El veterinario número uno del Imperio - Capítulo 77
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- Capítulo 77 - Día 77 del registro del doctor Pei
—Claro —aceptó Osmon de inmediato.
Tomó en brazos al pequeño zorro, que había comido tanto que tenía la barriga abultada y estaba despatarrado sobre la silla. Imitando lo que Pei Zhou había hecho anteriormente con él, comenzó a trazar suaves círculos con los dedos sobre el vientre del zorrito para ayudarlo a hacer la digestión.
Luego levantó la cabeza y preguntó:
—¿Vas a llevar a mi primo a la sala de fisioterapia para hacerle la orientación del poder mental?
Pei Zhou no respondió. Se limitó a observar en silencio durante unos instantes los movimientos de Osmon.
Masajear el vientre de un cachorro de zorro era, en efecto, una buena forma de favorecer la digestión, pero la intensidad del masaje era muy importante. Incluso había diferencias entre hacerlo en sentido horario o antihorario.
Dado que el tracto intestinal seguía un recorrido de derecha a izquierda, la forma correcta de masajear el abdomen de un cachorro era hacerlo en el sentido de las agujas del reloj. Si se hacía incorrectamente, incluso podía provocar una indigestión por acumulación de alimento.
Después de observarlo durante un rato, Pei Zhou finalmente confirmó que los movimientos de Osmon eran completamente correctos.
Una sonrisa de aprobación apareció en su rostro.
—General Osmon, de verdad eres muy cuidadoso.
—No hace falta ir a la sala de fisioterapia. Podemos hacerlo aquí.
Pei Zhou contempló al pequeño zorro, que descansaba felizmente entre los brazos de Osmon, con una ternura acuosa en la mirada.
—Ahora está demasiado lleno. Sigue masajeándole un poco la barriga para que haga la digestión y después le haré la orientación del poder mental.
De pronto recordó algo.
—Ah, cierto. Todavía tengo muchos de sus juguetes aquí. Puedes jugar un rato con él.
Dicho esto, Pei Zhou corrió hasta el almacén y comenzó a sacar, uno tras otro, el mordedor para zorros, el árbol de trampas, la casita para zorros…
Osmon entrecerró ligeramente los ojos mientras contemplaba la espalda de Pei Zhou, que se esforzaba por sacar todas aquellas cosas.
Una pizca de disgusto apareció en su rostro, aunque no podía protestar en voz alta.
En cambio, los ojos del pequeño zorro que sostenía se iluminaron. En un instante saltó de sus brazos y corrió alegremente hasta las piernas de Pei Zhou. Comenzó a brincar emocionado de un lado a otro, sacando alegremente la lengua mientras jadeaba.
Osmon:
—…
Pei Zhou miró aquella pequeña bola de algodón junto a sus pies y soltó una carcajada.
—¿Tan contento estás, Mengmeng?
El pequeño zorro se lanzó con entusiasmo dentro de la casita para zorros. Sus patitas comenzaron a escarbar alegremente en el interior, produciendo continuos sonidos de «crac, crac». Después de jugar durante un buen rato, finalmente asomó la cabeza y miró a Pei Zhou con una dulce expresión, mientras chillaba:
—¡Wua, wua!
Pei Zhou no pudo evitar sonreír ante lo adorable que se veía, pero al mismo tiempo sintió cierta extrañeza.
¿Desde cuándo a Mengmeng le gustaba tanto aquella casita?
Se agachó a medias y sacó de una caja de cartón varias revistas militares. Con una sonrisa radiante, se las ofreció al pequeño zorro.
—Mira, ¡tus revistas militares favoritas!
Sin embargo, Pei Zhou sostuvo las revistas frente a él durante bastante tiempo y el pequeño zorro pareció completamente indiferente.
Pei Zhou se quedó desconcertado.
En ese momento, unas manos masculinas tomaron las revistas de las suyas.
—Mm, ¿puedo echarles un vistazo?
Pei Zhou giró la cabeza y se encontró con los brillantes ojos de zorro de Osmon. Asintió torpemente.
—Claro. Si quieres leerlas, adelante.
Osmon tomó las revistas y hojeó una de ellas al azar antes de sonreír.
—No esperaba que al doctor Pei también le interesara el ámbito militar. Pero limitarse a leer textos y mirar fotografías puede resultar bastante aburrido. Si tienes curiosidad, en el futuro puedo explicarte estas cosas personalmente.
Pei Zhou sonrió.
—No soy yo quien disfruta leyéndolas. Antes, cuando Mengmeng estaba en mi casa y no tenía nada que hacer, siempre le gustaba leer revistas militares. Por eso las compré.
Después miró al pequeño zorro y volvió a suspirar con impotencia.
—Pero tampoco entiendo por qué últimamente los gustos y hábitos de Mengmeng… han cambiado tanto.
El movimiento de Osmon al hojear la revista se detuvo ligeramente.
No respondió al comentario. En cambio, tomó el pequeño pterosaurio que había a un lado y apretó su suave cuerpo. El juguete soltó un «¡chi!», y Osmon preguntó con curiosidad:
—¿Y cómo se juega con esto?
Tal como esperaba, la atención de Pei Zhou se desvió de inmediato.
—Es un juguete que Dai Luoluo me regaló hace poco. Es un producto nuevo que todavía no ha salido al mercado. Al parecer, sirve para ejercitar la agilidad y la capacidad de salto de los cachorros.
—Este es el control remoto.
Pei Zhou puso un control gris en las manos de Osmon.
—Puedes usar la palanca para moverlo a izquierda y derecha. Si presionas el botón verde de vuelo que está a un lado, el pequeño pterosaurio despegará; y si presionas el botón rojo, aterrizará.
—Esto parece bastante interesante.
Osmon mostró una expresión intrigada y llamó en voz alta al pequeño zorro que seguía dentro de su casita:
—Sal, pequeño. ¡Voy a jugar contigo con esto!
Pei Zhou permaneció a un lado y vio cómo Mengmeng, al escuchar la llamada de Osmon, salía corriendo de la casita, levantaba la cabecita y lo contemplaba con sus brillantes ojos de zorro.
—¡A volar!
Osmon hizo despegar al pequeño pterosaurio, atrayendo inmediatamente la atención del zorrito, que por instinto comenzó a perseguirlo y a intentar atraparlo a mordiscos.
Las comisuras de los labios de Osmon se elevaron.
Manipuló hábilmente la palanca para que el pequeño pterosaurio esquivara una de las zarpas del zorro. Después lo hizo volar detrás de él y le dio un pequeño golpe en el trasero.
El zorrito se sobresaltó. Dio un ágil salto y se giró rápidamente, mientras su esponjosa cola se levantaba para proteger firmemente su trasero.
Sus vivaces ojos de zorro se clavaron en el pequeño pterosaurio, rebosantes de instinto cazador.
De repente, todo su cuerpo salió disparado y se abalanzó sobre el juguete.
Sin embargo, justo en ese momento, Osmon presionó rápidamente el botón verde. El pequeño pterosaurio batió sus diminutas alas y se elevó de inmediato.
Por supuesto, la altura máxima de vuelo de aquel juguete era de apenas 1,6 metros. No era demasiado, pero para un cachorro de zorro ya constituía una altura difícil de alcanzar.
El pequeño zorro saltó verticalmente desde el suelo, alzando su peluda cabeza mientras estiraba con todas sus fuerzas las patas delanteras hacia arriba. Su postura tenía toda la majestuosidad de alguien dispuesto a lanzarse directamente hacia los cielos.
Sin embargo, terminó pareciéndose más a un cohete que se había quedado sin combustible: perdió impulso en el aire, cayó hacia atrás y acabó patas arriba en el suelo.
Su aspecto tonto y adorable hizo que Pei Zhou estallara en carcajadas.
Osmon, en cambio, no se burló del pequeño. Como un padre sereno, lo animó:
—No te desanimes. ¡Sigue intentándolo!
Al escuchar sus palabras, el pequeño zorro recuperó inmediatamente toda su energía y volvió a perseguir al juguete con entusiasmo, aunque el pterosaurio controlado por Osmon siempre conseguía esquivarlo.
Finalmente, en cierto momento, el zorrito volvió a lanzarse contra el pequeño pterosaurio que estaba en el suelo.
Justo cuando parecía que iba a atraparlo, el juguete recurrió al mismo truco y comenzó a despegar.
Un destello astuto cruzó los ojos del zorro.
Esta vez se anticipó.
Saltó desde el mismo lugar antes que el pequeño pterosaurio y, con la velocidad de un relámpago, consiguió igualar su ascenso.
¡Lo atrapó de un mordisco!
El pequeño pterosaurio dejó escapar un lastimero:
—¡Chi!
Y el zorrito aterrizó con ligereza en el suelo.
Pei Zhou vitoreó inmediatamente:
—¡Fantástico, Mengmeng!
Corrió hacia él, tomó en brazos a su querido zorrito y frotó cariñosamente la mejilla contra su rostro peludo. Incluso le plantó un sonoro beso.
—¡Mi Mengmeng es el mejor!
Al ver que su primo zorro había conseguido capturar a su presa, una sonrisa también había aparecido en el severo rostro de Osmon. Estaba a punto de elogiarlo cuando vio lo que hacía Pei Zhou.
La sonrisa de su rostro se congeló de inmediato.
Sintió una opresión inexplicable en el pecho.
«Glup, glup…»
«Glup, glup…»
Parecía que en el aire acababa de volcarse una enorme tinaja de vinagre añejo.
—¡Wua, wua!
El pequeño zorro, en cambio, estaba encantadísimo entre los brazos del doctor Pei. Soltó orgullosamente el pequeño pterosaurio, infló su pecho peludo y comenzó a mover la cola con tanta rapidez que parecía un ventilador eléctrico.
Pei Zhou lo abrazaba a medias con una sonrisa en los labios, pero, al contemplar aquella cola que se agitaba como un ventilador, una nueva duda surgió en su corazón.
En sus recuerdos, Mengmeng siempre había sido un zorrito elegante y contenido.
Jamás había movido la cola con semejante entusiasmo.
Que de pronto se mostrara tan efusivo hacía feliz a Pei Zhou, pero al mismo tiempo le provocaba una sensación… extraña, difícil de describir.
—Olvídalo…
Pei Zhou negó con la cabeza y apartó aquellos pensamientos.
Extendió una mano para tocar la pequeña barriga del zorrito. Al comprobar que ya no estaba tan hinchada, sonrió.
—Entonces, ¿te hago ahora la orientación del poder mental?
Al escuchar las palabras de Pei Zhou, el pequeño zorro asintió obedientemente y se tumbó frente a él.
Pei Zhou sonrió y extendió las manos para comenzar con la técnica básica de caricias.
Primero rascó suavemente el pelaje alrededor del cuello del pequeño zorro y luego deslizó las manos siguiendo el crecimiento del pelo. Hebras de poder mental fluían con los movimientos de Pei Zhou y se extendían por cada rincón del cuerpo del zorrito.
El pequeño estaba tan cómodo que entrecerró los ojos y comenzó a emitir suaves ronroneos desde la garganta.
Al ver cuánto lo disfrutaba, Pei Zhou sonrió satisfecho y le pellizcó suavemente las mejillas.
—Muy bien. El masaje que voy a hacerte ahora puede ser un poco estimulante. Aguanta un poquito, ¿de acuerdo?
De acuerdo con el temperamento habitual del pequeño zorro, que alguien le pellizcara las mejillas habría bastado para hacerlo enfurecer.
Pero en ese momento contempló los ojos de Pei Zhou, llenos de una ternura semejante al agua, y recordó todas las cosas deliciosas que le había dado de comer, además de todos los juguetes divertidos con los que había jugado con él.
El corazón del pequeño zorro rebosaba de felicidad.
¡Le gustaba muchísimo!
Así que, lejos de enfadarse, se dejó caer de costado y expuso ante Pei Zhou su suave vientre, expresando abiertamente todo su cariño por el doctor Pei.
Al instante siguiente comenzó a retorcerse alegremente. Por momentos adoptaba la forma de una S y luego parecía doblarse como una B. No solo dejó completamente expuesto el suave pelaje de su vientre, sino también sus dos pequeñas bolitas, pero parecía haberse olvidado por completo de ello. En su cara de zorro solo había una expresión mimosa y complaciente.
Osmon:
—…
Al contemplar aquella escena tan familiar, ciertos recuerdos vergonzosos de su pasado volvieron a emerger desde las profundidades de su memoria.
No pudo evitar girar ligeramente la cabeza.
Las puntas de sus orejas se tiñeron de rojo.
Pei Zhou, en cambio, estaba encantado.
¡Cielos! Salvo cuando acababa de encontrar a Mengmeng, cuando el pequeño se había mostrado así de cariñoso con él, después nunca había vuelto a comportarse de aquella manera.
¡Su amada consorte de pronto se mostraba tan apasionada!
¿Qué debía hacer este emperador?
¡Por supuesto, hundir la cara en su pelaje!
¡Tenía que aspirar hasta hartarse de aquel pequeño seductor!
Pei Zhou ya no pudo contener su obsesión por las criaturas peludas. Sujetó inmediatamente a su «consorte zorro», que seguía contoneándose, hundió el rostro contra su pecho y aspiró profundamente, esperando percibir aquella peculiar y delicada fragancia.
Sin embargo…
Lo que invadió sus fosas nasales fue un intenso olor a…
¿¡leche!?
—No… Este olor no es el correcto…
Con sus muchos años de experiencia hundiendo la cara en el pelaje de los zorros, Pei Zhou descubrió de inmediato que el olor de aquel zorro no era el auténtico.