El príncipe heredero Alfa está demasiado enamorado de mí - Capítulo 76
[Nota del TL: 마수 se traducirá como «bestias demoníacas» o simplemente «demonios». 마물 se traducirá como «monstruos».]
—¿Por qué? ¿Por mi culpa?
Lulu empezó a asentir, pero luego negó con la cabeza.
—No sé si sea por ti, pero algo cambió en él.
—¿Qué cambió?
—Antes era como una espada recién afilada. Necesitaba cortar todo lo que se cruzara en su camino y apoderarse de todo lo que deseaba, aunque tuviera que arrebatárselo por la fuerza.
Lulu frunció el ceño, como si estuviera recordando un pasado lejano, pero las palabras con las que describía a Adrian Heineken eran completamente desconocidas para Carl Lindbergh.
—El futuro que veía para Adrian Heineken solo tenía un único camino. Pero ya se ha desviado, desde el momento en que no obligó al joven lord Hendrick a convertirse en omega.
—¿Obligarlo?
—Sí.
Sin importarle lo impactado que pudiera estar Carl, Lulu solo inclinó la cabeza mientras jugueteaba con el lóbulo de la oreja.
—Pero cuando lo veo estos días… es tan amable que me hace dar vueltas la cabeza. Tal vez fui yo la que se equivocó en algo desde el principio.
—Espera… ¿el futuro que viste era Adrian… obligando a Belfry a convertirse en omega?
—Bueno, sí fue algo forzado, pero Belfry Hendrick llevaba tanto tiempo enamorado en secreto del príncipe heredero que tampoco habría sido un gran problema. Al menos, así era en mis visiones.
Lulu se dio una palmada en la boca, avergonzada por lo que acababa de decir.
Incapaz de ocultar su conmoción, Carl murmuró:
—Adrian estuvo a punto de convertirse en un criminal.
Lulu, que había oído incluso ese murmullo, le lanzó una mirada fulminante.
—¡No habría sido un crimen! ¡Habría ocurrido durante un celo inesperado! ¿Qué otra cosa podía hacer? ¡Además, después se habría arrepentido muchísimo!
Carl chasqueó la lengua y negó con la cabeza.
—Claro que se habría arrepentido. ¿Cómo puedes comparar sentir algo por alguien con simplemente ofrecerle tu cuerpo de esa manera?
Incluso Carl, que ahora tenía el cuerpo de un omega, seguía dudando porque todavía no podía aceptar algo así.
Para Belfry, un beta que había permanecido al lado del príncipe heredero como su amigo durante tantos años, aquello habría sido una auténtica tragedia.
—¿Pero qué otra opción tenía? No podía controlarse y tampoco había omegas adecuados cerca.
Con lágrimas en los ojos, Lulu lamentó que el príncipe heredero jamás habría encontrado la paz después de hacerle algo así a su amigo de la infancia.
—Era inevitable. Además, al final estaba destinado a ser un final feliz.
Lulu rompió a llorar, diciendo que ahora estaba inquieta porque ya no podía ver el futuro del príncipe heredero.
Carl le dio unas suaves palmadas en el hombro para consolarla.
—No te preocupes. Lo hecho, hecho está. Voy a quedarme al lado de Adrian y asegurarme de que sea feliz, terminemos convertidos en sopa o en pan.
Lulu levantó la cabeza de golpe.
Carl Lindbergh le dedicó una sonrisa.
—Puede que el futuro que viste se haya roto, pero te prometo que, mientras yo permanezca a su lado, haré que sea feliz.
Ah, y Belfry también.
Deslumbrada por la confianza con la que Carl hablaba, Lulu arrugó el rostro.
—Ya que las cosas terminaron así, ¿por qué no te preocupas por encontrar tu propia felicidad en lugar de pensar solo en el futuro feliz de Adrian?
Al escuchar esas palabras, Lulu se incorporó de inmediato y apartó de un manotazo la mano de Carl, avergonzada de haber encontrado un momento de consuelo hablando con él.
—Eso pensaba hacer de todos modos.
Elizabeth, que había estado olfateando el suelo, levantó las orejas y miró en dirección al Palacio Imperial.
Parecía que ya era la hora de la cena.
Sujetando la correa de Elizabeth, Carl se dio la vuelta para marcharse, pero volvió a mirar a Lulu.
—Ah, una cosa más. ¿Cómo sabes cuándo empieza el amor?
Lulu, que en secreto había disfrutado aquella inesperadamente agradable conversación y estaba sorprendida incluso por sus propios sentimientos, infló las mejillas.
—¿Eres tonto? ¡No existe una respuesta correcta para el amor! Simplemente… sucede.
Carl asintió y volvió a darse la vuelta.
Mientras regresaba al Palacio Imperial, prácticamente arrastrado por Elizabeth, una tenue sonrisa permanecía dibujada en sus labios.
Mientras el Imperio estaba ocupado preparando la reconstrucción de Lindbergh, Kitchener caminaba de un lado a otro, inquieto, en un rincón del Palacio Real de Parman.
A esas alturas ya debería haber ocurrido algo, pero Mugicha seguía actuando con una tranquilidad desesperante.
Kitchener le había insistido en enviar tropas a Lindbergh para recuperar el castillo antes de que Heineken pudiera intervenir. Sin embargo, Mugicha lo había rechazado tajantemente con aquella espantosa voz suya.
«Yo me encargaré de todo. Tú limítate a apoderarte de Lindbergh cuando llegue el momento. No olvides quién fue el que te entregó a la reina de Lindbergh. Gracias a mí disfrutaste durante un tiempo del poder detrás del trono, ¿no es así? ¿Y quién fue el que hizo que el rey se consumiera lentamente?»
Mugicha había dado justo donde más le dolía, recordándole que, de no ser por él, habría vivido toda su vida como un noble mediocre.
Al final, Kitchener no tuvo más remedio que callarse y regresar a sus aposentos, que no eran muy diferentes de una prisión.
Privado de la luz del sol en Parman, Kitchener se había vuelto tan pálido como una planta criada en la oscuridad.
Con un territorio diminuto, Parman sobrevivía gracias a una intrincada red de túneles subterráneos, como un hormiguero, donde obtenían agua y extraían piedras mágicas para subsistir miserablemente.
La comida era espantosa.
La ropa confeccionada con tejidos ásperos le irritaba la piel.
Y lo que más lo frustraba era no tener a nadie a su alrededor capaz de satisfacer los impulsos de alfa que hervían dentro de él.
‘Las que valen la pena… todas pertenecen a Mugicha.’
Cada vez que se encontraba frente al inexpresivo Mugicha, sentía que estaba cara a cara con el mismísimo Segador de las leyendas, y cualquier deseo de exigir algo desaparecía de inmediato.
Kitchener apretó los dientes al recordar la humillación de ver a Mugicha, que supuestamente sobrevivía únicamente alimentándose de piedras mágicas, llevarse descaradamente a una mujer hasta el trono sin mostrar el menor interés por ocultarlo.
La imagen de la reina que había dejado atrás en Lindbergh, con aquella piel suave como la seda, junto con las exuberantes caderas de las concubinas, acudió a su mente, y recordó la vergüenza de haber tenido que soportarlo todo mientras casi babeaba de deseo.
Y, en el fondo de su corazón, alimentaba un odio abrasador hacia una persona.
—Ese arrogante Carl Lindbergh.
Aquel príncipe estúpido, al que creía haber manipulado por completo, lo había traicionado de repente e involucrado al Imperio Heineken.
El plan de Kitchener siempre había sido enviar a Leia Lindbergh a una remota zona rural, dejándola inútil como Alfa Dominante, incapaz de utilizar sus feromonas.
Después aprovecharía la ocasión para aparearse con Carl Lindbergh y engendrar un heredero.
Había pensado que podría conformarse con Carl, aunque el príncipe no poseyera el atractivo de la reina.
Kitchener descargó su frustración estampando el pie contra el suelo.
¡Golpe! ¡Golpe! ¡Golpe!
El piso del palacio vibró a intervalos regulares, acompañado por los inquietantes sonidos de monstruos retorciéndose violentamente.
—¿De qué sirve ser un Dominante si al final no son más que bestias gobernadas por el instinto?
Ahora mismo quizá estuviera tendido sobre aquel frío suelo de piedra, pero dentro de unos meses el lujoso castillo de Lindbergh volvería a pertenecerle.
Cuando Parman, con su legión de monstruos, arrasara el Imperio, Kitchener haría que Carl Lindbergh pagara por toda esa humillación.
Apretando los dientes, se aferró con desesperación a aquellos dulces e imposibles sueños.
El Bosque Mibari estaba inusualmente agitado por una cacería de monstruos fuera de temporada.
Todo comenzó cuando una manada de varias decenas de monstruos atacó una aldea situada en la frontera del Bosque Mibari, justo donde estaba desplegada la mitad de las tropas de Heineken destinadas al Reino de Lindbergh y en las afueras del territorio.
Fue un incidente grave.
Cinco soldados y dos trabajadores murieron, mientras que otras diez personas resultaron heridas.
Los trabajadores, que acababan de descubrir un nuevo yacimiento de piedras mágicas y habían iniciado las excavaciones, fueron evacuados de inmediato.
La improvisada orden de caballería dirigida por James, el hijo mayor del conde Hoegaarden, apenas tuvo tiempo de limpiar la sangre de sus espadas.
Cada vez que una hoja atravesaba la carne de un monstruo, un chillido agudo rasgaba el aire.
—Esto parece una pesadilla.
Murmuraron los caballeros con expresión de asco.
En un claro, a poca distancia de la aldea, se amontonaban casi veinte cadáveres de monstruos.
—Estos monstruos no parecen haberse originado de forma natural, señor.
Uno de los caballeros, que examinaba atentamente uno de los cuerpos, expresó su sospecha, y James asintió.
Los diez monstruos presentaban apariencias grotescas y completamente diferentes entre sí.
Uno tenía una boca que se abría hasta las orejas.
Otro poseía extremidades que parecían pertenecer a criaturas distintas.
Otro más lucía plumas de ave junto a una cola de anfibio.
Aquellas criaturas parecían ensambladas con partes de diferentes especies, seres que jamás deberían existir dentro de una cadena alimenticia natural.
James frotó sus frías yemas de los dedos y activó su dispositivo de comunicación.
Una tenue luz azul parpadeó antes de que la voz del conde Bourbon llegara desde el otro lado.
—Oh, James Hoegaarden. ¿Ya han sido eliminados los monstruos?
James asintió brevemente antes de ir directo al asunto.
—Conde Bourbon, tenía razón. Parece que Parman no solo controla a los monstruos, sino que también los modifica.
—¿Los modifica?
El conde Bourbon, que mediante otro dispositivo de comunicación observaba a varios caballeros rodeando rápidamente a los monstruos con piedras mágicas, dejó escapar una risa carente de humor.
—Por dentro son tan repugnantes como por fuera.
—¿Quién? ¿El rey de Parman?
Nadie sabía cómo era el rey de Parman, así que ¿cómo podía el conde Bourbon afirmar que era feo?
—No, el país entero. Toda la nación está envuelta en oscuridad. Era de esperarse que un agujero de ratas como ese estuviera haciendo algo así.
—Ah…
James asintió al comprender.
Entonces el conde Bourbon le transmitió las órdenes del emperador.
—El príncipe heredero y la princesa Leia Lindbergh, junto con su séquito, se dirigirán hacia allí muy pronto. Su Majestad nos ha ordenado informar al príncipe heredero de todo, incluido el alcance de los daños, pero mantenerlo oculto del príncipe Carl Lindbergh por el momento.
Mientras asentía, James no pudo evitar expresar su preocupación.
—Se llevará un gran impacto cuando lo descubra más adelante.
El conde Bourbon sonrió levemente.
—Solo intentamos proteger por un tiempo su delicado corazón. No está acostumbrado a ver sangre. Tarde o temprano lo sabrá, pero Su Majestad teme que pueda asustarse.
James Hoegaarden volvió a asentir.
Nunca había conocido personalmente al príncipe.
Cuando llegó a Lindbergh, Carl ya había partido hacia Heineken.
Y cuando ocurrieron todos aquellos incidentes en Heineken, James estaba demasiado ocupado supervisando la excavación de las piedras mágicas en las montañas Mochu.
Los rumores decían que el príncipe era tan delicado como hermoso y que el príncipe heredero siempre lo protegía con extremo cuidado.
—Quizá sería mejor dejarlo en Heineken. Si realmente es tan frágil, podría terminar convirtiéndose en un obstáculo para el príncipe heredero si viene hasta aquí.
El conde Bourbon negó con la cabeza.
—No pasa nada. Su Majestad tiene sus propios motivos para enviarlo. Tú limítate a seguir vigilando la frontera como hasta ahora e infórmame de inmediato tanto a mí como al príncipe heredero de cualquier novedad. Ah, y si encuentran piedras mágicas dentro de esos monstruos, envíenselas todas al príncipe Carl Lindbergh.
—¿Su Alteza sabe algo sobre ellas?
Preguntó James.
El conde Bourbon respondió únicamente con una sonrisa enigmática.