El príncipe heredero Alfa está demasiado enamorado de mí - Capítulo 96
Todo noble que conociera a fondo la relación entre la diferenciación y el poder mágico anhelaba poseer rasgos dominantes.
Incluso en Heineken, donde los avances en el procesamiento de piedras mágicas habían hecho que la magia estuviera al alcance de la mayoría, los rasgos dominantes seguían considerándose algo «especial».
La magia lanzada directamente por una persona era vista como superior a la canalizada mediante artefactos. Y la cantidad de poder mágico que alguien poseía solía ser una medida de su estatus y riqueza, otorgándole privilegios en diversos aspectos de la sociedad.
Sin embargo, existía una excepción: Belfry Hendrick.
Nacido como el hijo menor del gran duque Balvenie Heineken y del duque Anderson Hendrick, había crecido rodeado de amor y atención, sin importar cuál fuera su diferenciación. Además, desde muy pequeño había demostrado poseer una mente excepcional.
Aunque era incapaz de usar magia, también estaba libre de las limitaciones del celo y el rut, y sus logros eran reconocidos independientemente de ser un Beta. En cierto sentido, él también era alguien especial.
Ahora, por primera vez en su vida, Belfry estaba experimentando una verdadera desesperación.
Ni siquiera sabía con certeza cuál era la causa de aquella agitación emocional.
Diferenciarse como un Omega dominante, un caso extremadamente raro, debería haber sido motivo de celebración. Sin embargo, su corazón pesaba como una piedra hundiéndose en las profundidades del agua.
Salió de su habitación mientras varios sirvientes, entre ellos Janis, permanecían cerca por si los necesitaba, pero él les hizo un gesto para que se retiraran.
Había permanecido encerrado durante tres días debido a la intensidad de sus feromonas, bajo la constante supervisión del médico. Lo único que deseaba ahora era estar solo.
Con caballeros de Heineken apostados en cada rincón, el Castillo Lindbergh no representaba ningún peligro, incluso sin escolta.
Además, conocía aquel castillo, que tenía aproximadamente la mitad del tamaño del castillo principal de Heineken, como la palma de su mano. Había memorizado todos los pasadizos secretos y todos los escondites.
Todo estaba bien… salvo por el ocasional aroma de los caballeros y las miradas que sentía clavadas en su espalda.
Se detuvo frente a una ventana y observó su reflejo.
¿Qué había cambiado?
Su apariencia seguía siendo la misma.
Su corazón también.
Se examinó en silencio, preguntándose qué efectos habría tenido su nueva diferenciación, antes de abrir la puerta de la cocina.
Solo quería beber un vaso de agua.
Pero la última persona con la que deseaba encontrarse ya estaba allí.
—¿Belfry? ¿Ya te sientes mejor?
—…Su Alteza.
La persona que había estado a su lado cada vez que recuperaba el conocimiento…
La persona que, sin saberlo, había despertado aquel amor no correspondido…
Carl Lindbergh.
Su corazón, que ya estaba inquieto, volvió a doler.
Después de todas las tonterías que había dicho mientras deliraba por la fiebre y de la vergonzosa forma en que había dejado escapar sus sentimientos, había estado demasiado avergonzado para enfrentarse al príncipe.
Carl Lindbergh, sentado a una pequeña mesa en la cocina, le hizo un gesto para que se acercara.
—Ven, siéntate. ¿Por qué estás deambulando solo? Todavía no te has recuperado por completo. ¿Necesitas algo?
Mientras seguía comiendo, sacó una silla a su lado, dio unas palmaditas en el asiento y comenzó a hacerle una pregunta tras otra.
Belfry permaneció inmóvil, incapaz de responder.
Al ver su vacilación, Carl Lindbergh simplemente le dedicó una sonrisa incómoda.
Solo entonces Belfry se dio cuenta de lo demacrado que lucía el príncipe. Su rostro, normalmente alegre, estaba pálido y agotado.
Era evidente que había descuidado su propia salud mientras se preocupaba por Adrian y Leia, que habían abandonado el castillo, y además cuidaba de Belfry durante su recuperación.
¿No era agotador preocuparse siempre por todo el mundo y entregarse tanto a los demás?
Belfry, que apenas podía controlar sus propios sentimientos, frunció el ceño y desvió la mirada.
La mano de Carl Lindbergh, que sostenía una cuchara, descendió lentamente hasta la mesa ante aquella fría reacción.
Al volver la vista hacia él, Belfry vio la expresión abatida del príncipe.
Debería marcharse.
Pero no pudo hacerlo.
Como si una fuerza invisible tirara de él, terminó acercándose y se sentó junto a Carl Lindbergh.
—…
—…
Carl Lindbergh observó el sombrío rostro de Belfry y recordó los celos que él mismo había sentido, por lo que guardó silencio.
Había decidido dejar de lado sus sospechas sobre Adrian y Belfry, pero no lograba olvidar aquella confesión susurrada:
«Lo siento… por enamorarme.»
Preguntarle de quién se había enamorado sería una enorme falta de tacto.
Cuando el silencio ya se hacía demasiado largo y Carl estaba a punto de romperlo, Belfry habló primero.
—¿Por qué…?
—¿Perdón?
La mirada de Belfry estaba fija en la comida que Carl tenía delante.
—…¿Está comiendo sobras?
—¿Eh?
Carl lo miró completamente desconcertado.
—¿Eso… es comida para cerdos? ¿O me equivoco?
—Bueno… se parece un poco…
Desconcertado por el tono de absoluto rechazo de Belfry, Carl bajó la vista hacia su cuenco.
Su obra maestra culinaria, preparada con tanto esfuerzo en la cocina del castillo con el permiso del chef, parecía haberse convertido en comida para cerdos a los ojos de Belfry.
—¿Dónde está su asistente? Si está comiendo a estas horas significa que se saltó la cena. ¿Y esto…? ¿Esto es lo que piensa comer?
Sujetándose la nuca, Belfry parecía a punto de desmayarse de la impresión.
Carl Lindbergh solo pudo quedarse mirándolo sin palabras.
¿Por dónde empezaba a explicarlo?
Había estado demasiado inquieto como para comer ensaladas frías y pasteles. Le apetecía algo diferente.
Así que había preparado bibimbap.
Naturalmente, sin gochujang.
—¿Cómo puede ser esto, Su Alteza? Incluso en tiempos difíciles no puede haber escasez de ingredientes.
Si el príncipe lo deseara, podría exigir un banquete de varios tiempos.
Y, sin embargo, allí estaba, solo en una cocina fría, picoteando un cuenco de verduras marchitas y arroz integral, un alimento que apenas se consumía en las regiones del sur.
Apenas parecía comestible.
La extrema frugalidad del príncipe preocupó profundamente a Belfry.
—Belfry, cálmate.
Carl apoyó una mano sobre su muñeca.
Le molestaba un poco que compararan su bibimbap con comida para animales, pero le preocupaba mucho más que Belfry, recién recuperado de la fiebre, se alterara por algo tan insignificante.
—Los soldados destinados en la frontera están entrenados para comer serpientes vivas, Su Alteza. Cuando es necesario, incluso mastican corteza de árbol. Pero… ¿por qué se obliga usted mismo a vivir así?
Antes de que Carl los iluminara, aquellas verduras se consideraban malas hierbas dignas únicamente del montón de compost.
Solo aceptaron servirlas después de que el príncipe les diera una apasionada explicación sobre las deficiencias nutricionales, aunque incorporarlas oficialmente al menú seguía siendo un asunto en discusión.
—Belfry…
—Usted es el príncipe de Lindbergh y el futuro emperador consorte de Heineken. Merece ser tratado como corresponde.
—¡Belfry!
Al ver que se agitaba cada vez más, Carl lo llamó con firmeza.
—¿Por qué sigue olvidando cuál es su posición? No son los soldados ni los plebeyos quienes deberían actuar así. Una cosa es preocuparse por su pueblo y otra muy distinta vivir como un plebeyo.
Belfry comenzó a preguntarse si estaba perdiendo la razón.
No debería estar tan alterado.
¿Por qué perdía el control precisamente delante del príncipe?
¿Era lógico sentirse así de intensamente por alguien a quien simplemente había salvado practicándole reanimación cardiopulmonar?
¿Por qué precisamente él había tenido que convertirse en un Omega?
¿Por qué había terminado siendo alguien incapaz de aspirar al príncipe, destinado desde el principio a renunciar a él?
—¡Belfry Hendrick, basta!
De repente, pequeñas chispas, como diminutos fuegos artificiales, estallaron frente a sus ojos.
—¡Ah!
Parpadeó varias veces.
Cuando recuperó la claridad de su visión, encontró el rostro de Carl Lindbergh a apenas unos centímetros del suyo.
—¿Ya estás mejor?
Carl Lindbergh simplemente había dado una fuerte palmada.
Aquel sonido repentino lo sacó de su aturdimiento.
Belfry hizo una mueca al darse cuenta del espectáculo que había montado.
—¡L-Lo lamento muchísimo, Su Alteza! Yo… he sido terriblemente irrespetuoso.
Intentó inclinarse, pero Carl lo detuvo.
—Siéntate. No hace falta tanta formalidad.
—Mis más sinceras disculpas, Su Alteza.
Carl Lindbergh le entregó un vaso de agua fría y sonrió.
Él tampoco entendía por qué Belfry había reaccionado de aquella manera, pero al ver las lágrimas acumulándose en sus ojos, no pudo evitar sonreír con ternura.
Belfry quería que la tierra se lo tragara.
Carl Lindbergh le dio unas suaves palmaditas en el hombro mientras su mente no dejaba de dar vueltas.
Le había tomado mucho cariño a Belfry.
El Belfry enamorado de Adrian seguía siendo Belfry.
El Belfry que ahora era un Omega seguía siendo Belfry.
Pasara lo que pasara, seguía siendo un amigo valioso y un recurso indispensable para Heineken.
No quería poner en peligro la relación que tenían.
Al ver sus labios temblorosos y el enorme esfuerzo que hacía por contener las lágrimas, Carl sintió una profunda compasión.
No había ninguna razón para rechazarlo.
Era una buena persona.
Por primera vez desde su conversación con Lulu, Carl Lindbergh sonrió de verdad.
Quería consolarlo.
—No sé por qué siempre termino perdiendo el control cuando estoy con usted, Su Alteza.
Belfry murmuró otra disculpa, y Carl Lindbergh negó con la cabeza.
—No soy un experto, pero… quizá solo estés confundido. Ya sabes… yo también creía que era un Beta, igual que tú. Una persona completamente normal.
Soltó una pequeña risa mientras compartía su propia experiencia.
Belfry sintió aún más vergüenza.
No podía imaginar lo aterrador que debía haber sido para Carl verse arrojado de repente a un mundo de feromonas y embarazos.
Al menos Belfry había crecido rodeado de personas diferenciadas y había visto de cerca cómo actuaban y cómo se relacionaban.
En cambio, el príncipe no sabía absolutamente nada, además de haber perdido todos sus recuerdos.
Las lágrimas volvieron a llenar los ojos de Belfry.
Se las secó rápidamente y, con voz ronca, dijo:
—Sin embargo, pareció adaptarse bastante bien, Su Alteza.
—No soy de darle demasiadas vueltas a las cosas. Aceptarlas suele ser más fácil.
Se encogió de hombros y, en tono de broma, añadió que incluso él mismo empezaba a asustarse de lo rápido que había aceptado su propio destino.
—Le ofrezco mis más sinceras disculpas, Su Alteza. Por cómo me comporté antes de desmayarme, por todos los problemas que causé durante mi diferenciación… por todo.
En lugar de responder que lo perdonaba, Carl le puso una cuchara en la mano.
—Discúlpate con la comida que acabas de insultar.
—¿Eh?
Carl Lindbergh colocó un cuenco humeante frente a él mientras fruncía ligeramente los labios.
—Me esforcé mucho preparando esto. ¿Sabes lo difícil que es cocer arroz en una olla? ¿Y las verduras? Saltearlas, hervirlas, sazonarlas… Todo lleva mucho trabajo. Esto es digno de servirse en la mesa del Emperador.
—¿D-De verdad?
Al imaginar al príncipe sudando frente a un fogón, Belfry sintió una punzada de culpa.
Tomó una cucharada de arroz con verduras.
—Lo… lo siento mucho.
Se disculpó con la comida y luego se la llevó a la boca.
Las verduras, que a simple vista parecían ásperas y poco apetitosas, resultaron sorprendentemente tiernas, casi se deshacían como mantequilla.
Jamás había imaginado que un simple arroz sazonado únicamente con sal pudiera saber tan bien.
Sus ojos se abrieron de par en par por la sorpresa.
Carl, sonriendo con orgullo, levantó ligeramente la barbilla.
—Con un poco de picante queda todavía mejor. La próxima vez te lo prepararé así.
Con las mejillas infladas por la comida, Belfry asintió con entusiasmo.
Aquella comida caliente fue llenando poco a poco el vacío de su corazón y calmando el dolor que lo consumía.