El príncipe heredero Alfa está demasiado enamorado de mí - Capítulo 87
Infundir magia en una piedra mágica era un privilegio reservado únicamente para quienes poseían poder mágico.
Solo cuando se grababa el sello exclusivo de un mago y se canalizaba magia hacia él, una simple «piedra mágica» se convertía en una auténtica «piedra encantada», dotada de propiedades mágicas.
Carl Lindbergh por fin comprendió que, aunque cualquiera podía grabar las fórmulas en teoría, se trataba de una técnica especializada y extremadamente difícil. Sin embargo, hubo una idea que captó por completo su atención:
«Cualquiera puede grabar las fórmulas».
—¿Aumentar la producción de piedras mágicas?
El duque Hendrick, que al principio había mostrado preocupación por el aspecto demacrado del príncipe Carl Lindbergh, pronto concentró toda su atención en aquella propuesta.
—Hace poco intenté grabar yo mismo fórmulas sobre piedras mágicas. Fue sorprendentemente lento y agotador.
Carl Lindbergh se frotó el dedo medio, cubierto de ampollas.
El sello del mago y los patrones geométricos que lo rodeaban eran fenómenos naturales que surgían bajo la influencia de la magia.
Las fórmulas, en cambio, eran otra historia.
Grabarlas requería un enorme esfuerzo.
Había pasado toda la noche al lado de Belfry y solo regresó a su habitación cuando Janis tomó el relevo. Ni siquiera había cenado; trabajó hasta el amanecer para terminar de grabar una sola piedra.
El único mineral que, de forma natural, era más duro que una piedra mágica de alta calidad era el diamante.
Grabar una fórmula equivalía a tallar la superficie de la piedra con una pluma cuya punta fuera de diamante.
—Siempre pensé que procesar piedras mágicas requería obligatoriamente aptitud mágica. Por eso la nobleza mantiene el monopolio.
Carl se rascó la cabeza.
Normalmente, sumergirse en el trabajo bastaba para distraerlo.
Pero quizá por la ausencia de Adrian…
O por la ansiedad que seguía atormentándolo…
Le resultaba imposible concentrarse.
Fue entonces cuando una idea cruzó su mente.
¿Y si entrenaban a plebeyos para que procesaran piedras mágicas?
—Conseguir piedras mágicas y diamantes ya de por sí no es algo que cualquiera pueda hacer. Además, si no se comprenden bien las fórmulas, siempre existe el riesgo de crear piedras inestables con efectos impredecibles.
—De ahí que la nobleza monopolice las piedras mágicas y que los señores territoriales desempeñen un papel tan importante al distribuir piedras procesadas entre los plebeyos.
La comprensión y el apoyo del duque Hendrick animaron a Carl, que continuó con cautela:
—Por eso estaba pensando… ¿y si entrenamos artesanos especializados entre los plebeyos y les delegamos únicamente el proceso de grabado? No producirían piedras mágicas de la más alta calidad, pero si mantenemos un estándar mínimo y hacemos que trabajen varias piedras al mismo tiempo, la distribución podría mejorar considerablemente.
Por fortuna, no todas las piedras mágicas eran tan duras como el diamante.
Las de menor pureza, relativamente económicas y con una dureza comparable al cuarzo, podían grabarse con mucha mayor facilidad.
Aunque su vida útil era bastante más corta, eran suficientes para el uso cotidiano y para aplicaciones médicas básicas entre los plebeyos.
—Entonces propone formar técnicos especializados únicamente en el grabado.
—Exactamente.
La producción anual de piedras mágicas era bastante constante.
Antes de comenzar la extracción era necesario invertir enormes cantidades de recursos y mano de obra para limpiar la zona y controlar la población de monstruos.
Sin embargo, el refinado no lograba seguir el ritmo de la minería.
Como resultado, circulaban pocas piedras mágicas procesadas, mientras que enormes cantidades de piedras sin refinar se acumulaban en los almacenes.
Era un problema que el emperador Glenn llevaba tiempo lamentando.
La idea de Carl Lindbergh era sólida.
Pero había una razón por la que el emperador Glenn nunca la había llevado a cabo.
—Como usted mismo ha comprobado, es un trabajo delicado y exigente. No cualquiera puede hacerlo. Un solo error basta para arruinar una piedra mágica, y precisamente por eso siempre hemos sido cautelosos.
Carl asintió.
—Por eso he estado pensando en otra alternativa. ¿Y si dejamos el grabado en manos de quienes fabrican nuestra moneda?
Sorprendido por aquella propuesta inesperada, el duque Hendrick exclamó:
—¿Los fabricantes de moneda?
—Sí.
Carl asintió.
—La calidad artesanal de la moneda de Heineken es realmente extraordinaria.
La precisión de las letras impresas y de los intrincados grabados era prueba suficiente de ello.
—Grabar fórmulas exige la misma precisión y un pulso igual de firme. Además, por la naturaleza de su trabajo, deben de ser personas de absoluta integridad.
—Eso es cierto. Los fabricantes de moneda son seleccionados y formados por el templo desde muy pequeños. Se someten a rigurosas investigaciones.
La fabricación de moneda era una cuestión de confianza.
Un solo billete falso podía sembrar el caos en toda la economía.
Por eso, la información de cada fabricante quedaba registrada con sumo detalle y era compartida tanto con el Palacio Imperial como con el Templo.
—Personas con semejante nivel de habilidad no deberían tener ningún problema para grabar fórmulas estandarizadas sobre piedras mágicas.
—Pero ya sufrimos escasez de fabricantes de moneda…
—Creo que la fabricación de dinero puede mecanizarse.
—¿Máquinas produciendo dinero? ¡Eso provocaría una inflación descontrolada!
Carl negó con la cabeza ante la preocupación del duque.
—Incluso con producción manual, un artesano talentoso con malas intenciones, o un buen falsificador, puede fabricar papel moneda falso con relativa facilidad.
El papel moneda actual funcionaba más como un pagaré.
El papel en sí carecía de valor.
Representaba una promesa de intercambio por plata, oro, cobre o gemas, aumentando físicamente de tamaño conforme aumentaba su denominación.
Carl recordó entonces su visita a la casa de empeños.
Aquellas casas servían tanto para obtener préstamos dejando bienes en garantía como para cambiar dinero, desempeñando un papel muy similar al de los bancos modernos.
El hecho de que el propietario de aquella casa de empeños, un plebeyo, mantuviera relaciones con la nobleza demostraba la importancia de esas instituciones dentro del sistema financiero.
—¿Y si hiciéramos que el propio papel moneda tuviera un valor intrínseco? Igual que el oro o la plata, no puede consumirse, pero posee un valor propio. Podríamos conservar los números de serie únicos e incorporar mediante maquinaria patrones extremadamente complejos e imposibles de reproducir. Además, podríamos utilizar un tinte especial para el sello final.
Incluso un simple billete de mil wones era, según había oído, fruto de una tecnología muy avanzada.
Sin embargo, Carl Lindbergh no poseía ese conocimiento.
Aquella era la mejor alternativa que podía ofrecer.
—¿Un tinte especial? ¿Qué clase de tinte?
—Algo tan raro y difícil de conseguir como las propias piedras mágicas, Su Excelencia. Por ejemplo, un pigmento que brille bajo la luz de la luna o que cambie temporalmente de color cuando recibe luz. Esas propiedades únicas le otorgarían un valor propio y desalentarían la falsificación.
El duque Hendrick cerró los ojos unos instantes mientras reflexionaba sobre aquella idea.
De pronto, golpeó una palma con el puño.
—¡Ah! Creo que conozco algo que podría servir. Un material que llevamos años almacenando porque nunca encontramos utilidad para él.
—¿Qué material?
Carl se inclinó hacia el dispositivo de comunicación.
—Una variedad de fluorita que todavía no tiene nombre. Aparece cerca de los grandes yacimientos de piedras mágicas, pero es demasiado blanda y contiene demasiadas impurezas para utilizarse como piedra mágica. Así que simplemente la almacenamos.
—¿Qué propiedades tiene?
—Brilla en la oscuridad, aunque demasiado débilmente como para utilizarse como perla luminosa. Además, se licúa cuando alcanza altas temperaturas.
Carl juntó las manos con entusiasmo.
—¿Qué tan altas?
—Aproximadamente la temperatura del agua recién hervida cuando se ha enfriado un poco.
—¿Y vuelve a solidificarse al enfriarse?
Hendrick asintió.
En ese instante Carl comprendió que, aunque estuviera clasificado como un mineral, su comportamiento se parecía mucho más al de la cera.
De todos modos, el papel se desharía si se sumergía en agua casi hirviendo.
—Es difícil volver a separarlo y reutilizarlo. Una vez solidificado, pierde por completo su luminosidad. Pero parece ideal para utilizarlo como sello en la moneda.
—Perfecto.
Carl sonrió.
—Es como si la propia diosa nos hubiera dado la respuesta.
Al escuchar sus propias palabras, se sorprendió.
Él, que ni siquiera tenía fe en la diosa, había pronunciado aquella frase con total naturalidad.
Sin darse cuenta, se había adaptado mucho más a ese mundo de lo que imaginaba.
—Mmm… Si esto realmente funciona, podremos reasignar a la mitad de nuestros fabricantes de moneda al procesamiento de piedras mágicas. Llevará tiempo ponerlo en práctica, pero presentaré esta propuesta a Su Majestad.
—Los demás problemas los resolveremos mediante ensayo y error. Muchas gracias por dedicarme su tiempo, Su Excelencia.
Cuando Carl inclinó la cabeza, el duque Hendrick agitó la mano con una sonrisa.
—No hace falta tanta formalidad, Su Alteza. Su Majestad lleva mucho tiempo preocupado por la producción de piedras mágicas. Soy yo quien le agradece estas ideas tan innovadoras.
A pesar de su edad, el duque seguía siendo extraordinariamente apuesto.
Su sonrisa juvenil hacía que sus rasgos se parecieran aún más a los de Belfry.
Carl sintió una punzada de compasión.
—Gracias por escucharme con tanta paciencia, aunque mis ideas pudieran haber parecido descabelladas.
Le devolvió la sonrisa, ocultando el caos que llevaba dentro.
La expresión del duque se ensombreció.
—Su Alteza… parece muy preocupado. Adrian está en la frontera, apenas pueden comunicarse… y luego ocurrió la repentina diferenciación de Belfry…
El corazón de Carl volvió a hundirse al escuchar el tema que tanto había intentado evitar.
Tragó saliva con dificultad.
—Al menos me tranquiliza que ya no tenga fiebre. ¿La diferenciación siempre es… tan traumática? Yo no recuerdo absolutamente nada de la mía.
El estado de Belfry había sido muy inestable.
Se agitaba sin descanso en la cama y llamaba a alguien mientras dormía.
Carl no sabía si estaba llamando a Adrian…
O al propio duque.
Aunque la fiebre había desaparecido, seguía postrado en la cama, incapaz de retener siquiera un poco de sopa.
—Una diferenciación tardía nunca es algo insignificante. Implica el desarrollo de las glándulas de feromonas… y también de los órganos reproductivos.
El duque Hendrick frunció el ceño al notar la expresión cada vez más sombría de Carl.
Como padre, deseaba con todas sus fuerzas llevarse a Belfry de regreso a Heineken.
Pero no podía.
Lo había dejado al cuidado de Carl, tranquilizado por los informes que describían con cuánto esmero el príncipe lo atendía.
Sin embargo…
Ahora era Carl quien parecía profundamente perturbado.
Justo cuando iba a preguntarle qué le ocurría, Carl habló primero.
—Su Excelencia…
Hizo una breve pausa.
—¿Qué se siente… al experimentar la impronta?
El duque Hendrick quedó inmóvil.
Su expresión cambió por completo.
Parecía estar a punto de echarse a llorar mientras una intensa sensación de terror se apoderaba de él.