¡¿Incluso después de transmigrar tengo que seguir haciendo negocios?! - Capítulo 66
Ese día, Ketron meditó.
En realidad, una vez que alguien alcanzaba su nivel, el entrenamiento físico dejaba de tener demasiado sentido.
Era más importante contemplar el interior de uno mismo o purificar el cuerpo mediante el maná.
Aun así, Ketron continuaba ejercitándose.
Por supuesto, a veces le asaltaban pensamientos como aquel.
¿Tiene algún sentido seguir entrenando? El Rey Demonio ya no existe en este mundo.
Ya no era el Héroe.
Quizá aún quedaran restos de la raza demoníaca, pero aquello ya no era responsabilidad de Ketron.
Aunque no hubiera actuado esperando una recompensa, había salvado a todos y luego había sido olvidado. No tenía por qué seguir preocupándose por los supervivientes demoníacos.
Pese a todo, Ketron no conseguía desprenderse del hábito que había mantenido durante toda su vida y, día tras día, estiraba y entrenaba su cuerpo sin descanso.
—¿Cuánto tiempo vas a seguir ejercitándote sin pensar?
La Espada Sagrada, que lo observaba todos los días, chasqueó la lengua con frustración.
—¿No sería mejor que meditaras?
—…
Ketron no respondió.
No porque creyera que la Espada Sagrada estuviera provocándolo, sino porque no tenía nada que decir.
Él también lo sabía.
Aquello no era más que un calentamiento.
Por mucho que entrenara, ya no podía mejorar de esa manera.
Pero Ketron no podía evitarlo.
Soltó un suspiro y respondió:
—No podría reaccionar si ocurre algo mientras medito.
La meditación de la que hablaban Ketron y la Espada Sagrada consistía en repetir innumerables combates dentro de su mente.
El oponente siempre era más fuerte que él.
Y luego aparecía otro aún más poderoso.
Cada vez que derrotaba a uno, surgía un nuevo adversario.
No había entrenado de verdad desde la batalla contra el Rey Demonio, pero, si comenzaba a meditar ahora, probablemente este aparecería al final.
Sin embargo, eso no era lo importante.
Mientras meditaba, Ketron era incapaz de reaccionar a cualquier estímulo externo.
Era poco probable que algo sucediera en un lugar tan tranquilo, pero, si Eddie corría peligro, Ketron no podría actuar de inmediato.
Y para Ketron, cuya prioridad era la seguridad de Eddie, aquello resultaba fatal.
—Es por Eddie, ¿verdad?
La Espada Sagrada, que lo sabía todo sobre Ketron, comprendió fácilmente el motivo de sus dudas.
—Yo vigilaré, así que puedes meditar. No le pasará nada a Eddie.
Podía confiarle la seguridad de Eddie a la Espada Sagrada.
Además, era por la mañana, así que no había muchos clientes.
Ketron vaciló un momento, pero finalmente asintió.
—Está bien.
Desde que regresó de Sandern, Ketron había estado meditando en lugar de ejercitarse.
Aquel día, cuando terminó, todo a su alrededor permanecía tan tranquilo como de costumbre.
Se oía un poco de ruido procedente de la planta baja de la posada, pero no lo suficiente como para llamarlo alboroto.
Aun así, por si acaso, hizo la misma pregunta habitual que había repetido durante los últimos días.
—No ocurrió nada, ¿verdad?
—Ajá.
La voz de la Espada Sagrada sonó apática.
—Un tipo intentó acercarse a Eddie, pero, aparte de eso, no ocurrió nada.
Ketron frunció el ceño ante aquella elección de palabras tan ambigua.
Eddie casi siempre sonreía y, gracias a su apariencia llamativa, se ganaba con facilidad el favor de muchas personas.
Era bueno que tanta gente lo quisiera.
Pero, por alguna razón, aquello le desagradaba a Ketron.
Ni él mismo sabía por qué.
Fue entonces, mientras se encontraba sumido en sus pensamientos, cuando escuchó aquella voz elevada.
—Lo vi con toda claridad. ¿Desde cuándo manosear y acosar a alguien sin su permiso se considera un malentendido?
Ketron reconoció de inmediato a quién pertenecía aquella voz.
¿Cómo no iba a reconocer la voz de alguien con quien había viajado durante tanto tiempo?
Pero ¿por qué Augustine está aquí de repente? No, más importante aún…
¿Acosar?
¿Manosear a alguien sin su consentimiento?
…¿A quién?
La Espada Sagrada había dicho que alguien intentaba acercarse a Eddie.
Teniendo en cuenta lo poco que comprendía las emociones y las relaciones humanas, incluso algo como el acoso podía haberle parecido una muestra de simpatía.
Entonces, la persona a la que habían acosado era…
En cuanto el razonamiento llegó a la conclusión de que alguien estaba acosando a Eddie, Ketron se levantó de golpe.
—¿Ketron?
La Espada Sagrada lo llamó, confundida por su reacción, pero Ketron no tenía la serenidad suficiente para responder.
¡Bang!
Entró directamente en la posada.
Al abrir la puerta con brusquedad, vio a Augustine, a Eddie y a un hombre que parecía ser noble.
Augustine mantenía a Eddie detrás de él mientras se enfrentaba al noble.
Ketron comprendió la situación al instante.
—¿Acoso?
Murmuró con una voz que incluso a él mismo le sonó bastante siniestra y se acercó.
No estaba pensando en qué haría ni en lo que pretendía hacer.
Solo veía a Eddie.
Y al noble que sin duda lo había hecho sentirse incómodo.
Ketron avanzó hacia el hombre con el rostro endurecido.
No se estaba acercando con la intención concreta de hacer algo.
Sin embargo, cuando un artista marcial dotado de una intimidación tan afilada, cuyo cuerpo había sido entrenado evidentemente hasta el límite, comenzó a aproximarse, el rostro del hombre palideció en un instante.
Ketron siguió avanzando hasta detenerse justo frente a él, a escasos centímetros de su nariz.
—Oye, oye. No te alteres.
Augustine se interpuso hábilmente en su camino.
—…
Ketron frunció el ceño.
No porque estuviera molesto, sino porque aquella acción le produjo una sensación de déjà vu.
—No te alteres. Cálmate.
En el pasado, Augustine siempre se interponía para detener a Ketron cuando este estaba a punto de causar problemas.
Y Ketron hacía lo mismo cuando Augustine estaba a punto de provocarlos, así que en ese aspecto mantenían una relación de beneficio mutuo.
A diferencia de Boram, a quien no le interesaban esas cosas, o de Arthur, que no era capaz de detener a Ketron, Augustine tenía la capacidad suficiente para frenar a un Ketron enfurecido.
El recuerdo del pasado hizo que un lado de su pecho se enfriara.
Pero eso fue todo.
Lo que le importaba de inmediato no era aquello, sino Eddie, que se encontraba detrás de Augustine con el rostro pálido.
—Apártate.
Sus palabras sonaron bastante secas y feroces para dirigirse a la persona cuya pérdida de memoria lo había hecho llorar hasta hacía poco.
—¿Y si no lo hago? ¿Qué vas a hacer?
—Eso no es asunto tuyo.
—Atacar a un noble es un delito grave.
—Augustine.
Augustine sintió que la voz que pronunciaba su nombre, aquel matiz particular, le resultaba extrañamente familiar.
—Te dije que te apartaras.
Augustine chasqueó la lengua para sus adentros al oír aquella voz gélida que sonaba como una última advertencia.
Era absurdo que un mocoso lo llamara Augustine sin ningún tratamiento honorífico, pero el mayor problema era aquella expresión y esa ferocidad, que dejaban claro que, si no lo detenía, le haría algo al conde Demays sin importarle su estatus.
Hasta donde Augustine sabía, los tipos que tenían esa clase de mirada no mostraban piedad.
Y aquel hombre, como mínimo, no era un novato que vacilaría antes de derramar sangre.
Además, era tan fuerte que Augustine no podía garantizar que lograría vencerlo, tal como había comprobado cuando se enfrentaron anteriormente.
¿Por qué alguien así se esconde en esta posada sin poseer ninguna gran fama? ¿Y por qué desprende un instinto asesino tan intenso? ¿Qué clase de vida ha llevado este mocoso?
Augustine había visto a innumerables jóvenes que confiaban en su mediocre fuerza y miraban a todos por encima del hombro.
Pero alguien de este nivel podría enfrentarse incluso a uno de los compañeros del Héroe sin que aquello resultara absurdo.
Tal vez, tratándose de un hombre como él, ni siquiera era ofensivo que no añadiera un tratamiento honorífico a su nombre.
Augustine terminó aceptándolo de manera inconsciente.
Sin embargo, por alguna extraña razón, que aquel hombre lo llamara simplemente por su nombre se sentía natural.
Ladeó la cabeza un instante, pero no olvidó cuál era su deber.
Al ver que Ketron no retrocedería con facilidad solo porque se interpusiera, Augustine cambió de estrategia.
Bajó la cabeza con astucia y le susurró al oído:
—Quizá hacer lo que quieras te haga sentir mejor, pero parece que eso metería al dueño en problemas… ¿no crees?
—…
Ketron entrecerró los ojos.
Incluso aquello le produjo déjà vu, pues era exactamente la manera en que Augustine solía apaciguarlo.
Había perdido sus recuerdos.
Entonces, ¿por qué esos detalles seguían siendo iguales a los del pasado?
Ketron cerró los ojos con fuerza y volvió a abrirlos, sintiendo que su corazón se llenaba de emociones complicadas.
Sin embargo, gracias a eso, su mente, que hasta entonces había estado completamente nublada, pareció despejarse un poco.
Dio un paso atrás y soltó un profundo suspiro.
Augustine había utilizado astutamente a Eddie como arma.
Había comprendido que Ketron no podía hacer nada si eso perjudicaba a Eddie.
Al ver que empezaba a ceder, Augustine sonrió ampliamente.
—Yo me encargaré.
Dicho eso, le dio unas palmadas en el hombro.
Por desgracia, aquel gesto también le resultaba familiar a Ketron.
Pero ya no sentía la misma tristeza ni el dolor que experimentó cuando comprendió por primera vez que Augustine lo había olvidado.
No porque se hubiera vuelto insensible, sino porque en ese momento lo único que deseaba era comprobar cómo se encontraba Eddie.
Augustine pareció darse cuenta de su estado y chasqueó la lengua.
—Tenía algo que decirte… pero parece que ahora no es un buen momento.
Murmuró con un suspiro mientras ponía fin a la situación.
—Conde, continuaremos esta conversación en otro lugar. No tiene ningún sentido que siga aquí, ¿verdad?
Ante las tranquilas palabras con las que Augustine dio por terminado el asunto, el hombre, que había permanecido rígido como una estatua y solo movía los ojos sin saber cómo estaba desarrollándose todo debido a la feroz presencia de Ketron, volvió de pronto en sí y respondió apresuradamente:
—Ah, ejem. S-sí, hagámoslo así.
Aunque estaba completamente intimidado por Ketron, se aclaró la garganta e intentó conservar su dignidad, quizá por su último vestigio de orgullo.
Pero no podía hacer nada más.
La presión que desprendía el otro hombre era demasiado intensa como para gritar cosas como «¿Sabe quién soy?» o «¿Cómo se atreve?».
El dicho de que los puños estaban más cerca que la ley era cierto, pero aquel hombre ni siquiera se encontraba en un nivel tan sencillo.
El conde sintió un escalofrío, convencido de que, si intentaba mostrar orgullo en ese momento, terminaría con la cabeza separada del cuerpo.
Augustine, como si supiera lo que estaba pensando, soltó una risita.
Luego se volvió hacia Eddie y se lamentó:
—Haa… Vine porque tenía un poco de tiempo libre.
Eddie parpadeó.
Ketron sabía perfectamente lo que significaba aquella expresión.
Era la cara que ponía cuando pensaba: «¿Y por qué me está contando eso?».
—Parece que ahora no es el momento adecuado, así que vendré en otra ocasión. Espero que entonces me reciba bien.
Augustine se dio la vuelta.
El noble lo siguió apresuradamente, como si temiera que lo abandonara allí.
Augustine se marchó con una sonrisa, pero Ketron conocía bien su forma de resolver ese tipo de asuntos.
Aquel hombre había logrado escapar de Ketron, pero no podría escapar de Augustine.
De un modo u otro, recibiría la compensación correspondiente por lo que había hecho.
Tal vez incluso de una forma más severa que la que habría empleado Ketron.
—G-gracias.
Eddie habló hacia la espalda de Augustine mientras se alejaba.
Augustine giró ligeramente la cabeza, le guiñó un ojo y desapareció con rapidez.
Finalmente, ambos abandonaron la posada.
Los pocos clientes que se encontraban allí terminaron sus comidas apresuradamente y también se marcharon, temerosos de quedar atrapados en el conflicto con un noble.
Así, Eddie y Ketron quedaron solos en la planta baja.
Por alguna razón, Eddie parecía avergonzado.
No miraba a Ketron a los ojos y se limitaba a tocarse la muñeca.
—Haa…
Incluso soltó un suspiro audible.
Antes, en cuanto había visto el rostro de Ketron, se había iluminado como si hubiera encontrado una tabla de salvación.
Ketron lo observó en silencio desde arriba y lo llamó con voz baja.
—Eddie.
Eddie levantó la cabeza con un «¿Mm?» y parpadeó lentamente, como si solo entonces hubiera comprendido que la expresión de Ketron era poco habitual.