Si no cultivo la tierra, me comerán - Capítulo 133

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La persona a quien Yi Shan quería cederle su oportunidad de entrar en la ciudad era su qi xiong, Wu Qi.

Aunque ambos se trataban como hermanos, según Feng Miao y Lin-ge’er, una vez habían visto a Yi Shan besar a Wu Qi. Si de verdad fueran hermanos, a su edad, incluso un beso en la mejilla resultaría bastante extraño.

Cuando Xia Chen investigó los antecedentes de Yi Shan, ya había descubierto la existencia de Wu Qi.

A diferencia del pulcro y refinado Yi Shan, Wu Qi era un hombre alto, de piel oscura, silencioso y de pocas palabras. Parecía tener algún problema en una pierna y caminaba con cierta cojera.

Wu Qi era experto en el uso de dagas y otras armas cortas.

Como el grupo del oficial Luo no permitía que los esclavos conservaran ninguna clase de arma, afiló una piedra alargada hasta darle forma de daga. Con aquella daga de piedra consiguió arrebatar comida en varias ocasiones a esclavos fuertes y corpulentos para compartirla con Yi Shan.

Durante todo el camino, ambos habían dependido el uno del otro para sobrevivir.

Xia Chen ya había considerado la posibilidad de que Yi Shan le cediera a Wu Qi su oportunidad de entrar en la ciudad, aunque no estaba completamente seguro.

Después de todo, las personas eran criaturas extrañas.

A veces eran capaces de apoyarse mutuamente en los peores momentos, pero, cuando por fin alcanzaban una vida tranquila, comenzaban a distanciarse.

Como solía decirse, podían compartir la adversidad, pero no la prosperidad.

Entrar en la ciudad no significaba alcanzar riqueza ni honores, pero sí conseguir un entorno de vida relativamente seguro y estable.

Por eso, Xia Chen fue personalmente a hablar con Yi Shan y le preguntó si comprendía lo que implicaba renunciar a aquella oportunidad.

Yi Shan respondió con firmeza:

—Si pude conseguir la primera oportunidad, también podré obtener una segunda. Confío en que el joven señor Xia sabrá reconocer mi valor.

Xia Chen no pudo evitar sonreír.

Era un hombre muy seguro de sí mismo, y esa confianza provenía de la fe que tenía en sus propias capacidades.

Xia Chen creía que, de haberlo querido, Yi Shan podría haber prosperado bajo las órdenes del oficial Luo. Como mínimo, le habría ido mucho mejor que a aquellos lacayos que solo sabían adular.

Sin embargo, prefirió ocultar sus capacidades antes que servirle.

Eso demostraba que tenía sus propios límites morales.

Una persona con afectos y principios siempre resultaba más digna de confianza que alguien sin vínculos ni escrúpulos.

Xia Chen aceptó su petición y cedió la oportunidad de entrar en la ciudad a Wu Qi.

Así, Wu Qi se convirtió en el primer refugiado admitido dentro.

Nadie sabía qué le había dicho Yi Shan.

Con el rostro sombrío y dos papas cocidas guardadas entre la ropa, Wu Qi atravesó la abertura que Xia Chen había creado al retirar uno de los árboles de hierro.

Entró bajo la mirada de todos los refugiados.

Xia Chen le asignó una choza de paja que había pertenecido a uno de los aldeanos.

La vivienda sería alquilada, y le explicó con claridad cuánto tendría que pagar.

En ese momento no disponían de suficiente mano de obra para construir nuevas casas. Tampoco podían regalarle una vivienda a cada persona que permitieran entrar.

El plan de Xia Chen era construir en el futuro un grupo de casas de alquiler económico. Así, quienes fueran admitidos podrían alojarse primero allí y luego resolver por su cuenta el problema de su vivienda.

Quizá Yi Shan le había dado instrucciones de antemano.

Wu Qi solo asentía en silencio y apenas hablaba.

Con sus únicas dos papas todavía guardadas entre la ropa, recorrió con la mirada la choza de paja y finalmente pronunció su primera frase:

—¿Hay algún trabajo que pueda hacer?

Se lo preguntó a Meng Mingjun.

Los refugiados solían enterarse de algunas noticias de la aldea mientras comerciaban con los aldeanos.

Xia Chen no permitía que estos conocieran los asuntos importantes. En cuanto a lo que sí les dejaba saber, tampoco le preocupaba que se difundiera.

Así, los refugiados sabían que dentro utilizaban una nueva moneda, que debían aceptar misiones para ganar monedas de colores y que en la aldea había una tienda donde podían comprar toda clase de objetos, tanto cosas que conocían como otras que ni siquiera podían imaginar.

Meng Mingjun se volvió inmediatamente hacia Xia Chen.

Él no podía decidir algo así.

A quien quería como ayudante era a Yi Shan. Ahora había entrado Wu Qi y Xia Chen le había pedido que ayudara a instalarlo, pero no tenía idea de qué trabajo podía asignarle.

Xia Chen preguntó:

—¿Qué sabes hacer?

Wu Qi permaneció en silencio un momento antes de responder con voz baja:

—Matar.

Xia Chen sintió bastante curiosidad por descubrir hasta qué punto Wu Qi era experto en matar.

Sin embargo, ya había utilizado a todos los prisioneros y tampoco podía escoger a cualquier persona para convertirla en su objetivo.

Reprimió aquella idea y le dijo:

—Ahora que has entrado, recibirás el mismo trato que los aldeanos. Podrás aceptar misiones bajo las mismas condiciones que ellos.

Lo hizo deliberadamente.

Quería ver qué plan tenía Yi Shan después de enviar al interior a su qi xiong, quien aparentemente solo sabía matar.

Aunque Wu Qi recibiría las mismas condiciones que los aldeanos, la mayoría de las tareas exigían un cuerpo sano. Con su pierna herida, probablemente tampoco podría competir con los ancianos y los débiles por los trabajos de limpieza.

Después de aquello, Xia Chen dejó de prestarle atención.

Tenía demasiadas cosas que hacer.

Naturalmente, otras personas se encargarían de informarle sobre Wu Qi.

Según le contaron, cuando entró llevaba consigo varias monedas blancas, probablemente todos los ahorros que habían conseguido reunir los refugiados.

Fue a la tienda, las cambió todas por sal y luego la envió a quienes permanecían fuera.

Aquella noche, Yi Shan hizo que mezclaran grano y hierbas silvestres, les añadieran sal y cocinaran un guiso con todo.

Todos se reunieron para compartir una comida.

Algunos aldeanos con quienes ya habían entablado amistad incluso les enviaron unas cuantas verduras.

Ahora que los refugiados comenzaban a entrar en la ciudad, Xia Chen actualizó los productos de la tienda e incorporó muchos artículos de uso cotidiano.

También comenzó a considerar la posibilidad de organizar expediciones para recolectar suministros.

Por el momento no les faltaba grano, pero resultaba difícil proporcionar herramientas de hierro y otros recursos a los ochocientos o novecientos refugiados que habían aparecido de repente.

Depender únicamente de las copias de Liu Jiao era demasiado inestable.

Sin ir más lejos, necesitaban ollas.

No podían vivir todos utilizando únicamente vasijas de barro.

También hacían falta herramientas agrícolas. Si más adelante querían abrir nuevas tierras de cultivo, no podían trabajar con las manos desnudas.

Los aldeanos de Qinghe tenían suficientes utensilios para sus propias familias, pero tampoco contaban con excedentes para repartir entre los demás.

Además, la guardia se había ampliado y cada vez había menos zombis que se atrevieran a acercarse.

De vez en cuando aparecía algún grupo pequeño, pero entre todos los guardias apenas alcanzaba para que cada uno matara a uno.

Xia Chen tampoco quería mantenerlos encerrados eternamente en la ciudad.

Una vida demasiado cómoda podía hacer que las personas perdieran la vigilancia.

Después de tomar una decisión, reunió a los miembros de la guardia y les explicó su plan.

Podían salir a buscar distintos tipos de suministros.

El día de la expedición no contaría como jornada de servicio y no recibirían salario. Podían alquilar un carruaje de calabaza, pero Xia Chen se quedaría con el veinte por ciento de todos los materiales recolectados.

El resto podrían conservarlo para su propio uso o vendérselo a la tienda al precio establecido.

Al principio, algunos no comprendieron qué ventaja tenía aquello.

Perderían el salario del día, tendrían que pagar el alquiler del carruaje e incluso entregar una parte de lo que encontraran.

Por mucho que lo pensaran, no parecía rentable.

Sin embargo, cuando Xia Chen publicó los precios de compra de las distintas clases de suministros, todos comenzaron a interesarse.

Solo una olla de hierro valía una moneda verde.

Su salario diario era de apenas treinta monedas blancas y, sumando las bonificaciones, como máximo podían ganar cincuenta.

Llevar de regreso una sola olla equivalía a dos días de sueldo.

Además, contarían con un carruaje. Era imposible que salieran para traer únicamente una olla.

Lo que verdaderamente los hizo enloquecer de entusiasmo fue saber que también podían alquilar las calabazas de colores de Xia Chen.

Según decían, eran semejantes al poder de los inmortales de esconder el universo en una manga o de contener una montaña dentro de una semilla de mostaza.

Podían guardar objetos muchas veces más grandes que la propia calabaza.

Xia Chen ya había copiado algunos grupos de Hermanos Calabaza.

Lo primero que hizo fue repartir una serie entre los suyos.

Cada uno eligió el color y el tamaño que prefería.

Incluso la calabaza roja, que era la más grande, solo parecía un adorno peculiar colgada de la cintura y no resultaba voluminosa.

Xia Chen sabía que a Wen Shu le gustaba el rojo, pero también sospechaba que no tendría paciencia para llevar una calabaza colgando del cuerpo.

Por eso ensartó personalmente una pulsera y utilizó la pequeña calabaza violeta como colgante, de modo que pudiera guardar allí algunos objetos pequeños.

Como era un regalo de Xia Chen y además había sido hecho por él mismo, Wen Shu la adoró.

Desde que se la puso, no volvió a quitársela.

Volviendo al asunto principal, el precio de alquiler de los Hermanos Calabaza era muy elevado.

Por el momento, ninguno de los miembros de la guardia tenía intención de alquilar uno.

Además, aunque muchos se sintieron tentados, no todos querían salir.

Ya habían visto cómo era el exterior cuando fueron al condado.

Nada podía compararse con la seguridad de su ciudad.

Así, el primer grupo que partió estuvo compuesto por miembros de diferentes equipos de la guardia.

Sin embargo, como todos entrenaban y patrullaban juntos, se conocían muy bien y no existía ningún problema de coordinación.

Actuaron con rapidez.

Aquel mismo día hicieron los preparativos y, a la mañana siguiente, alquilaron un carruaje de calabaza a Xia Chen y dos caballos al viejo señor Xia.

El carruaje destinado a las expediciones era diferente de los vehículos grandes para transportar pasajeros.

Xia Chen había configurado el interior como la caja de un carro de carga, reduciendo el número de asientos y dejando el resto del espacio libre para los suministros.

El primer equipo estaba formado por ocho personas: los hermanos Sun Heihu, Wen Guixi, Dong-ge’er, Nan-ge’er, un sobrino de la familia Yao y otros dos miembros de la guardia.

Antes de partir, informaron a Xia Chen sobre su destino y la hora aproximada a la que esperaban regresar.

Así, si ocurría algún imprevisto, él podría enviar a alguien a rescatarlos a tiempo.

No fueron demasiado ambiciosos.

Eligieron como objetivo una pequeña aldea cercana a Qinghe.

Era más pequeña que la suya y apenas había tenido unas decenas de familias.

Además, una de las jóvenes esposas de la aldea Qinghe provenía de allí, así que antes de marcharse le habían preguntado cuidadosamente cómo estaba distribuido el lugar.

Incluso si todos sus habitantes se habían convertido en zombis, con la enorme capacidad defensiva del carruaje de calabaza podrían retirarse sin sufrir pérdidas.

Además, después de tanto tiempo de entrenamiento, todos eran combatientes destacados de la guardia.

Un grupo pequeño de zombis comunes no representaba ninguna amenaza para ellos.

Por eso Xia Chen no estaba demasiado preocupado.

Tal como esperaba, regresaron a media tarde.

Bajo las miradas curiosas de los aldeanos, bajaron del carruaje una carga completa de objetos, todos con el rostro radiante.

Los habitantes de aquella aldea habían muerto por completo.

Todavía había varias decenas de zombis deambulando entre las casas.

Como querían aprovechar el tiempo para reunir suministros, no se esforzaron demasiado por exterminarlos.

Mataban a los que podían y, si aparecían demasiados, los atraían hacia otro lado.

Moviéndose como guerrilleros, lograron registrar apresuradamente la mitad de la aldea.

Solo de ollas grandes trajeron más de una docena.

Las apilaron unas sobre otras para bajarlas del carruaje.

Xia Chen sospechó que, al entrar en cada casa, lo primero que habían hecho era destruir el fogón y arrancar la olla.

También encontraron las escasas herramientas agrícolas que tanto necesitaban.

Incluso antes de que los refugiados pudieran verlas, muchos aldeanos ya querían comprar algunas.

Además, trajeron cuchillos de cocina, objetos de cerámica, lámparas de aceite, cajas de madera y toda clase de artículos desordenados.

En una casa campesina común tampoco había mucho más que saquear.

Antes, la tienda solo tenía que vender los productos según un precio ya establecido.

La señora Xia y Qiaoniang podían encargarse sin problemas.

Pero ahora que también debían valorar y comprar objetos, aquello superaba sus capacidades.

Xia Chen decidió llamar a Feng Yanshan.

No tenía paciencia para fijar el precio de cada una de aquellas cosas, y en el futuro nadie sabía qué clase de artículos traerían de vuelta.

Por eso estableció unas normas generales y encargó a Feng Yanshan que ayudara con las adquisiciones.

Confiaba plenamente tanto en su carácter como en sus capacidades.

Después de alimentarse bien durante un tiempo, Feng Yanshan había recuperado algo de peso.

Ahora tenía más carne sobre los huesos y apenas comenzaba a distinguirse que, en realidad, no era un hombre de mal aspecto.

Sin embargo, todavía mantenía aquella expresión amable y sonriente cada vez que trataba con alguien.

Aceptó el trabajo de buena gana y se esforzó por obtener el mayor beneficio posible para Xia Chen.

Compraba a precios bajos y vendía más caro, aunque siempre se mantenía justo por encima del límite mínimo que Sun Heihu y los demás estaban dispuestos a aceptar.

Naturalmente, tampoco los explotó demasiado.

La primera expedición aun así obtuvo enormes ganancias.

Después de descontar el alquiler del carruaje, el de los caballos, la comisión y todos los demás gastos, cada integrante recibió más de trescientas monedas blancas.

Con una sola salida habían ganado el equivalente a un mes de salario.

Los aldeanos que habían permanecido cerca, ya fuera para observar el espectáculo o para comprar algún objeto, sintieron que los ojos se les enrojecían de envidia.

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