Hasta una ardilla solitaria tiene un hogar - Capítulo 127
—…¿Darme las gracias? ¿Por qué?
La voz de Garam estaba llena de desconcierto.
Aquellas palabras de agradecimiento habían surgido tan de repente que no tenía idea de qué estaba pensando Sa Muheon.
Aunque tenía el rostro escondido sobre su hombro y no podía ver su expresión, percibió claramente la confusión en su voz y, sin darse cuenta, dejó escapar una suave risa.
—Jaja…
—¿Qué pasa?
Al escuchar aquella risa extrañamente cansada, el tono de Garam adquirió un ligero matiz de inconformidad.
Sa Muheon lo atrajo todavía más hacia sí, rodeándole la cintura con más fuerza antes de responder.
—Estoy agradecido de que me hayas elegido.
Antes de que Garam pudiera decir nada, continuó hablando.
—Soy mucho mayor que tú. A los ojos de los demás, mi trabajo no es precisamente honorable. Soy demasiado posesivo con alguien mucho más joven que yo… y, además, soy un cambiaformas serpiente.
Con cada una de las palabras que pronunciaba, la expresión de Garam se iba endureciendo poco a poco.
Sa Muheon podía darse cuenta de que no le agradaba lo que estaba escuchando.
Pero fingió no notarlo y continuó.
Después de todo, nada de lo que había dicho era falso.
—Y aun así… me elegiste a mí.
—…
—Me dijiste que no te arrepentías de amarme. Y por eso… te doy las gracias.
Garam, que había permanecido escuchándolo en silencio, habló finalmente con voz muy baja.
—…¿Y qué?
—¿Qué?
—Nada de eso importa. Me gustas porque eres Sa Muheon. Así que no tienes que darme las gracias por nada.
Solo entonces Sa Muheon aflojó el abrazo y se apartó un poco.
Frente a él, Garam hacía un pequeño puchero como un niño.
Tenía una expresión tan dolida que parecía estar a punto de llorar.
Alarmado, Sa Muheon volvió a abrazarlo de inmediato.
—…Yo también estoy agradecido.
—¿Por qué?
Sa Muheon soltó una risa baja al escuchar aquella pregunta, que llegaba con un poco de retraso.
Garam guardó silencio un instante y luego, igual que había hecho Sa Muheon antes, comenzó a enumerar una cosa tras otra.
—Por no tratarme como a un niño… Por dejar pasar la primera vez que fingí ser solo una ardilla…
Fue hablando despacio, como si recordara cada uno de esos momentos.
—Por dejarme vivir aquí… Por asegurarte de que pudiera ir a la escuela sin preocuparme por el dinero… y…
Su voz se apagó un instante.
Después, rodeó con más fuerza el cuello de Sa Muheon.
—Y… por quererme.
Sa Muheon se quedó sin palabras.
Por un momento se preguntó si Garam se habría sentido igual cuando había sido él quien le había dicho aquellas palabras.
Pero no preguntó nada.
Simplemente lo abrazó con más fuerza.
—…Sí.
Eso era todo lo que pudo responder.
Después de un momento de silencio, volvió a hablar lentamente.
—Puede que tenga muchas carencias comparado contigo…
Al escuchar aquello, Garam levantó la cabeza de golpe.
No dijo una sola palabra.
Pero la expresión incrédula de su rostro, como preguntando qué tonterías estaba diciendo, hizo que Sa Muheon soltara una carcajada.
—Pero aun así… dedicaré toda mi vida a amarte.
En su voz todavía quedaba un ligero matiz de risa.
Los ojos de Garam se abrieron un poco y, poco a poco, se transformaron en una sonrisa.
Sa Muheon quedó tan absorto contemplando ese cambio de expresión que las siguientes palabras de Garam lograron sacarlo de su ensimismamiento.
—¿Eso se suponía que era una propuesta de matrimonio?
—…¿Qué?
Por una vez, Sa Muheon se quedó completamente desconcertado.
Abrió y cerró la boca varias veces sin encontrar respuesta.
La escena era tan poco habitual que Garam rompió a reír alegremente.
—¿Quién le propone matrimonio a alguien de una forma tan poco romántica?
—A mí me pareció bastante bonito.
Garam parpadeó y respondió con toda naturalidad.
Solo entonces Sa Muheon terminó riéndose también.
—No me importaría preparar nuestra casa de recién casados desde ahora mismo, pero… mi pequeño todavía es muy joven. Creo que antes deberíamos empezar saliendo juntos.
Garam, que apenas unos segundos antes se estaba burlando de él, se sonrojó al instante.
—¿Y bien? ¿Qué opinas, mi pequeño?
—…Me gusta.
—¿Qué es lo que te gusta?
Sa Muheon insistió con una sonrisa traviesa.
En lugar de responder directamente, Garam simplemente sonrió y volvió a abrazarlo.
—Me gusta la idea de empezar saliendo juntos.
Con Garam entre sus brazos, Sa Muheon sintió que el corazón se le desbordaba de felicidad.
Era una sensación que jamás había experimentado en toda su vida.
Nunca había imaginado que el amor pudiera ser tan dulce cuando estaba dirigido únicamente hacia él.
O quizá…
Si no hubiera sido el amor de Garam, ningún otro amor habría podido sentirse así.
Durante un largo rato permaneció sumergido en aquella felicidad embriagadora.
Sin embargo, lo que finalmente lo sacó de ese estado fue un dolor agudo en el hombro.
Había estado tan feliz que había intentado ignorarlo.
El problema era que la herida, que ya estaba cicatrizando, se había abierto de nuevo por el exceso de movimiento.
Aquel instante de felicidad se hizo añicos cuando Garam fue el primero en darse cuenta y lanzó un grito lleno de pánico.
Aunque las lágrimas comenzaron a correr por su rostro, no perdió la calma.
Tomó inmediatamente su teléfono y llamó a Jang Seokgyu.
Bajo la severa mirada de Garam, Sa Muheon no tuvo más remedio que permanecer quieto mientras lo veía correr de un lado para otro.
Jang Seokgyu llegó poco después de recibir la llamada.
Entró prácticamente volando a la casa y, como si el jefe Han ya lo hubiera puesto sobre aviso, lo primero que hizo fue comprobar si su superior había recuperado la razón.
Solo cuando confirmó que Sa Muheon ya no estaba dominado por el celo y podía pensar con claridad, la tensión de su rostro desapareció.
Después de tranquilizar a Garam y revisar la herida de Sa Muheon, hizo que ambos subieran rápidamente al automóvil y condujo directamente al hospital.
Gracias a que el jefe Han había llegado antes que ellos, todo el proceso de atención fue muy rápido.
El médico que había operado a Sa Muheon no dejó de suspirar mientras examinaba la herida, incapaz de creer que un paciente que evolucionaba tan bien hubiera conseguido empeorarla hasta ese punto.
—Por suerte, no parece haber una infección grave. Pero de ahora en adelante deberá tener muchísimo cuidado.
—Sí. Lo entiendo.
Sa Muheon respondió obedientemente.
Sabía perfectamente que la culpa era suya.
Y también porque Garam seguía observándolo con evidente preocupación.
El médico asintió con expresión cansada y salió de la habitación.
—Al menos no fue algo más grave.
Hasta entonces, el jefe Han había permanecido en silencio.
Finalmente fue él quien habló.
No hizo ninguna pregunta sobre cómo habían llegado a esa situación.
Después de todo, el día anterior había visto con sus propios ojos a Sa Muheon, dominado por el instinto, arrastrar a Garam hacia el interior de la casa.
No era difícil imaginar lo que había ocurrido después.
Mientras Sa Muheon asentía sin el menor atisbo de vergüenza, Garam era el único que mantenía la cabeza baja, completamente avergonzado.
Al principio había estado demasiado asustado al ver la sangre como para hacer otra cosa que llorar.
Pero ahora que el médico les había asegurado que no era nada serio, toda la situación comenzó a resultarle insoportablemente embarazosa.
Tras el comentario del jefe Han, un breve silencio se apoderó de la habitación.
Fue Jang Seokgyu quien terminó rompiéndolo.
—Por ahora los llevaré de vuelta a casa.
Garam asintió enseguida, como si acabaran de rescatarlo.
Jang Seokgyu parecía tan deseoso como él de escapar de aquella atmósfera incómoda.
Terminó rápidamente los trámites necesarios y salió del hospital con ambos.
—Haa…
Al regresar a casa, Garam dejó escapar un largo suspiro.
Habían ocurrido demasiadas cosas desde el día anterior.
El cansancio lo invadió de golpe.
Parpadeó lentamente y, en ese momento, Sa Muheon se acercó para acariciarle suavemente la mejilla.
—¿Tienes sueño?
—Estoy un poco cansado.
—Mm. Es normal.
Asintiendo en silencio, Sa Muheon volvió la cabeza para mirar la hora.
—¿No tienes hambre?
—Ahora mismo no me apetece comer…
Aunque Garam no era tan estricto con los horarios de comida como Sa Muheon, rara vez se saltaba una comida.
Por eso, Sa Muheon arqueó ligeramente una ceja, claramente sorprendido.
—¿De verdad?
—Sí… Comeré más tarde si me entra hambre.
—Está bien.
Su respuesta fue tan inesperadamente sencilla que Garam lo miró con curiosidad.
Normalmente, Sa Muheon habría insistido hasta convencerlo de comer algo.
Que aceptara tan fácilmente solo podía significar una cosa.
Parecía tener otra intención.
Como si confirmara sus sospechas, Sa Muheon sonrió con picardía y se acercó un poco más.
—Si estás cansado… ¿qué te parece si hoy nos acostamos temprano?
Aunque estaba agotado, Garam no había sentido demasiado sueño.
Sin embargo, curiosamente, en cuanto Sa Muheon lo dijo, el sueño comenzó a vencerlo.
—Haaam… Creo que sí…
Bostezando, respondió con voz adormilada.
Sa Muheon asintió, dándole su aprobación.
Solo entonces Garam se levantó lentamente.
—Entonces… me iré a dormir temprano.
Dicho eso, comenzó a caminar hacia su habitación.
Pero apenas había dado unos pasos cuando Sa Muheon lo sujetó suavemente, deteniéndolo.
Garam se volvió con expresión desconcertada.
Sa Muheon no respondió de inmediato.
Simplemente se levantó también.
—Eh… ¿Tú también vas a dormir ya?
Preguntó Garam, confundido.
Aunque Sa Muheon tenía el aspecto de alguien que llevaba una vida desenfrenada, en realidad era muy disciplinado con su rutina diaria.
Era raro verlo acostarse tan temprano.
Mientras Garam seguía mirándolo, Sa Muheon sonrió antes de responder.
—Ahora estamos saliendo, ¿no?
—¿Eh?… Ah… sí.
—Entonces no hay ninguna razón para que sigamos durmiendo en habitaciones separadas.
Lo dijo con un tono tan natural, como si fuera la conclusión más lógica del mundo.
Garam abrió ligeramente la boca y permaneció sin palabras durante unos segundos.
Después, terminó soltando una carcajada y asintió.
Después de todo…
Él también quería permanecer cerca de la persona con la que acababa de empezar una relación.