Esposo, ¿me dejas tocar tus abdominales? - Capítulo 2
Lu Yao se quedó de pie, impotente, frente al fogón.
Jamás imaginó que una olla de barro fuera tan frágil. Apenas llevaba un rato cocinando cuando comenzó a agrietarse y a perder agua…
El primer día después de casarse ya había roto la olla.
Aquello bastaría para que los aldeanos se burlaran de él durante un mes entero.
Sin olla no podía cocinar, y tampoco podía pasar hambre para siempre.
Sin otra opción, decidió pedir ayuda.
Frente a la casa de la familia Zhao vivía la abuela Zhao, mientras que a la derecha estaba la casa de la hermana Tian. Ambas familias mantenían muy buena relación con los Zhao, así que, tras pensarlo un momento, Lu Yao fue directamente a casa de la anciana.
La abuela Zhao también estaba cocinando.
Al verlo entrar, enseguida se levantó para recibirlo.
—Joven esposo, ¿qué te trae por aquí?
«Joven esposo» era la forma habitual de dirigirse a un hombre recién casado.
Lu Yao se rascó la cabeza con cierta vergüenza.
—Quisiera pedirle prestada su olla por un rato.
La anciana no hizo preguntas.
—Espera a que termine de cocerse el arroz y luego puedes usarla.
—De acuerdo.
Temiendo romper también la olla ajena, Lu Yao se puso en cuclillas junto al fogón y observó atentamente cómo la anciana controlaba el fuego.
La olla de barro no era difícil de usar.
Después de un rato descubrió que el fuego no debía ser demasiado intenso, que no convenía añadir demasiada leña de una vez y que la olla necesitaba calentarse poco a poco para cocinar correctamente.
Mientras alimentaba el fuego, la abuela Zhao conversaba con él.
—Fui yo quien crio a Da Chuan. Ese muchacho ha tenido una vida muy dura. Su madre murió al dar a luz al tercer hijo y, al año siguiente, su padre se rompió una pierna cortando leña en la montaña. Aguantó unos meses, pero al final también falleció.
Lu Yao escuchó con atención mientras la anciana le contaba la historia de la familia de su nuevo esposo.
—En aquel entonces apenas era un adolescente. Tenía una hermanita de tres años y un hermanito que todavía ni siquiera había sido destetado. Tuvo que sacar adelante a toda la familia él solo. Para ser sincera, incluso a un adulto le habría costado sostener un hogar así.
Lu Yao asintió.
Cuando él tenía esa edad, en su vida anterior, lo único que le preocupaba era esconder los bocadillos para que sus padres no los descubrieran.
La abuela Zhao continuó:
—Le aconsejé que diera en adopción a su hermano pequeño. Durante los años de hambruna había muchas viudas sin hijos que quizá hubieran podido criarlo y salvarle la vida.
—Pero Da Chuan se negó. Dijo que era el hermano mayor y que, aunque muriera de hambre, jamás abandonaría a su hermanito.
La anciana se secó discretamente las comisuras de los ojos.
—Ahora, por fin, todo ha mejorado un poco. Los dos pequeños ya crecieron y Da Chuan incluso consiguió casarse.
Lu Yao suspiró para sus adentros.
Si él no hubiera transmigrado, aquel matrimonio jamás habría llegado a realizarse.
La vida de ese hombre había sido realmente dura.
Poco después, la abuela Zhao terminó de cocinar.
Como vivía sola, la comida era sencilla: un cuenco de gachas de maíz con unas pocas hojas de verduras flotando encima.
—No hace falta que vigiles el fuego. Ya puedes usar la olla.
—Muchas gracias, abuela.
Lu Yao regresó rápidamente a casa, tomó medio cuenco de harina gruesa de maíz y, acordándose de los dos niños, añadió un poco más.
En el patio, Zhao Xiaodou lo vio salir con el cuenco y preguntó:
—Hermana, ¿qué está haciendo?
Zhao Xiaonian negó con la cabeza.
—No lo sé. ¡Vamos a mirar!
Los dos niños caminaron de puntillas detrás de él. Cuando Lu Yao entró en la casa de la anciana, ellos espiaron desde la puerta y escucharon escondidos tras la esquina.
—Ya lavé la olla. Puedes usarla directamente.
—Gracias, abuela.
Lu Yao vertió el maíz limpio en la olla, añadió media olla de agua y comenzó a echar leña poco a poco, imitando exactamente la forma en que había visto hacerlo a la anciana.
La abuela Zhao habló de nuevo.
—Ayer Da Chuan se marchó con tanta prisa que no tuvo tiempo de decirte muchas cosas. Además…
Hizo una breve pausa.
—Da Chuan es un buen muchacho. Lo comprenderás cuando pasen un tiempo juntos. Solo prométeme que no volverás a hacer ninguna tontería.
Lu Yao entendió perfectamente a qué se refería.
Se aclaró la garganta y respondió:
—Tiene razón, abuela. Vivir siempre es mejor que morir.
La anciana le dio unas palmaditas en el brazo.
—¡Así se habla! Vive bien. Tal vez el próximo año ya tengas un hijo. Las cosas irán mejor.
La idea de tener hijos ni siquiera pasó por la mente de Lu Yao.
En el fondo seguía viéndose como un hombre.
¿Cómo iba un hombre a dar a luz?
Era demasiado absurdo…
—Abuela, ¿vive usted sola?
—Mi viejo también está cumpliendo el servicio de trabajos obligatorios. Se fue junto con Da Chuan. Tengo una hija que se casó hace muchos años y solo vuelve durante las festividades.
Suspiró.
—Antes también tuve dos hijos. El mayor murió mientras huíamos de la hambruna. El menor falleció hace unos años por una enfermedad.
Al mencionar a sus hijos muertos, la anciana apenas mostró tristeza.
Quizá ya había derramado todas las lágrimas que podía derramar.
Con apenas cuarenta y cinco años, en los tiempos modernos aún se la consideraría relativamente joven.
Pero en aquella sociedad feudal y atrasada, su cabello ya estaba entrecano, su rostro cubierto de profundas arrugas y las marcas del sufrimiento parecían haberse grabado para siempre en su piel.
—¿Sabes de dónde venimos?
Tal vez porque hacía mucho que no tenía con quién conversar, la abuela Zhao hablaba sin parar.
—Los padres de Da Chuan y nosotros éramos de Qingzhou. En aquellos años no había paz. El príncipe Jing provocó una rebelión y murieron muchísimas personas. Pingzhou, Shanyang y todo el norte quedaron devastados. Qingzhou también sufrió una gran calamidad, así que la gente común tuvo que abandonar sus hogares.
»Salimos de la aldea Zhao más de trescientas personas. A mitad del camino una inundación repentina de la montaña dispersó a todo el grupo. Mi hijo mayor murió entonces.
»Después terminamos aquí. Aunque este lugar es más frío y más pobre que el sur, al menos se puede sobrevivir, así que nos establecimos definitivamente.
Lu Yao sintió un nudo en el pecho.
En una época en la que la vida humana valía menos que la hierba, sobrevivir siendo un campesino común ya era una enorme fortuna.
La olla comenzó a despedir vapor.
Las gachas de maíz estaban listas.
Lu Yao levantó la voz hacia el exterior.
—Si tienen hambre, vayan a buscar sus cuencos.
Zhao Xiaonian y Zhao Xiaodou se quedaron sorprendidos.
—Hermana, ¿nos está hablando a nosotros?
—Parece que sí.
En ese mismo instante, los estómagos de ambos rugieron al unísono.
Los dos salieron corriendo a casa y regresaron enseguida con unos cuencos grandes.
Lu Yao les sirvió una buena cantidad a cada uno.
Lo que quedó fue para él.
Los tres se sentaron alrededor del fogón y comenzaron a comer las gachas calientes.
Al ver que Lu Yao comía con total normalidad, Zhao Xiaonian y Zhao Xiaodou finalmente respiraron aliviados.
Parecía que su nuevo cuñado realmente no era un fantasma.
Lu Yao sonrió satisfecho para sus adentros.
Los niños eran realmente fáciles de convencer.
Sin embargo, su sonrisa desapareció enseguida.
La olla de su casa seguía rota.
¿Cómo iba a cocinar al día siguiente?
No podía seguir pidiendo prestada la olla de los vecinos.
—Abuela, ¿dónde puedo comprar una olla de barro?
—En el pueblo venden. Las grandes cuestan cinco monedas de cobre y las pequeñas tres. ¿Necesitas una nueva?
Lu Yao sonrió con vergüenza.
—Para ser sincero… rompí la de casa por accidente.
—¿¡Rompiste la olla!?
Zhao Xiaonian y Zhao Xiaodou exclamaron al mismo tiempo, completamente sorprendidos.
El rostro de Lu Yao se puso rojo de inmediato.
La abuela Zhao tampoco supo qué decir.
Una olla de barro no era precisamente barata.
Los campesinos no tenían más ingresos que los obtenidos de sus escasas tierras y, después de un año entero de trabajo, apenas podían ahorrar unos pocos cientos de monedas de cobre.
Que un recién casado rompiera la olla el primer día era, sin duda, una pésima demostración de sus habilidades domésticas.
Después de comer, Lu Yao lavó cuidadosamente la olla de la anciana y regresó a casa con el cuenco.
Zhao Xiaonian y Zhao Xiaodou ya habían vuelto antes que él.
Los dos estaban agachados junto al fogón, observando la olla rota.
En efecto, tenía un agujero del tamaño de un puño.
Frunciendo el ceño, Zhao Xiaodou preguntó:
—Hermana, ¿qué vamos a hacer? ¿Cómo cocinaremos ahora?
—Yo tampoco lo sé. Esperemos a que regrese el hermano mayor.
Lu Yao entró en la cocina y, al ver la expresión preocupada de ambos niños, dijo avergonzado:
—Mañana compraré una olla nueva.
Zhao Xiaonian levantó la vista.
—¿Tienes dinero?
Lu Yao negó con la cabeza.
Él no tenía.
Pero su familia sí.
Quizá mañana pudiera pedirles prestadas unas monedas.
Después de compartir aquella comida, la actitud de los niños cambió un poco.
Todavía le tenían algo de miedo, pero ya no era el mismo terror de antes.
Aquella noche, Zhao Xiaonian llevó a su hermano a dormir a casa de la abuela Zhao.
Temían volver a encontrarse con otra escena de un ahorcamiento.
Lu Yao tampoco insistió.
Él tampoco estaba acostumbrado a dormir con desconocidos.
Acostado sobre el duro kang de barro, cubierto con mantas igual de rígidas, pensó que no lograría conciliar el sueño.
Sin embargo, apenas apoyó la cabeza sobre la almohada, cayó profundamente dormido.
Soñó con su vida anterior.
Se vio tendido en medio de la carretera, con la ropa empapada de sangre seca de color marrón rojizo.
A su alrededor había personas pidiendo ayuda, otras observando el accidente y algunas grabándolo todo con sus teléfonos para enviarlo a familiares y amigos.
Poco después llegó una ambulancia.
Varios médicos lo subieron rápidamente al vehículo.
Lu Yao siguió la ambulancia hasta el hospital.
Allí vio a sus tres hermanas llegar apresuradamente.
Los ojos de la hermana mayor estaban completamente hinchados y enrojecidos.
Era evidente que había llorado durante todo el camino.
La segunda y la tercera permanecían tomadas de la mano, esperando angustiadas frente al quirófano.
Varias horas después, el médico salió agotado.
Sacudió lentamente la cabeza.
Lu Yao ya conocía el resultado.
Aun así, el dolor seguía siendo insoportable.
Su breve vida había llegado a su fin…
Al escuchar la noticia, su hermana mayor se desmayó y cayó al suelo.
Las otras dos corrieron a sostenerla mientras gritaban entre lágrimas.
Lu Yao intentó ayudarla también.
Pero su mano atravesó su cuerpo.
Desde que tenía memoria, su hermana mayor había sido la persona más cercana a él.
Cuando nació, sus padres ya rondaban los cuarenta años.
Para entonces, ella ya tenía edad suficiente para casarse.
La llegada inesperada de un hermano pequeño alteró por completo su vida y terminó ayudando a sus padres a criarlo.
Comparada con aquellos padres ancianos, la hermana mayor había sido mucho más parecida a una madre.
Lo cuidó, lo educó y solo se casó y tuvo hijos cuando ya había pasado de los treinta años.
Su muerte le causaría un dolor inmenso.
Lu Yao rompió a llorar desconsoladamente.
Mientras lloraba, todo se volvió borroso.
El escenario cambió de repente.
Un hombre vestido con una larga túnica gris piedra recitaba un texto clásico con voz monótona y cadenciosa.
El lenguaje arcaico resultaba tan tedioso que Lu Yao terminó irritándose.
Tras una eternidad, el hombre por fin terminó de leer y se volvió lentamente.
Tenía el rostro redondo, dos enormes dientes salientes y una boca tan grande que ocupaba casi media cara.
Sonrió mostrando todos los dientes.
—Ah Yao, cuando apruebe el examen imperial y me convierta en jinshi, vendré a casarme contigo.
Después de decirlo, frunció sus gruesos labios e intentó besarlo.
—¡¡¡Aaah!!!
Lu Yao despertó sobresaltado.
La luz de la mañana se filtraba por las rendijas de la ventana.
Miró aquella habitación sencilla y apagada.
Solo entonces terminó de aceptar una realidad innegable.
De verdad había transmigrado.