Esposo, ¿me dejas tocar tus abdominales? - Capítulo 50
El tiempo pasó rápidamente, y en un abrir y cerrar de ojos ya era el tercer día del Año Nuevo. Faltaban apenas unos días para la apertura del local.
Lu Yao contrató a un carpintero para fabricar dos mostradores de madera y cuatro moldes para tofu. En total, incluyendo mano de obra y materiales, solo le costó trescientos cincuenta wen.
El local no necesitaba nada demasiado elaborado. Bastaba con limpiarlo y ordenarlo para poder comenzar el negocio.
Curiosamente, quien lo ayudó a encontrar al carpintero fue el tío Liu, el vecino de al lado.
Después de que Lu Guangsheng conversara con él y de que Lu Yao le regalara una jarra de vino, la actitud del anciano cambió por completo.
No solo le regaló a Lu Yao dos cestas tejidas a mano para verduras, sino que además le dijo que, si necesitaba ayuda, solo tenía que avisarle.
—Somos familia, no hace falta ser tan cortés.
Cuando Lu Yao le preguntó si conocía a algún carpintero, el anciano lo llevó de inmediato con un artesano cercano.
Gracias a su presentación, el carpintero incluso le rebajó varias decenas de wen.
Realmente, aquel dicho de que un vecino cercano es mejor que un pariente lejano era cierto.
Los mostradores terminados fueron llevados al local por Zhao Beichuan.
Eran bastante grandes.
Lu Yao planeaba vender, más adelante, no solo tofu, sino también piel de tofu y tofu seco.
Si las condiciones lo permitían, incluso podría ofrecer tofu suave y leche de soya como desayuno.
Quienes fueran a comer allí quizá también se llevarían un bloque de tofu a casa.
Cuando llegara el verano y el tofu fuera más difícil de vender, podrían preparar tofu seco.
El proceso era sencillo: cortar el tofu en rebanadas, espolvorearlo con sal, cocerlo al vapor y luego prensarlo bajo peso.
El tofu seco resultante podía saltearse o comerse frío, y ambas formas eran deliciosas.
Lo último que faltaba preparar era el letrero del local.
Comparando los diseños de otras tiendas, Lu Yao confeccionó el suyo cosiendo una tela blanca con caracteres negros que decían:
Tofu de la Familia Lu.
Además, añadió un borde de triángulos rojos como adorno, lo que le dio un aspecto bastante profesional.
Cuando Zhao Beichuan vio el letrero, de pronto se dio cuenta de algo.
—Lu Yao, ¿sabes leer y escribir?
—Sí, yo…
Lu Yao se quedó paralizado.
¿Sonaría extraño decir que había aprendido con Xu Dengke?
Pero, aparte de esa excusa, no podía explicar por qué el hijo de una familia campesina sabía leer.
Al verlo vacilar, Zhao Beichuan no siguió preguntando.
En cambio, extendió la mano, le revolvió el cabello y dijo:
—¡Mi esposo es increíble!
Lu Yao sonrió con cierta culpa.
Sabía que algún día tendría que explicárselo.
Aunque Zhao Beichuan parecía no darle importancia, Lu Yao estaba seguro de que en el fondo le preocupaba.
No podía dejar que el dueño original de aquel cuerpo cargara con la culpa para siempre.
El nombre del local, Tofu de la Familia Lu, lo habían decidido entre ambos.
El día anterior, Zhao Beichuan había ido al yamen local para preguntar sobre la apertura de un negocio.
El escribiente le explicó que los dueños de tiendas debían pagar un impuesto mensual de veinte wen por cada guan de ingresos.
Si las ganancias superaban cierta cantidad, serían registrados automáticamente como comerciantes.
Aunque para la gente común el registro como comerciante no tenía demasiadas consecuencias, en esta dinastía los comerciantes no podían participar en los exámenes imperiales.
Eso significaba que, si el local quedaba registrado a nombre de Zhao Beichuan, Xiaodou, Xiaonian y sus futuros hijos también serían considerados parte de una familia comerciante, perdiendo la posibilidad de presentarse a los exámenes.
Como Lu Yao pensaba darle educación a Xiaodou, era mejor que el negocio quedara registrado a su propio nombre, pues su registro solo lo afectaría a él.
Con el local listo, también fueron comprando poco a poco otros objetos necesarios para la casa: una balanza, tela de arpillera y un brasero de barro para calentarse.
El local era demasiado frío.
Si pasaban allí todo el día sin fuego, corrían el riesgo de enfermarse.
La noche del quinto día, Lu Yao puso los frijoles de soya en remojo y luego los molió para obtener leche de soya.
Para el primer día de venta no preparó demasiado tofu, solo una tanda para probar el mercado.
Si se vendía, perfecto.
Si no, podrían congelarlo y guardarlo como tofu congelado para comer en casa.
Después de cenar, Zhao Beichuan se sentó en la cocina para moler los frijoles, mientras Lu Yao remendaba la ropa quemada en el incendio.
Una chaqueta acolchada completamente nueva había quedado arruinada, con una manga chamuscada y el algodón del interior carbonizado.
Solo verla le dolía el corazón.
También habían perdido los gorros y guantes de algodón, así que Lu Yao cortó tela para confeccionar unos nuevos cuando tuviera tiempo.
No pasó mucho antes de que el cubo de frijoles estuviera molido.
Lu Yao encendió el fuego y comenzó a cocer la leche de soya.
Hacía tiempo que no preparaba tofu, así que estaba un poco oxidado y casi se le pasó el punto de cuajado.
Cuando el tofu estuvo listo, apagaron las luces y se acostaron temprano.
No podían permitirse agotarse antes del día de apertura.
El sexto día del Año Nuevo Lunar, Tofu de la Familia Lu abrió oficialmente sus puertas.
Muy temprano, Zhao Beichuan llevó el tofu al local en la carreta.
Xiaonian y Xiaodou también se levantaron temprano para ayudar a vender.
Al abrir las puertas, colocaron el tofu sobre los mostradores nuevos.
Zhao Beichuan subió a una escalera para retirar el viejo letrero y colgar el nuevo cartel de Tofu de la Familia Lu, que se balanceaba con el viento.
El pueblo estaba tranquilo.
Con aquel clima frío, había poca gente en la calle.
Los pocos transeúntes caminaban deprisa.
Durante toda la mañana, solo entraron dos personas al local, curiosas por saber qué vendían, pero no compraron nada.
Probablemente eran dueños de tiendas cercanas que querían averiguar si se trataba de competencia.
Lu Yao no se preocupó.
Como la gente aún no sabía qué era el tofu, las ventas aumentarían de forma natural con el tiempo.
Cerca del mediodía, dos mujeres entraron juntas.
—¿Aquí venden tofu?
—Sí, vendemos tofu —respondió Lu Yao.
Una de ellas había ido antes a visitar parientes en la aldea Lu y había probado tofu allí, quedando muy impresionada.
Al ver a Lu Yao, le resultó familiar y preguntó:
—¿Ustedes vendían tofu antes en la aldea Lu?
Lu Yao la reconoció como una antigua clienta y sonrió.
—Así es. Era tofu de nuestra familia.
—¡Qué bien! ¿Cuánto cuesta?
—Seis wen por jin. Si traen frijoles de soya, pueden cambiar un jin de soya por un jin de tofu.
Lu Yao mantuvo el precio sin cambios.
No era barato, y si subía el precio, podría espantar a los compradores.
—Dame dos jin.
La otra mujer preguntó:
—¿De verdad está tan bueno?
—Compra un poco y pruébalo. ¡No te vas a arrepentir!
Lu Yao cortó el tofu para ellas, pero enseguida se dio cuenta de que no tenía en qué entregarlo.
Avergonzado, se quedó dudando.
La mujer dijo:
—Joven, espéranos aquí. Mi casa no está lejos. Iré por un cuenco para llevarlo.
—Gracias por las molestias, hermanas.
Lo dijo con tanta dulzura que ambas mujeres sonrieron al salir.
Menos de quince minutos después regresaron con cuencos.
Cada una compró dos jin de tofu y pagó con monedas de cobre.
En total, ganaron más de veinte wen.
Después de vender esas dos porciones, algunas personas más se acercaron por curiosidad al escuchar hablar del tofu.
Algunos lo habían probado en un restaurante y querían comprar un pedazo para probarlo en casa, pero al darse cuenta de que no tenían dónde llevarlo, terminaron desistiendo.
Para cuando cayó la tarde, habían vendido alrededor de un tercio del bloque de tofu, ganando más de ochenta monedas y algunas libras de frijoles de soya.
El tofu sobrante lo compartieron con el tío Liu de al lado y también regalaron un poco a los vecinos cercanos para ir corriendo la voz.
Lu Yao no se desanimó.
Haber vendido algo el primer día ya era un buen comienzo.
El único problema ahora era encontrar una manera adecuada de empacar el tofu.
En la aldea, los compradores podían llevar sus propios cuencos.
Pero en el pueblo, la gente no caminaba por la calle cargando cuencos mientras hacía compras.
El tofu era frágil y se rompía con facilidad.
Si usaban cuencos de cerámica como empaque, el costo sería demasiado alto y afectaría las ventas.
Las hojas grandes podían servir, pero en esa estación no había hojas disponibles.
Aquello dejó a Lu Yao en una situación difícil.
Tras pensarlo toda la noche, se le ocurrió una solución: acudió al carpintero para pedirle tablas cuadradas y delgadas.
Un trozo de tofu podía colocarse entre dos tablas y atarse con cuerda de cáñamo, lo que facilitaría transportarlo.
Las tablas eran sencillas de fabricar y no requerían gran habilidad.
Los dos hijos del carpintero podían hacerlas en casa con retazos de madera, produciendo una cesta llena cada día y cobrándole solo veinte monedas.
Además, las tablas podían reutilizarse.
Si los clientes las traían de vuelta la próxima vez que compraran tofu, recibirían un descuento de una moneda por cada jin.
Así, el problema del empaque quedó resuelto de forma eficaz.
El octavo día del primer mes lunar, Lu Yao y Zhao Beichuan llevaron tofu al restaurante muy temprano.
El encargado Xu los recibió con calidez e incluso les dio un puñado de dulces de sésamo crujiente, diciendo que los habían traído desde la capital.
Su familia tenía parientes que administraban un restaurante en la capital, y durante las fiestas les enviaban toda clase de alimentos.
Delicadezas que la mayoría de la gente común quizá jamás vería en toda su vida.
Xu Bin preguntó:
—¿Por qué vinieron tan temprano hoy? Normalmente entregan a media mañana.
—Nos mudamos al pueblo y abrimos un local de tofu a tres li de aquí —respondió Zhao Beichuan.
—¿Y cómo va el negocio?
—Acabamos de abrir anteayer. Por ahora las ventas son regulares. Veremos cómo nos va el día de mercado, el día diez.
—El comercio en el pueblo deja más ganancias que en la aldea. Su tofu sabe muy bien, así que seguro les irá bien —los animó Xu Bin.
Lu Yao sonrió.
—Gracias por sus buenos deseos.
Después de salir del restaurante, Lu Yao sacó del bolsillo un trozo de dulce de sésamo crujiente.
Venía envuelto en papel y no era más grande que un pulgar.
Lo desenvolvió con cuidado, revelando una mezcla de azúcar, nueces, sésamo y semillas de melón.
Al morderlo, se deshizo deliciosamente en la boca, fragante y dulce.
En su vida anterior, ese tipo de dulce era raro incluso durante las fiestas, por lo que ahora le pareció aún más delicioso.
—Pruébalo.
Lu Yao partió la mitad y la colocó en la boca de Zhao Beichuan.
—Mm, está rico.
—En el futuro prepararé algunos para ti.
Aunque lo prometió, Lu Yao dudaba poder reproducir exactamente ese sabor.
El azúcar que vendían en los almacenes de grano era azúcar morena sin refinar, muy inferior al azúcar de caña usado allí.
—Si algún día tenemos la oportunidad, vayamos a la capital.
—De acuerdo.
Cuando regresaron a casa, llevaron de inmediato el tofu restante al local.
Frente a la puerta ya había un cliente esperando con un cuenco en la mano.
—Joven, ¿a qué hora abre su tienda de tofu?
Lu Yao abrió la puerta.
—Hoy tuvimos un retraso, pero desde mañana abriremos al amanecer.
Después de colocar el tofu sobre el mostrador, Lu Yao preguntó cuánto quería.
Cortó y pesó rápidamente el tofu.
—Un jin y ocho liang. Son diez monedas.
El cliente contó las monedas, las dejó sobre el mostrador y se marchó con su tofu.
Poco después llegó otro cliente, que cambió dos jin de frijoles de soya por dos jin de tofu.
Como no traía cuenco, Zhao Beichuan usó las tablas de madera para empacarlo.
Lo ató con firmeza y se lo entregó.
Era evidente que había más clientes que en los dos días anteriores.
La mayoría eran vecinos cercanos, que traían sus propios cuencos y compraban tofu rápidamente.
A primera hora de la tarde, todo el bloque de tofu se había vendido.
Incluso dos clientes se quedaron sin poder comprar.
—Joven, ¿puedes preparar más tofu la próxima vez?
Lu Yao se secó el sudor de la frente y sonrió.
—Claro. Mañana haré más.
De regreso en casa, Zhao Beichuan comenzó a moler frijoles de soya, mientras Lu Yao añadía agua para ayudarlo.
Al preparar más tofu, el problema de la pequeña piedra de molino se hizo evidente.
Moler un cubo de frijoles les tomaba una hora, y producir tres bloques de tofu requería tres o cuatro horas.
Las manos de Zhao Beichuan terminaron cubiertas de ampollas.
Mientras Lu Yao le pinchaba cuidadosamente las ampollas con una aguja, sintió que se le encogía el corazón.
—Mañana buscaré a un cantero para comprar una piedra de molino más grande. De ahora en adelante dejaremos que Dahua la haga girar.
—De acuerdo.
Después de tratarle las ampollas, Lu Yao sacó el dinero ganado ese día.
La pareja comenzó a contar las ganancias.
Lu Yao contaba las monedas mientras Zhao Beichuan las ensartaba.
Ese día habían ganado trescientas setenta monedas en efectivo y más de cinco cubos de frijoles de soya.
Incluyendo los dos bloques vendidos al restaurante, la ganancia neta del día superaba un tael de plata.
A ese ritmo, la meta de vivir con prosperidad estaba cada vez más cerca.