¡¿Incluso después de transmigrar tengo que seguir haciendo negocios?! - Capítulo 64

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Lo más importante era que pasar tiempo con ellos ya no le resultaba divertido.

Boram parecía extrañamente deprimida, y Arthur se sentía más distante que nunca.

Además, por alguna razón, Augustine ya no tenía ganas de competir con Arthur tal como era ahora.

Antes, parecía haber entrenado con el Héroe todos los días, lo había disfrutado bastante y lo consideraba un genio, una montaña imposible de superar.

Pero últimamente le parecía…

Sorprendentemente débil.

Augustine sentía que, si luchaban diez veces, podría vencerlo en todas.

—Es por sus heridas. ¿No es obvio?

Como Augustine no era de los que se guardaban ese tipo de dudas, se lo preguntó directamente, y Arthur respondió con aquella excusa como si nada.

No, no es solo por las heridas…

Augustine sintió muchas cosas en su interior, pero decidió cerrar la boca en lugar de seguir preguntando.

Y comenzó a distanciarse de ellos utilizando el trabajo como excusa.

Gracias a eso, últimamente había estado bastante aburrido, aparte de lo ocupado que se encontraba. Incluso aquel trabajo estaba a punto de terminar y no sabía qué hacer con su tiempo libre.

Uno de los caballeros con los que hablaba fue quien le trajo una noticia como lluvia en medio de una sequía.

—Ahora que lo pienso, estábamos hablando de eso… Señor Augustine, usted dijo que había ido allí una vez, ¿verdad?

—¿Adónde?

Había escuchado la conversación a medias mientras estaba perdido en sus pensamientos, así que preguntó desconcertado.

El caballero sonrió.

—A la Posada de Eddie.

—Ah.

Un nombre familiar.

Un lugar que ya había pensado volver a visitar antes de que el trabajo lo absorbiera.

—Sí fui…

Había acudido emocionado por enfrentarse a alguien con quien deseaba luchar, solo para acabar recibiendo un golpe en la espalda del hombre al que admiraba.

Ni siquiera había probado la famosa comida, así que le resultaba un poco extraño afirmar que realmente había «ido».

—¿Qué tal estuvo? Últimamente es muy famosa.

Augustine se aclaró la garganta.

No había necesidad de ser completamente sincero.

—¿Es famosa?

Hasta donde Augustine sabía, corría el rumor de que vendían aperitivos peculiares, pero todavía no podía decirse que fuera un lugar famoso.

Sin embargo, el caballero que había sacado el tema asintió con total naturalidad.

—Sí. Dicen que venden unos aperitivos increíbles.

—También sirven un vino de arroz que combina muy bien con ellos, y últimamente está causando furor.

Augustine parpadeó.

En su mente, la Posada de Eddie era famosa por los infames Fideos de Pollo Picante, pero jamás había oído hablar de nada de lo que ellos mencionaban.

Tampoco era como si hubiera pasado varios días encerrado en una capilla.

Le sorprendía haberse quedado tan desconectado de los rumores solo por haber estado un poco ocupado.

Augustine observó distraídamente cómo parloteaban sobre panqueques de kimchi y vino de arroz.

Entonces una idea cruzó por su mente.

Tenía algo de tiempo libre.

…¿Debería ir?

La Posada de Eddie no tenía muchos clientes problemáticos.

Para empezar, tampoco era un lugar que recibiera demasiada gente y, aunque la cantidad de clientes había aumentado poco a poco, la mayoría eran turistas. Estaba lejos de ser uno de esos establecimientos donde los alborotadores entraban y salían con regularidad.

Ahora sí tenía bastantes clientes locales y, como la planta baja funcionaba más como una taberna, inevitablemente aparecía de vez en cuando alguna persona que causaba problemas después de beber demasiado…

—Salga.

Por lo general, Gerold se encargaba de detenerlos.

Siempre utilizaba un lenguaje cortés, pero todos comprendían que en realidad quería decir: «Lárgate».

Gerold ya poseía de por sí una apariencia fría, así que eso bastaba para hacer retroceder a la mayoría.

Pero no serían verdaderos alborotadores si se rindieran con tanta facilidad.

Había algunos clientes demasiado borrachos como para saber lo que hacían, o que se resistían a que los expulsaran.

Cada vez que eso ocurría, Gerold demostraba generosamente por qué la Hechicería era considerada una disciplina avanzada.

Además, desde la llegada de Ketron, quizá debido a la intimidación particular que desprendía, todavía menos gente causaba problemas después de que se extendiera el rumor de que trabajaba en la Posada de Eddie.

Sebastian también estaba allí, aunque en ese sentido no era de demasiada utilidad.

Como podían echar fácilmente a los clientes problemáticos de aquella manera, Eddie se había acostumbrado a administrar la posada sin preocuparse por ellos.

—Eddie.

Y el día en que pagó el precio por haberse acostumbrado tanto comenzó con la ausencia de Gerold.

—¿Sí?

—¿Puedo ausentarme durante un tiempo?

Eddie parpadeó, momentáneamente sin palabras.

¿Gerold se iría?

Desde que se había ofrecido a convertirse en subordinado de Eddie, en lugar de un simple empleado de la posada, nunca se había apartado de su lado, tal como había prometido.

—No tardaré mucho.

¿Sería algo relacionado con E?

Eddie sintió emociones encontradas, pero ¿cómo iba a detenerlo cuando aquel empleado que lo cuidaba y trabajaba sin tomarse un solo día libre por fin quería ausentarse después de tanto tiempo?

—Por supuesto. Aprovecha también para descansar bien.

Eddie fingió tranquilidad.

Gerold, quien manejaba todos los asuntos de la posada mediante Hechicería, iba a marcharse.

La situación ya había resultado abrumadora incluso cuando apenas había clientes, pero ahora que la combinación de panqueques de kimchi y vino de arroz estaba ganando popularidad, la idea era todavía más aterradora.

Aun así, Eddie no podía negarse.

—Dejaré un Espíritu Mágico, así que no tendrá que preocuparse por su seguridad ni por las tareas menores.

Gerold, que siempre daba más de sí de lo necesario, tuvo incluso la consideración de dejarles un Espíritu Mágico antes de marcharse.

—¿Qué? ¿El señor Gerold no estará aquí?

Sebastian, de quien Eddie esperaba una reacción de alegría, mostró una expresión bastante tibia al saber que Gerold se ausentaría durante algunos días.

Sin embargo, poco después resopló con fuerza, como si no soportara haberse sentido de aquella forma.

—Bueno, ¡al menos me alegra no tener que estudiar mientras no esté!

Incluso Eddie, a quien con frecuencia acusaban de ser poco perspicaz, podía notar claramente que Sebastian estaba diciendo algo distinto de lo que sentía en realidad.

—Sebastian, te estás encariñando con Gerold.

—…No sé exactamente qué significa eso, pero por alguna razón me hace sentir mal.

Ketron, que jamás se había llevado bien con Gerold, no mostró el menor interés en si estaba presente o ausente.

De esa manera, la partida temporal de Gerold fue tratada como un acontecimiento insignificante en la Posada de Eddie.

Pero ni Eddie, ni Ketron, ni siquiera Sebastian sabían qué clase de repercusiones traería realmente su ausencia.

La combinación de panqueques de kimchi y vino de arroz que Eddie había ideado no fue popular desde el comienzo.

Naturalmente, los panqueques de kimchi resultaban desconocidos, y el vino de arroz que los acompañaba lo era todavía más. Así que, al igual que había ocurrido con los Fideos de Pollo Picante, al principio nadie los pedía.

Sin embargo, la Posada de Eddie ya no era aquel lugar que siempre estaba vacío, y ahora contaba con bastantes clientes habituales.

Eso significaba que también había muchas personas dispuestas a probar platillos experimentales.

—¡Este, este sabor…!

Y la reacción de todos era muy parecida.

Al principio miraban el panqueque de kimchi y decían:

—Mmm…

Pero después de probar un bocado, exclamaban:

—¡Mmm~!

Y, tras beber un sorbo de vino de arroz, soltaban:

—¡Aaah!

Todo ello con expresiones de absoluta felicidad.

Cada vez que Eddie veía algo que parecía brillar sobre las cabezas de las personas, pensaba para sus adentros:

Esto parece la versión de acción real de Cooking Master Boy.

En cualquier caso, era bueno que estuviera funcionando tal como había planeado.

Después de todo, los panqueques de kimchi y el vino de arroz formaban una combinación inseparable.

Sobre todo en los días lluviosos. Uno siempre pensaba en ellos cuando llovía, ¿no?

Eddie sacó los cuatro tipos de vino de arroz disponibles en la tienda de conveniencia y permitió que los clientes eligieran el que prefirieran.

También añadió una condición especial al menú.

[20 % de descuento en pedidos de panqueques de kimchi con vino de arroz durante los días lluviosos.]

A medida que la combinación de panqueques de kimchi y vino de arroz ganaba popularidad, comenzó a ocurrir algo un poco inusual.

Cada vez más personas visitaban la Posada de Eddie con el único propósito de probar aquella combinación de la que tanto se hablaba.

Eso también significaba que el kimchi se agotaba a una velocidad alarmante.

—No me digas que tenemos que preparar más otra vez.

Sebastian observó con horror el recipiente de kimchi que disminuía rápidamente.

Eddie no fue capaz de responderle que sí y desvió la mirada.

El jjajanggetti que había incorporado al mismo tiempo también se vendía como pan caliente.

A partir de ese momento, la Posada de Eddie comenzó a ascender de categoría: dejó de ser «un lugar donde detenerse mientras haces turismo» y se convirtió en «un lugar que debes visitar para probar su famosa comida».

Entre sus visitantes había también algunos nobles.

No eran nobles especialmente importantes, pero lo relevante era que pertenecían a la nobleza.

Eddie, que desde su llegada a este mundo nunca había conocido personalmente a ningún noble de gran relevancia, observaba maravillado a los nobles que visitaban su posada.

Sentía como si su establecimiento hubiera subido de nivel en un juego y los tipos de clientes se hubieran vuelto más diversos, lo que le producía bastante satisfacción.

Se había imaginado que, en una sociedad con un sistema de clases, podrían decapitarlo por cometer el más mínimo error frente a un noble.

Sin embargo, después de vivirlo en persona, se sintió aliviado al descubrir que el poder de los nobles en aquel mundo estaba lejos de llegar a esos extremos.

Claro que todos parecían mantener cierta distancia con ellos, ya que involucrarse con nobles podía provocar toda clase de complicaciones.

A diferencia de lo que Eddie había temido, la mayoría se comportaba con buenos modales, así que la presencia constante de clientes nobles no generó ningún problema importante.

Por lo tanto, durante un tiempo todo marchó bien.

No era tan cómodo como cuando Gerold estaba presente, pero el Espíritu Mágico que había dejado atrás ayudaba bastante.

Gracias a eso, Eddie debía moverse sin descanso, pero la situación todavía era manejable.

Por eso nadie esperaba lo que ocurrió aquel día.

Fue la mañana del tercer día desde la partida de Gerold.

A esa hora, siguiendo la rutina habitual de la mañana, Ketron entrenaba en el patio trasero, Sebastian se encontraba ocupado preparando más coles y Eddie organizaba el libro de cuentas.

Aunque la posada se había convertido de pronto en un lugar bastante popular, la gente solía comenzar a llegar después del almuerzo.

Por eso, a aquella hora solo se vendían modestamente los platillos del menú matutino: arroz con huevo y udon.

Mientras organizaba las cuentas, Eddie levantó de pronto la cabeza al escuchar a alguien aclararse la garganta.

Entonces vio a un hombre de pie con actitud orgullosa en la entrada de la posada.

Era un cliente.

—Bienvenido.

Movido por el triste instinto de quien trabaja atendiendo al público, Eddie sonrió y lo saludó en cuanto sus miradas se encontraron.

Al verlo, los ojos del hombre se abrieron de par en par.

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