La Esposa del Joven General es el Señor Suertudo - Capítulo 224
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- Capítulo 224 - Un plato “destructivo”
En este mundo, la gente común ocupaba una clase inferior a la de los creadores de tarjetas y los mutantes, pero constituía la mayor parte de la población. Entre las profesiones de los ordinarios, la de chef era una de las más respetadas. Por eso, cuando alguien no podía convertirse en creador de tarjetas o en mutante, se esforzaba por ser cocinero.
Ante los comentarios del público, Yu Jinli solo dedicó una sonrisa amable a sus fans y luego se volvió hacia el estante de ingredientes, seleccionando con cuidado lo que usaría.
Había muchos ingredientes en el estante que Yu Jinli no conocía o no había usado antes. Evitó esos y eligió los que sí conocía, para después decidir qué plato podía preparar con ellos.
Mientras los demás chefs eligieron rápido y se pusieron a cocinar, Yu Jinli seguía de pie frente al estante, pensando qué hacer.
Como su objetivo era ganar, no podía permitirse elegir el plato a la ligera.
“¿Qué está haciendo? ¿Por qué no empieza? Los otros ya están cocinando. ¿Le dará tiempo?”
“Yo digo que no sabe cocinar y está fingiendo. Si de veras empieza, será una vergüenza.”
“¿Pero qué demonios? Que se baje si no puede cocinar. ¿Para qué perder el tiempo ajeno y ocupar un puesto?”
“No entiendo por qué el Mayor General Jiang lo eligió a él.” Rezongaban muchos espectadores, la mayoría hombres.
“¿Por qué hablan así? Aunque no cocine, es un creador de tarjetas, el mejor de primer año en la Primera Academia Militar, mucho mejor que ustedes. Dejen la envidia.” No pudo evitar replicar una fan, y esas palabras dejaron mudos a varios.
La verdad, querían decir: “Un creador de tarjetas debería irse a su casa a forjar cartas. ¿Qué hace aquí montando un show?”, pero al final no se atrevieron.
Ellos eran gente común y, si ofendían así a un creador de tarjetas, su vida se complicaría.
Yu Jinli ignoró los comentarios negativos y se concentró en decidir qué podía preparar con esos ingredientes.
El público jamás se imaginaría que por la mente de Yu Jinli habían desfilado ya decenas de platos deliciosos que podían hacerse con lo disponible.
Al final, decidió preparar Láminas de cerdo hervidas en salsa picante (Shuizhuyu/ Shuizhu roupian).
Los ingredientes eran sencillos: solo carne y verduras. Lo más importante fue que encontró chiles en el estante. Estaban al fondo del todo y ningún chef los había tocado hasta entonces, como si hubieran terminado allí por accidente.
Decidido el plato, Yu Jinli tomó lo que necesitaba, en especial los chiles rojos.
Al verlo, el público bajó aún más sus expectativas. Por suerte, nadie soltó comentarios desagradables.
Solo una pequeña parte de los presentes —los fans de su transmisión— sabían que esos “cositos rojos” llamados chiles eran un condimento estupendo. Koi los había usado para muchísimos platos riquísimos: picaban, sí, pero de una forma adictiva que no te dejaba parar de comer aunque se te escaparan las lágrimas. Era una sensación que solo se entendía probándola.
Por eso, los fans de “I Am a Koi” centraron su atención en Yu Jinli, curiosos por ver qué haría con esos chiles.
Yu Jinli no preparó primero los demás ingredientes, sino que empezó por los chiles.
Los chiles eran frescos, pero para hacer láminas hervidas en salsa picante lo ideal era usar chiles secos, que aportan más picor y aroma.
Lo primero fue secarlos. Normalmente se haría al sol, pero con solo una hora de competencia, eso estaba descartado. Por suerte había un horno, así que decidió deshidratarlos allí.
En teoría, no se lograría en una hora; pero en esta era, la alta tecnología lo hacía posible, y bastaría media hora.
Durante esa media hora, Yu Jinli comenzó a preparar lo demás.
Las láminas deberían cortarse de lomo de cerdo, pero como no había, usó lomo de dragón como sustituto.
Marinó las láminas de lomo de dragón con varios condimentos y las dejó reposar. Luego lavó las verduras y picó los ingredientes auxiliares, dejando todo listo.
No había muchos condimentos disponibles, así que no sería fácil clavar el sabor de la receta “original” de su vida anterior.
Media hora después, por fin se habían secado los chiles.
Yu Jinli vertió aceite en el wok, cortó los chiles y los echó para “despertar” el aroma. El olor potente cubrió al instante todos los demás, de forma dominante. Al colarse en las narices del público, muchos empezaron a estornudar sin parar.
Los otros platos olían agradable; el de Yu Jinli, intensamente picante. Para gente interestelar poco acostumbrada al picante, aquello rozaba el desastre.
De no ser por la multitud, tal vez habrían desalojado el área.
“¿Qué es ese olor? ¡Es fuertísimo! ¡Achú, achú!”
“Santo cielo. Ya dije que no sabía cocinar. Mientras los demás hacen platos, él está causando una escena de desastre. Yo me voy, no lo aguanto.”
“¡Achú, achú! ¿Nadie va a hacer algo? ¡Que se baje si no sabe cocinar! ¿Quién se atrevería a comerse eso? ¡Achú!”
A los espectadores se les humedecieron ojos y nariz. Era la primera vez que “lloraban” viendo a alguien cocinar. La sensación era… indescriptible.
Hasta los fans de Koi se sintieron raros. Las comidas con chile hechas por Koi estaban riquísimas; ¿por qué lo de Yu Jinli resultaba tan difícil de soportar? ¿Iba a ser el peor plato del año?
No solo sufría el público: los cuatro chefs junto a Yu Jinli la pasaban aún peor. Nunca habían vivido algo así; en un instante cayeron en la confusión de “¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Qué estoy haciendo?”.
“¡¿Qué estás haciendo, por el amor de Dios?! ¡Así vas a matar a alguien!” gritó un joven chef, incapaz de dejar de estornudar y de continuar cocinando.
En realidad, Yu Jinli no esperaba que los chiles secos fueran tan “destructivos”. Pensó que eran como los que usaba antes y añadió un poco más. El picor también lo sorprendió.
Al ver a los jóvenes y al público con ojos llorosos y narices chorreando, se apresuró a añadir agua para sofocar el olor, y por fin todos se sintieron un poco mejor.
Claro, esos chiles ya estaban arruinados. De todos modos, Yu Jinli decidió desechar esa tanda: el nivel de picor sería excesivo para los estómagos de los habitantes interestelares, incluso si el plato se completaba. Tiró todo.
Por suerte, como precaución, había deshidratado suficientes chiles; lo que quedaba alcanzaba para empezar de nuevo.
El público, aliviado, apenas tuvo fuerzas para reprocharle, cuando vio que Yu Jinli volvía a calentar aceite y tomaba más chiles —los mismos que casi los “matan” hacía un momento—. De inmediato, varios se atragantaron con su propia saliva.
¿Lo hacía a propósito? ¿Había venido a provocar?
Seguro que sí; ¿quién cocina fabricando un “arma biológica” que “mata” sin dejar huella?
Ese olor habría sido perfecto contra los Zerg en el campo de batalla: escaparían antes de que empezara la guerra.
El aroma, que recién se había disipado, volvió. Los espectadores cercanos se taparon la nariz y retrocedieron en bloque. Era, sin duda, el día más bochornoso que recordaban. Todo por culpa de ese Yu Jinli.
El héroe nacional de la Federación resultaba ser un héroe con gustos muy “especiales”. Probablemente solo alguien como el Mayor General Jiang podría tolerarlo.
Con todo, el olor era más suave que antes. Tras la primera andanada, la gente se fue acostumbrando y ya no lloró ni estornudó tanto.
Yu Jinli incorporó otros condimentos al wok, los salteó y luego añadió las verduras para freírlas un poco; después vertió agua y dejó hervir un rato.
Sacó las verduras ya cocidas. Con el caldo aún en el wok, echó las láminas marinadas de lomo de dragón y las coció hasta el punto justo. Luego las retiró y las colocó sobre la “cama” de verduras, vertió el caldo por encima, espolvoreó cebolleta fresca picada y, por último, roció aceite recién calentado para realzar el aroma. El plato de láminas hervidas en salsa picante quedó listo.
Aunque faltaban condimentos y el sabor difería un poco de la versión original, en conjunto estaba muy bien. Aun así, el público parecía desesperado.
Ver cocinar a otros solía ser un placer; era la primera vez que ver a un chef cocinar les hacía sentir que los empujaban “al borde de la muerte”.
Pero, al mismo tiempo, se sentían afortunados: los platos de estos jóvenes se llevarían a los jueces del restaurante. Ellos no tenían que —ni se atrevían a— probar el de Yu Jinli. ¡Qué alivio!
Solo el olor ya había sido suficiente para espantarlos. Y aunque después empezó a desprenderse un atisbo de aroma apetitoso, la sombra de la experiencia anterior era tan grande que lo ignoraron automáticamente.
Ahora lo único que querían ver era la reacción de los jueces al probar ese plato, y si, furiosos, echarían a Yu Jinli.
Con esa expectativa, prestaron menos atención a los jóvenes que siguieron, pendientes únicamente de lo que ocurriría con Yu Jinli.
¿Y qué ocurriría? ¿Lo echarían como imaginaban?
Por supuesto que no.
Los camareros del restaurante recogieron los platos de esos cinco jóvenes. El que llevaba las láminas picantes de Yu Jinli iba conteniendo la respiración, con la cara enrojecida por la falta de aire y los brazos extendidos al máximo para mantener el plato lo más alejado posible.
Era evidente que había estado presente cuando se había levantado “la gran nube de chile”. También había quedado traumatizado.
Aquel camarero caminó más rápido que los demás y, en cuanto dejó el plato, como si hubiera soltado a un monstruo, retrocedió diez metros de golpe, jadeando. Casi se había ahogado. Jamás había sido tan descortés, pero no tenía opción: el plato era, simple y llanamente, demasiado “destructivo”.
Los jueces, por supuesto, notaron su reacción y fruncieron levemente el ceño. Al ver el rojo del aceite flotando sobre las láminas, arrugaron aún más el entrecejo. Solo Zhao Yiqiao se sorprendió gratamente al reconocer el plato de láminas hervidas en salsa picante.
No llevaba tanto tiempo como fan de “I Am a Koi”, pero una sola transmisión bastó para engancharlo; luego buscó las grabaciones y las vio todas, una y otra vez. Por eso recordaba cada plato que Koi había cocinado.
Y este, láminas hervidas en salsa picante, era uno de ellos.