El príncipe heredero Alfa está demasiado enamorado de mí - Capítulo 62
La princesa Ayla del Reino de Leva, tras enderezarse después de retorcerse con frustración por el ajustado vestido que realzaba las curvas de su figura, sonrió hacia la princesa Leia Lindbergh, sentada frente a ella.
Era realmente hermosa.
Vestía con sencillez: un vestido de seda que dejaba al descubierto sus impecables y níveos hombros, cubiertos apenas por un chal. A pesar de aquella sobriedad, irradiaba una elegancia imposible de ignorar.
—No tengo ningún territorio para compartir ni un título que otorgar. Y tampoco puedo quitarles a los plebeyos la casa donde viven para convertirla en su residencia.
Leia estaba tan absorta conversando con los nobles que ni siquiera se dio cuenta de que estaba hablando cada vez más alto.
—¿De qué sirven un territorio y un título si esa niña solo va a ser la maestra de lenguaje de señas de mi doncella?
Preguntó si en el Palacio de Lindbergh había alguna habitación que pudiera utilizar.
—No sería apropiado. Aunque no tenga un título, sigue siendo la hija de un noble. No puedo tratarla igual que a una sirvienta…
Ayla ya no alcanzó a escuchar el resto de la conversación, pero percibió claramente la confusión de Leia.
Así que los rumores eran ciertos.
Lindbergh realmente estaba proclamando su independencia del dominio de Heineken.
Además de la situación de Lindbergh, ya circulaban rumores sobre una alianza entre Heineken y Lindbergh. Precisamente por eso Ayla había terminado al frente de la misión diplomática, prácticamente empujada por los demás.
—Princesa Ayla, no es propio de la etiqueta despedir así a las personas.
—Lo sé, nana.
Cuando Ayla giró la cabeza, su nana se inclinó para hablarle en voz baja.
—Dicen que «más vale algo que nada», pero Leia Lindbergh no puede sustituir al príncipe heredero Adrian Heineken.
—Nana…
Ayla abrió mucho los ojos e intentó cubrirle la boca.
Pero antes de lograrlo, la anciana apartó su mano de un manotazo.
—Escuche con atención. Con el compromiso de Su Alteza Adrian, el Reino de Leva ha perdido una de las pocas esperanzas que le quedaban. Al menos usted debe casarse con un noble alfa de este imperio para tener alguna posibilidad de remediar la situación.
Ayla había nacido como una omega recesiva en el Reino de Leva, un reino ni especialmente rico ni especialmente pobre.
Gracias a su extraordinaria belleza —solo superada por la de Carl Lindbergh y casi comparable a la de una omega dominante—, durante mucho tiempo había sido considerada la candidata ideal para convertirse en la esposa de Adrian Heineken.
Ahora, tal como decía su nana, su situación era muy delicada.
Su padre seguía sin poder renunciar al sueño de mantener un vínculo matrimonial con el Imperio Heineken.
Por mucho que Ayla frunciera el ceño o intentara interrumpirla, la nana continuó hablando.
—Mientras Heineken se ha fortalecido absorbiendo a Lindbergh, Leia Lindbergh no es más que una reina títere. Por ahora, el príncipe heredero está completamente fascinado por Carl Lindbergh, así que el imperio lo respaldará sin reservas. Pero ¿cuánto durará eso? Usted sabe mejor que nadie que Carl Lindbergh siempre ha tenido un temperamento impredecible.
—Nana, por favor, basta.
La mujer parecía poseída, como si hubiera olvidado por completo que se encontraban en pleno Palacio Imperial de Heineken.
—En cuanto Heineken retire su apoyo, Leia Lindbergh no será más que la reina títere de una región apartada. Por suerte, en el imperio abundan los alfas solteros, así que preste atención. Mire, por ejemplo, a los hijos del duque. Fíjese en lo apuestos que son.
La nana señaló a los jóvenes que reían y conversaban animadamente al otro lado del salón.
—Después del banquete, hablará con ellos. ¿Entendido?
Ayla no respondió.
Solo podía pensar, una y otra vez, que si tanto le interesaba, su nana podía ir a casarse con ellos en su lugar.
Ayla conocía muy bien la historia de Carl Lindbergh.
Era el omega de ideas ultraconservadoras que había aparecido como un cometa en el decadente Reino de Lindbergh.
Después de su nacimiento, no solo el Imperio Heineken, sino también muchos otros países comenzaron a prestar atención a Lindbergh, que mantuvo al príncipe cuidadosamente resguardado dentro del castillo.
Había infinidad de rumores y especulaciones, pero cuando se supo que el joven príncipe heredero de Heineken había visitado al príncipe, todo el continente aguzó el oído.
Al tratarse de un omega tan excepcional y valioso, todos esperaban que el imperio propusiera pronto un compromiso matrimonial.
Sin embargo, Heineken nunca manifestó oficialmente ninguna intención al respecto.
Así, quienes pensaban que «al parecer no sucederá» perdieron el interés en Lindbergh y comenzaron a considerar a Ayla como una posible futura princesa del imperio.
Después de eso nunca llegó una propuesta de matrimonio desde Heineken, aunque sí innumerables ofertas procedentes de otros reinos.
Naturalmente, el rey de Leva, padre de Ayla, rechazó todas esas propuestas, aferrándose a la posibilidad de que algún día llegara una desde el Imperio Heineken.
Como consecuencia, Ayla pasó toda su juventud sola, hasta alcanzar la edad adecuada para contraer matrimonio.
Y entonces, de repente, se anunció el compromiso entre Heineken y Lindbergh.
Su padre, decidido ahora a encontrar un esposo entre los hijos alfas solteros de condes o nobles de mayor rango, la había empujado hacia el imperio.
Como Ayla seguía mirando de vez en cuando hacia Leia Lindbergh, la impotente nana volvió a moverse para bloquearle la vista.
Con preocupación, insistió en que, aunque ambas fueran princesas de un reino, una princesa de un reino caído y una princesa del Reino de Leva no eran una compañía adecuada la una para la otra.
Al final, Ayla desvió la mirada y esbozó una sonrisa amarga.
No fue por las palabras de su nana, sino porque pensó que una princesa tan ocupada como Leia jamás se interesaría por una simple omega como ella.
No deseaba un matrimonio concertado.
Pero la soledad que había soportado durante tantos años en el palacio real la obligaba a encontrar pronto a alguien con quien compartir su vida.
—Príncipe, ¿por qué tiene las manos tan frías?
Cuando Marco tomó el prendido que temblaba ligeramente entre los dedos del príncipe, se sobresaltó al sentir el frío helado de sus manos.
Estoy nervioso.
Carl tragó saliva y respondió solo para sus adentros.
—¿Y por qué tiene la cara tan pálida?
Porque estoy realmente nervioso.
Solo era un compromiso, ni siquiera una boda.
Mientras se preparaban para la ceremonia, organizada con tanta pompa, no había sido plenamente consciente de ello. Pero ahora que el momento había llegado, sentía con toda claridad la realidad de que él y Adrian Heineken estaban destinados a convertirse en un matrimonio.
Sumando su vida pasada y la actual, jamás imaginó que algún día tendría una ceremonia tan espléndida.
Y eso lo hacía sentir inseguro.
—Príncipe, beba un poco de agua caliente.
—No… siento que me atragantaría.
Al verlo negarse, Marco frunció el ceño.
Era la primera vez, desde que había comenzado a servirlo, que veía a Carl tan tenso.
Siempre había afrontado cualquier situación con audacia, así que Marco pensó que esta vez haría lo mismo.
—¿Y si tropieza y se cae? A mí ya me tiemblan las piernas.
—Por eso le dije que dejara de hacer Frank ayer.
Marco lo reprendió.
Carl murmuró en voz baja:
—No es por eso.
Tenía que presentarse ante más de doscientos invitados.
Y, además, un tercio de ellos eran diplomáticos extranjeros que habían acudido para evaluar las consecuencias políticas de aquel compromiso.
Era normal que estuviera nervioso.
Pensar que, a partir de ese día, cualquier defecto de Carl Lindbergh también sería un defecto de Adrian hacía que el peso sobre sus hombros resultara aún mayor.
—No se preocupe, príncipe. Yo, Marco, estaré muy cerca de usted.
Marco frotó las frías manos del príncipe mientras intentaba tranquilizarlo.
—No tiene por qué ponerse nervioso. Mire lo hermoso que está hoy.
Como Carl no dejaba de caminar en círculos por la sala de espera junto al jardín, Marco lo llevó hasta un gran espejo de cuerpo entero y sonrió de oreja a oreja.
No era un cumplido vacío.
Realmente estaba hermoso.
El peinado, completamente recogido hacia atrás y dejando al descubierto una frente impecable, y la piel lisa, sin el menor vello visible, eran detalles secundarios frente a la fascinante intensidad de sus ojos y sus labios finos y perfectamente delineados.
Además, el traje formal negro, bordado meticulosamente por los mejores artesanos, envolvía su esbelta figura de tal manera que parecía…
—…como si hubiera descendido una diosa.
Marco murmuró conmovido, sonriendo mientras sus mejillas salpicadas de pecas se elevaban.
El descenso de una diosa.
Carl Lindbergh sintió que el rostro le ardía de vergüenza, pero aun así replicó con un tono mucho más relajado.
—No soy hermoso. Soy guapo.
—Sí, sí. Guapo… y hermoso.
Tal como hacía cuando adulaba al antiguo príncipe, Marco juntó las manos y se balanceó emocionado.
—Así que no se preocupe. Si no es usted quien estará al lado de Su Alteza el príncipe heredero, ¿quién más podría estarlo?
Después de eso, Marco siguió parloteando sin descanso sobre cómo Adrian era el hijo de un dios y cómo el propio príncipe tenía alas.
No dejó de hacerlo hasta que Carl, avergonzado, le retorció ligeramente la nariz.
Hablaba exactamente igual que su hermana menor cuando leía novelas y luego no dejaba de contar toda la historia.
—Estoy muy orgulloso de usted, príncipe.
De pronto, Marco se sonrojó.
—¿Eh?
Siempre dices que estás orgulloso de mí, incluso cuando no he hecho nada.
Intrigado, Carl lo miró.
Marco sujetó con fuerza el dobladillo de su ropa.
Aunque el protagonista del día era Carl Lindbergh, también era una ocasión en la que sus asistentes más cercanos podían vestir con elegancia, de modo que Marco llevaba un atuendo sorprendentemente refinado.
Mientras Carl le alisaba la ropa, diciéndole que estaba arrugada, Marco habló sin apartar la vista de la cabeza del príncipe.
—Nunca terminé de creerle cuando decía que salvaría Lindbergh, aunque tuviera que sacrificarse. Bueno… le creía, pero jamás imaginé que acabaría siendo de una forma tan… lujosa.
Las manos de Carl se detuvieron.
—Siempre dice que no es nada, pero debió de haber sentido miedo en cada momento. Tanto al reconocer que era un omega como al confiarse a otra persona.
Marco tenía razón.
Hasta ese momento, Carl Lindbergh no había podido resolver nada completamente por sí mismo.
Había buscado ayuda, dependido de otros… e incluso había encontrado a la persona que amaba.
Aunque solo fuera un compromiso, tanto la separación como el divorcio serían extremadamente difíciles.
El camino natural era que Carl Lindbergh terminara convirtiéndose en emperatriz, y para ello aún tenía muchísimo que aprender.
La idea de simplemente dejar Lindbergh en manos de Leia y marcharse había desaparecido hacía mucho.
Apenas se encontraba en la línea de salida.
Al escuchar aquellas palabras, que parecían haber descubierto el miedo más profundo que escondía en su corazón, Carl lo observó con admiración.
—Hoy pareces mucho más maduro.
—Yo también estoy a punto de convertirme en adulto.
—Entonces, ¿qué tal si esta vez te gradúas de ser la doncella del príncipe?
En realidad, Carl quería decir que dejara de verse como una simple doncella y pasara a ser un verdadero aliado, alguien con protagonismo propio.
Pero Marco lanzó un grito de protesta.
—¡No quiero!
Carl levantó ambas manos en señal de rendición mientras Marco, con lágrimas en los ojos, juraba vivir y morir como la doncella del príncipe.
—Está bien, está bien.
En ese momento llamaron a la puerta.
Un asistente anunció que Adrian ya había terminado de prepararse y que el príncipe debía salir.
Como si nunca hubiera llorado, Marco se secó el rostro y volvió a acomodar cuidadosamente el prendido en el pecho de Carl.
Carl tragó saliva y dirigió la mirada hacia la puerta que comenzaba a abrirse.
Nota: «Frank» es un malentendido de Marco. En realidad se refiere al planking (hacer planchas), como se mencionó en un capítulo anterior.