Transmigré después de que el CEO villano quedara en bancarrota - Capítulo 31

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  4. Capítulo 31
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Mientras Gu Lin iba en una bicicleta compartida camino al metro, recibió un mensaje de Pei Sheng.

Fei: Pide permiso esta tarde. Te llevaré a hacer unas cosas.

—¿Eh? ¿Qué cosas? —murmuró confundido mientras le respondía.

LL: ¿Qué vamos a hacer?

Pei Sheng solo respondió que se lo diría por la tarde y no volvió a enviar ningún mensaje.

Aquella decisión repentina hizo que Gu Lin se sintiera un poco inquieto, igual que con aquella llamada inesperada del día anterior.

Lo había tomado completamente desprevenido.

Casi por instinto, Gu Lin abrió el registro de llamadas y miró la llamada que Li Chunhua le había hecho el día anterior.

Pensó que ella no iría a buscar a Pei Sheng… ¿verdad?

Cuando llegó a la casa embrujada, descubrió que Chu Gege ya estaba allí, aunque normalmente no llegaba hasta la tarde.

Sin embargo, no parecía estar de muy buen humor. Ese día ni siquiera llevaba uno de sus bonitos vestidos; tampoco se había maquillado. Tenía los labios pálidos y el cabello desordenado sobre los hombros. Ni siquiera había comenzado la jornada laboral y ya estaba insultando a la gente.

Los empleados que llegaban al trabajo, al verla así, se apresuraban a mantenerse a una distancia prudente.

Gu Lin sintió que su estado de ánimo era tan malo como el suyo.

Xiao Song, que normalmente repartía volantes junto a Gu Lin, lo detuvo y le advirtió en voz baja:

—La jefa tiene unos cuantos días así todos los meses.

—¿Por qué? —preguntó Gu Lin.

—Debe estar con el periodo. Mi pareja también se pone de mal humor durante esos días —Xiao Song volvió a advertirle—. No vayas a provocarla.

Gu Lin asintió y pensó: Qué envidia. Cuando la jefa está de mal humor, puede insultar a la gente.

Cuando yo estoy de mal humor, solo puedo aguantarme y llorar en silencio.

El pequeño esclavo corporativo Gu Lin respiró profundamente para calmarse. Justo cuando estaba a punto de comenzar a trabajar, Chu Gege lo llamó.

—Gu Lin.

Él se volvió hacia ella y se esforzó por mostrar una sonrisa obediente.

—Jefa.

—¿Qué te pasa? ¿Por qué pareces tan desanimado? —Chu Gege, que ya había descargado toda su frustración insultando a los demás, notó enseguida que algo no estaba bien con él.

—Supongo que no dormí bien.

La noche anterior, Gu Lin había estado buscando información sobre problemas de incompatibilidad de tamaño hasta las cuatro de la madrugada.

Chu Gege lo observó, mustio y sin energía, y declaró con enorme generosidad:

—Vamos. Te invito un café.

—¿El café es rico? —Gu Lin nunca había probado uno.

—Riquísimo.

Los ojos de Gu Lin se iluminaron al instante.

—¡Quiero probarlo!

Chu Gege no pudo evitar reírse. Lo tomó del brazo y lo llevó a la cafetería del parque de diversiones, donde pidió dos cafés.

—No parece que simplemente hayas dormido mal. ¿Acaso ayer tú y Pei Sheng tuvieron una batalla de varios asaltos?

Gu Lin casi murió atragantado con el café.

—¡N-no! No hicimos nada.

Sin embargo, mientras hablaba, las puntas de sus orejas se pusieron rojas.

—De verdad, solo dormí mal.

Chu Gege seguía sin creerle. Se acercó a él y tiró ligeramente del cuello de su sudadera.

—¿Entonces por qué no tienes ningún chupetón en el cuello?

Gu Lin se apresuró a apartarle la mano.

—¡De verdad no hicimos nada! Nuestra relación es muy pura.

—Está bien. Pero ¿cuál de los dos es el que no puede? ¿Por qué todavía no se han acostado?

Chu Gege estaba a un paso de echarle un afrodisíaco en el café.

Gu Lin pensó entre lágrimas: El que no puede soy yo. Buaaa…

Comparado con la rapidez con la que él había terminado aquella vez en el auto, Pei Sheng había tardado tanto la noche anterior que a Gu Lin todavía le dolía la muñeca. Y eso que se había asustado y había huido a mitad del asunto.

Gu Lin no quería hablar de un tema que afectaba tan gravemente su dignidad masculina, así que cambió oportunamente de conversación.

—Eh… jefa, ¿puedo pedir medio día libre esta tarde?

—¿Para qué? —Chu Gege regresó a su asiento y continuó bebiendo su café.

—Pei Sheng dijo que tiene algo que hacer y quiere llevarme con él.

—Si es para hacer cosas en la cama, puedes irte ahora mismo.

Aunque Chu Gege tenía una lengua feroz, nunca ponía demasiadas trabas cuando alguien pedía permiso.

La franqueza de Chu Gege hizo que Gu Lin volviera a atragantarse. Tosió varias veces, sostuvo su café entre las manos y bebió unos cuantos sorbos más antes de volver a cambiar de tema, elogiándolo alegremente:

—Gracias, jefa. El café está buenísimo.

—Pueblerino —se burló Chu Gege entre risas mientras empujaba hacia él el postre que acababan de servir—. Come más.

—Jefa, ¿por qué estás de mal humor hoy? —Gu Lin solo se atrevió a preguntar después de verla sonreír.

—Mis padres están presionándome para que vaya a una cita a ciegas. Qué fastidio. —Chu Gege se apartó el cabello—. Tengo que ir a comer al mediodía, por eso ni siquiera me molesté en maquillarme. ¿Por qué no vienes conmigo?

—¿Eh? —Gu Lin tardó un momento en reaccionar—. ¿Para qué?

Al ver la sonrisa maliciosa de Chu Gege, se cubrió rápidamente con los brazos.

—¡A mí me gustan los hombres! ¡Y tampoco voy a fingir ser tu novio!

—Ay, ¿quién quiere hacer algo así? Solo quiero que vengas a comer gratis.

Gu Lin negó frenéticamente con la cabeza.

Chu Gege tocó la pantalla de su teléfono.

—Treinta mil de viáticos.

—Sí, jefa.

Gu Lin jamás tendría problemas con el dinero.

Y si alguna vez los tenía, ¡sería porque no estaba en sus cabales!

Esta vez, Chu Gege conducía un auto nuevo. Al igual que el de Zhou Shaoran, llevaba una pequeña figura dorada en el frente.

Gu Lin preguntó con curiosidad:

—¿Cuánto costó este auto?

—Unos diez millones. Me lo regaló mi papá.

—¿Eh? ¿¡Diez millones!?

Gu Lin estaba contando con los dedos y ya iba por el octavo cuando de repente recordó que Pei Sheng le había dicho que aquel auto era muy barato.

¡Efectivamente, Pei Sheng le había mentido!

Con razón se había reído cuando Gu Lin le preguntó qué auto era.

¡Pei Sheng, gran mentiroso!

Sacó inmediatamente el teléfono y le envió un mensaje.

LL: ¡¡Men! ¡¡ti! ¡¡roso!!

Fei: ?

LL: El auto es carísimo. Me mentiste.

Fei: ¿En qué te mentí?

LL: Me engañaste diciendo que podía pagarlo. (Te voy a vender).

Fei: Mmm… puedes intentar venderme y ver cuánto consigues.

LL: ¡Te odio!

Pei Sheng soltó una risa.

Un adolescente rebelde en plena etapa chūnibyō.

El hombre sentado frente a él vio que Pei Sheng, quien desde que se había sentado había mantenido una expresión fría como el hielo, de repente sonreía.

Su corazón dio un vuelco.

La sensación de peligro se hizo todavía más intensa.

Pero no se atrevió a marcharse.

Pei Sheng guardó el teléfono y levantó la mirada hacia el hombre que había acudido en lugar de Li Chunhua.

Era corpulento, llevaba el cabello cortado al ras y en sus ojos había una ferocidad propia de alguien dispuesto a jugarse la vida.

Entre ambos había un teléfono conectado a una videollamada.

—Entonces, ¿ya pensaste qué valor puedes ofrecerme? —preguntó Pei Sheng a Li Chunhua, que aparecía en la pantalla.

—Ya estás en bancarrota. ¿Cuánto puedes pagar? —Aunque el nombre de Li Chunhua sonaba bastante anticuado, la mujer de la pantalla tenía facciones delicadas y armoniosas; era bastante hermosa.

Sin embargo, probablemente llevaba mucho tiempo sin poder cuidarse adecuadamente. Su bonito rostro tenía un tono amarillento. Vestía de manera decente, pero la ropa evidentemente no era de su talla y ya había tenido que acomodársela varias veces.

Pei Sheng permaneció sentado, observándola con los párpados ligeramente bajos. Su expresión fría y severa lo hacía parecer un juez a punto de dictar sentencia contra un criminal.

—Eso dependerá de si lo que tienes en tus manos posee algún valor.

Tras decirlo, se inclinó ligeramente hacia delante y tomó un sorbo del café que acababan de servirle. El pasador de corbata con un diamante negro brilló fríamente bajo la luz.

—Parece que el señor Pei no tiene intención de negociar —se burló Li Chunhua desde la videollamada—. Además, hay algo que no entiendo. ¿Por qué sigues con alguien que te traicionó? ¿Tienes algún fetiche extraño? ¿O es que el trasero de mi hijo realmente te resulta tan útil?

Pei Sheng respondió con absoluta calma:

—No lo niego. Gu Lin es muy bueno.

Su tono permaneció imperturbable.

—Parece que no tienes nada que valga la pena y por eso has tenido que recurrir a burlarte de Gu Lin. Si es así, hablaremos en otra ocasión.

Dicho esto, se levantó dispuesto a marcharse.

Sin embargo, el hombre sentado frente a él extendió una mano para bloquearle el paso.

Pei Sheng miró al hombre, que era media cabeza más bajo que él, señaló la cámara y sonrió.

—Cuidado.

La voz de Li Chunhua llegó oportunamente desde el teléfono.

—Ya que el señor Pei quiere que me entregue a usted, tendré que demostrar un poco de sinceridad. Viejo Wu, enséñaselo.

El hombre que bloqueaba el paso de Pei Sheng sacó entonces su propio teléfono, abrió un video y prácticamente se lo plantó frente al rostro.

En el video, Gu Lin estaba entregándole una memoria USB a un hombre.

Y Pei Sheng conocía a ese hombre.

Era Wen Lai, el secretario de Cheng Zhiqing.

—¿Qué te parece? —preguntó Li Chunhua—. ¿Esto tiene suficiente valor?

—Es bastante bueno, pero todavía no vale un millón.

Pei Sheng volvió a sentarse.

—Así que primero te daré quinientos mil.

Sacó una tarjeta y la arrojó a las manos del hombre que tenía enfrente.

—La contraseña es 123456.

El hombre tomó la tarjeta y salió para comprobar el saldo. Poco después regresó y asintió hacia Li Chunhua.

—Parece que, incluso después de quebrar, el señor Pei sigue teniendo un patrimonio considerable. No me sorprende que entregara tan fácilmente los cinco millones de Gu Lin.

—Ya lo dije. Cuánto dinero recibas dependerá del valor de lo que tengas.

—En ese caso, Viejo Wu, muéstrale el segundo video.

En el segundo video solo podía verse el rostro de una persona de perfil.

Pei Sheng conocía perfectamente aquel perfil.

Era Cheng Zhiqing.

Estaba hablando con Gu Lin.

—Con esto, Pei Sheng definitivamente te mantendrá como su amante.

Cheng Zhiqing le arrojó a Gu Lin el reloj de bolsillo que tenía en la mano.

Gu Lin preguntó, todavía inseguro:

—¿Solo un reloj de bolsillo?

—Sí —respondió Cheng Zhiqing con absoluta seguridad—. Este reloj significa muchísimo para él. Y después de acercarte a él, sabes cuál será tu misión, ¿verdad?

—Lo sé. Pero ¿qué pasa si fracaso?

El video terminó abruptamente allí.

—¿Qué te parece? —preguntó Li Chunhua con una sonrisa.

—Nada mal.

Pei Sheng sacó una segunda tarjeta. El Viejo Wu intentó tomarla, pero él retiró la mano.

—Este dinero no te lo daré simplemente por enseñarme un video.

—Después de comprobar el saldo, entrégale directamente el teléfono —ordenó Li Chunhua antes de cortar la videollamada.

Era evidente que confiaba mucho en aquel hombre.

El Viejo Wu dijo con ferocidad:

—Vamos.

Pei Sheng lo siguió.

El banco no estaba lejos, pero en el camino había un callejón. Cuando llegaron a la entrada, el Viejo Wu extendió repentinamente la mano, agarró a Pei Sheng por el cuello de la camisa y lo arrastró violentamente hacia dentro.

Pei Sheng soltó una risita.

—¿Estás seguro?

El Viejo Wu no respondió y lanzó directamente un puñetazo.

Al instante siguiente, se escuchó el sonido de un hueso rompiéndose.

Pei Sheng le torció el hombro y, con una patada, lo mandó volando.

Se aflojó la corbata que el hombre había arrugado al agarrarlo. Sus impecables zapatos de cuero pisaron el suelo sucio mientras se desabrochaba los puños de la camisa y se remangaba, dejando al descubierto sus firmes antebrazos.

La sonrisa en sus labios se hizo todavía más profunda.

Su sombra cayó sobre el otro hombre, cargada con la opresión de la muerte.

El Viejo Wu contempló alarmado y a la defensiva a Pei Sheng, que se acercaba lentamente. Se sujetó el abdomen e intentó levantarse, pero Pei Sheng volvió a patearlo, lanzándolo contra la pared.

Su cuerpo chocó violentamente y cayó al suelo.

Pei Sheng tomó entre los dedos el pasador de corbata que Gu Lin le había regalado y lo guardó cuidadosamente en la palma de la mano. Con los ojos helados, inclinó su cuerpo esbelto y firme hacia el hombre.

—Quizá no lo sepas, pero en el extranjero hice mi fortuna peleando en combates clandestinos.

Dicho esto, descargó directamente un puñetazo sobre él.

El Viejo Wu yacía en el suelo, incapaz incluso de gritar de dolor. Solo podía retorcerse mientras la sangre que brotaba de sus labios le manchaba la barbilla.

Pei Sheng, en cambio, sonrió con mucha amabilidad.

—Pero ya me retiré de ese mundo.

Se inclinó, recogió el teléfono que el hombre había dejado caer y comenzó a manipularlo rápidamente.

Cuando Li Chunhua recibió una notificación que indicaba que el Viejo Wu le había transferido un millón, supo que todo había salido bien.

Abrió apresuradamente el mensaje.

Sin embargo, al instante siguiente, la pantalla de su teléfono comenzó a parpadear frenéticamente.

—¿Qué está pasando?

Intentó detenerlo, pero ya era demasiado tarde.

En menos de tres segundos, todo el contenido de su teléfono quedó completamente borrado.

La mente de Li Chunhua se quedó en blanco.

—¿Cómo es posible…?

Instintivamente miró hacia su computadora.

Al encenderla, vio que la carpeta donde guardaba las copias de seguridad todavía estaba allí y dejó escapar un enorme suspiro de alivio.

Sin embargo, cuando abrió la carpeta…

¡Estaba completamente vacía!

—¡Ah! ¡¿Cómo demonios hicieron esto?!

Como una loca, intentó recuperar los archivos mientras llamaba una y otra vez al Viejo Wu.

Pero del teléfono solo llegó una voz automática:

«Lo sentimos, el teléfono al que ha llamado se encuentra apagado».

Furiosa, arrojó el teléfono directamente al suelo.

Cuando volvió a levantar la cabeza, descubrió que, sin saber cuándo, el fondo de pantalla de su computadora había sido sustituido por tres grandes caracteres de color rojo sangre:

Ten cuidado.

*

Los zapatos de cuero de Pei Sheng aplastaron los dos teléfonos mientras él salía tranquilamente del callejón.

Ya se había arreglado por completo los puños de la camisa. Solo la corbata, arrugada por el forcejeo, descansaba despreocupadamente alrededor de su cuello.

Guardó el pasador de corbata en el bolsillo.

Bajó la mirada hacia su teléfono y vio el mensaje que Wang Yang acababa de enviarle.

Xiao Wang, que solo quiere dedicarse a la tecnología: Hermano, ya transferí todas las copias de seguridad de la computadora de Li Chunhua.

Fei: Gracias.

Xiao Wang, que solo quiere dedicarse a la tecnología: Hermano, ¿quieres usar todo esto para mandarlos a prisión?

Fei: No.

Xiao Wang, que solo quiere dedicarse a la tecnología: ¿Eh? Entonces, ¿para qué te tomaste tantas molestias?

Fei: Él lloró. Es muy molesto.

Wang Yang:

—¿?

¿Se refería a Gu Lin?

Acababa de revisar aquellas copias de seguridad y todas contenían pruebas suficientes para mandar a Gu Lin a prisión durante varios años.

Entonces…

¿Había reunido todas esas pruebas únicamente para proteger a Gu Lin?

Todavía intranquilo, Pei Sheng envió otro mensaje.

Fei: Mantenlo en secreto. De lo contrario, te mato 🔪.

Después de enviarlo, guardó el teléfono y se marchó. Tomó directamente un taxi hacia el lugar donde se celebraría la licitación.

Zhou Shaoran ya lo había llamado tres veces.

Parecía que seguía sin poder manejar la situación.

Cheng Zhiqing realmente no era un adversario fácil.

Cuando Pei Sheng llegó, Chen Xingyang ya lo estaba esperando junto a una entrada lateral.

Ambos estaban a punto de dirigirse a grandes pasos hacia el recinto de la licitación cuando vieron detenerse un automóvil.

La puerta se abrió y apareció un rostro familiar.

Era Shen Muqi, el hombre con quien se habían encontrado la última vez en la oficina de tránsito.

Pei Sheng no tenía ningún interés en él y estaba a punto de marcharse cuando escuchó a Shen Muqi llamar:

—Gu Lin, baja. Mi hermano y la hermana Chu llegarán enseguida. Primero te llevaré a divertirte un rato a la subasta.

Los pasos de Pei Sheng se detuvieron en seco.

Volvió la cabeza.

Y vio a Gu Lin bajar del auto.

Ya no llevaba la sudadera con la que había salido de casa esa mañana.

Ahora vestía un traje blanco.

La mirada de Pei Sheng descendió inconscientemente hasta la camisa que llevaba bajo la chaqueta.

Estaba perfectamente ceñida y tensa.

Los ojos de Pei Sheng se oscurecieron.

Entonces…

¿quién le había ayudado esta vez a ponerse los sujetadores de camisa?

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