¡¿Incluso después de transmigrar tengo que seguir haciendo negocios?! - Capítulo 65

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  4. Capítulo 65
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Augustine volvió a visitar la Posada de Eddie después de mucho tiempo.

Consciente de que era una especie de celebridad, al fin y al cabo uno de los héroes, se aseguró de ir temprano por la mañana para evitar la multitud nocturna.

La Posada de Eddie, que no había visto desde hacía tiempo, seguía en su ubicación privilegiada de la plaza central, sin ningún cambio.

Bueno, sí. Sentía como si hubiera pasado mucho tiempo, pero en realidad no había sido tanto, así que tampoco había ninguna razón para que la posada hubiera cambiado.

Sin embargo, resultaba bastante impresionante ver un nuevo menú anunciado en el letrero, como si demostrara el ascenso de categoría del establecimiento, además de un aviso que indicaba que, cuando estuviera lleno, los huéspedes de la posada tendrían prioridad.

Cuando Augustine la visitó por primera vez, ya empezaba a ganarse cierta fama como una posada bastante peculiar, pero aquello no era nada comparado con su popularidad actual.

A pesar del clima invernal, la puerta estaba completamente abierta. Augustine, como alguien que había provocado un incidente la última vez, no podía entrar haciendo alarde de su presencia, así que se acercó con cautela y asomó la cabeza por la entrada.

¿Por qué tienen la puerta abierta con este frío?

Como si respondiera a su pregunta, en cuanto cruzó el umbral sintió un aire sorprendentemente cálido.

Hechicería.

Era una Hechicería de nivel bastante elevado, por lo que Augustine ladeó la cabeza.

Después de todo, este lugar es extraño.

El dueño no parecía un plebeyo, exhibían casualmente una Hechicería tan avanzada y no dejaban de aparecer comidas de las que nadie había oído hablar…

Mientras pensaba eso, Augustine miró hacia el mostrador, donde debería estar el dueño, pero el joven que encajaba perfectamente con sus gustos no se encontraba allí.

Ladeando la cabeza, recorrió con la mirada la posada, que ahora parecía bastante espaciosa.

Fue entonces cuando escuchó una voz.

—¿No nos hemos conocido antes en alguna parte?

¿De dónde salió esa frase para coquetear tan anticuada?

Augustine no pudo evitar pensarlo.

Miró hacia la dirección de la voz y vio a un hombre sentado en un lugar poco visible, oculto tras una columna.

Lucía un bigote bastante respetable, pero su rostro era demasiado joven, por lo que aquel bigote le quedaba terriblemente fuera de lugar.

El sombrero de seda azul, las ropas lujosas y su manera de hablar dejaban claro que era un noble.

¿Ahora también vienen nobles a la posada? No, pero…

…¿por qué el dueño está sentado frente a él?

El hombre sentado al otro lado de la mesa, probablemente Eddie si se tenía en cuenta el nombre de la posada, era exactamente como Augustine lo recordaba.

Cabello rubio plateado y reluciente, ojos de un violeta claro semejantes a joyas y un rostro llamativo, más apuesto que hermoso.

En ese momento, miraba al noble frente a él con una expresión de absoluta incomodidad.

No parecía estar disfrutando demasiado de su compañía.

Augustine se ocultó instintivamente un poco más detrás de la columna.

No sabía qué estaba ocurriendo, así que tampoco podía intervenir de repente. Apenas había clientes y todo el personal parecía estar ausente, por lo que nadie notó su presencia.

El noble se acarició el bigote con una mano, contempló fijamente a Eddie y abrió la boca con lentitud.

—En efecto, la sensación es muy parecida…

Eso mismo había pensado Augustine inconscientemente en su visita anterior.

Que Eddie se parecía a alguien.

Había sido un pensamiento fugaz. Además, aquella visita se había convertido en un recuerdo bastante vergonzoso para Augustine, pues había solicitado un duelo sin darse cuenta de que su contrincante estaba herido. Por eso había evitado pensar en el asunto deliberadamente, hasta terminar olvidándolo.

—Ja, ja, ja… ¿De verdad?

Eddie se esforzaba por atender al hombre con una sonrisa, aunque este no hiciera más que decir cosas sin sentido.

—Ejem. Bueno, he oído que aquí venden comida bastante deliciosa.

—Sí. Sonará como si estuviera presumiendo, pero… ofrecemos muchos platillos únicos. ¿Le gustaría ver el menú?

—Mmm. Se siente extraño que alguien con ese rostro me atienda.

Eddie parecía hacer todo lo posible por escapar de la situación, pero la otra persona era como un muro de hierro: desviaba cada intento y se limitaba a decir lo que le venía en gana.

Qué fastidio.

Augustine no pudo evitar pensarlo.

Por desgracia, no parecía haber ningún empleado cerca, y el hombre con quien se había batido en duelo la última vez tampoco estaba por ninguna parte. Así que Eddie parecía estar soportando aquel tormento completamente solo.

Pero ¿qué quiere decir con «ese rostro»? No parece que simplemente esté elogiando lo apuesto que es Eddie.

—¿Lo sabe? Yo no soy la clase de persona que suele venir a lugares como este.

El fastidio nunca sabe que es un fastidio, y el noble seguía diciendo cuanto quería sin importarle la evidente incomodidad en el rostro de Eddie.

Como se trataba de un cliente, y no de cualquier cliente, sino de un noble que parecía poseer un título bastante elevado, Eddie no podía quitárselo de encima sin más y se veía obligado a permanecer allí conversando con él.

—Conozco a alguien que se parece extrañamente a usted. Aquella persona era tremendamente arrogante.

—Ah, ¿de verdad?

—Durante mis días en la academia lo perseguí con bastante insistencia. Pero ni siquiera se dignaba a mirarme.

¡Qué importaba que fuera un hombre! ¡Todo el mundo mantiene relaciones en secreto de todas formas!

El hombre prácticamente estaba desahogando su frustración.

Incluso Augustine podía ver cómo el rostro de Eddie perdía vida en tiempo real.

No sabía por qué aquel noble descargaba sobre Eddie todo lo que había sufrido por culpa de alguien que se le parecía, pero, en cualquier caso, sus quejas sobre «aquella persona» no dejaban de salir.

A pesar de ello, entre sus palabras se filtraba una nostalgia sutil e imposible de ocultar, o quizá un apego persistente. Aunque se quejara tanto, estaba claro quién era el que todavía no había logrado superarlo.

—Tengo mucho trabajo que hacer.

Eddie intentó escapar una vez.

—Quédese sentado. ¿No puede dejar que los empleados se encarguen del trabajo?

El hombre también bloqueó aquella salida.

—No, yo…

—¿Acaso un simple plebeyo como usted pretende ignorar las palabras de un noble como yo?

—…

Augustine vio cómo Eddie cerraba la boca al escuchar aquello.

Augustine también provenía de una familia plebeya, pero ahora era un héroe. Incluso antes de convertirse en uno, nunca había recibido un trato cruel por parte de los nobles, pues era sacerdote de Saran en el templo.

Aun así, incluso él sintió que la ira se apoderaba de su pecho ante aquella injusticia.

Al final, Eddie no pudo levantarse.

Parecía haber juzgado que era mejor soportarlo, ya que él era un plebeyo y la otra persona no era un noble venido a menos, sino alguien que parecía ejercer bastante poder.

Pero ¿dónde están los demás empleados que suelen estar aquí? ¿Adónde fue ese hombre?

Augustine vaciló, preguntándose si su intervención empeoraría las cosas, pero miró a su alrededor y seguía sin ver a ningún miembro del personal.

Parecía que nadie acudiría a rescatar a Eddie porque el hombre hablaba en voz bastante baja, como si supiera que aquella conversación no era algo de lo que pudiera presumir.

¿Qué debería hacer?

Mientras Augustine dudaba, vio que el noble tomaba repentinamente la mano de Eddie sobre la mesa.

Los ojos del hombre, a los que miró por casualidad, parecían muy profundos, como si al acariciar la mano de Eddie también estuviera acariciando algún recuerdo.

La mano del noble, bastante grande, cubrió por completo la de Eddie.

Y no se limitó a cubrirla.

Los dedos que acariciaban el dorso de su mano avanzaron más allá de la manga y comenzaron a rozarle la muñeca.

Para cualquiera que lo viera, se trataba de un acoso descarado.

Augustine, que había observado hasta ese punto, ya no pudo soportarlo.

Sin importar que las cosas pudieran complicarse, sus convicciones como clérigo lo aguijoneaban y le impedían seguir ignorándolo.

Además, al principio no lo había reconocido, pero cuanto más lo observaba, más convencido estaba de saber quién era.

Y eso hacía que la situación le resultara todavía más absurda.

—Vaya, vaya. Vine porque escuché que aquí vendían comida interesante, pero jamás imaginé encontrarme con semejante espectáculo.

Augustine salió tranquilamente de detrás de la columna con una sonrisa y se acercó a la mesa donde se encontraban Eddie y el hombre.

El noble se sobresaltó ante la repentina aparición de Augustine y soltó rápidamente la muñeca de Eddie, que había estado manoseando hasta ese momento.

Pero ¿acaso eso borraría el hecho de que había estado sujetándolo y acosándolo?

Era como esconder la cabeza bajo tierra.

—¿Conde Demays?

El hombre prácticamente chilló.

Reconoció de inmediato al sacerdote de apariencia llamativa.

—¿Alguien que debería saber comportarse está oprimiendo y acosando a otros a plena luz del día?

Augustine también había reconocido al hombre.

El conde Demays.

Sorprendentemente, era un noble perteneciente a la facción del Emperador y, si había que tomar partido, podía decirse que ambos se encontraban en el mismo bando.

Al escuchar las palabras de Augustine, pronunciadas como si hubiera presenciado toda la escena, el hombre entró en pánico y agitó las manos con desesperación.

—¡No, conde Augustine! ¡Es un malentendido!

—Entonces, ¿está diciendo que yo, arma y representante de Dios, estoy mintiendo?

—¡Es un malentendido!

Quizá porque estaba demasiado alterado, la voz del hombre se volvió cada vez más fuerte.

La de Augustine también.

—Lo vi con toda claridad. ¿Desde cuándo manosear y acosar a alguien sin su permiso se considera un malentendido?

Fue justo en el instante en que Augustine expuso abiertamente los actos lascivos del hombre.

¡Bang!

En cuanto alzó la voz casi hasta gritar, una puerta situada en un rincón apartado de la planta baja de la posada, probablemente conectada con el patio trasero, se abrió con tanta fuerza que pareció hacerse pedazos.

O quizá realmente se había roto.

Todas las miradas se dirigieron hacia el origen del estruendo.

Un hombre apareció atravesando la puerta destrozada.

Vestía completamente de negro. Su cuerpo destacaba por una condición física extraordinaria, pero su rostro llamaba todavía más la atención.

Augustine lo reconoció de inmediato.

Era imposible que no lo hiciera.

Era aquel hombre.

El contrincante que había despertado en Augustine un espíritu competitivo sin precedentes.

En cuanto vio su rostro, Augustine no pudo evitar pensar:

Está furioso.

Aunque no había ninguna expresión visible en su cara, Augustine lo comprendió al instante.

El otro hombre estaba muy, muy enojado.

¿Eh?

Al darse cuenta de que había interpretado con tanta facilidad las emociones ocultas tras aquel rostro inexpresivo, Augustine ladeó la cabeza, desconcertado.

Entonces los labios del hombre se abrieron lentamente y de ellos salió una voz gélida.

—¿Acoso?

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