Hasta una ardilla solitaria tiene un hogar - Capítulo 1
¡Crujido!
Una diminuta ardilla, apenas del tamaño de la palma de una mano, corría velozmente entre las hojas caídas. Su pequeña nariz rosada, del tamaño de un grano, se movía sin descanso, como si estuviera buscando algo.
«Debería estar por aquí…».
Garam se detuvo y estiró el cuerpo. Recorrió los alrededores con su aguda mirada hasta que distinguió, a cierta distancia, una bellota escondida bajo un montón de hojas.
«¡Ahí está, una bellota!».
Los ojos de la pequeña ardilla brillaron de emoción. Aspiró el aire con fuerza y salió disparada hacia ella. El crujido de las hojas secas bajo sus diminutas patas era uno de los sonidos favoritos de Garam.
Por suerte, no había ningún otro animal rondando la bellota. Tras recogerla sin problemas, la examinó con atención. Parecía haber caído hacía muy poco, pues su cáscara lisa estaba impecable, sin una sola marca.
Con el corazón rebosante de alegría, Garam guardó la bellota en una de sus mejillas. Después de asegurarse una vez más de que no había peligro a su alrededor, se internó rápidamente entre los arbustos.
—
Kang Garam. Veintiún años.
Garam era un chico completamente normal para su edad. Lo único fuera de lo común era que era un cambiaformas, y además uno muy poco frecuente: un cambiaformas de ardilla.
Sin embargo, su vida había estado muy lejos de ser ordinaria. Todo comenzó con la muerte de sus padres.
Cuando Garam tenía nueve años, sus padres fallecieron en un accidente de tráfico. Mientras lloraba hasta quedarse sin aliento, los adultos a su alrededor intercambiaban palabras que él apenas podía comprender. Pero había algo que sí entendía con claridad: nunca volvería a ver a mamá y papá.
Hasta ese momento, Garam había vivido como el hijo más querido de sus padres. Pero desde el instante en que ellos murieron, comenzó a observar cada movimiento de los adultos que lo rodeaban. Era la única forma de sobrevivir. Su primera lección llegó justo después del funeral de sus padres, cuando sus familiares discutían quién se haría cargo de él.
—Bueno, en nuestra casa es un poco complicado… Ya saben, nuestro hijo es un cambiaformas carnívoro y Garam es una ardilla…
—¡No son lobos de verdad, solo cambiaformas de lobo! Si ese es el problema, entonces nuestra casa tampoco sirve. Nuestro hijo es un cambiaformas de gato, así que el riesgo es el mismo.
—Nuestros hijos tienen más o menos la misma edad que Garam, pero… ya saben que tenemos cuatro niños. Nos sería muy difícil hacernos cargo de otro.
Garam permanecía acurrucado en un rincón, con la cabeza escondida entre las rodillas. Los adultos, plenamente conscientes de que él estaba allí, alzaban cada vez más la voz mientras discutían. Ninguno reparó en los pequeños hombros del niño, que temblaban sin parar.
Por fortuna, al menos había un adulto que sí se preocupaba por él.
—¡Basta!
Una voz potente resonó por toda la habitación. Sobresaltado, Garam levantó la cabeza.
—¿Qué creen que están haciendo? ¿Discutiendo por un niño? ¿De verdad pueden llamarse adultos? Ya que ninguno de ustedes parece capaz de hacerse cargo de él, ¡yo me llevaré al muchacho!
La mujer que habló era una completa desconocida para Garam, pero los demás adultos parecían conocerla muy bien. Todos bajaron la cabeza de inmediato y comenzaron a murmurar excusas.
—Tía…
—No es eso…
Antes de que pudieran decir algo más, la mujer los interrumpió con voz severa.
—¿Que no es eso? ¡Podía oírlos desde fuera discutir sobre quién iba a quedarse con el niño! No pienso dejarlo con ninguno de ustedes.
Incapaces de responder, los adultos guardaron silencio. Sin embargo, en sus rostros apareció un leve gesto de alivio, uno tan evidente que incluso un niño como Garam pudo notarlo. Sintió como si diminutas agujas le atravesaran el corazón.
En ese momento, una voz suave llegó hasta él.
—Ven aquí, pequeño.
Cuando levantó la vista, vio que la mujer que acababa de reprender a los adultos ahora le hablaba con una dulzura infinita. Había tanta calidez en su voz que, casi hipnotizado, Garam comenzó a caminar lentamente hacia ella.
—¿Cómo te llamas?
Cuando llegó frente a ella, la mujer se agachó hasta quedar a su altura y tomó con delicadeza una de sus pequeñas manos. Su pregunta, apenas un susurro, rozó suavemente sus oídos.
Garam movió los labios, pero no respondió.
Aquella voz le recordaba a la de sus padres. Eran los únicos que alguna vez le habían hablado con tanta ternura.
Si las duras palabras de los adultos habían dejado profundas heridas en su corazón, aquella sencilla pregunta parecía acariciar esas heridas y aliviar su dolor.
Era una pregunta muy simple, pero Garam no pudo responder de inmediato. Conteniendo las lágrimas, sus labios temblaban y su pequeño cuerpo se estremecía ligeramente. Al notar su miedo, la mujer lo abrazó con cuidado y comenzó a darle suaves palmadas en la espalda, sin presionarlo para que contestara.
—Garam… Kang Garam…
Al final, una débil voz entrecortada escapó de sus labios. Al escuchar su nombre, la mujer se apartó apenas lo suficiente para mirarlo nuevamente a los ojos.
—Qué nombre tan bonito. Te queda muy bien.
—…Hic.
—Si estás de acuerdo, me gustaría llevarte conmigo. ¿Vendrás conmigo?
Sentía que, si abría la boca, las lágrimas brotarían sin control. Sorbiéndose la nariz, Garam apenas logró asentir.
Luego levantó los brazos y rodeó con ellos el cuello de la mujer.
—Ya está… Todo está bien.
La mujer vaciló un instante ante aquel abrazo inesperado, pero enseguida sonrió y volvió a acariciarle la espalda.
Cuando Garam se hubo calmado un poco, ella recogió cuidadosamente sus pertenencias y, una vez que él permaneció en silencio junto a la entrada, le tendió la mano.
—Vamos.
Sin la menor duda, Garam tomó la mano que ella le ofrecía.
Así fue como Garam conoció a su abuela por primera vez.
—
La persona que acogió a Garam era la tía abuela de su padre. Se presentó como la hermana menor del difunto abuelo de Garam y, con una sonrisa amable, le pidió al muchacho que la llamara abuela. Aunque parecía demasiado joven para que la llamaran así, a Garam no le costó acostumbrarse.
Su abuela se convirtió en un mundo completamente nuevo para él.
Era una cambiaformas de tigre y llevaba viviendo sola desde que su único hijo había abandonado el hogar. Cuidó de Garam como si fuera su propio nieto. Por fortuna, gozaba de una situación económica estable, por lo que el muchacho nunca pasó necesidades.
Garam era un cambiaformas de ardilla. Los pequeños cambiaformas roedores como él solían cargar con el estereotipo de ser tímidos y asustadizos, pero Garam creció seguro de sí mismo gracias a las enseñanzas de su abuela tigre.
Ella siempre le decía que no debía intimidarse ante los grandes cambiaformas carnívoros solo por el tamaño de su forma animal. Después de todo, esa era solo una parte de él y no significaba que fuera débil.
Tal como ella había dicho, Garam creció siendo un joven seguro, despreocupado y lleno de confianza. Por eso siempre estaba rodeado de gente. Su personalidad influía mucho, pero su apariencia también atraía todas las miradas.
Tenía el cabello castaño oscuro atravesado por mechones negros, una combinación que ya de por sí llamaba la atención. Sumado a unos rasgos definidos y atractivos, resultaba difícil no fijarse en él.
Cuando sonreía, sus ojos castaños claros brillaban bajo unas pestañas ligeramente elevadas, y la expresión luminosa de sus labios le daba un encanto fresco y natural.
Gracias a su atractivo, recibía innumerables confesiones. Sin embargo, siempre las rechazaba con una sonrisa algo incómoda, como si le causara cierto apuro.
En realidad, Garam nunca había sentido demasiado interés por las relaciones amorosas.
Cada vez que su abuela se enteraba de que alguien se le había declarado, soltaba una sonora carcajada mientras le daba unas palmaditas en la espalda. Pero cuando Garam terminaba confesándole, como siempre, que había rechazado a esa persona, ella lo miraba con una expresión desconcertada.
A menudo decía que esperaba que Garam, quien había perdido a sus padres siendo tan pequeño, pudiera algún día formar su propia familia y llevar una vida estable.
Pero cada vez que escuchaba esas palabras, Garam solo respondía con una sonrisa ambigua.
Cuando ella le preguntó si no le gustaba la idea de tener una familia propia, Garam dudó un momento antes de responder con sinceridad:
—Es solo que… me gusta vivir contigo, abuela. No estoy seguro de querer formar una familia con alguien más.
Aquellas palabras eran una mezcla de verdad y de una pequeña mentira. Había sentimientos que no podía expresar por miedo a hacerle daño.
Sin embargo, aunque su abuela comprendía que Garam ocultaba algo, nunca insistió.
Simplemente lo miraba con preocupación, sonreía y le acariciaba la cabeza.
A veces le decía que debía ayudarla a vivir muchos años para que él nunca volviera a sentirse solo.
Pero al final, esa promesa no pudo cumplirse.
—
Para ser otoño, hacía un frío insoportable. La lluvia torrencial que había comenzado de madrugada hacía que el ambiente resultara aún más sombrío.
Quizá porque nadie la había previsto, algunos de los asistentes que entraban a la funeraria se quejaban mientras avanzaban bajo la lluvia. Entre ellos, unos cuantos dirigieron la vista hacia Garam, que permanecía inmóvil bajo el aguacero.
No llevaba paraguas.
Empapado de pies a cabeza, dejaba que la lluvia lo cubriera por completo.
Su cuerpo temblaba a medida que la temperatura descendía, pero él ni siquiera era consciente de ello.
—Abuela…
La palabra escapó de sus labios pálidos en un susurro apenas audible.
La lluvia siguió cayendo sin tregua, como si el propio cielo supiera que el mundo de Garam acababa de derrumbarse.
A su abuela nunca le habían gustado los días lluviosos. Si aún estuviera allí, habría chasqueado la lengua y refunfuñado por lo fuerte que caía la lluvia.
Pero nunca volvería a escuchar esas palabras.
La abuela que se había convertido en el nuevo mundo de Garam falleció en el otoño de sus diecinueve años.