Hasta una ardilla solitaria tiene un hogar - Capítulo 126
Garam, que dormía profundamente, frunció el ceño.
—Uung…
Arrugó el rostro con incomodidad, dejó escapar un pequeño gemido y comenzó a moverse inquieto.
Sentía que algo sujetaba su cuerpo con firmeza.
Pero, por mucho que se removiera un poco, aquella sensación no desaparecía.
Al final, aún con el ceño fruncido, abrió lentamente los ojos.
Lo primero que vio fue un pecho desnudo.
—¡…!
Sorprendido por aquella imagen inesperada, Garam inhaló bruscamente.
Al oír el sonido, la persona que lo sujetaba con fuerza comenzó a moverse lentamente.
—Mm…
Una voz grave resonó cerca de su oído.
Sin embargo, en lugar de soltarlo, el brazo que rodeaba su cintura se apretó aún más, atrayéndolo todavía más cerca.
Aunque aquella voz era baja y somnolienta, Garam supo de inmediato a quién pertenecía.
Solo entonces los recuerdos de la noche anterior inundaron su mente, y la rigidez de su cuerpo fue desapareciendo poco a poco.
Sa Muheon notó enseguida aquel cambio y dejó escapar una suave risa.
—¿Dormiste bien?
Mientras hablaba, depositó un breve beso sobre el cabello de Garam.
Incapaz de responder con palabras, Garam se limitó a asentir.
Podía sentir cómo el calor le subía al rostro, impidiéndole siquiera levantar la cabeza.
Además, bajo la manta, ambos seguían completamente desnudos.
Como jamás había vivido una situación así, Garam no sabía siquiera cómo mirar a la otra persona.
Al final, apoyó la frente sobre el hombro de Sa Muheon y permaneció inmóvil.
Podía sentir la ligera vibración de su risa a través del contacto entre sus cuerpos, pero aun así se negó a levantar la cabeza.
—¿Piensas esconderte así todo el tiempo?
Tras dudar un instante, Garam negó suavemente con la cabeza.
—Entonces… ¿me dejas ver tu cara?
Animado por aquella voz tan dulce, Garam levantó la cabeza poco a poco.
Lo primero que encontró fue la cálida sonrisa de Sa Muheon.
Era la sonrisa más tierna que le había visto jamás.
La forma en que lo miraba, como si estuviera contemplando lo más valioso del mundo, hizo que Garam quisiera volver a esconderse.
Pero antes de que pudiera hacerlo, Sa Muheon capturó sus labios.
Chup.
—Uhat.
—Ahí está esa sonrisa.
Cuando Garam dejó escapar una pequeña risa, divertido, Sa Muheon sonrió satisfecho y siguió llenándole el rostro de pequeños besos.
Aquellos gestos trajeron inevitablemente a la memoria lo ocurrido la noche anterior.
Pero, a diferencia de entonces, cuando el deseo había quedado completamente al descubierto, ahora Sa Muheon solo lo besaba con infinita ternura.
Al principio Garam todavía se mostraba un poco torpe.
Sin embargo, poco a poco terminó acostumbrándose y comenzó a responder con una sonrisa tranquila.
Durante largo rato, la habitación iluminada por el sol se llenó únicamente del sonido de sus risas y de los suaves besos que intercambiaban.
Solo después de besarlo cuanto quiso, Sa Muheon terminó apartándose, aunque con evidente desgana.
Incluso chasqueó ligeramente la lengua antes de recordar algo importante.
—¿Cómo se siente tu cuerpo?
—Mm…
Al escuchar la pregunta, Garam soltó una risa vaga.
Desde que había despertado, la cintura y otras partes de su cuerpo que jamás le habían dolido antes latían con una molestia sorda.
Pero no pensaba contárselo a Sa Muheon con tanto detalle.
—Tsk…
Sin embargo, Sa Muheon era demasiado observador.
Aquella sonrisa ambigua le bastó para comprender la respuesta.
Chasqueó la lengua, se incorporó ligeramente y levantó un poco la manta.
—…
—Mm…
El cuerpo desnudo de Garam estaba cubierto de marcas.
Bastaba una sola mirada para comprender que había pasado una noche muy intensa.
Las numerosas marcas rojizas dispersas por su piel y los restos secos de fluidos no dejaban lugar a dudas.
Sa Muheon permaneció en silencio durante unos segundos.
Aunque había estado en celo, comprendió que había exigido demasiado a Garam, que jamás había vivido una experiencia así.
El hecho de que también hubiera sido la primera vez para él con Garam no cambiaba nada.
Y mucho menos teniendo en cuenta lo joven que era.
Durante un instante, el arrepentimiento hizo que la vista se le nublara.
Pero no podía dejar a Garam en ese estado.
Recobrando la compostura, volvió a cubrirlo cuidadosamente con la manta.
—Necesitas darte un baño. Espera aquí un momento.
Tras decir eso, Sa Muheon salió de la cama.
Garam permaneció acostado, siguiéndolo con la mirada.
Pero cuando sus ojos se detuvieron en los profundos arañazos rojizos que cruzaban la espalda de Sa Muheon, desvió rápidamente la vista.
Aquel era un secreto que solo él conocía.
Sa Muheon entró al baño donde estaba la bañera y comenzó a llenarla con agua caliente.
Después de comprobar que la temperatura era la adecuada, regresó al dormitorio.
Lo que encontró al entrar le arrancó una sonrisa.
En el breve tiempo que había estado fuera, Garam se había vuelto a quedar dormido.
Verlo dormir plácidamente en su cama llenó el pecho de Sa Muheon de un afecto imposible de describir.
Se acercó despacio para no despertarlo.
Si sus brazos hubieran estado completamente recuperados, lo habría cargado en brazos hasta el baño.
Pero dadas las circunstancias, no le quedaba más remedio que despertar a su pequeña ardilla.
Aun así, se resistía a hacerlo.
Se sentó con cuidado al borde de la cama.
Garam seguía profundamente dormido.
—Mm…
Como si estuviera soñando algo agradable, movió ligeramente los labios.
Sa Muheon tuvo que contener una carcajada.
Después de contemplarlo dormir un rato más, terminó inclinándose hacia él.
—Es hora de despertar.
Depositó un beso lleno de ternura sobre su mejilla y rodeó suavemente con los dedos las manos que seguían aferradas a la manta.
Poco a poco, los párpados de Garam comenzaron a abrirse.
En cuanto sus miradas se encontraron, Garam, todavía adormilado, le dedicó una brillante sonrisa.
Incapaz de contener todo el cariño que sentía, Sa Muheon volvió a cubrirlo de besos.
Cuando Garam, riendo entre dientes, terminó rodeándole el cuello con los brazos, por fin consiguieron levantarse de la cama.
—Haa…
Tendido sobre el sofá de la sala de estar, Garam dejó escapar un largo suspiro.
Al verlo tan completamente relajado, Sa Muheon sonrió y le tendió el vaso que llevaba en la mano.
—Toma. Bébelo.
—Gracias…
Garam aceptó obedientemente el vaso.
Solo sostener el cristal frío entre las manos le hizo sentir que el calor acumulado en su cuerpo disminuía un poco.
Había pensado que simplemente iban a asearse.
Jamás imaginó que terminarían compartiendo el baño.
Cuando, bajo la intensa luz del baño, dejó al descubierto el cuerpo que aún conservaba todas las huellas de la noche anterior, la vergüenza lo había invadido por completo.
Y cuando notó cómo la mirada de Sa Muheon volvía a oscurecerse poco a poco…
Antes de darse cuenta, habían terminado entregándose el uno al otro otra vez.
Y ese era el resultado.
Mientras observaba las mejillas de Garam, todavía sonrojadas por el calor, Sa Muheon acercó el vaso que sostenía hasta apoyarlo contra su rostro.
—Ah…
Garam dio un pequeño respingo al sentir el frío sobre la piel.
Pero enseguida descubrió que aquella frescura era agradable y volvió a recostarse cómodamente sobre el sofá.
—¿Te encuentras bien?
—Sí, estoy bien.
Su voz sonaba mucho más animada, como si realmente se sintiera mejor.
Sa Muheon lo examinó con atención para asegurarse de que no se estuviera esforzando demasiado antes de volver a hablar.
—Puede que sea un poco tarde para decir esto, pero…
—¿Qué pasa?
—Lo que hiciste ayer fue peligroso.
—Ah…
Garam vaciló un instante al escuchar esas palabras.
Luego asintió lentamente, reconociendo que Sa Muheon tenía razón.
—Aun así… gracias a ti mi celo terminó mucho antes. Gracias.
—N-no tienes que agradecerme…
Murmuró Garam, con las mejillas volviendo a teñirse de rojo.
Sa Muheon soltó una risa baja y se acercó un poco más.
Garam se removió incómodo por la escasa distancia, pero Sa Muheon tomó con suavidad una de sus manos.
Al principio Garam intentó retirarla.
Sin embargo, pronto dejó de resistirse.
Sa Muheon entrelazó lentamente sus dedos, uno por uno.
El rostro de Garam se fue poniendo cada vez más rojo, pero Sa Muheon no pareció prestarle atención.
Sujetó su mano con firmeza, como si no pensara soltarla jamás, antes de preguntar:
—¿Lo que dijiste ayer… sigue siendo cierto?
—¿A qué te refieres…?
—A que no ibas a arrepentirte.
Solo entonces Garam levantó la cabeza para mirarlo.
No había el menor rastro de sonrisa en el rostro de Sa Muheon.
Solo una tensión que rara vez dejaba ver.
Al darse cuenta de que Sa Muheon estaba tan nervioso como él, Garam dejó escapar una pequeña risa.
—Claro que sí.
Al escuchar aquella respuesta tan segura, una tenue sonrisa apareció por fin en los labios de Sa Muheon.
—Ya sabía desde ayer que podía ser peligroso. Pero… no podía dejar que la persona que amo soportara todo eso sola.
Garam no tuvo oportunidad de terminar la frase.
Sa Muheon lo estrechó con fuerza entre sus brazos y escondió el rostro sobre su hombro.
Sintiendo el cálido peso del hombre que llenaba completamente su abrazo, Garam levantó lentamente los brazos y lo rodeó por la espalda.
Permanecieron así, abrazados en silencio durante un largo rato.
Solo mucho después, Sa Muheon rompió el silencio con un susurro apenas audible.
—…Gracias.