¡¿Incluso después de transmigrar tengo que seguir haciendo negocios?! - Capítulo 140
La primavera es una buena época para comenzar algo nuevo.
—El clima es igual al de Corea.
A comienzos de la primavera… No, ¿de verdad podía llamarse primavera? Era una estación tan ambigua que resultaba difícil saber si el invierno aún no había terminado cuando comenzó la construcción de la Posada de Eddie.
El lugar elegido fue el centro de la plaza, exactamente donde se había alzado la posada anterior.
Era una ubicación tan privilegiada que resultaba difícil imaginar cómo Eddie había conseguido asegurarla en primer lugar, así que no había ninguna necesidad de trasladarla.
Una vez decidida la ubicación, preparados los planos y asegurados los fondos y la mano de obra necesarios, la construcción de la posada comenzó de inmediato.
Por supuesto, el proceso de construcción era bastante diferente al que Eddie conocía. Aunque las normas de construcción eran las mismas, el método era distinto: en lugar de que las personas construyeran el edificio directamente, se utilizaban magia y alquimia.
Si la magia hubiera sido una disciplina que incluso la gente común pudiera aprender con facilidad, aquel mundo se habría desarrollado con tanta rapidez como la Tierra del siglo XXI.
Eddie observó con gran interés cómo avanzaba la construcción sin contratiempos.
—Ejem.
A su lado, un joven mago vigilaba diligentemente los alrededores, sin bajar la guardia.
Danny, un joven mago de la corte instruido personalmente por el marqués Rivalt, era el guardaespaldas que este había asignado para que lo sustituyera.
En un principio, el Emperador había querido asignar al propio marqués Rivalt, pero Eddie se había negado horrorizado.
Por importante que fuera la protección de Eddie, ¿acaso podía compararse con la del Emperador? Sobre todo porque este sería quien más incómodo se sentiría sin el marqués Rivalt a su lado.
Por supuesto, la incomodidad del propio Eddie era otro motivo, así que, después de negarse con insistencia, Danny fue asignado en lugar del marqués Rivalt.
El joven mago, de personalidad apasionada y juvenil, trabajaba con la diligencia de Gerold, pero, por algún motivo, su comportamiento cotidiano le recordaba a Eddie a Sebastian.
Eddie suspiró.
Ya habían pasado varios meses desde la última vez que vio aquellos rostros que antes contemplaba todos los días, hasta el punto de cansarse de ellos.
Aunque no había perdido por completo el contacto con Sebastian, pues en ocasiones Eddie iba a visitarlo acompañado de Danny o Sebastian acudía a verlo, el vacío que sentía era indescriptible.
Quien más le hacía sentir aquella ausencia era la persona que siempre había permanecido en silencio al lado de Eddie, protegiéndolo. Aunque Sebastian nunca se lo decía, a menudo se sumía en sus pensamientos. Era evidente en quién pensaba.
Mientras observaba a Danny y recordaba el pasado, Eddie advirtió que una multitud comenzaba a reunirse en una parte de la plaza central.
—¿Hmm?
Eddie miró un momento en aquella dirección y luego le preguntó a Danny:
—Danny, ¿por qué se está reuniendo tanta gente allí?
Al ver que Danny, quien había permanecido alerta y vigilante, se sobresaltaba, Eddie comprendió que se le había escapado.
Ah, había vuelto a hablarle con formalidad por costumbre.
Sin embargo, Danny sabía que al joven príncipe le costaba prescindir de los honoríficos porque los utilizaba con todo el mundo de manera natural, así que se recuperó rápidamente de la sorpresa.
—Lo averiguaré.
Se llevó un dedo al oído. Para cualquiera que lo observara desde fuera, podría parecer que no hacía nada, pero en realidad estaba concentrando maná en el oído.
Poco después, Danny descubrió por qué se estaba reuniendo la multitud en la plaza.
—Se está celebrando una reunión de oración al otro lado de la plaza y, según dicen, hoy asistirá personalmente la Santa. Últimamente se están organizando reuniones de oración en distintos lugares.
—Ah.
No era tan sorprendente. Habían pasado más de dos meses desde la partida de la fuerza de subyugación y, entretanto, las estaciones habían cambiado.
La gente vivía atormentada por la ansiedad todos los días.
¿Regresaría aquella época de pesadilla? ¿Volverían los días en los que tenían demasiado miedo para mirar por la ventana después del anochecer?
La ansiedad llevaba a las personas a buscar a Dios y, como era natural, la Santa Laila parecía estar muy ocupada.
Nadie podía siquiera vislumbrar vagamente un futuro esperanzador.
Era suficiente para hacer que Eddie, quien construía edificios mientras soñaba con el futuro, se sintiera fuera de lugar.
Eddie dirigió la mirada hacia la nueva Posada de Eddie. Podía ver el edificio, que todavía no era más que el esqueleto de su estructura.
La esperanza y la Santa.
—Danny.
—Sí, Su Alteza.
—Por favor, transmítele un mensaje a la Santa. Dile que deseo verla un momento.
También tenía algo que hablar con ella.
No podía recibir a la Santa en cualquier lugar y, debido a la mala relación del Papa con el Emperador, Eddie tampoco podía acudir personalmente al templo. Por lo tanto, el único lugar donde podía reunirse con ella era la mansión de la capital en la que se había alojado brevemente.
Mientras se dirigía hacia allí, Eddie miró por costumbre en la dirección por la que Ketron se había marchado. Por supuesto, desde allí no podía ver el Castillo del Rey Demonio al que había ido.
Como decía el refrán, uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde.
Ahora que ya no tenía a su lado aquel cuerpo que tocaba y acariciaba todos los días, sentía que por fin comprendía la soledad, una emoción que nunca antes había experimentado.
Ket, ¿qué voy a hacer? De verdad creo que ya no puedo estar sin ti.
Exhaló aquel pensamiento, semejante a un suspiro, y caminó hacia la mansión acompañado de Danny.
En aquel espacio atroz yacían esparcidos cadáveres mutilados con brutalidad y despojados de su carne; algunos colgaban del techo como piezas de carne en una carnicería.
El suelo estaba tan cubierto de sangre que quedaban menos partes limpias que empapadas.
La sangre, la carne y los miembros cercenados desparramados por todas partes revelaban con crudeza la ferocidad de la batalla que había tenido lugar.
—Haa… Huff…
Aunque Ketron era tan resistente como el hierro, seguía siendo humano, y dos días de combate habían llevado su resistencia al límite.
Incluso la hoja de la Espada Sagrada, que normalmente permanecía inmaculada, estaba completamente cubierta de sangre. La Espada Sagrada, que de ordinario habría protestado y retrocedido indignada al ensuciarse, parecía agotada por la batalla incesante y permanecía en silencio.
Finalmente, había llegado a la parte más profunda del Castillo del Rey Demonio.
Aunque lo llamaban castillo, en realidad era una torre. Una colosal torre negra que se elevaba hacia lo alto como si pretendiera desafiar a los cielos.
Aquella gigantesca estructura, situada en el extremo más meridional del continente, en el lugar al que la gente llamaba el fin del mundo, había sido conocida en otro tiempo como el faro negro por quienes no sabían lo que era en realidad.
Pero ahora nadie se atrevía a acercarse ni a llamarla faro.
En lo más alto de aquella torre.
El lugar donde residía el hombre que más ansiaba alcanzar los cielos.
—Oh, ¿ya llegaste?
El Rey Demonio Tarajiel no se había mostrado hasta que Ketron atravesó la última barrera. Solo cuando este destruyó la barrera final de aquella habitación se reveló por fin.
Como si hubiera estado disfrutando tranquilamente de un desayuno tardío.
Para Ketron, era la segunda vez que veía a aquel hombre desde su encuentro en la Posada de Eddie, y hacía mucho tiempo desde la última vez que lo había contemplado en su forma completa. Seguía exactamente igual.
Recibió a Ketron, quien había llegado solo hasta el final, con su característica belleza y una actitud relajada, tal como había hecho en el instante en que Ketron le clavó la Espada Sagrada en el corazón.
Por supuesto, Ketron sabía que en realidad no le estaba dando la bienvenida.
—Entraste sin permiso y mataste a todos mis subordinados. ¿No te parece un poco descortés?
Soltó una broma trivial.
Ketron no reaccionó y alzó la Espada Sagrada. Tarajiel no mostró tensión alguna al contemplar la hoja blanca manchada de sangre. Al ver que su antiguo enemigo ni siquiera se dignaba a seguirle aquella broma desenfadada, dejó escapar una risita.
—Qué hombre tan aburrido. Y, aun así, Eddie te ama.
Ante la mención de Eddie, la expresión de Ketron, que no había cambiado sin importar lo que dijera Tarajiel, se crispó.
—Cállate.
Intentó silenciarlo de inmediato, pues detestaba oír el nombre de Eddie en sus labios, pero Tarajiel se encogió de hombros, indiferente a su reacción.
—¿No te parece un poco cruel tratar así a quien salvó a Eddie?
Sin embargo, Ketron era alguien incapaz de negar que él mismo había sido responsable de aquellas muertes. En lugar de dejarse influir por sus palabras, alzó la Espada Sagrada por encima de su cabeza.
¡Buuum!
Con un estruendo ensordecedor, un poderoso golpe impactó directamente contra el trono del Rey Demonio.
Como el ataque solo pretendía ser una advertencia, Tarajiel lo esquivó con facilidad.
Tarajiel silbó con aparente despreocupación. Por supuesto, en realidad no estaba tan tranquilo.
Aunque sin duda era entretenido ver cómo se formaban ondas en la superficie de un lago habitualmente sereno, ya no disponía del tiempo necesario para entregarse a esa clase de diversiones.
Los pisos inferiores de la torre estaban ahora teñidos con la sangre de la raza demoníaca.
Habían bloqueado lealmente el paso del Héroe por el bien de su señor, el Rey Demonio. El resultado era aquella imagen del Héroe que finalmente había llegado solo hasta lo alto de la torre.
Algunos podrían considerarlo una táctica cobarde, pero ya habían sufrido una derrota y él necesitaba obtener una victoria perfecta. Para la raza demoníaca, la palabra «cobarde» prácticamente era un elogio; haber debilitado al enemigo era digno de reconocimiento.
—Hay algo que resulta lamentable.
Una sucesión de crujidos comenzó a brotar del cuerpo de Tarajiel mientras sus huesos y su carne se retorcían. Para un ser humano normal, aquello habría resultado terriblemente doloroso, pero Tarajiel reía como si no ocurriera nada.
—Quien creó esta historia nunca llegará a conocer la segunda mitad de la historia que no escribió.
—…
—Por supuesto, eso me resulta bastante satisfactorio.
Aunque no sé qué opinarás tú.
Ketron no respondió. No sabía si Tarajiel se refería al autor de aquella novela o a la historia y sus engranajes, que ya habían desaparecido. Pero tampoco le interesaba saberlo.
Lo único que le importaba era derrotar a Tarajiel y regresar junto a Eddie.
—Lo que me satisface aún más es que ni tú ni yo sepamos todavía cómo será esa segunda mitad.
El cuerpo de Tarajiel comenzó a hincharse. Su piel se expandió como si la forma humana que vestía estuviera haciéndose añicos, y aquello que se ocultaba en su interior irrumpió hacia fuera.
Con un estruendo estremecedor, el techo, las paredes y el suelo, incapaces de contener su gigantesco cuerpo, comenzaron a derrumbarse.
Al principio adoptó la forma de una serpiente gigantesca, pero creció hasta alcanzar un tamaño que hacía difícil seguir llamándolo serpiente. Unas alas surgieron atravesando gruesas membranas, seguidas de enormes extremidades delanteras y traseras, hasta adoptar rápidamente la forma de alguna clase de criatura.
De la boca de Tarajiel, transformado en un dragón colosal, resonó una voz grave.
「Reescribamos el final.」
Ketron alzó la Espada Sagrada sin decir una sola palabra.
Así comenzó una batalla que se prolongaría durante días y noches.