¡¿Incluso después de transmigrar tengo que seguir haciendo negocios?! - Capítulo 139
Había pasado un mes desde la partida de la fuerza de subyugación.
Al principio, recibían informes diarios del frente mediante magia, pero, por poderosa que esta fuera, la distancia hizo que los intervalos entre cada comunicación se volvieran cada vez más largos. Así fue como, cierto día de febrero, el intervalo llegó a prolongarse hasta tres días.
Gota a gota.
Simon volvió a llenar la taza de té en silencio. No era para él; aquel gesto estaba destinado exclusivamente a las personas a las que servía.
Si alguien le preguntara quién se atrevía a dar órdenes a un marqués imperial que podía considerarse la mano derecha del Emperador, respondería con absoluta certeza:
Naturalmente, solo podían ser el Emperador y su hermano.
—Así que, Hermano, por favor, deja de preocuparte por eso.
Al principio, al hombre le había resultado incómodo que el mismísimo marqués Rivalt le sirviera el té, pero, después de pasar cerca de un mes en el Palacio Imperial, poco a poco había comenzado a tratar a Simon como si fuera invisible.
Con el cabello plateado y ondulado cayéndole sobre el rostro y unos ojos púrpura que brillaban de manera misteriosa, el hombre poseía una belleza tan extraordinaria que cualquiera que pasara a su lado se detendría a admirarlo. Sin embargo, en ese momento fruncía profundamente el ceño, como si algo le disgustara.
—¿Cómo quieres que no me preocupe? ¡Dijiste que vivirías allí de ahora en adelante!
Quien ahora alzaba la voz con enfado era el joven Emperador, a quien Simon había servido durante mucho tiempo y pensaba seguir sirviendo. Los hermanos, que rara vez se parecían entre sí, se fulminaban con la mirada en medio de una de sus inusuales discusiones.
El motivo no era otro que la cuestión de la residencia del príncipe Pakirius.
—De todos modos, la posada no podrá abrir hasta que regrese Ket y, después de eso, ¡no habrá necesidad de tener guardias en la mansión! ¡Gerold está allí, Ebon también y, lo más importante, Ket estará a mi lado! ¡¿Por qué tanto alboroto con que necesito más guardias?!
—¿Ya olvidaste lo que te ocurrió cuando todos estaban en la mansión?
Ugh.
Pakirius frunció el ceño como si no tuviera forma de refutarlo, pero rápidamente contraatacó sin ceder.
—¡En aquel entonces había una razón!
—Ah, claro… ¿la lechuga?
—¡Era repollo! No, más importante aún, ¡había otra razón que tú desconoces y no pude evitarlo!
—Ah, sí, sí.
—¿Vas a seguir así? ¡Estamos dando vueltas en círculos!
«Hmm…»
Simon consideró por un instante intervenir para mediar, preocupado porque el té se enfriara. Sin embargo, como era una persona inteligente, no cometió semejante error y retrocedió discretamente para observar la pelea entre los hermanos.
La razón de su discusión era sencilla.
El Emperador quería asignar guardias al príncipe Pakirius en la nueva posada que se estaba construyendo, mientras que este había reaccionado horrorizado y desestimado la idea como un completo disparate.
Para Simon, el desenlace de aquella discusión parecía evidente. Después de todo, el Emperador jamás había conseguido imponerse a su hermano menor.
Sin embargo, también era evidente que el Emperador, quien no cedía fácilmente ante ningún noble, estaba más que dispuesto a perder frente a su hermano menor, por lo que Simon no se preocupó demasiado.
Tal como esperaba, la disputa entre ambos llegó rápidamente a su conclusión. A petición del príncipe Pakirius, se decidió que no habría guardias apostados en la posada.
Por supuesto, Simon apoyaba en su interior al príncipe Pakirius, pues consideraba que tenía razón tanto desde una perspectiva pública como privada, así que no añadió nada más.
El Emperador parecía ansioso por compensar al príncipe Pakirius por haber tenido que vivir tantos años oculto en las sombras, sin que nadie conociera su existencia, pero, en opinión de Simon, aquellas compensaciones no eran lo que el príncipe deseaba.
—Aun sin guardias, la gente ya mirará con recelo la posada del príncipe. Tenerlos allí sería demasiado.
El príncipe Pakirius, todavía molesto, se bebió de un trago el té que ya se había enfriado.
—Gracias por el té, Simon.
—No tiene importancia.
El Emperador, naturalmente, habría detestado beber té frío, pero el príncipe Pakirius poseía un carácter excepcionalmente sencillo y rara vez pedía que le prepararan algo de nuevo o se comportaba con arrogancia diciendo cosas como: «¿Acaso no sabes quién soy?».
A pesar de ser la segunda persona más poderosa después del Emperador.
Podría decirse que era inevitable, ya que había crecido como un miembro oculto de la familia imperial, pero, aunque vivió en las sombras, no tuvo una infancia llena de privaciones.
Al contrario, el anterior Emperador había criado con gran esmero a su segundo hijo, quien se parecía exactamente a él. Simplemente, nunca reveló su existencia al mundo.
Además, el Emperador también amaba y apreciaba profundamente a su hermano menor. Por eso, pese a tener todos los motivos para desarrollar una personalidad ávida de poder, el príncipe Pakirius poseía un carácter gentil y considerado.
—No, ¿y si la llamamos Posada del Príncipe y la promocionamos por todas partes?
…Salvo por su ocasional tendencia a dejar que sus pensamientos se desviaran hacia territorios bastante extraños.
Después de aquello, los dos hablaron sobre el aspecto exterior de la posada que estaban construyendo.
El príncipe Pakirius había diseñado todo el exterior. Para sorpresa de todos, había ideado un edificio bastante convincente, hasta el punto de hacerlos preguntarse en qué momento había estudiado esa clase de cosas. Simon lo había ayudado a plasmarlo en los planos, y el resultado prometía ser muy hermoso.
Si el edificio resultaba tan encantador como en los planos, se esperaba que se convirtiera en la posada más hermosa del mundo.
Sin embargo, después de hablar con entusiasmo sobre ella, el príncipe Pakirius fue volviéndose cada vez menos conversador, como si toda la energía abandonara poco a poco su cuerpo. Una vez que su taza quedó vacía, guardó silencio y se limitó a contemplar el exterior por la ventana.
La imagen de aquel apuesto hombre, tan hermoso como si hubiera sido pintado, contemplando el jardín invernal con una expresión sombría era digna de admiración. Sin embargo, el Emperador y Simon, que tenían una idea de lo que estaba pensando, se limitaron a intercambiar miradas.
Estaba pensando otra vez en el Héroe.
Ya había transcurrido un mes desde la partida de la fuerza de subyugación.
Para algunos, podía tratarse de «todo un mes», pero las noticias recibidas eran tan desalentadoras y el futuro de la humanidad dependía prácticamente del resultado de aquella expedición, por lo que el ambiente era bastante ominoso.
El Rey Demonio aguardaba abiertamente la llegada de la fuerza de subyugación, como si estuviera seguro de su victoria.
Cada vez que dos o más personas se reunían, acababan hablando de la fuerza de subyugación.
Por supuesto, eso no se aplicaba a los hermanos de la familia imperial. Por motivos distintos, ambos procuraban no mencionar ningún tema relacionado con ella.
—Paki.
El Emperador llamó a su hermano, queriendo decirle algo, pero la mirada que recibió a cambio no fue nada amistosa.
Al ver la inusual frialdad en la expresión del príncipe Pakirius, Simon tragó saliva. Con discreción, le dio un ligero empujón en la espalda al Emperador.
No lo hagas.
El Emperador, que comprendió enseguida la señal, suspiró. Parecía que lo mejor era no tocar el tema.
—Quédate a cenar.
Finalmente, el Emperador cambió de tema. Solo entonces la expresión del príncipe Pakirius se suavizó un poco.
—Ese estofado de kimchi del que me hablaste se ajustó mejor a mis gustos de lo que esperaba.
—Siempre te gustó, Hermano.
—¿A mí? Pero si la primera vez que lo probé fue hace un momento.
Simon siguió a los hermanos con naturalidad.
¿En qué momento me convertí en una presencia tan prescindible?
Simon entrecerró los ojos, imitando una expresión que había aprendido del príncipe Pakirius, pero pronto recuperó la compostura.
Mientras su hermano menor se encontraba lejos cumpliendo una misión de suma importancia, era su deber permanecer al lado de la persona a la que debía servir.
Hasta que su hermano regresara.
La habitación de Eddie era probablemente el lugar con mayor protección mágica de todo el vasto Palacio Imperial.
El Emperador y el marqués Rivalt habían invertido en su seguridad con una dedicación casi obsesiva. Gracias a ello, Eddie podía quedarse solo allí sin ninguna preocupación.
Como Gerold estaba ausente, la responsabilidad de proteger temporalmente a Eddie había recaído en el marqués Rivalt. Sin embargo, como era natural, en su condición de mano derecha del Emperador, estaba tan ocupado como el propio soberano. Eddie no era tan desconsiderado como para molestarlo siquiera con el movimiento de un dedo.
Como resultado, desde la partida de Ketron, Eddie apenas había salido del Palacio Imperial, aparte de dar breves paseos por sus terrenos.
Ni quienes velaban por su seguridad con feroz intensidad ni el propio Eddie sentían demasiados deseos de salir.
Ketron, Gerold, Ebon… Todas las personas que conocía combatían arriesgando la vida, y le desagradaba verse a sí mismo escondido en el lugar más seguro, bajo una protección impenetrable, conteniendo el aliento.
¿Qué otra cosa puedes hacer? Tu posición es extraordinaria y no posees ninguna habilidad.
Aunque se mostraba entusiasmado frente al Emperador con los preparativos para abrir la nueva posada, en realidad aquello era, en parte, una excusa para olvidar la situación actual.
Eddie pensaba en Ketron todos los días.
Deseaba fervientemente que Ketron regresara sano y salvo, y que todos los demás también volvieran con vida.
El tiempo, cuyo avance deseaba desesperadamente detener, continuó fluyendo sin piedad.
Incluso después de que hubieran transcurrido de sobra los dos meses que consideraba el periodo mínimo, solo recibieron noticias esporádicas sobre un enfrentamiento prolongado; no se informó de ningún choque a gran escala.
El invierno, que consumía a quienes esperaban con angustia, pasó en un abrir y cerrar de ojos. Eddie se sentía aliviado cada vez que oía que la guerra abierta aún no había comenzado, aunque sabía que la batalla era inevitable.
Y, finalmente, llegó una primavera cruel.