¡¿Incluso después de transmigrar tengo que seguir haciendo negocios?! - Capítulo 154
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- Capítulo 154 - Historia adicional 2
Estoy acabado.
Julian pensó abatido mientras recorría con la mirada aquel jardín innecesariamente amplio y ostentoso.
Sentía lástima por Lorenz, quien había repetido durante todo el camino que triunfaría, que debía triunfar, pero, para ser sincero, Julian nunca había esperado que lograra alcanzar el éxito y regresara a casa cubierto de gloria.
Simplemente, las familias nobles a las que conocía desde hacía mucho tiempo le habían pedido que lo acompañara. Además, le preocupaba que Lorenz, su amigo de la infancia, sufriera solo en la capital y terminara muriendo en la más absoluta soledad, así que decidió seguirlo.
Lorenz se había enfurecido porque los Montar intentaron impedírselo y declaró que viajaría solo. Por fortuna, no rechazó la compañía de Julian, pues consideró que al menos necesitaba un ayudante y, como estaban acostumbrados el uno al otro, se sentía cómodo a su lado.
Lorenz, Lorenz… Puedo leerte como un libro abierto, pero ¿cómo pretendes triunfar en la capital, donde la gente es tan calculadora?
Además, aunque Lorenz albergaba grandes ambiciones de prosperar, distaba mucho de ser calculador o despiadado. Julian no negaba que fuera bastante inteligente, pero, aun cuando la mayoría de los nobles de la facción nobiliaria habían sido purgados, la sociedad aristocrática no era un lugar donde se pudiera sobrevivir solo gracias a eso.
Julian chasqueó la lengua. Sin embargo, sabía que Lorenz era de los que no se rendían hasta haberse quemado por completo. No sabía si lograría triunfar, pero lo había acompañado pensando que, como mínimo, debía impedir que acabara sentado en plena calle llorando.
Sin embargo, jamás imaginó que todo se arruinaría antes siquiera de comenzar.
Y mucho menos que se perderían en el Palacio Imperial.
Tal como cabía esperar de Lorenz, quien no tenía un gran plan a pesar de sus grandiosos sueños de triunfar en la capital, dejaron el equipaje en una posada barata en cuanto llegaron y se dirigieron directamente al Palacio Imperial sin preparar nada.
Como era de esperarse del Palacio Imperial de la capital, cualquier persona con título nobiliario podía acceder libremente a las zonas abiertas al público. Nadie los detuvo, así que ambos se internaron en el recinto dejándose llevar por sus pasos.
Y terminaron perdiéndose. Era una historia tan absurda que hasta sería criticada por cliché si apareciera en una obra teatral. Desde el punto de vista de Julian, todo aquello parecía un espectáculo montado por Lorenz para hacer reír a los demás.
El lugar del Palacio Imperial en el que se habían perdido también era bastante inusual. Llegados a ese punto, su objetivo ya no debía ser triunfar en la capital, sino conseguir regresar sanos y salvos.
—¿No estaremos cometiendo alguna clase de delito de lesa majestad?
Julian, quien estaba menos nervioso que Lorenz, observó los alrededores mientras hablaba.
Lorenz estaba pensando exactamente lo mismo, pero lo negó deliberadamente en voz alta.
—¡No digas tonterías! ¿Qué delito de lesa majestad? Además, te dije que me hablaras con respeto, ¿no?
—Hable con respeto o no, creo que estamos acabados. Hace rato que no vemos a una sola persona. Además, este lugar no parece una zona a la que puedan entrar los nobles comunes.
Eso era cierto.
Se trataba de un jardín decorado con especial esmero. Era tan amplio que parecía necesitar al menos diez jardineros profesionales para mantenerlo. Las flores, que daban la impresión de haber recibido abundantes nutrientes aquella misma mañana, permanecían húmedas pese al cielo despejado en el que no había una sola nube de lluvia. Evidentemente, las cuidaban con suma atención.
Si hubiera sido un jardín cualquiera dentro del Palacio Imperial, habría bastado con sentirse orgulloso como ciudadano del Imperio y pensar: «¡El Palacio Imperial está magníficamente cuidado!». Sin embargo, si se tratara de un lugar abierto para todos, no habría tan pocas personas.
Por supuesto, Lorenz lo negó de inmediato.
—Pero, si fuera un lugar así, ¿no debería haber alguien vigilándolo? Un guardia, por ejemplo. No había nadie, así que no debe existir ningún problema.
—Mmm…
Desde luego, el razonamiento de Lorenz no era completamente absurdo. Aun así, Julian frunció el ceño, inquieto.
¿Quién dentro del Palacio Imperial tendría autoridad suficiente para poseer semejante jardín? La respuesta era demasiado evidente.
Mientras Julian se preocupaba seriamente, Lorenz descubrió algo y le dio varias palmadas en el brazo, emocionado.
—¡Julian, mira allá! ¡Hay alguien!
Julian levantó rápidamente la cabeza. En efecto, había personas.
Sin embargo, incluso a la distancia irradiaban un aura fuera de lo común, por lo que Julian puso una expresión sombría.
No creo que este sea el momento de alegrarse, Lorenz…
Lo primero que captó su atención fue una espléndida cabellera plateada que parecía hecha de plata fundida. Se trataba de un hombre de cabello plateado, vestido con prendas que parecían lujosas incluso desde lejos, y de otro hombre de cabello negro que permanecía a su lado.
Ellos también parecieron descubrir a Lorenz y Julian y comenzaron a acercarse.
Entonces Julian contempló el deslumbrante aspecto del hombre de cabello plateado.
Vaya…
Por un instante, pensó que Lorenz tenía algo de razón cuando afirmaba que debían viajar a la capital.
Por supuesto, si allí era posible ver un rostro como aquel, había que visitar la capital a toda costa.
Los dos hombres se detuvieron, como si no tuvieran intención de acercarse más allá de cierta distancia. Aturdidos, Lorenz y Julian también se detuvieron. Sin embargo, aquel enfrentamiento no se prolongó demasiado.
Después de todo, resultaba demasiado evidente quiénes eran los culpables en aquella situación.
El hombre de cabello negro se colocó delante del de cabello plateado, protegiéndolo de los dos intrusos.
—¿Quiénes son ustedes?
—Ah…
En aquel instante, algo cruzó la mente de Julian.
¿Quién poseía el estatus necesario para preguntar con tanta naturalidad quiénes eran ellos dentro del Palacio Imperial? ¿Quién iba acompañado por alguien que parecía ser su escolta? ¿Y qué miembro de la familia imperial tenía el cabello plateado?
No, en ese momento solo había dos miembros de la familia imperial dentro de aquel palacio. Y si a eso se añadía el cabello plateado, solo podía tratarse de uno de ellos.
Julian era un plebeyo que apenas ejercía cierta influencia en el territorio de los Montar, así que, a diferencia de Lorenz, quien era noble, no podía abrir la boca primero. Si lo hacía, entonces sí cometería un verdadero delito de lesa majestad.
Julian le dio un codazo a Lorenz en el costado. Quería decirle que dejara de quedarse allí como un idiota y dijera algo de una vez.
Por fortuna, Lorenz, quien se había quedado paralizado y con la mente en blanco, recuperó el juicio cuando Julian le clavó dolorosamente el codo en el costado.
—Y-yo… Yo soy Lorenz Montar, el segundo hijo de la familia del conde Montar.
¡Oye, idiota!
Julian apenas consiguió contener el grito. ¡Ese no era el momento de presentar a los Montar, una familia de nobles rurales del norte, sino de explicar antes que habían llegado allí por accidente…!
Mientras Julian gritaba para sus adentros, el hombre de cabello negro que acompañaba al de cabello plateado inclinó la cabeza, como si reconociera el nombre.
—¿La familia del conde Montar? Son nobles provincianos del norte. ¿Qué hace aquí el segundo hijo?
El hombre parecía conocer perfectamente a la familia Montar. Por supuesto, no se debía a que fueran famosos.
Aunque en el pasado habían sido una familia de vasallos meritorios que había causado bastante revuelo, los Montar actuales no eran más que nobles rurales. Aquel hombre parecía conocerlos porque dominaba la información de todas las familias nobles del Imperio, incluidas las poco conocidas de las provincias. Como si esa fuera una parte natural de su trabajo.
Mientras Lorenz, quien todavía no recuperaba del todo la compostura, tartamudeaba, el hombre suspiró y volvió a hablar.
—Para que quede claro, cuando pregunto qué hace «aquí», no me refiero al Palacio Imperial, sino a este jardín. ¿Por qué entró en un lugar reservado exclusivamente para la familia imperial?
Lorenz cerró la boca. Estaba demasiado avergonzado para admitir que se había perdido y su rostro enrojeció. Sin embargo, como no quería cometer un delito de lesa majestad, finalmente escupió la verdad.
—…Me perdí.
Aquella era la única verdad. El hombre de cabello negro entrecerró los ojos y observó a Lorenz con desconfianza durante unos instantes. Sin embargo, pronto comprendió que su explicación resultaba plausible y suspiró, estupefacto.
—¿Pero qué clase de sujetos son ustedes? En serio…
Justo cuando estaba a punto de señalar a Lorenz y Julian con el dedo y gruñirles, una voz lo detuvo.
—Ebon, está bien.
El hombre de cabello plateado, quien había permanecido en silencio, detuvo a Ebon. En su rostro había una sonrisa amable que le confería la apariencia de poseer un carácter bondadoso.
En realidad, parecía una buena persona.
Ebon, como lo había llamado el hombre, frunció el ceño al ver que estaba dispuesto a perdonarlos con tanta facilidad.
—¿Cómo que está bien, Paki?
—Parece que realmente entraron por equivocación, así que no seas demasiado severo con ellos. Dijeron que se perdieron y no parece que estén mintiendo.
—Paki, este jardín está reservado para la familia imperial. Estos idiotas han cometido un delito de lesa majestad.
—No parece que lo hayan hecho deliberadamente.
Lorenz y Julian tragaron saliva al comprender que su destino dependía del hombre de cabello plateado.
Por fortuna, quizá porque el estatus lo era todo o porque sencillamente no podía imponerse al hombre de cabello plateado, Ebon frunció el ceño con irritación, pero preguntó con un tono un poco más moderado:
—Parecen unos provincianos recién llegados del campo, pero ¿cómo demonios tuvieron que perderse para acabar metiéndose aquí? Y ¿cómo lograron evitar la alarma mágica?
—¿Disculpe?