¡¿Incluso después de transmigrar tengo que seguir haciendo negocios?! - Capítulo 153

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  4. Capítulo 153 - Historia adicional 1
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La familia del conde Montar era una de las familias nobles tradicionales del Imperio.

Se trataba de una familia de vasallos meritorios que había apoyado al Emperador durante generaciones. Sin embargo, como sus dominios se encontraban en la árida región del norte, nunca habían intentado convertirse en nobles de la capital. En pocas palabras, eran unos mediocres nobles provincianos sin ambición alguna de prosperar.

Lorenz Montar, el segundo hijo de la familia del conde Montar, estaba sumamente insatisfecho con esa realidad.

En su opinión, la familia Montar reunía condiciones más que suficientes para establecerse en la capital Irena como parte de la facción imperial.

¡Eran una familia de vasallos meritorios, nada menos! Habría sido estupendo que sus antepasados hubieran sido un poco más ambiciosos, pero, por desgracia, ni ellos ni los padres de Lorenz mostraban especial interés en esa clase de cosas.

Su hermano mayor, el heredero de la familia, era igual.

«Lorenz, ¿por qué eres tan ambicioso? Nosotros solo somos nobles de provincia».

Su hermano mayor lo reprendía, diciéndole que era demasiado codicioso.

«¡Precisamente por eso los Montar llevamos una vida tan miserable a pesar de ser una familia de vasallos meritorios!».

Por supuesto, Lorenz no retrocedió y criticó a su hermano mayor. Incluso aprovechó para llamarlo cobarde.

Montar era una tierra estéril por la que no fluía el maná. No contaba con una biblioteca apropiada ni mucho menos con una escuela donde pudieran estudiar.

Era un lugar de campos verdes y bosques tranquilos, donde todos eran ingenuos y afectuosos, pero…

Los conocimientos que podían adquirir y las técnicas a las que tenían acceso eran limitados, por lo que siempre parecía que el mundo avanzaba muy lejos de ellos. Un estrecho camino de tierra por el que apenas podía pasar un carruaje y un pequeño mercado que abría una vez cada varios meses constituían toda aquella vida apacible que, para un joven, resultaba aburrida y anticuada.

Sobre todo, Lorenz no era más que el segundo hijo de una mediocre familia de nobles provincianos. Sus hijos permanecerían como miembros de la familia sin título nobiliario, condenados a ser los descendientes de aquellos mediocres nobles rurales.

Por eso, Lorenz no quería quedarse durante el resto de su vida en aquel territorio apartado.

Por supuesto, no era tan estúpido como para creer que triunfaría de inmediato entre las filas de los nobles más prominentes con tan solo dirigirse a la capital Irena. Por eso había estado esperando una oportunidad y, como si los cielos velaran por él, esta finalmente llegó.

Para la humanidad fue una crisis, pero para Lorenz representó una oportunidad: la segunda subyugación del Rey Demonio.

Mientras el Héroe olvidado regresaba, el Rey Demonio resucitaba, el grupo de subyugación se formaba y el Rey Demonio era derrotado, los Montar permanecieron en silencio.

Por esa razón, Lorenz se convenció todavía más. No podían seguir así.

Quienes se consideraban un poco inteligentes solían albergar el deseo de ascender socialmente y, en opinión de Lorenz, aquel era el momento perfecto para conseguirlo.

Por eso, en cuanto escuchó que una gran cantidad de nobles pertenecientes a la facción nobiliaria habían sido purgados, informó de inmediato a su familia que viajaría a la capital Irena.

Y se topó con una oposición feroz.

Lorenz hervía de indignación. Ahora que el Héroe había derrotado al Rey Demonio y el mundo estaba en paz, mientras los nobles de la facción nobiliaria perdían sus posiciones y la facción imperial ganaba poder, ¿cómo era posible que no comprendieran la importancia de establecerse en el centro político?

Además, en la capital Irena había personas como los miembros ocultos de la familia imperial y los héroes que estaban escribiendo una nueva página de la historia. ¡Tenían la misma edad que Lorenz y él también quería escribir junto a ellos una nueva historia para el Imperio!

Se decía que el joven Príncipe Imperial solo se rodeaba de ayudantes capaces. Incluso circulaban rumores de que algunos de ellos procedían de familias plebeyas.

¡Sin duda, el joven Príncipe Imperial creía en la meritocracia! Lorenz, quien se consideraba razonablemente inteligente, se llenó de expectativas. Si al Príncipe Imperial le importaba tan poco el estatus social como para contar incluso con plebeyos entre sus ayudantes, también estaría dispuesto a emplear a nobles provincianos siempre que fueran capaces.

¡Aquella era la única oportunidad para los nobles insignificantes de las provincias como ellos!

Así pues, cuando llegó la invitación al banquete del Palacio Imperial para celebrar la victoria, Lorenz respondió que asistiría antes de que sus padres pudieran detenerlo.

Por esa razón, ahora viajaba en carruaje hacia la capital Irena.

Sin embargo, la capital Irena era conocida como la ciudad del placer. Los nobles de la capital lucían apariencias tan ostentosas como pavos reales y, aunque ya no alcanzaban el nivel de extravagancia de la época en que la facción nobiliaria estaba en el poder, parecían continuar disfrutando de bastantes lujos. Por eso no podía presentarse allí tal como estaba.

Así que Lorenz empacó sus mejores prendas, se arregló, convenció a su hermana menor de que le prestara el carruaje que sus padres le habían regalado por su cumpleaños y, finalmente, consiguió partir.

Los Montar, una familia noble que no tenía nada destacable salvo una residencia anticuada y bastante grande, contaban con pocos sirvientes. Por eso, su único acompañante era Julian, su amigo de la infancia y rival. Incluso el cochero era simplemente un aldeano que había adquirido cierta experiencia conduciendo carruajes durante su juventud, por lo que el viaje resultaba bastante lamentable.

Además, el trayecto en aquel carruaje barato que avanzaba por los caminos rurales era terrible. Sentía las nalgas tan entumecidas como si le hubieran dado una paliza, pero Lorenz consideraba que podía soportar ese grado de sufrimiento.

Aunque su comienzo fuera tan insignificante, el futuro que imaginaba para sí mismo era infinitamente grandioso. ¡El joven Montar se convertiría en ayudante del joven Príncipe Imperial y escribiría una nueva historia para el Imperio! El sueño de Lorenz no dejaba de crecer.

Además, Lorenz había tomado a escondidas, sin el conocimiento de sus padres, el tesoro familiar: un Artefacto cuyo efecto se desconocía. Era una demostración de su determinación de no regresar con las manos vacías, pero Julian solo se rascó la nuca mientras comentaba:

«¿Y eso en qué se diferencia de robarlo?».

De una forma u otra, conseguiría resultados. ¡Ya fuera entablando amistad con un noble de alto rango o estableciendo una relación con una joven dama con quien pudiera casarse! Lorenz apretó el Artefacto dentro de su bolsillo y realizó aquel juramento.

Aunque todo eso no era más que la mentalidad de un joven noble provinciano lleno de sueños, Lorenz no se daba cuenta.

—Uf, este carruaje es tan incómodo que voy a volverme loco.

Mientras Lorenz soñaba con un futuro grandioso, Julian, sentado a su lado, se removió en su asiento mientras se quejaba.

Julian era su amigo de la infancia y rival, quien había permanecido a su lado desde que ambos eran unos mocosos con la nariz llena de mocos.

Era nieto de Hagen, el mayordomo de la familia Montar. Desde pequeños habían sido tan cercanos que, independientemente de su posición social, se trataban con absoluta confianza sin importar que uno fuera plebeyo y el otro noble.

Con esas simples palabras, Lorenz, que hasta entonces se encontraba sumido en sus sueños, regresó de golpe a la realidad. Su expresión se agrió al instante.

Por lo general, los ayudantes tenían cuidado de no disgustar al noble al que servían, pero Julian se comportaba con demasiada confianza.

—Julian, tampoco puedes hablarme con tanta familiaridad en la capital Irena, ¿entendido?

Lorenz terminó diciéndoselo, incapaz de soportarlo por más tiempo. Por supuesto, era probable que se le erizara la piel si Julian comenzaba a tratarlo repentinamente con respeto, pero aquello no sería más que una pequeña incomodidad que tendría que soportar en la capital Irena.

Julian frunció el ceño, como si a él se le hubiera erizado la piel por una razón diferente.

—¿De verdad podré hacerlo? ¿Tratarte como a un joven amo y hablarte con formalidad?

—¡Tienes que hacerlo aunque no puedas!

Debía conseguirlo, aunque fuera imposible. Lorenz había llegado hasta allí con ese único objetivo en mente.

Sin embargo, a diferencia de la actitud resuelta de Lorenz, Julian parecía experimentar cierta sensación de inutilidad.

—Lorenz, para empezar, un noble de verdad no se dirigiría a la capital Irena en un carruaje tan pequeño y acompañado por un único ayudante.

El rostro de Lorenz enrojeció ante aquel doloroso latigazo que lo obligaba a afrontar la realidad. Las palabras «un noble de verdad» le irritaron como si hubieran arañado su orgullo. ¿Acaso él no era un noble de verdad?

—¡Oye, Julian!

—¿Acaso no es cierto? Además, esas prendas que trajiste porque te parecían bastante buenas no te servirán de nada en la capital Irena, donde las modas ni siquiera duran un mes.

Bueno… si pretendía iniciar una tendencia de moda retro, quizá tuviera éxito.

Después de volver a apuñalar a Lorenz con sus palabras, Julian se limpió despreocupadamente una oreja.

Maldita sea. Lorenz se limitó a hervir de rabia en silencio. Sin duda, aquel sujeto había recibido órdenes especiales de sus padres, de su hermano mayor o incluso de Hagen, el mayordomo.

En opinión de ellos, debía impedir de alguna manera que Lorenz cometiera una estupidez.

Por supuesto, Lorenz no tenía intención de dejarse influir por unas simples palabras, así que se limitó a resoplar. De cualquier modo, estaría rodeado de enemigos en la capital Irena. Si fuera a derrumbarse por algo tan insignificante, jamás habría decidido viajar hasta allí.

—En cualquier caso, ten cuidado.

—Sí, sí, joven amo.

Lorenz volvió a hervir de rabia ante aquel tono extrañamente arrogante, pero respiró hondo y cerró los ojos. No quería atormentarse con pensamientos complicados por algo así justo antes de llegar a la capital Irena.

Planeaba regresar únicamente después de haber conseguido algo de una forma u otra.

Después de todo, lo mejor sería llamar la atención del joven Príncipe Imperial y convertirse en su ayudante. Lorenz respiró con nerviosismo mientras imaginaba la agitada vida que le aguardaba en la capital Irena.

La capital Irena, la ostentosa ciudad del placer, le dio la bienvenida. Lorenz tragó saliva mientras contemplaba a lo lejos el imponente Palacio Imperial.

Voy a triunfar sin falta.

Volvió a apretar el puño, renovando su determinación.

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