Si no cultivo la tierra, me comerán - Capítulo 62
En el pequeño patio, Xia Chen, con el rostro visiblemente cansado, echó un vistazo a su alrededor y dijo:
—Todavía hay leña en la cocina. Calentemos un poco de agua y preparemos algo de comer.
Aún no era la mitad de la tarde, pero afuera el cielo ya comenzaba a oscurecer. Desde que salieron de la residencia del general por la mañana, no habían dejado de moverse. Primero se dirigieron al pequeño patio de la ciudad exterior para comprobar que, tras tantos días deshabitado, no hubiera ocurrido nada.
Por suerte, el lugar seguía silencioso y vacío. Solo podían verse, a través de las puertas abiertas de algunas casas cercanas, zombis deambulando lentamente por el interior.
No tenían tiempo para limpiar la zona. Primero habían ido a inspeccionar la puerta de la ciudad y, tal como esperaban, permanecía firmemente cerrada. Numerosos soldados, completamente armados, patrullaban la muralla. Frente a la entrada se aglomeraban muchas personas con expresiones de pánico. Entre ellas había varios hombres ricamente vestidos acompañados de sus guardias, que exigían a gritos que los dejaran salir de la ciudad. Los soldados respondieron desenvainando las espadas y lograron hacerlos retroceder.
Xia Chen y los demás observaron la escena desde lejos. Aquella multitud estaba muy lejos de tener la fuerza suficiente para abrirse paso por la fuerza, así que, antes de que oscureciera por completo, regresaron al patio para descansar.
El patio era pequeño, de una sola crujía, aunque por fortuna tenía un pozo, por lo que disponer de agua no sería un problema. Dejar los carruajes afuera era demasiado peligroso, así que Zheliu los metió todos dentro. Los tres carruajes ocuparon prácticamente todo el espacio, hasta el punto de que caminar se volvió incómodo.
La noche anterior apenas habían dormido. Después de varias batallas seguidas y de correr de un lado a otro durante todo el día, todos estaban agotados. Al mediodía, por la prisa del viaje, apenas habían tenido tiempo de turnarse para comer un duro pan al vapor que se deshacía en migajas dentro del carruaje.
Ahora que al fin tenían un lugar donde detenerse, no podían seguir conformándose con eso para la cena. En pleno invierno, al menos necesitaban un plato de sopa caliente.
En cuanto Xia Chen mencionó cocinar, Feng Yanshan se ofreció de inmediato:
—¡Déjenmelo a mí! Yo cocinaré.
Hasta entonces solo sabía que Xia Chen y su sobrino eran personas extraordinarias, pero no imaginaba que también tuvieran semejante estatus. Sin contar a aquellos dos compañeros que ya de por sí parecían fuera de lo común, ¡ese mismo día habían entrado en la residencia del general!
El respeto que sentía por Xia Chen aumentó todavía más. Durante toda la jornada había estado pensando en su futuro y, al final, llegó a una conclusión: Xia Shao era una persona sensata y capaz; no era despiadado, pero tampoco un buen samaritano ingenuo. Si seguía a un líder así y cumplía con su deber, tarde o temprano podría refugiarse bajo un árbol grande y recorrer un camino mucho más seguro.
—Bien, te encargo la comida. Nosotros pondremos los ingredientes.
Mientras hablaba, Xia Chen se acercó al carruaje donde guardaban el equipaje suyo y de Nange’er para sacar provisiones.
Lo que menos le faltaba era comida. De las cinco personas del grupo, cuatro dependían de él. Si no decía nada, Feng Yanshan jamás se atrevería a mencionarlo y terminaría gastando sus propias reservas. Aunque pareciera un detalle insignificante, con el tiempo ese tipo de cosas podía generar resentimiento.
Sacó un saco de arroz y otro de harina.
—Empecemos usando esto. El resto lo guardaremos en el carruaje vacío. En adelante, cada uno conservará una parte de los suministros que consiga y el resto se pondrá en común. Cuando haga falta algo, simplemente lo tomaremos de ahí.
Era la forma en que distribuirían los recursos a partir de entonces.
Tenían tres carruajes. Los de un solo caballo no eran muy grandes, así que el equipaje estaba repartido. El suyo y el de Nange’er iban juntos, Feng Yanshan ocupaba otro, y el tercero estaba vacío, perfecto para almacenar los suministros comunes que reunieran más adelante.
En cuanto a Wen Shu y Zheliu… prácticamente no tenían equipaje.
Zheliu, al menos, llevaba una caja de bambú a la espalda y una espada. Wen Shu, en cambio, iba completamente con las manos vacías.
Y dentro de la caja de bambú tampoco había ropa ni comida. Lo único que llevaba eran el teléfono de ambos y la maceta con la camelia.
Que no trajeran equipaje no significaba que les faltara comida; Xia Chen jamás tendría escasez de alimentos. El problema era todo lo demás: ropa de cambio, artículos de uso diario…
Podía cultivar algodón, sí, pero ¿quién sabía hilar tela o confeccionar ropa? Entre ellos solo había un grupo de hombres y ninguno tenía idea de esas cosas.
Cuanto más lo pensaba, más le dolía la cabeza.
Parecía que durante esos días no podrían limitarse a esperar noticias sobre la puerta de la ciudad. También tendrían que salir a reunir más suministros.
Nange’er miró a los demás y soltó una frase antes de salir corriendo:
—Voy a ayudar al hermano Feng a avivar el fuego.
Zheliu buscó un trapo y, en silencio, comenzó a limpiar el polvo acumulado en las habitaciones.
Cuando Xia Chen quiso ayudarlo, Zheliu dio un salto de susto de casi un metro de altura, aferrándose al trapo con todas sus fuerzas y negándose rotundamente a entregárselo.
Sin más remedio, Xia Chen tomó un cubo y fue al pozo a sacar agua.
Había comprobado antes que el gran depósito de la cocina estaba completamente vacío. Tanto para cocinar como para limpiar la casa, el agua era indispensable.
El pozo no tenía polea ni torno. Bajó lentamente el cubo atado con la cuerda y comenzó a tirar de ella poco a poco.
De pronto sintió un pecho ligeramente frío apoyarse contra su espalda.
Una mano envolvió la suya sobre la cuerda.
—Déjame hacerlo.
La mano de Wen Shu, larga y fuerte, sujetó la cuerda. Apenas parecía ejercer fuerza, pero levantó el cubo lleno de agua con total facilidad y, siguiendo las indicaciones de Xia Chen, la vertió en el cubo de madera.
—Espera un momento.
Xia Chen frunció el ceño y tomó la mano de Wen Shu.
Era como una pieza de jade helado: fría, pero suave.
—¿Por qué sigues vistiendo tan poco? Tienes las manos heladas y ni siquiera dices nada.
Hablaba como una anciana regañona.
Al mirar a Wen Shu, sentía que estaba viendo a uno de esos adolescentes rebeldes que, por verse bien, se negaban a ponerse ropa de invierno sin importar cuánto insistiera su madre.
Wen Shu sonrió levemente.
—No te preocupes. Mi constitución es así. No temo ni al frío ni al calor. Mi temperatura corporal siempre ha sido baja.
Desde que renació, su cuerpo había ido transformándose poco a poco hasta convertirse en lo que era ahora.
Ni siquiera él sabía si volvería a sentir calor algún día.
—De verdad. Si no me crees, espérate al verano.
—Aun así deberías abrigarte más. Solo con verte ya me da frío.
Murmuró un instante antes de añadir:
—Además, si uno de esos zombis te araña, puedes infectarte. Llevar más ropa siempre ayuda.
—De acuerdo.
Wen Shu respondió con docilidad.
Frente a Xia Chen, parecía poseer una paciencia infinita. Toda la irritación que normalmente cargaba desaparecía por completo.
—Muy bien… pero primero hay que conseguir ropa.
Mientras Wen Shu seguía ayudándolo con el agua, ambos conversaban.
—Ustedes dos no trajeron ninguna muda. La complexión de Zheliu es parecida a la de Nange’er, así que puede usar su ropa por ahora. ¿Pero tú qué vas a hacer? Ninguna de nuestras prendas te queda.
Mientras hablaba, lanzó una mirada cargada de envidia a Wen Shu y murmuró en voz baja:
—Algún día yo también creceré tanto como tú.
Aunque en los dramas históricos todos los protagonistas masculinos parecían altos y elegantes, la realidad era muy distinta.
En la antigüedad, la estatura de los hombres estaba muy polarizada. La mayoría no alcanzaba esas alturas. Salvo quienes tenían una genética excepcional, la mala alimentación durante el crecimiento limitaba seriamente el desarrollo físico, especialmente entre campesinos y gente común, que además realizaban trabajos pesados.
En Qinghe, su aldea natal, la mayoría de los hombres no llegaba al metro setenta. Muchos apenas rondaban el metro cincuenta.
La familia Xia, sin embargo, tenía muy buenos genes. El padre de Xia Chen provenía de un origen humilde, pero aun así medía más de un metro ochenta. De lo contrario, jamás habría sido elegido para servir bajo el estandarte principal del general Fu.
Su hermano mayor siempre había sido alto y corpulento. Tanto Dongge’er como Nange’er habían heredado esa constitución. Practicaban artes marciales desde pequeños, nunca habían pasado hambre y, tras entrar en la adolescencia, pegaron un gran estirón hasta superar el metro ochenta.
Solo Xia Chen era diferente.
Su constitución era igual que en su vida anterior. A simple vista parecía sano, pero desarrollaba muy despacio. Mientras sus compañeros crecían rápidamente, él apenas aumentaba unos centímetros cada año. Cuando murió en su vida anterior acababa de graduarse de la universidad. Ya no debía crecer más, y aun así apenas alcanzaba un metro setenta y nueve descalzo; con zapatos podía presumir, con algo de descaro, de medir un metro ochenta.
Aunque tenía buenas proporciones, cintura delgada y piernas largas, y eso hacía que pareciera más estilizado que muchos chicos más altos, la estatura siempre había sido su complejo.
En esta vida tampoco había dejado de esforzarse, pero seguía creciendo muy lentamente.
Ahora tenía dieciocho años y todavía no alcanzaba la altura máxima que había tenido en su vida anterior.
Solo medía… un metro setenta y seis.
¿Y Wen Shu?
La primera vez que Xia Chen lo vio en la montaña ya le había parecido muy alto. Cuando lo abrazó, lo envolvió por completo con total facilidad.
Ahora que lo observaba detenidamente, era evidente que tenía una figura alta y piernas largas. Su piel pálida y enfermiza hacía que uno olvidara lo alto que era, pero bastaba con ponerse a su lado para notar la diferencia.
—¿No has vuelto a crecer? —preguntó Xia Chen, desconcertado.
La última vez que estuvieron uno junto al otro, apenas le sacaba media cabeza.
¿Cómo era posible que ahora solo le llegara a la barbilla?
—¿Sí? ¿De verdad?
Wen Shu respondió con calma, aunque sabía perfectamente que había vuelto a crecer.
El día en que despertó como cadáver viviente y sus poderes terminaron de manifestarse, su cuerpo volvió a fortalecerse y ganó algunos centímetros más.
Xia Chen dio dos vueltas a su alrededor antes de aceptar, muy a su pesar, que realmente había crecido otra vez.
Se sintió todavía más frustrado.
Había bebido tanta leche a escondidas… ¿y para qué?
—Tú también crecerás, Yuanbao.
Al verlo inflar las mejillas de disgusto, Wen Shu sonrió ligeramente y le dio un suave toque en la mejilla con un dedo.
En realidad, pensaba que Xia Chen tenía la estatura perfecta.
Justo la adecuada para poder abrazarlo entero.
—¡Claro que voy a crecer! —protestó Xia Chen—. Soy más joven que tú. Cuando tenga tu edad, seré igual de alto.
…O eso esperaba.
Wen Shu volvió a sonreír.
—Yuanbao tiene razón.
Al verlo tan dócil, Xia Chen ya no pudo seguir enfadándose y cambió de tema.
—Hoy vi que la puerta de la ciudad no va a abrirse pronto. Estos días no podemos quedarnos de brazos cruzados. Hay que preparar todo lo que podamos; cuando salgamos de la ciudad estaremos en plena naturaleza, y si entonces nos falta algo será un verdadero problema.
Wen Shu asintió.
—Así es. Como mínimo harán falta cinco días antes de que se reúna suficiente gente para intentar abrir la puerta.
En su vida anterior, el primer intento de irrumpir por la fuerza ocurrió precisamente cinco días después.
En aquel momento el orden aún no se había derrumbado por completo. Entre quienes intentaron escapar había numerosos comerciantes adinerados e incluso algunos funcionarios, todos acompañados por sus guardias. Creían que solo la capital había sido invadida por aquellos monstruos y estaban desesperados por huir.
Los soldados que custodiaban la puerta no se atrevieron a matar civiles.
Al final, la multitud logró abrir la puerta…
…solo para lanzarse directamente contra un mar de zombis que esperaba al otro lado.
Apenas unos pocos consiguieron escapar con vida.
Después de aquello reforzaron la vigilancia de la muralla. Además, quienes habían visto la masacre fuera de la ciudad regresaron para contar lo ocurrido, haciendo que muchos abandonaran la idea de escapar.
No fue hasta más de un mes después cuando ocurrió un segundo intento de abrir la puerta.
Esta vez los protagonistas fueron los ciudadanos comunes que aún seguían vivos.
Tampoco tuvieron éxito.
Y murieron muchísimas personas.
Así que, si no conseguían salir durante el primer intento, tendrían que esperar más de un mes.
Y Wen Shu sabía que eso era precisamente lo que Xia Chen no quería.
—¿Cinco días?
Wen Shu nunca hacía afirmaciones a la ligera.
Si decía cinco días, era porque casi con toda seguridad sería así.
Xia Chen grabó aquella cifra en su memoria y comenzó a organizar mentalmente el plan para los próximos días.
Cuando faltaba un cuarto de hora para el anochecer, apenas quedaba un tenue resplandor en el cielo.
Zheliu sacó una mesa de madera al patio y la colocó en el único espacio libre que quedaba entre los tres carruajes.
Nange’er llevó los bancos y Feng Yanshan sirvió la cena.
Había dicho que sabía cocinar, pero en realidad su habilidad era bastante normal. Solo había aprendido un poco cuando de joven acompañó a un tío suyo en viajes comerciales.
Al menos era capaz de preparar comida comestible.
Con los escasos ingredientes que tenían, el resultado fue simplemente una gran olla de sopa de fideos.
Xia Chen había olvidado darle condimentos. Feng Yanshan solo disponía de sal, así que hirvió los fideos en agua y les añadió apenas una pizca.
Aun así, una sopa caliente en pleno invierno era suficiente para devolverles el calor al cuerpo.
Nange’er se comió un tazón tras otro.
Cuando terminó el tercero y fue a servirse más, Xia Chen le palpó el vientre.
—¿Cómo puedes tener tanta hambre?
Nange’er dio otro sorbo a la sopa y también se tocó la barriga, desconcertado.
—No lo sé… Solo tengo hambre. Muchísima hambre.
Xia Chen frunció el ceño y, tras pensarlo un momento, se volvió hacia Wen Shu.
—Los evolucionados… ¿sufren algún cambio físico especial?
Wen Shu miró a Nange’er con sorpresa.
No esperaba que aquel niño al que consideraba un simple lastre también fuera un evolucionado.
—Comen mucho más, especialmente después de usar sus habilidades. Necesitan ingerir grandes cantidades de comida para recuperar la energía. Lo mejor es la carne.
Xia Chen comprendió enseguida.
Necesitaba alimentos ricos en energía.
No era extraño que una simple sopa de fideos no bastara para saciar a Nange’er.
Por desgracia, ahora mismo no tenían forma de conseguir carne.
En su espacio aún guardaba un poco, pero era poca y no podía sacarla delante de todos.
Al final solo pudo recalentar los panes al vapor que habían recibido en la posada y dárselos a Nange’er.
—Si vuelves a tener hambre, cómete uno.
Mientras tanto, ya estaba pensando en conseguir algo de carne seca o alimentos similares.
Cuando terminaron de cenar, la noche había caído por completo.
Desde fuera del patio comenzaron a oírse los pasos rígidos de los zombis.
Algunos, atraídos por el olor de los vivos, empezaron incluso a golpear las puertas.
En el patio de al lado resonó un grito.
Al instante, muchos más zombis se dirigieron hacia allí.
Xia Chen había esparcido una gruesa línea de arroz glutinoso frente a la entrada y pegado un talismán repelente de espíritus en la puerta.
Nange’er se subió al carruaje para observar.
Vio a varios zombis acercarse al patio, detenerse justo frente a la línea de arroz y caminar inquietos de un lado a otro sin atreverse a cruzarla.
—¡Funciona!
Saltó del carruaje lleno de emoción.
—Pero no podemos bajar la guardia. Esta noche tendremos que organizar turnos de vigilancia.
Xia Chen reflexionó un momento.
—También tenemos que repartir las habitaciones.
El patio era demasiado pequeño.
Solo había tres habitaciones.
Nange’er murmuró en voz baja:
—Ni siquiera hace falta discutirlo.
Tres habitaciones.
Él dormiría con su tío.
El joven maestro tendría una para él solo.
Y Zheliu compartiría con Feng Yanshan.
Eso mismo había pensado Xia Chen.
Había personas que simplemente no estaban acostumbradas a compartir habitación, y Wen Shu parecía precisamente una de ellas.
—¿Dormirás solo?
—Dormiré contigo.
Hablaron al mismo tiempo.
Pero sus respuestas eran completamente opuestas.
Wen Shu frunció ligeramente el ceño y lo miró fijamente.
—Si no compartes habitación conmigo… ¿con quién piensas dormir?
«Con mi sobrino.»
Eso fue lo que Xia Chen respondió en su cabeza.
No se atrevió a decirlo en voz alta.
Como Wen Shu no quería una habitación para él solo, compartir con él tampoco era un problema.
Además…
Nange’er roncaba como un trueno.
Si no fuera su propio sobrino, hacía tiempo que lo habría echado de la habitación.
—Yo compartiré con el pequeño Xia —se apresuró a decir Feng Yanshan.
Zheliu añadió enseguida:
—A mí me gusta dormir solo.
Así, la distribución quedó decidida sin ninguna discusión.
Después organizaron los turnos de vigilancia.
Lo ideal era hacer parejas y dividir la noche en dos turnos.
Zheliu pidió quedarse con la primera mitad de la noche.
Xia Chen eligió la segunda.
Entonces Wen Shu dijo que haría guardia con él.
Feng Yanshan comentó que Nange’er había luchado mucho ese día, además de despertar una nueva habilidad, así que debía descansar. Él haría pareja con Zheliu.
Xia Chen estuvo de acuerdo.
Nange’er había sido la principal fuerza de combate durante toda la jornada.
Era justo dejarlo descansar la primera noche.
Después de volver a la habitación y asearse un poco, Xia Chen se dejó caer sobre la cama con un largo suspiro.
Solo al tocar el colchón sintió cuánto le exigía descansar el cuerpo después de un día entero de agotamiento.
Cuando Wen Shu regresó tras lavarse, encontró a Xia Chen completamente despatarrado sobre la cama.
Tenía los brazos y las piernas extendidos sin ningún cuidado.
Una mejilla aplastada contra el colchón.
Las largas pestañas caídas.
Todo su cuerpo transmitía una relajación absoluta.
—Ah, ya volviste.
Al oír sus pasos, Xia Chen abrió apenas los ojos y enseguida se incorporó, apresurándose a acomodar la cama.
Solo pensaba tumbarse un momento.
Pero el colchón era demasiado cómodo.
Casi se había quedado dormido.
—¿Quieres dormir del lado de adentro o del de afuera?
Mientras alisaba con cuidado las sábanas arrugadas por culpa suya, preguntó en voz baja.
—Afuera.
Wen Shu respondió antes de acercarse y darle un ligero empujón.
—Si estás cansado, descansa. No te preocupes por mí.
—Está bien.
Xia Chen se metió obedientemente en el lado interior de la cama.
Esta vez permaneció inmóvil, con las manos y los pies bien recogidos, completamente distinto a la postura despreocupada de hacía unos instantes.
Wen Shu también subió a la cama.
Era una cama sencilla de madera, propia de una vivienda humilde.
Aunque era resistente, no era especialmente ancha.
Con dos hombres adultos acostados sobre ella, aun sin tocarse, el espacio resultaba extrañamente reducido.
Parecía que bastaba con moverse un poco para rozar al otro.
—Me voy a dormir…
Xia Chen percibió al fin aquella atmósfera algo extraña.
Murmuró un tímido «buenas noches» y cerró los ojos.
—Buenas noches.
Wen Shu respondió con suavidad.
Después le acarició la frente y también cerró los ojos.
Estaban demasiado cansados.
Pocos instantes después, Xia Chen cayó profundamente dormido.
Sin embargo, Wen Shu volvió a abrir los ojos.
La oscuridad de la noche no afectaba en absoluto su visión.
A tan poca distancia podía distinguir incluso el fino vello del rostro de Xia Chen.
Dormía profundamente.
Las mejillas estaban sonrosadas.
Los labios, ligeramente entreabiertos.
El aire seco del invierno los había agrietado un poco. Justo en el centro del labio superior había una pequeña fisura. Durante la cena, Xia Chen no había dejado de humedecérselos con la lengua, molesto por la sequedad.
Sin saber por qué, Wen Shu sintió un ligero cosquilleo en el pecho.
Siguiendo aquel impulso, extendió un dedo y lo apoyó con delicadeza sobre el arco del labio superior de Xia Chen.
La suavidad que sintió bajo la yema de los dedos despertó en él el deseo de presionar un poco más.
De dejar aquellos labios todavía más rojos.
En esos pocos segundos de pausa, el aliento cálido de Xia Chen rozó sus dedos.
Como si acabara de quemarse, Wen Shu retiró la mano de golpe.
Después de eso no volvió a hacer nada más.
Permaneció observándolo durante un largo rato.
Finalmente, con el mayor cuidado, se acercó un poco más…
…y lo abrazó entre sus brazos.