¡¿Incluso después de transmigrar tengo que seguir haciendo negocios?! - Capítulo 55
Los hombres enmascarados levantaron despreocupadamente las cortinas del carruaje con las espadas mientras conversaban con aire complacido. Parecían seguros de que los suyos ganarían sin duda la batalla que se libraba al frente.
—¿Qué son estos? ¿Empleados del gremio mercantil?
—No, solo gente que consiguió que los llevaran en el carruaje.
—Ah, ya veo.
Un hombre de ojos afilados y feroces sonrió y habló con tono amenazante a las personas que se encontraban dentro.
—Más les vale quedarse quietos. Si no quieren morir.
—¿Por qué no los matamos de una vez?
—¿Para qué? Es molesto… Si hacemos eso, podrían poner precio a nuestras cabezas.
—Ya nos vieron la cara, aunque la llevemos cubierta. Es más limpio matarlos. Probablemente eso mismo estén haciendo al frente.
Hablaban de masacrarlos a todos con una naturalidad escalofriante. Al escucharlos, las personas dentro del carruaje comenzaron a suplicar.
—¡Por favor, perdónennos la vida!
—¡Al menos dejen vivir a los niños!
Los hombres no respondieron, pero sus miradas sobre los pasajeros del carruaje reflejaban que estaban pensando qué hacer con aquellas personas problemáticas.
¿Qué hago? ¿Cómo puedo encargarme de esto?
Eddie miró a su alrededor. Aunque quisiera oponer resistencia, no había muchos hombres jóvenes y adultos aparte de él.
Maldición, y encima ellos tienen armas.
Eddie había terminado el servicio militar con el rango de sargento, por lo que naturalmente sabía defenderse. Pero aquello no era algo que pudiera resolver limitándose a protegerse a sí mismo. Además, en esos momentos sentía miedo de las armas blancas.
En una pelea uno contra uno quizá no perdería, pero había demasiados bandidos.
Y, como se encontraban en un mundo fantástico, tampoco podía bajar la guardia aunque alguien pareciera menos imponente físicamente que él. Tal vez el cascarón vacío o el débil fuera el propio Eddie.
—No revuelvan demasiado la carga. De todos modos, nos llevaremos el carruaje entero.
—¡Déjenlo intacto! La mayoría son artefactos. Si alguno intenta guardarse algo, que sepa que le romperemos las muñecas.
Por aquella conversación, Eddie comprendió tardíamente por qué habían atacado a ese gremio mercantil. La caravana se dirigía a la capital cargada de artefactos costosos.
Debían de parecerles una presa sumamente tentadora a los bandidos. Lo bastante como para arriesgarse a robar tan cerca de la capital.
Los pasajeros que habían conseguido que los llevaran simplemente habían tenido la mala suerte de quedar atrapados en medio.
—¿Qué es esto? ¿Un noble?
Uno de los hombres enmascarados, que observaba divertido a los pasajeros como si jugara con juguetes recién capturados, descubrió a Eddie y se le iluminaron los ojos mientras se humedecía los labios.
Era la clase de mirada que alguien dirigiría a un plato delicioso que acababan de servirle.
Eddie frunció el ceño por instinto, asqueado, pero, por supuesto, al hombre no le importó.
—Mírenlo. Es obvio que es un joven señor noble. Oye, ¿eres noble?
Eddie no respondió.
No había motivo para explicar que no lo era a personas que ya habían decidido matarlo de todos modos.
El hombre siguió hablando, sin importarle si Eddie contestaba o no.
—No me gusta meterme con nobles.
—No tienes que preocuparte. Si perteneciera a una gran familia noble, ¿por qué viajaría de favor en algo como esto en vez de usar el carruaje de su familia? Seguramente viene de una casa noble venida a menos.
Parecían haber llegado a su propia conclusión.
Unas miradas codiciosas recorrieron todo el cuerpo de Eddie. Uno de los hombres se acercó y aproximó el rostro al suyo.
Eddie retrocedió por instinto, pero el carruaje no era lo bastante espacioso como para alejarse demasiado.
—Ja. Los tipos que se ven así se venden a buen precio entre los nobles con gustos pervertidos.
—Eso es cierto. Los esclavos bonitos son comunes… pero siempre faltan jóvenes señores apuestos y de facciones delicadas.
El hombre sonriente golpeó la barbilla de Eddie con el lomo de la hoja. Luego la bajó ligeramente y utilizó el filo para cortar parte de su cuello y asomarse a su pecho.
La desagradable sensación del metal frío rozándole la piel endureció la expresión de Eddie al convertirse repentinamente en objeto de su acoso.
Si hubiera dependido de él, les habría gritado de inmediato que se apartaran.
Eddie había sido el hombre de la sonrisa permanente incluso cuando atendía su tienda de conveniencia, pero nunca con los alborotadores.
El problema era que aquellos alborotadores no eran simples clientes que escupían mientras agitaban una tarjeta de crédito o un recibo.
Eran rufianes armados con hojas que podían herirlo en cualquier momento.
La sensación de la punta afilada contra su piel le recordó los últimos instantes de su vida, cuando había cerrado los ojos por el dolor. La respiración de Eddie se fue acelerando cada vez más.
Tap, tap.
Mientras tanto, la hoja había descendido casi hasta su ombligo, dejando al descubierto cerca de la mitad de su torso.
El hombre se relamió.
—También tiene una piel suave y bonita.
—¿Qué pasa, ese es tu tipo? Yo prefiero a los más delgados.
—Esos se rompen demasiado fácil. Los que tienen algo de músculo, como este, aprietan más y sujetan mejor.
—¿Qué van a sujetar? Es obvio que es un joven señor sin experiencia.
—Bueno, eso es cierto, pero entrenarlos tiene su encanto.
Eddie cerró los ojos con fuerza ante sus risas vulgares.
Ya no tenía sentido seguir pensando si lo correcto era soportarlo o cuál sería la decisión más prudente.
Si permanecía quieto, parecía que terminaría en una situación peor que la muerte.
Eddie pensó en tomar aunque fuera una rama del suelo para defenderse si era necesario.
Por mucho miedo que sintiera, sería mejor que no hacer nada.
Lo ideal sería esperar a que Ketron terminara de encargarse del frente y regresara pronto, pero aquello no parecía posible en ese momento.
Justo cuando Eddie respiró hondo y apretó los puños, preparándose para contraatacar desesperadamente…
—Están complicando las cosas.
Una voz desconocida sonó a su espalda.
Eddie se quedó inmóvil al sentir que se le erizaba todo el cabello.
Una presencia abrumadora apareció detrás de él, tan inmensa que pareció haber caído de pronto desde el cielo, haciéndolo preguntarse cómo no la había percibido hasta ese momento.
Una mano fría, pero grande y firme, se posó sobre su hombro.
Era un contacto extraordinariamente tranquilo y perezoso.
Uno que no parecía sentir la menor tensión ante la situación.
Alguien estaba de pie detrás de Eddie sin que él lo hubiera notado.
Aquella presencia misteriosa que había aparecido de repente se inclinó hacia su oído y susurró:
—¿Qué debería hacer?
La voz indolente sonaba, de algún modo, cargada de sueño.
Una voz que no encajaba en absoluto con aquella situación.
—¿Los mato a todos? Mmm… ¿Eddie?
Solo entonces Eddie giró su cuerpo rígido para mirar detrás de él.
Allí había un hombre apuesto de llamativo cabello blanco.
Justo en el lugar donde Ketron había clavado la Espada Sagrada.
Cuando Eddie se volvió y sus miradas se encontraron, las comisuras de los ojos del hombre se curvaron con elegancia.
¿Adónde fue la Espada Sagrada…?
No, más importante aún.
…¿Quién eres?
Eddie podía afirmar con certeza que jamás había visto a aquel hombre.
Y era lógico, pues olvidar a alguien con semejante apariencia habría sido imposible incluso para Eddie, a quien a menudo molestaban diciendo que no reconocía rostros.
Incluso si solo lo hubieran descrito por escrito, aquel aspecto habría resultado inolvidable.
Pero, aparte de su apariencia extravagante, ¿por qué daba la impresión de que su personalidad era tan… desagradable?
Aunque estaba sonriendo y era la primera vez que se encontraban, Eddie no pudo evitar pensarlo.
Y, sumado a aquella actitud sutilmente amistosa hacia él, resultaba aún más difícil comprender qué estaba ocurriendo.
En medio del extraño enfrentamiento, la mirada de Eddie recuperó claridad mientras hacía trabajar la cabeza.
Con razón no podía ver la Espada Sagrada que Ketron había dejado junto a él…
Era una espada enorme, gigantesca y llamativa.
Por supuesto, su forma verdadera estaba oculta bajo la tela que la envolvía, pero incluso la empuñadura era lo bastante vistosa como para que su presencia no pasara desapercibida si permanecía cerca.
Y el hombre estaba ahora de pie exactamente donde la Espada Sagrada había estado clavada.
¿Qué significaba eso?
Eddie volvió a observar el rostro del hombre.
Cabello blanco y brillante.
Ojos grises.
La sospecha, que había comenzado a formarse en el momento en que vio aquellos colores que evocaban la hoja de la Espada Sagrada, se convirtió en certeza cuando comprobó que los cordones sujetos al extremo de su empuñadura colgaban del cuello del hombre.
—¿E-espada…?
Eddie estuvo a punto de decir «Espada Sagrada» por error, pero se mordió la lengua y apenas consiguió pronunciar aquella palabra torpe.
Una tenue expresión apareció en el rostro del hombre, que hasta entonces había sido glacialmente frío.
Definitivamente era una sonrisa.
El hombre, o mejor dicho, la Espada Sagrada, volvió a preguntarle:
—Te hice una pregunta.
—¿Sí?
—Pregunté si debía matarlos a todos.
El hecho de que no negara las palabras de Eddie era prueba suficiente de que aquel hombre era la Espada Sagrada.
No, ¿cómo?
No era que Eddie no se lo preguntara, pero eso no era lo importante en aquel momento.
En cuanto la mirada del hombre se volvió más profunda, Eddie sintió que algo grave estaba a punto de ocurrir y se apresuró a decir:
—No… no los mates.
Por ahora, Eddie rechazó la propuesta del hombre.
—¿Que no los mate?
El hombre preguntó con una actitud benevolente, como si estuviera dispuesto a concederle cualquier deseo.
La mente de Eddie, que había estado trabajando a toda velocidad, también se detuvo.
—Solo… somételos.
Pasara lo que pasara, Eddie era incapaz de ordenar que «mataran» a alguien.
—Mmm.
El hombre adoptó una expresión extraña.
Resultaba difícil saber si estaba satisfecho o disgustado.
Para empezar, la capacidad de Eddie para interpretar esa clase de cosas era prácticamente nula.
Pero había algo claro.
Al menos, el hombre mostraba buena voluntad hacia Eddie.
No parecía que fuera a rechazar su petición.
Poco después, como si confirmara aquella suposición, una luz destelló en la mano del hombre.