El príncipe heredero Alfa está demasiado enamorado de mí - Capítulo 97
—Estás diciendo cosas que te convertirían en el enemigo público número uno de los amantes del romance oscuro. Qué anticuado eres.
Lulu avanzaba dando pequeños saltos por el pasillo, completamente recuperada del abatimiento que había sentido antes.
Por fin estaba asimilando el reencuentro con su hermano, y la felicidad la desbordaba.
Ahora era, aunque de manera no oficial, la cuñada de su personaje favorito.
O… ¿cómo era el término?
La hermana menor de la esposa.
Sí, ese era.
—Mi hermano… mi carta de triunfo definitiva.
Incluso cuando era Jeon Jae-young, su hermano siempre había sido su esperanza y su salvador.
Siempre acudía a protegerla, siempre la tranquilizaba, siempre estaba de su lado. Había sanado cada una de sus heridas y llenado incluso el enorme vacío que dejaron sus padres.
Ella jamás le había expresado adecuadamente su gratitud, cegada por la rebeldía de la adolescencia.
Era el mayor arrepentimiento de su vida.
Había sido incapaz de pronunciar tres palabras tan simples:
Gracias. Te quiero.
Creyó que jamás tendría otra oportunidad.
Pero ahora…
Lulu tarareaba alegremente mientras recorría el pasillo, hasta que se detuvo de golpe.
—¡Ah!
Una idea cruzó su mente.
Había un enorme obstáculo para apoyar plenamente aquella relación.
Las fantasías de Jeon Jae-young siempre giraban en torno a un seme dominante y experimentado que tomaba la iniciativa con un uke inocente e ingenuo, convencido equivocadamente de que él era quien llevaba el control.
Pero su hermano era la persona más tradicional del mundo, incluso con un cuerpo de Omega.
Lo más probable era que terminara dejándose guiar.
¿Sería por eso que todavía no… habían consumado su relación?
¿Y si su historia acababa convirtiéndose en un romance apto para todo público, con dos vírgenes sin saber qué hacer y sin avanzar nunca?
Lulu frunció el ceño mientras se masajeaba las sienes.
—Voy a tener que… darles algunas clases.
—¿Clases a quién?
Marco, que llevaba un rato observando cómo fruncía el ceño, negaba con la cabeza y murmuraba sola, habló con un tono cortante.
—Sea lo que sea que estés planeando, más vale que lo abandones, bruja.
Había dejado a Elizabeth en el jardín y regresado solo al castillo, vigilando discretamente a Lulu.
—Ah, eres tú.
La indiferencia con la que respondió le molestó.
—Me llamo Marco. Llámame por mi nombre. Y deja de hablarme con tanta familiaridad. Puede que ambos seamos plebeyos, pero yo soy el asistente del príncipe. Tú… no eres nadie.
Lulu chasqueó la lengua al oír aquellas palabras tan afiladas.
—Solo porque el príncipe te trate como a un amigo no significa que todos los demás tengan que hacerlo.
Sonrió con aire burlón mientras ladeaba la cabeza.
Podía haber sido irrespetuosa con el príncipe Carl Lindbergh, pero las únicas personas que realmente tenían derecho a reprenderla eran su personaje favorito, su segundo personaje favorito y… bueno, su hermano, Carl Lindbergh.
—No necesito la aprobación de nadie.
Las cejas de Marco se crisparon.
Avanzó directamente hacia ella.
Tras la ceremonia de compromiso entre Carl y Adrian, había ascendido oficialmente de simple sirviente a asistente personal del príncipe.
Quizá aún no tuviera la experiencia de los criados veteranos, pero oficialmente era la persona más cercana al príncipe.
Aunque seguía conservando un aspecto juvenil, con sus rizos rojizos y las pecas dispersas sobre el rostro, durante su estancia en Heineken había crecido tanto en altura como en complexión, además de alimentarse y descansar adecuadamente.
El príncipe seguía burlándose de lo delgado que estaba, pero eso era solo porque Carl admiraba a los caballeros musculosos.
Mientras Elizabeth se había convertido en una enorme e imponente loba, Marco había madurado hasta convertirse en un joven atractivo.
Lulu tuvo que admitirlo.
Era bastante guapo.
—Deja de ser tan insolente. Puede que el príncipe no quiera ponerte una mano encima, pero yo no tengo esos escrúpulos. Todavía conservo algunos… trucos de la calle.
La amenaza, pronunciada con absoluta naturalidad, hizo que Lulu se detuviera un instante.
Y aquellos «trucos de la calle» no eran una broma.
Robar a cadáveres.
Entrar en casas abandonadas para buscar comida.
Arrebatar monedas a los transeúntes distraídos y salir corriendo…
Así había sobrevivido Marco antes de entrar al castillo.
Había hecho todo lo necesario para seguir con vida.
No se arrepentía.
Pero era una parte de sí mismo que prefería mantener oculta al príncipe.
Había soportado la frialdad del antiguo Carl Lindbergh porque, aun así, aquel príncipe lo había rescatado de los barrios bajos.
Y porque había visto reflejadas en él sus propias heridas y su propia obstinación por sobrevivir.
Después de que el príncipe perdiera la memoria, esa lealtad solo se había vuelto más profunda.
El Carl Lindbergh actual no dejaba de ponerse en peligro, como si fuera completamente inconsciente de los riesgos.
—Estoy entrenando. Yo soy el único que puede protegerlo.
No permitiría que nadie hiciera daño al príncipe.
Mucho menos aquella bruja imprudente e impredecible.
Marco apretó los dientes.
Lulu, que lo observaba fijamente, de pronto exclamó:
—¡Ah!
—Con razón siempre vuelves lleno de heridas.
—¿Qué?
Sin ningún reparo, le sujetó la muñeca y comenzó a palparla cuidadosamente.
—¡Oye! ¿Qué haces?
Marco retiró la mano de un tirón.
Ella simplemente se encogió de hombros.
—Siempre desapareces cuando el príncipe está en su habitación. Estás entrenando en secreto, ¿verdad?
Marco guardó silencio.
—Lo sabía. Nadie en el castillo se atrevería a tocar al asistente del príncipe, pero siempre apareces cojeando o con los nudillos magullados.
—¿C-Cómo… lo supiste?
Al verlo erizarse como un gato desconfiado, Lulu negó con la cabeza.
—La gente que tiene demasiado tiempo libre suele fijarse mucho en los detalles.
—…No se lo digas a nadie.
Toda la arrogancia de Marco pareció desinflarse un poco.
Lulu volvió a encogerse de hombros.
—Está bien, como quieras.
Marco dio media vuelta para dirigirse hacia la habitación del príncipe, pero Lulu volvió a sujetarlo de la muñeca.
Esta vez él no se apartó.
—Deberías buscar un maestro de verdad. Tu técnica es muy mala. Solo consigues lesionarte, no mejorar.
—¿Y tú cómo sabes si estoy mejorando o no?
Lulu sonrió con suficiencia.
Marco frunció el ceño, incómodo ante aquella sonrisa.
—Es evidente. Tienes los trapecios demasiado tensos, los nudillos llenos de hematomas, las palmas sin callos… y además cojeas.
Aunque ahora tuviera el aspecto de una niña indefensa, en su vida anterior había sido una atleta con un futuro muy prometedor.
Los ojos de Lulu brillaron al ver a Marco completamente inmóvil, claramente sorprendido.
❖ ❖ ❖
Aunque hacía rato que habían terminado de comer, ni Carl Lindbergh ni Belfry habían abandonado la cocina.
El chef y varios sirvientes iban y venían nerviosos, atentos por si los necesitaban.
—…¿Ama al príncipe heredero?
Belfry, que había permanecido observando en silencio cómo Carl llenaba una tetera con agua y la colocaba sobre el fuego, habló de repente.
—Sí.
La respuesta inmediata y firme de Carl llenó a Belfry de una extraña mezcla de alivio y decepción.
Ya era un poco tarde para tomar café, pero ninguno de los dos parecía tener intención de dormir pronto.
—Voy a preparar café. ¿Y tú, Belfry? Apenas has comido. ¿Qué tal una infusión de manzanilla?
En realidad, pensaba preparársela independientemente de la respuesta.
Belfry, que justamente iba a pedir manzanilla, simplemente respondió:
—Cualquier cosa está bien.
Al ver la expresión decidida del príncipe, comprendió que la decisión ya estaba tomada.
Carl Lindbergh vertió el agua caliente en ambas tazas y regresó a la mesa.
Mientras jugueteaba con un padrastro junto a una uña, Belfry finalmente preguntó:
—¿Cómo… se enamoró?
—¿Enamorarme?
Sorprendido por la pregunta, Carl la repitió en voz alta.
Belfry asintió.
Parecía realmente curioso, no intentaba sonsacarle nada ni ponerlo en aprietos.
Carl decidió responder con sinceridad.
Quizá así Belfry renunciaría a perseguir a Adrian.
O quizá simplemente era una oportunidad para explorar la profundidad de sus propios sentimientos y comprenderlos mejor.
—Yo… no lo sé.
—¿Es posible… no saberlo?
—Dicen que el amor y el odio no necesitan razones. Creo que es cierto. Hay muchos motivos pequeños e insignificantes, pero no existe una única gran razón.
—¿Existe… el amor incondicional?
Solo dos personas completamente inexpertas en el amor podían mantener una conversación como aquella.
Uno había vivido emocionalmente aislado durante toda su vida.
El otro era el hijo menor, criado entre algodones, de una de las familias más poderosas del Imperio, cuya única comprensión del amor provenía de los libros.
Mientras buscaba las palabras adecuadas, Carl pensó en Adrian.
¿Por qué él?
¿Por qué Adrian entre todas las personas que podía haber conocido?
Permaneció pensativo.
Belfry, creyendo comprender su silencio, intervino.
—Bueno… el príncipe heredero sobresale tanto en las artes literarias como en las marciales, y además posee un talento mágico extraordinario. Es natural que Su Alteza se sintiera cautivado por él.
Muy seguro de su propio atractivo, Belfry omitió convenientemente cualquier referencia al aspecto físico.
—Y Su Alteza es hermoso, talentoso, amable y además un Omega dominante. Es completamente natural que ambos…
Su voz se apagó.
Sus hombros cayeron.
Al igual que sus padres…
Ellos estaban destinados a estar juntos.
Él jamás podría competir con Adrian.
Y ahora, convertido también en un Omega, la diferencia entre ambos le parecía aún mayor.
Ese era el origen de toda su desesperación.
Se llevó una mano al pecho mientras el corazón le dolía.
Carl Lindbergh negó suavemente con la cabeza.
—Al principio yo también pensaba así. Antes de comprender realmente mis sentimientos, creía que tenía que existir alguna razón por la que Adrian se sintiera atraído por mí. De lo contrario… nunca habríamos llegado a estar juntos.
Mientras hablaba, pasó lentamente la yema del dedo por el borde de la taza caliente.
—Me llamaste… una buena persona, Belfry.
Aquellas palabras…
Habían dejado huella.
Soltó una pequeña risa y bebió un sorbo de café.
Las mejillas de Belfry se tiñeron de rojo.
—Le pido disculpas, Su Alteza. Fui… muy insensible. Solo quería…
—No, tenías razón. Yo… quería ser una buena persona para todo el mundo. Estaba desesperado por obtener su aprobación.
—¿Qué?
Aquello pensaba contárselo primero a Adrian, pero…
—Todos conocemos nuestras propias carencias. En mi caso eran… no tener una familia y mi incapacidad para… comprometerme de verdad.
Belfry recordó el pasado de Carl.
Toda aquella apariencia de afecto y cariño ocultaba una soledad profundamente arraigada.
Las posesiones materiales y los gestos vacíos jamás podían sustituir el verdadero afecto.
—Como nadie se entregaba por completo a mí, decidí entregarme por completo a los demás. Envidiaba a la familia de Adrian, así que intenté tratarla como si también fuera la mía.
Carl Lindbergh comenzó a desprenderse de las capas que había construido alrededor de sí mismo.
La del «buen hombre».
La del «hermano perfecto».
La del «hijo ejemplar».
—Todo era… egoísta. Me sentía inseguro e intentaba llenar el vacío que llevaba dentro. Quería ocultar mis defectos y mis inseguridades entregándoles todo a los demás…
Belfry quiso negarlo.
Carl Lindbergh no estaba fingiendo.
—En fin… por eso me acerqué a Adrian…
Retumbó.
Carl interrumpió la frase a la mitad.
¿Había sido un trueno?
Hacía apenas un momento el cielo estaba completamente despejado.
Tanto Carl como Belfry sintieron una extraña vibración.
Sus miradas se encontraron.
—¿…Ha regresado Adrian?
—…Si hubieran vuelto, primero habrían avisado al palacio.
Retumbó.
La vibración volvió a sentirse.
Esta vez era más intensa, más prolongada y mucho más evidente.