¡¿Incluso después de transmigrar tengo que seguir haciendo negocios?! - Capítulo 50

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  4. Capítulo 50
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Seguro que había sido una buena frase. Tampoco era impropia de Eddie. Incluso creyó haber controlado bastante bien su expresión.

Sin embargo, la reacción de Ketron al escuchar sus palabras fue sutil.

El leve rubor que teñía su rostro desapareció de inmediato.

—Eddie.

Ketron, de vuelta a su habitual expresión fría e impasible, pronunció su nombre en voz baja.

—¿Sí?

Eddie creyó haber respondido con total naturalidad.

—¿Te pasa algo?

Pero, a juzgar por los ojos de Ketron, claramente no había sido así.

Eddie se dio cuenta de que no lo había estado mirando a los ojos y, tardíamente, alzó la vista para encontrarse con la suya. Aquella mirada intensa recorrió cada rincón de su rostro.

—…

¿Que si me pasa algo?

Por alguna razón, aquella simple pregunta hizo que Eddie sintiera ganas de romper a llorar allí mismo.

Como aquella vez que había despertado de una pesadilla y había llorado durante mucho tiempo entre los brazos de Ketron.

Ket, tengo miedo.

—…No.

No tengo la menor idea de qué está pasando ahora mismo.

—No me pasa nada.

¿Incluso esto se está escribiendo ahora mismo en ese libro?

—Al que le pasó algo fue a ti. Había oído lo fuerte que eres, pero hasta ahora no terminaba de creerlo. ¿Ya estás en la final? Guau… De verdad eres…

Pero el intento de Eddie por parlotear como de costumbre se vio interrumpido por una gran mano que le sostuvo la mejilla.

Eddie solo pudo parpadear.

La mano que tocaba su rostro no era lisa ni suave, pero bastaba de sobra para calentar sus frías mejillas.

Sus rostros se acercaron.

Eddie contuvo la respiración por un instante mientras contemplaba aquel rostro excesivamente apuesto justo delante de él.

Por supuesto, Eddie sabía mejor que nadie en el mundo lo guapo que era Ketron.

Pero quedarse maravillado al verlo tan de cerca era otra cuestión completamente distinta.

Mientras olvidaba lo que había estado pensando y se limitaba a parpadear, Ketron habló.

—Mírame.

—…

—¿Te sientes mal? ¿Volvemos a la posada?

Unas palabras absurdas salieron de los labios de Ketron.

Eddie abrió los ojos de par en par sin poder evitarlo.

—¿Y la final?

—Eso no importa en absoluto.

¿«Eso»?

Este es un torneo organizado por el Emperador…

Eddie se quedó desconcertado ante sus palabras.

Los espadachines que participaban allí, e incluso los espectadores, concederían un enorme valor a ganar aquel torneo.

Sin embargo, Ketron actuaba como si no significara nada.

¿Era porque podía ganar con demasiada facilidad?

¿Porque era el Héroe?

No.

Era un Héroe olvidado.

Mientras siguiera empuñando una espada, sin duda querría alzar nuevamente su nombre.

Y, aun así, se refería a la final del torneo como «eso» y daba prioridad a Eddie.

Por alguna razón, aquellas palabras hicieron que sintiera ganas de llorar.

A decir verdad, quería regresar a la posada de inmediato.

Torneo o no, aquel lugar le daba demasiado miedo.

Aunque no fuera un sitio en el que hubiera vivido toda su vida, volver a la posada, que ya le resultaba un poco familiar, lo tranquilizaría mucho más que permanecer en aquel lugar extraño.

Pero aun así…

Al percibir la vacilación de Eddie, el rostro de Ketron adquirió una determinación inusual.

—Vámonos.

Aquella declaración hizo que Eddie volviera en sí.

Era una propuesta imposible.

—¿Irnos adónde? La final está a punto de empezar.

—No te encuentras bien. ¿Por qué debería importar algo como esto ahora?

Una vez más, la final del torneo se convirtió en «algo como esto».

El corazón de Eddie se alegró.

Ketron hablaba con absoluta y perfecta sinceridad.

Pero, Ket.

Tienes que ganar aquí.

De lo contrario, no habría ninguna razón para que la «historia» hubiera retorcido repentinamente su curso y te hubiera hecho participar en esta competencia.

Tenía que ser un torneo importante.

Uno que poseía algún valor.

No podía permitir que se arruinara por su culpa.

Además, nunca quería volver a sentir aquella sensación.

La historia retorciéndose y transformándose al margen de su voluntad.

—De verdad estoy bien.

—…

Ketron lo observó como si intentara determinar si sus palabras eran ciertas.

Por supuesto, afirmar que estaba bien era en gran medida una bravata.

Pero, aun así, era mejor que marcharse con Ketron en aquel momento.

—Solo… regresa sano y salvo.

En vez de pedirle que permaneciera a su lado, Eddie dijo aquello.

—Quiero verte ganar.

Al menos esa parte era completamente sincera.

Ketron lo miró fijamente a los ojos durante un largo rato.

Quizá porque sus rostros estaban demasiado cerca, sostenerle la mirada se sentía demasiado intenso y comenzó a resultarle un poco abrumador.

Justo cuando Eddie pensó eso, Ketron suspiró.

—Está bien.

Como si hubieran estado esperando justo aquel momento, un encargado gritó desde el exterior con voz atronadora:

—¡Finalistas! ¡Salgan, por favor!

—Ve. Te están llamando.

Ketron miró hacia atrás por un instante, visiblemente irritado por la falta de tiempo.

Luego volvió a mirar a Eddie y apoyó suavemente la frente contra la suya.

Ante aquel gesto íntimo, Eddie encogió los hombros de manera inconsciente.

Ketron habló en voz baja.

—Eddie, recuerda una sola cosa.

—¿Mmm?

—Pase lo que pase, estaré a tu lado.

¿Eh?

Eddie parpadeó ante aquellas palabras inesperadas.

—Eso es lo que he decidido.

Espera un momento.

¿No se suponía que este era un momento conmovedor?

Después de todo aquel tiempo en el que Eddie había insistido y Ketron se había quedado a su lado casi a regañadientes, ahora era Ketron quien se abría por voluntad propia y le decía que deseaba permanecer junto a él.

Por supuesto, no era difícil deducir por el cambio en la actitud de Ketron que ya había tomado esa decisión.

Pero escucharlo decirlo en voz alta era algo completamente distinto.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace más tiempo del que imaginas.

—…

Eddie sintió una extraña sensación.

Como si unas emociones cálidas y esponjosas comenzaran a expandirse sobre su frío corazón.

—Así que no tengas miedo.

Finalmente, aquellas emociones envolvieron por completo su corazón helado.

En aquel momento, la persona más fuerte del mundo —su gato— estaba intentando tranquilizarlo.

—…Está bien.

Para Eddie, era imposible no asentir.

—¿Te encuentras bien?

—Sí.

Todavía tenía un poco de miedo.

Pero ahora se sentía mucho mejor.

Era como si una cerca sólida se hubiera levantado alrededor de su corazón, que hasta entonces había estado temblando de ansiedad.

—¡Ketron! ¡Ketron! ¿Vas a salir?

Desde el exterior, un mago lo llamó con desesperación.

Parecía que ya no podían retrasarlo más.

—Volveré.

Con aquella sencilla despedida, Ketron finalmente soltó a Eddie y se marchó.

Cuando la mano que había sostenido su mejilla y la frente que había permanecido apoyada contra la suya se alejaron, Eddie sintió frío, como si se preguntara cómo habían podido estar tan cálidas apenas un instante antes.

Pero aun así, ahora era mucho más soportable.

¿Sabes lo tranquilizadoras que pueden ser las palabras «volveré»?

En cuanto Ketron apareció, los vítores del público estallaron desde todas direcciones.

Como si estuvieran dando la bienvenida al protagonista de aquel mundo.

Aunque el mundo lo hubiera olvidado, volvía a alzarse y recuperaba su lugar con una facilidad abrumadora.

Como si siempre hubiera sabido que aquel era el sitio al que pertenecía.

Ketron es el protagonista de esta historia.

Siempre lo ha sido.

Y siempre lo será.

Entonces, ¿qué soy yo?

¿Qué lugar ocupa mi existencia en esta historia?

Eddie todavía no podía responder esa pregunta.

Pero albergaba la tenue esperanza de que, si Ketron ganaba aquel torneo tal como deseaba aquella fuerza desconocida, quizá pudiera encontrar algunas respuestas.

Más allá de la ancha espalda de Ketron, Eddie lo vio intercambiar un saludo superficial con un oponente al que no alcanzaba a distinguir.

Como correspondía a una final, la voz de un mago, amplificada mediante hechicería, atrajo la atención del público con un anuncio atronador.

—¡Su Majestad el Emperador Likirius, Sol del Imperio, acaba de tomar asiento!

—¿Por qué tengo que asistir a un torneo en el que ni siquiera voy a participar?

Arthur se quejó con voz malhumorada.

Había tardado deliberadamente en prepararse y había salido sin ninguna prisa.

Después de todo, había utilizado una supuesta enfermedad como excusa para no participar.

Aunque los ciudadanos del Imperio tuvieran al Héroe en alta estima, no había nada positivo en faltar a un torneo al que originalmente había aceptado asistir.

Pero se trataba de una orden del Emperador.

Por muy grandes que fueran los logros del Héroe, seguía siendo un ciudadano del Imperio y no podía desobedecer una orden.

—Baja la voz.

Boram, que lo acompañaba, habló con frialdad.

Augustine, un guerrero que utilizaba un bastón y, por lo tanto, no podía participar en un torneo de espadachines, se había negado a acompañarlos alegando que no le interesaban los usuarios de espada.

Arthur hizo un puchero al pensar en Augustine, quien, por alguna razón, había quedado exento de las «órdenes» del Emperador, como si le hubieran encomendado una misión especial.

—De todos modos, usaste magia, ¿verdad?

—La magia no es omnipotente. Además, ¿no estás confiando demasiado en mí? ¿Qué habrías hecho si no hubiera lanzado el hechizo de antemano?

—Tú no harías algo así.

No había forma de que Boram, con sus excelentes capacidades mágicas y sus sentidos tan agudos, no utilizara ese tipo de magia cuando estaban solos.

Boram soltó un profundo suspiro.

—Si pudiera confiar en que controlarías tu lengua, no tendría necesidad de usar esa clase de hechizos.

—Ya no estamos en una época en la que debamos mantenernos en alerta constante. ¿Para qué ahorrar poder mágico?

—Arthur, tú…

—Está bien, está bien.

Cuando Boram comenzó a irritarse ante la forma despreocupada en que Arthur trataba su poder mágico, como si fuera algo almacenado y disponible sin límite, Arthur retrocedió rápidamente con una sonrisa.

Los ojos verdes de Boram, que hasta entonces lo habían observado con frialdad, se apartaron de su rostro, cargados de una emoción parecida a un profundo suspiro.

En el pasado, aquella actitud despreocupada le había parecido infinitamente alegre.

Pero ahora que lo pensaba…

Aquella era la verdadera naturaleza de Arthur.

Una naturaleza que no podía cambiar.

Ni siquiera ahora, después de haber usurpado el título de Héroe.

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