debía haber ocurrido.

De lo contrario, Gu Lin no estaría mostrando tanta culpabilidad.

Y cada vez que Gu Lin se sentía culpable, normalmente tenía algo que ver con pensamientos indecentes.

Sin embargo, no preguntó.

Simplemente tomó una bolsa y se la entregó.

—¿Mm? ¿Qué es?

Gu Lin la recibió.

Pesaba bastante.

Al abrirla, descubrió una bolsa de castañas asadas que ya se habían enfriado.

Sus ojos se iluminaron de inmediato.

—¡¿Cuándo las compraste?!

—No lo recuerdo.

Pei Sheng se agachó para ponerse los tenis.

Gu Lin tomó una castaña, la peló y se la metió en la boca.

Sonrió hasta curvar los ojos.

—Seguro que me las compraste anoche cuando estabas borracho.

Pei Sheng no tenía ningún recuerdo al respecto.

El día anterior, mientras Gu Lin recibía el suero, había mirado con tanta avidez a alguien que estaba comiendo castañas asadas que casi se le caía la baba.

Incluso había dicho que en invierno había que comer castañas asadas.

Probablemente las había comprado en aquel momento.

Pei Sheng terminó de ponerse los zapatos.

Al ver que Gu Lin ni siquiera se había cepillado los dientes y ya había devorado dos castañas como un pequeño hámster, frunció ligeramente el ceño.

Gu Lin todavía no comprendía cuál era el problema.

Al notar que Pei Sheng lo miraba, instintivamente peló una tercera castaña y se la acercó a los labios.

La yema de su dedo estuvo a punto de rozarlos.

—Toma. Está rica.

Pei Sheng recordó repentinamente una escena de la noche anterior en la que había presionado con un dedo los labios de Gu Lin.

Su ceño se frunció todavía más.

Estaba a punto de decir que no quería cuando Laduo apareció disparado y se comió la castaña.

—¡Laduo!

Gu Lin no esperaba que Pei Sheng protegiera su comida y Laduo se la robara.

Inmediatamente intentó recuperarla de la boca del perro.

—¡Esa era para Pei Sheng!

—¿Y crees que me la comería después de que se la sacaras de la boca?

Pei Sheng suspiró con impotencia y prácticamente arrastró a Gu Lin hasta el baño.

—Cepíllate los dientes antes de seguir comiendo.

—Oh.

Pei Sheng le quitó la bolsa de castañas de las manos.

Gu Lin puso pasta en el cepillo y comenzó a cepillarse los dientes.

Después asomó la cabeza para observar la espalda de Pei Sheng mientras se alejaba.

Seguía preguntándose si recordaba lo sucedido la noche anterior.

A juzgar por su comportamiento, idéntico al de siempre, probablemente no.

Si recordara todo aquello, seguramente explotaría.

Pei Sheng ignoró la mirada de Gu Lin.

Tomó directamente la correa de Laduo y salió de casa.

Sin embargo, aquel día paseó al perro bastante distraído.

A medida que su cerebro se despejaba, comenzaba a reconstruir continuamente lo sucedido la noche anterior.

Desde la entrada hasta el salón y, finalmente, su habitación.

Aquellas escenas fragmentarias empezaron a conectarse.

Cuando recordó la figura de Gu Lin huyendo desesperadamente, se llevó una mano a la frente con impotencia.

Nunca antes se había emborrachado.

La noche anterior había sido la primera vez.

No esperaba perder el control de aquella manera.

Y Zheng Wei, sin saber lo cerca que estaba de la muerte, decidió llamarlo precisamente en ese momento.

La expresión de Pei Sheng se ensombreció.

Respondió.

—Jefe, ¿qué tal estuvo anoche? —preguntó Zheng Wei con cautela.

En realidad, estaba prácticamente aguzando las orejas para descubrir si Pei Sheng había perdido el control después de beber.

—Nada mal —respondió Pei Sheng con indiferencia.

—¿Y Gu Lin está bien?

Zheng Wei siguió tanteando.

—Nada mal.

Pei Sheng observó cómo Laduo se acercaba a un samoyedo.

Zheng Wei estaba completamente confundido.

Según su experiencia, un hombre como Pei Sheng, que reprimía sus deseos hasta semejante extremo, normalmente se volvería completamente desenfrenado si perdía el control por el alcohol.

Probó otra vez:

—¿No ocurrió nada malo?

—Sí. Te descontaré seis meses de sueldo.

Dicho eso, Pei Sheng metió a Zheng Wei en la lista negra.

Zheng Wei:

—¿¿¿???

Pei Sheng colgó y dirigió la mirada hacia Laduo, que estaba olfateando el trasero del samoyedo.

No esperaba que, después de que Gu Lin lo sacara a pasear una sola vez, Laduo hubiera pasado de ser un golden retriever frío y distante a convertirse en semejante pervertido.

Parecía que no debía subestimar el poder del pequeño pervertido Gu Lin.

Se acercó para llevarse a Laduo.

Pero el perro se resistió.

Pei Sheng se agachó y le explicó seriamente:

—Laduo, estás castrado.

Los ojos de Laduo se llenaron de lágrimas.

La dueña del samoyedo soltó una carcajada.

—Mi perro también es macho.

Laduo miró al samoyedo con incredulidad.

Después le ladró sin ninguna cortesía.

Pei Sheng le dio una ligera patada.

—Disculpa.

La dueña del samoyedo era una chica joven y adorable, aparentemente de una edad similar a Gu Lin.

—No pasa nada. ¿Y el dueño de Laduo?

—Yo soy su dueño.

—¿Ah? Entonces, ¿el que paseó a Laduo anoche era amigo tuyo? —preguntó ella con curiosidad.

Pei Sheng asintió.

—¿Pasa algo?

—No, no.

La chica parecía algo avergonzada.

—¿Por qué hoy no vino él a pasearlo? ¿Le ocurrió algo? Ayer lo vi hablando por teléfono y parecía que estaba a punto de llorar.

—¿Hablando por teléfono?

Pei Sheng recordó que la primera vez que había llamado a Gu Lin la noche anterior, la línea estaba ocupada.

—Sí. Al principio estaba muy contento, pero después recibió una llamada y se puso muy triste. Incluso tenía los ojos rojos. Le pregunté qué ocurría y solo dijo que no era nada.

La preocupación era evidente en los ojos de la chica.

—¿Podrías pasarme su WeChat?

Pei Sheng tardó un instante en comprender sus intenciones.

Le gustaba Gu Lin.

Inexplicablemente recordó que, en la estación de tránsito, también había aparecido alguien pidiéndole a Gu Lin su información de contacto.

¿Cómo podía atraer a tanta gente?

Pei Sheng respondió tranquilamente:

—Mi teléfono se quedó sin batería.

La chica señaló su teléfono.

—¿Pero no acabas de hacer una llamada?

—Mm… Se agotó con esa llamada.

Pei Sheng dijo aquello con absoluta seriedad, guardó el teléfono en el bolsillo y llamó a Laduo para marcharse.

Justo entonces vio a Gu Lin correr apresuradamente hacia ellos.

Probablemente los había visto y había regresado.

Desde cierta distancia, sus ojos se curvaron en una sonrisa.

—¡Pei Sheng! ¡Me voy a trabajar! Te preparé una sopa para la resaca. ¡Acuérdate de tomarla o te dolerá la cabeza!

Después agitó la mano y salió corriendo.

Su cabello revoloteaba bajo la luz de la mañana, casi brillando.

La dueña del samoyedo pareció comprender algo.

Preguntó con cierta incomodidad:

—¿Eres su novio?

Pei Sheng no respondió.

Simplemente dijo:

—Tu perro es muy bonito.

Después se llevó a Laduo y regresó tranquilamente a casa.

Por el camino, volvió a pensar en lo que acababa de contarle aquella chica.

Sus palabras se superpusieron con algunos fragmentos borrosos de la conversación de la noche anterior.

Recordaba que Gu Lin había dicho que alguien lo estaba amenazando.

Que tenía miedo.

Y también algo acerca de que lo odiara.

Entonces parecía que Li Chunhua, la madre de Gu Lin, ya había conseguido encontrarlo.

Pei Sheng regresó rápidamente a casa.

Dejó a Laduo en el salón y entró directamente en su habitación.

Se sentó frente a la computadora y sus dedos comenzaron a moverse rápidamente sobre el teclado.

Poco después, apareció una serie de números telefónicos en la pantalla.

Pei Sheng utilizó un número virtual para llamar.

La otra parte respondió enseguida.

—¿Quién es?

Pei Sheng reconoció aquella voz.

Efectivamente, era Li Chunhua.

Rápidamente obtuvo los registros de llamadas y mensajes de su teléfono.

Y, tal como esperaba, encontró el número de Gu Lin.

Abrió la grabación de la llamada.

Escuchó a Li Chunhua exigirle a Gu Lin aquellos cinco millones.

La voz de Gu Lin estaba extremadamente tensa, pero respondió con firmeza:

—No te los daré. Ese dinero es de Pei Sheng. Tengo que devolvérselo.

La voz de Li Chunhua estaba cargada de desprecio.

—Para ellos no eres más que una puta. ¿Y ahora quieres fingir que eres decente? Cuando Pei Sheng te mantenía, hasta él te consideraba demasiado sucio para tocarte.

Al escuchar el evidente temblor que apareció después en la voz de Gu Lin, la mirada de Pei Sheng se volvió cada vez más sombría.

Li Chunhua pasó un buen rato sin recibir respuesta.

Finalmente volvió a preguntar:

—¿Quién demonios eres?

Pei Sheng cerró el registro de la llamada.

Su voz sonó helada:

—Soy el novio de Gu Lin. Reunámonos.

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