El príncipe heredero Alfa está demasiado enamorado de mí - Capítulo 86

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—Las piedras mágicas que se activan mediante la fuerza vital, como la piel, los latidos del corazón o la sangre, requieren por naturaleza un alto grado de pureza. Las impurezas desestabilizan la magia contenida en ellas y aumentan la probabilidad de errores durante la activación.

El vizconde Drambuie, un hombre que había dedicado toda su vida a la investigación de las piedras mágicas, examinó con atención las piedras producidas en Parman.

—Cuando la pureza es elevada, la magia puede transferirse con eficiencia incluso a través de medios con longitudes de onda similares, como el cuero o el agua salada. Sin embargo, como no es posible obtener de forma constante piedras mágicas de alta pureza, compensamos esa falta utilizando otros minerales para amplificar la magia. Heineken ya ha completado las investigaciones en ese campo. No conozco el método de producción de Parman, pero la irregularidad de estas piedras mágicas indica que son inestables, lo que las vuelve poco fiables para el uso de la magia. Probablemente por eso han recurrido a implantarlas directamente.

Carl Lindbergh tomó notas mecánicamente mientras asentía, aunque su mente estaba muy lejos de aquella conversación.

Belfry llevaba dos días enteros consumido por la fiebre provocada por su diferenciación.

Era incapaz de comer, deliraba y las feromonas que desprendía eran tan intensas que incluso atraían insectos. Carl Lindbergh había establecido una cuarentena estricta, prohibiendo la entrada a cualquiera salvo Janis, el médico Beta, sus asistentes y él mismo. Personalmente se había encargado de cuidar a Belfry.

Cada vez que Belfry recuperaba brevemente la consciencia, sus ojos se encontraban con los de Carl, cargados de emociones difíciles de describir.

〈Lo siento… por haberme enamorado.〉

Aquella mirada, llena de un amor no correspondido, convenció a Carl de que Belfry finalmente había aceptado sus sentimientos por Adrian.

Mientras humedecía con delicadeza los labios resecos de Belfry usando un paño frío, Carl fingía no darse cuenta.

El corazón humano era realmente caprichoso.

Había sido él, Carl Lindbergh, quien había vacilado una y otra vez, aun sintiéndose agradecido por el inmenso cariño que Adrian le profesaba.

Sin embargo, enterarse de que Belfry se había diferenciado como Omega y sospechar que aquello había ocurrido tras haber pasado una noche con Adrian hizo que sintiera como si el mundo entero se derrumbara sobre él.

No importaba cuándo ni cómo hubiera sucedido.

Aunque el tiempo libre fuera escaso, bastaban unos instantes robados entre el trabajo y las comidas para cometer una indiscreción.

Adrian pasaba casi todo el tiempo a su lado, pero eso no significaba que estuvieran unidos las veinticuatro horas del día.

¿Cómo podía cambiar el amor con tanta facilidad? Ni siquiera había pasado un mes desde su compromiso y ¿ya había convertido a Belfry en un Omega?

Carl reprimió el impulso de agarrar por el cuello al ausente Adrian y exigirle una explicación.

Lulu, que probablemente siempre había estado esperando que la historia original siguiera su curso, mantenía una expresión ambigua.

Cuando Carl le preguntó:

〈¿Crees que Adrian se acostó con Belfry?〉

Ella evitó responder directamente.

〈Aunque te dijera que no, ¿me creerías? ¿Por qué no se lo preguntas tú mismo a Adrian?〉

Prácticamente lo había echado.

Una extraña sensación de traición lo atormentaba. Quería enfrentarse a Adrian, pero al mismo tiempo dudaba de expresar sus sospechas.

¿Sería siquiera capaz de preguntárselo?

Si el corazón de Adrian realmente había cambiado, entonces debía dejarlo marchar.

Pero si intentaba definir aquello, clasificarlo como una traición emocional o física… no podía hacerlo.

No se sentía exactamente como una traición.

Terminó culpando a la naturaleza indefinida de su relación con Adrian.

No era un amor apasionado y abrasador.

Adrian lo colmaba de afecto, mientras que Carl, en su mayor parte, solo respondía por sentido del deber.

Después de todo, en la historia original Belfry era el alma gemela destinada de Adrian.

Era un desenlace inevitable… si Carl Lindbergh no hubiera intervenido.

Mientras tanto, Adrian seguía en la frontera, completamente ajeno a la diferenciación de Belfry.

Algo estaba interfiriendo con el dispositivo de comunicación de James.

Debido a las limitaciones de tiempo y energía mágica, solo podían intercambiar un breve mensaje urgente al día.

¿Cómo reaccionaría Adrian cuando se enterara?

¿Se sorprendería?

¿Se sentiría culpable?

¿O quizá… sería feliz?

Conociendo lo íntegro que era en realidad, resultaba impensable que mantuviera su compromiso con Carl Lindbergh y relegara a Belfry al papel de simple concubino.

Entonces…

¿Qué debía hacer él?

¿Apartarse con elegancia, soltar la mano de Adrian y desearles felicidad?

Sus pensamientos comenzaron a descontrolarse, imaginando una y otra vez escenas de desamor y abandono.

Carl Lindbergh todavía no se había dado cuenta de que aquello era celos.

Simplemente creía que, tal como había temido desde el principio, el mundo estaba corrigiéndose a sí mismo y regresando a la historia donde todo giraba alrededor de los dos protagonistas.

Pero…

¿Por qué le dolía tanto el corazón?

¿Por qué aquella tristeza y ansiedad lo desbordaban de esa manera?

—¿Su Alteza?

La voz del vizconde Drambuie lo devolvió a la realidad.

Carl se dio una bofetada en la mejilla para despejarse.

Ignorando la expresión atónita del vizconde, volvió a abofetearse varias veces hasta que sus mejillas se tiñeron de rojo.

—Lo siento.

Carl soltó un largo suspiro.

El vizconde, comprendiendo erróneamente el motivo, asintió con simpatía y suspiró también.

—Esto es extremadamente peligroso. Los vasos sanguíneos podrían fusionarse con las piedras mágicas, provocando inflamación o una liberación descontrolada de poder, con consecuencias imprevisibles. Debieron morir innumerables monstruos demoníacos antes de perfeccionar este procedimiento.

Y si solo hubieran sido monstruos…

Habrían tenido suerte.

La posibilidad de experimentos con seres humanos era demasiado alta.

Carl se masajeó las sienes, intentando aliviar el dolor punzante de cabeza.

—La única inscripción grabada en cada piedra mágica parece ser una medida para controlar los daños.

—Así es. O quizá sirva para facilitar el reemplazo cuando la piedra implantada provoque inflamación y deba extraerse.

Solo imaginarlo era espantoso.

—También me preocupa el aspecto antinatural de esos monstruos.

Al expresar su inquietud, el vizconde asintió.

—Lo más probable es que estén criando monstruos demoníacos de forma artificial… o creando necrófagos para mantener un suministro constante de materiales destinados a fabricar piedras mágicas o realizar nuevos experimentos.

—¿Necrófagos?

Toda la atención de Carl se concentró en aquella palabra.

¿Necrófagos…?

¿Criaturas semejantes a zombis que regresaban de entre los muertos alimentándose de cadáveres?

—Así es. Son criaturas capaces de regenerarse consumiendo cadáveres, reemplazando las partes dañadas o perdidas de su cuerpo.

El vizconde se acarició la barba mientras observaba el rostro horrorizado de Carl Lindbergh.

—Un animal común no se convertiría en un necrófago solo por comer cadáveres. Pero en el caso de los monstruos demoníacos, sí es posible. Al haber sido rechazados por la diosa, existen en un estado intermedio entre la vida y la muerte, y algunas especies poseen un poder mágico inmenso. Las piedras mágicas se forman mediante un principio similar. Es un intercambio: fuerza vital a cambio de magia.

¿Fuerza vital…?

Entonces aquellas piedras mágicas eran fragmentos de la vida de un monstruo demoníaco.

Carl contempló las piedras extraídas de los monstruos de Parman y tomó una con cuidado.

Concentró su mente.

Recordó la ocasión en que había infundido su propia magia en la fórmula de «Leña Ardiente», y volvió a percibir aquella familiar vibración.

De la piedra emanaba un tenue calor acompañado por un pulso irregular.

La sensación resultaba inquietante.

La soltó de inmediato.

No podía ver ni tocar la magia.

Pero aquella fuerza invisible, que solo podía percibir mediante la intuición, comenzaba a sentirse cada vez más real.

—Eso también explicaría sus cuerpos grotescos y deformes. Los necrófagos suelen aparecer en zonas donde la concentración de monstruos demoníacos es elevada. En Heineken los eliminamos en cuanto los encontramos, pero no invertimos recursos en erradicarlos por completo. El costo en mano de obra sería excesivo.

—¿Quiere decir… que los humanos con magia también pueden convertirse en necrófagos?

El vizconde Drambuie abrió mucho los ojos.

Carl volvió a preguntar, mordiéndose el labio.

—¿Los humanos que poseen magia… pueden transformarse en necrófagos si consumen cadáveres de monstruos?

El vizconde asintió.

—Sospecho que Parman podría estar criando necrófagos humanos además de monstruos demoníacos. Desconocemos cuántos diferenciadores poseen, pero sin duda deben tener algunos.

Hizo una pausa antes de añadir con expresión seria:

—Lamento ser quien le dé esta noticia, Su Alteza, pero la mayoría de los seres humanos poseen magia. La única diferencia es la cantidad: ínfima, escasa, abundante o inmensa.

La mandíbula de Carl cayó lentamente.

—¿Quiere decir… que cualquiera tiene el potencial de convertirse en un diferenciador?

El vizconde asintió con entusiasmo.

—Eso explica por qué, aunque sea muy raro, a veces nacen diferenciadores incluso de padres Beta. Desde luego, existen algunas tribus aisladas que jamás recibieron la bendición de la diosa ni desarrollan diferenciación, pero son extremadamente escasas.

—¿Parman también está bajo la bendición de la diosa?

—La mayor parte del continente central lo está. Antes de cerrar sus fronteras, Parman aceptó numerosos inmigrantes, así que allí deben vivir bastantes descendientes de personas originarias de Heineken y Lindwyer.

Carl Lindbergh empezaba a cuestionar seriamente la construcción del mundo de aquella novela.

Había pensado que era una historia romántica ligera.

Y ahora, además del embarazo masculino…

¿También existían necrófagos?

Cerró los ojos pensando en la única persona que tal vez conociera la historia original.

—Entonces, si suponemos que las piedras mágicas se crean mediante una reacción provocada por la descomposición de cadáveres de monstruos impregnados de magia… Parman debe de almacenar montañas enteras de cadáveres en alguna parte. Tanto para crear necrófagos como para fabricar piedras mágicas.

O quizá…

Cadáveres humanos.

—Así es, Su Alteza. Es una posibilidad extremadamente alta.

La expresión del vizconde Drambuie se volvió sombría.

—Los necrófagos pueden recuperar su magia devorando a otros necrófagos o cazando monstruos. Cuanto más consumen, más fuertes se vuelven. Lo mismo ocurre con los humanos que poseen magia. Ahora comprendo por qué eligieron el Bosque Mibari como su base de operaciones.

Metió la mano dentro de su abrigo y sacó un dispositivo de comunicación del tamaño de un puño.

—Debo informar de esto inmediatamente a Su Majestad.

Carl Lindbergh asintió.

Él también debía advertirle a Adrian sobre la existencia de los necrófagos.

Inconscientemente llevó la mano hacia la piedra mágica que colgaba de su cintura.

Incluso sin el dispositivo de James Hoegaarden…

Todavía seguía conectado con Adrian.

La mirada de Carl se endureció.

Ahora no era momento de hundirse en la autocompasión ni de lamentarse por sentimientos que podían haber cambiado.

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