¡¿Incluso después de transmigrar tengo que seguir haciendo negocios?! - Capítulo 20

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  4. Capítulo 20
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Desde aquella salida, Eddie y Ketron comenzaron a abandonar la posada juntos con frecuencia.

Claro que no se trataba de grandes viajes. Simplemente paseaban por un parque cercano, recorrían el vecindario o iban al mercado. Incluso Ketron, que al principio se negaba a salir, parecía haberse acostumbrado y, en ocasiones, era él quien esperaba primero a Eddie.

¡Por fin nuestro Ket sale por iniciativa propia!

Por supuesto, hubo una ocasión en que Eddie armó tanto alboroto por eso que Ketron frunció el ceño e intentó retractarse, pero aquellas breves salidas se estaban convirtiendo poco a poco en parte de su rutina diaria.

Mientras tanto, Eddie compró ropa para Ketron en el mercado, además de un poco de estambre. Para su sorpresa, en aquel mundo también existía el tejido con agujas.

Para Eddie, que había crecido con una madre que tejía personalmente desde estropajos hasta bufandas y que, durante el invierno, se sentaba a su lado en el sofá para tejer juntos, era algo que despertaba mucha nostalgia.

—Eso es, se llama tejido con agujas. Se te da muy bien. ¿De quién serás hijo?

—…

La expresión de Eddie se ensombreció mientras contemplaba el estambre y las agujas.

Se mordió los labios ante aquella sensación asfixiante, como si tuviera algo atorado en el pecho, pero pronto recuperó su expresión habitual.

Como si su rostro jamás se hubiera oscurecido, llamó a Ketron con voz alegre y una ligera sonrisa.

—¡Ket! ¡Vamos a hacer ejercicio!

La ruta de ese día consistía en rodear un parque cercano.

Después de convencer fácilmente a Ketron para que saliera, Eddie se despidió de Gerold y abandonó la posada con paso animado.

Aunque lo llamaban parque, en realidad no era más que un sendero de tierra junto a un gran lago. No resultaba tan agradable como los parques modernos, pero, a medida que la estación se volvía más fría, había algo refrescante en llenar los pulmones con el aire fresco que llegaba desde el agua.

Claro que, cuando hiciera todavía más frío, quizá sería difícil disfrutar de aquel tipo de ocio… Sin embargo, Eddie, que se consideraba un acérrimo amante de las bebidas heladas, era menos sensible al frío que la mayoría, así que pensó que no habría problema.

—Ket, ¿quieres beber algo?

Eddie tomó un sorbo de la bebida deportiva que había sacado de la tienda de conveniencia antes de salir y se la ofreció.

Sin embargo, aquel líquido azul debía de parecerle bastante sospechoso, pues Ketron entrecerró los ojos en lugar de aceptarlo de inmediato.

Después del incidente con el americano, había adquirido la costumbre de desconfiar de todo lo que Eddie le ofrecía.

Aunque, al final, siempre terminaba aceptándolo y probándolo.

Ketron saboreó la bebida deportiva con cautela y, al descubrir que era mejor de lo que esperaba, comenzó a beberla sin vacilar.

—…No está mal.

Los seiscientos mililitros desaparecieron en un instante.

Debí traer otra.

Mientras pensaba aquello, Eddie tomó nota mentalmente, satisfecho.

Como esperaba, al gato de la casa le gustan las cosas dulces.

Aunque había anunciado solemnemente que iban a hacer ejercicio, solo caminaron alrededor del lago, por lo que terminaron pronto.

Mientras avanzaban, Eddie continuó aferrado a la manga de Ketron. Por fortuna, Ketron no rechazó ni apartó su mano, así que Eddie se estaba adaptando bastante bien al mundo exterior.

Claro que todavía se estremecía un poco cuando algún desconocido lo rozaba al pasar.

Pero aun así, todo va bien.

Eso pensaba Eddie.

Todo marchaba bien.

Por supuesto, no tardó mucho en darse cuenta de que solo era una ilusión.

Ese día, después de terminar el paseo con Eddie, Ketron bajó solo al primer piso.

Se había cansado de escuchar el parloteo incesante de la Espada Sagrada.

Desde que Ketron comprendió que lo habían olvidado y traicionado, la Espada Sagrada se había enfurecido más que él y no dejaba de exigir venganza. Últimamente hacía todavía más ruido, aparentemente disgustada porque Ketron actuaba como si ya se hubiera establecido en la posada.

«¿No dijiste que solo te quedarías aquí hasta que tus heridas sanaran?»

No tenía forma de refutarlo.

Sus heridas estaban casi completamente curadas. Ahora apenas quedaban algunas marcas, tan insignificantes que hasta resultaba vergonzoso llamarlas heridas.

En el pasado, ni siquiera habría prestado atención a lesiones de ese nivel.

Eso era precisamente lo que la Espada Sagrada le reprochaba.

Sin embargo, pese a su descontento, tampoco lo presionaba demasiado más allá de eso.

Como si conociera la razón.

—Ah…

Ketron suspiró y se frotó el rostro.

Ni siquiera él lo comprendía todavía.

¿Por qué se estaba instalando allí sin pensar en marcharse?

¿Por qué aplazaba su partida día tras día, mientras fingía que saldría corriendo en cuanto pusiera en orden sus pensamientos?

No.

¿Por qué ni siquiera se le pasaba por la cabeza la idea de marcharse?

¿De verdad basta con esto? ¿Está bien quedarme aquí sin hacer nada?

Ya no poseía ningún sentido de misión que lo impulsara a salvar el mundo.

Aquel deber ya se había desvanecido, dispersándose hasta convertirse en cenizas.

Pero, incluso dejando eso de lado, tampoco había nada en particular que deseara hacer.

La Espada Sagrada exigía venganza, pero era una tarea tan abrumadora que ni siquiera sabía por dónde empezar.

Fuera lo que fuese, tal vez podía descansar un poco antes de comenzar.

Incluso pensamientos tan débiles como aquel aparecían en su mente.

Si los expresara en voz alta, el posadero… no, Eddie seguramente respondería con una sonrisa despreocupada:

«Claro. ¿Por qué no? Descansa todo lo que quieras, Ket».

Aunque sabía perfectamente que no le gustaba aquel apodo, Eddie siempre lo añadiría al final, tratándolo como si de verdad fuera un gato.

Ese hombre sin duda haría algo así.

Cuando lo pensaba de esa manera, todas sus preocupaciones parecían ridículas.

De forma vaga, sentía que todo acabaría estando bien.

Justo cuando Ketron pensaba aquello, recostado contra el respaldo de la silla, los alrededores se volvieron ruidosos.

Más exactamente, parecía que había varias personas murmurando fuera de la posada.

—¡De verdad es él!

—¡Qué suerte haberlo encontrado aquí!

Esas voces llegaron a sus oídos y Ketron entrecerró los ojos.

No entendía a qué se debía tanto alboroto.

El origen del ruido, que se había ido acercando desde el exterior, abrió con total descaro la entrada de la Posada de Eddie y entró justo cuando Ketron observaba confundido.

Lo primero que vio fue un cuerpo enorme repleto de músculos.

El hombre, que destacaba todavía más por su preferencia por vestir exclusivamente de blanco, mostraba una amplia sonrisa.

Era un rostro demasiado familiar para Ketron.

En un instante, como si su mente jamás hubiera estado en calma, Ketron tragó saliva al sentir que el pecho se le oprimía.

Vestía unas túnicas sacerdotales blancas que, de alguna manera, parecían quedarle bien y mal al mismo tiempo, y llevaba atado a la espalda un enorme báculo alargado.

Era uno de los compañeros del héroe, conocido como el Santo.

Augustine del Poder Divino.

—Escuché que aquí venden unas guarniciones bastante peculiares.

Sus brillantes ojos verdes se curvaron con alegría.

Aunque llevaba vestimentas sacerdotales, lo que emanaba de todo su cuerpo era el aura de un guerrero.

Estaba muy lejos de la imagen de alguien que se arrodillaba obedientemente para rezar ante una prueba divina.

Era una manifestación de la divinidad distinta a la de la santa, pero prefería la lucha antes que la paz.

Ketron había conocido a Augustine cinco años atrás.

Se enfrentaron debido a un pequeño malentendido, lucharon y Ketron resultó vencedor.

Después de aquello, Augustine le pidió acompañarlo en sus aventuras.

—¡De verdad eres el mejor, Ketron!

Si Ketron tuviera que nombrar al único amigo que había tenido en toda su vida, sería Augustine.

Tal vez había una pequeña diferencia de edad entre ellos, pero, si lo suyo no podía llamarse amistad, entonces ¿qué relación merecía ese nombre?

Sin embargo, después de derrotar al Rey Demonio, Augustine no había ido en busca de Ketron.

Al principio, Ketron quedó conmocionado y se preguntó si Augustine también lo había traicionado, pero pronto comprendió que no era ese tipo de persona.

Él también se había limitado a olvidar por completo a Ketron debido al hechizo.

Y gracias a ello, la traición de los otros dos había tenido éxito.

Con una facilidad escalofriante.

Ketron se descubrió contemplando al amigo que había perdido.

Su compañero, de quien jamás había estado tan distanciado desde el día en que se conocieron, no parecía haber cambiado en absoluto pese al largo tiempo separados.

A pesar de los títulos, de que lo llamaran Héroe y de todo lo demás, seguía siendo el mismo.

Los ojos de Augustine, que recorrían el interior de la posada, se encontraron con los de Ketron.

—Oh.

En cuanto sus miradas se cruzaron, los ojos de Augustine se curvaron.

Durante un instante, el corazón de Ketron dio un vuelco, preguntándose si lo había reconocido.

Pero la mirada de Augustine no contenía la calidez que uno esperaría al contemplar a un amigo.

Augustine examinó a Ketron de arriba abajo, se acercó con naturalidad y tomó asiento despreocupadamente frente a él.

Las miradas de los presentes los siguieron con incómoda atención.

Incluso sin su fama, la imagen de un hombre corpulento vestido completamente de blanco sentado frente a otro vestido enteramente de negro habría llamado la atención.

—Tienes un buen físico.

«Muchacho, tienes un buen físico».

—¿De dónde saliste?

«¿De dónde saliste para acabar así?»

Las voces del pasado se superpusieron a las del presente.

—Y esa mirada tuya también es impresionante.

Eso último no se lo había dicho en aquel entonces.

Por aquella época, Ketron no era más que un joven lleno de hostilidad.

Sin darse cuenta, hizo una mueca incómoda.

Fuera cual fuese la interpretación de Augustine, este agitó una mano restándole importancia.

—No te ofendas. No tengo malas intenciones. Lo que ocurre es que alguien de mi nivel puede saber más o menos qué tan fuerte es una persona con solo observar su cuerpo y su presencia, y tú eres bastante impresionante.

Ante la actitud cortante de Ketron, Augustine se rascó la nuca.

—Me han dicho muchas veces que debo tener cuidado porque mi forma de hablar puede prestarse a malentendidos. Pero no es fácil cambiarla.

Lo dijo con una sonrisa.

«Si vas a hablar tanto, aprende a expresarte mejor. Siempre provocas malentendidos innecesarios».

…Eso era lo que Ketron le decía con mayor frecuencia.

Si Augustine hubiera sido taciturno como él, tal vez habría sido distinto, pero, además de hablar demasiado, era bastante directo y a menudo no tomaba en cuenta los sentimientos de los demás, lo que le causaba numerosos malentendidos.

La respuesta que Augustine solía darle también apareció al mismo tiempo en la mente de Ketron.

«¿Y tú eres quién para hablar? Por muchos problemas que yo provoque, ni siquiera se acercan a la mitad de los que causa Albatross».

Mientras Ketron se hundía por un instante en aquellos recuerdos que le entumecían el cuerpo, Augustine ladeó la cabeza.

—Ahora que lo pienso, ¿quién fue el que me dijo eso? Últimamente mi memoria se vuelve confusa de vez en cuando. Y eso que todavía soy joven.

—…

Al verlo sin siquiera darse cuenta de que había perdido parte de sus recuerdos, Ketron sintió que algo se le retorcía en el interior.

Comprender el olvido de su amigo en un momento y un lugar tan inesperados le arrebató el aliento durante un instante.

Por alguna razón, aquello dolía más que la traición de Arthur y Boram.

Ketron se levantó bruscamente.

Quería marcharse de allí cuanto antes.

Las miradas insistentes de la gente resultaban demasiado incómodas.

—Oye, espera un momento.

Pero Augustine no parecía dispuesto a dejarlo marchar con tanta facilidad.

—Señor, lamento haberte incomodado, pero, si no te molesta y no tienes prisa, ¿te gustaría tener un combate de práctica conmigo?

—…

—Últimamente no he podido ejercitar bien el cuerpo y, por alguna razón, siento que tú serías un buen oponente.

¿Qué dices?

¿Te animas?

En su rostro sonriente no había ni rastro de malicia.

Desbordaba una energía positiva y parecía convencido de que el otro aceptaría, tal como su amigo siempre había hecho en el pasado.

Era una sensación abrumadora distinta a la que experimentaba con Eddie.

Y Ketron no fue capaz de rechazarlo.

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