El príncipe heredero Alfa está demasiado enamorado de mí - Capítulo 63
Adrian estaba de pie en la entrada, vestido con tanta elegancia que hacía palpitar el corazón.
Llevaba un traje formal blanco que resaltaba su gran estatura y su atractiva figura, junto con un prendido a juego. Al ver aparecer a Carl, dejó escapar una pequeña exclamación.
A pesar de que el asistente intentó detenerlo, avanzó de una sola zancada, tomó la mano de Carl y besó el dorso.
—Hoy luces magnífico.
Carl fue el primero en expresar su admiración.
Adrian sonrió ligeramente y respondió:
—Tú luces aún mejor.
Pensando que la ropa elegante realmente hacía al hombre, Carl Lindbergh se rascó apenas la mano que le cosquilleaba.
La pesada presión que lo había estado inquietando desapareció en cuanto vio a Adrian y percibió su aroma.
El efecto de las feromonas es realmente asombroso.
Al ver a Carl aspirar discretamente su aroma, Adrian soltó una risa un poco más clara.
A través de la pequeña ventana que daba al jardín, podía verse el jardín en plena floración.
Carl pensó que quizá habían construido un gran invernadero allí para hacer florecer las flores en invierno, pero al parecer habían usado magia para hacer brotar solo algunas. Por eso los invitados llevaban abrigos y capas para soportar el aire frío.
—Olvidé el orden de la ceremonia.
Todos eran invitados distinguidos, y la voz de Carl tembló al preguntarse si realmente estaba bien dejarlos afuera con aquel frío helado.
—Está bien. Solo haz lo que te indiquen los asistentes.
Cuando Adrian le guiñó un ojo, un asistente a su lado añadió:
—Así es. Nosotros nos encargaremos de todo, así que usted solo debe caminar bien y responder bien.
—Me preocupa cometer un error básico…
Esperaba no tropezar y caerse.
Ante las palabras casi murmuradas de Carl, las personas presentes en la sala contuvieron la risa.
El maestro de ceremonias encargado de toda la ceremonia, las dos doncellas que atendían a Adrian, los asistentes e incluso los guardias asignados a la seguridad.
Todos, excepto Marco, encontraron adorable la ingenuidad del príncipe.
Por supuesto, no lo demostraron, pues si el príncipe heredero se daba cuenta, tendrían que soportar una inspección innecesaria.
—¿Entonces debería cargarte hasta allí si llega a pasar?
—Eso sería aún peor.
El príncipe rechazó tajantemente la propuesta de Adrian, que estaba claramente llena de deseos personales.
No quería que corriera el rumor de que la futura emperatriz había sido cargada hasta una reunión de dignatarios nacionales y extranjeros.
Como ninguno de los dos sabía que el emperador ya había causado una conmoción al cargar a la emperatriz hasta el evento, Adrian solo se humedeció los labios con arrepentimiento.
Entonces, el maestro de ceremonias miró hacia afuera.
Cuando los invitados ya estuvieron más o menos acomodados, la orquesta, que se había trasladado al exterior, comenzó a interpretar una melodía tranquila.
—Ahora, tómense de la mano. Cuando la puerta se abra, caminen lentamente hacia el Sumo Sacerdote.
Glup.
Carl, que intentaba humedecer con saliva su garganta ardiente, y Adrian, que pensó que aquel era el momento perfecto y tomó rápidamente su mano, se colocaron uno al lado del otro frente a la puerta.
—Eh… ¿hasta dónde debo avanzar antes de detenerme?
Ah.
Uno de los grandes dilemas de Carl Lindbergh.
¿Debía detenerse justo frente al Sumo Sacerdote o a una distancia prudente?
—Ejem. Puede detenerse cuando la música se detenga.
Ante las palabras del maestro de ceremonias, Carl pareció aliviado y se llevó una mano al pecho.
Todos los que lo vieron apretaron los dientes.
Era el primer gran evento después de la boda del emperador y la coronación del príncipe heredero.
El emperador detestaba el bullicio y, como el compromiso se había organizado después de casi un año sin celebraciones importantes, los funcionarios a cargo de la ceremonia estaban con los nervios de punta.
Sin embargo, el príncipe nervioso, curioso por cada detalle, terminó relajándolos.
Normalmente, una ceremonia de compromiso era tan estresante que podía hacer perder el cabello a cualquiera, debido a la intervención de los implicados en absolutamente todo: desde los arreglos florales hasta la distribución de las mesas.
Pensaron que la emperatriz Theresa, de carácter sencillo, y el príncipe Carl Lindbergh, igual de sencillo en ese sentido, encajaban bien con su señor.
Por el contrario, precisamente porque su señor era tan indiferente, todos apretaban los puños, ardiendo con el objetivo de crear un evento que no menoscabara la dignidad del imperio.
Carl Lindbergh, por su parte, miraba fijamente la puerta justo antes de que se abriera, con los ojos muy abiertos.
Este es el compromiso del único príncipe heredero del imperio. Si me caigo y hago el ridículo, Lindbergh quedará en vergüenza. Eso no puede pasar.
No se trataba solo de no caerse.
También debía evitar trabarse al hablar y mostrar una postura digna de la futura pareja del príncipe heredero.
Carl enderezó la espalda.
—Príncipe, sea fuerte.
Marco susurró en voz baja desde atrás.
El asistente que miraba por la ventana entreabrió apenas la puerta.
—Cuando la puerta esté completamente abierta, pueden entrar despacio.
Carl y Adrian se miraron a los ojos y se tomaron de la mano con fuerza al mismo tiempo.
Afuera, el encargado de la procesión anunció con voz potente:
—¡Su Alteza el príncipe heredero Adrian Heineken y Su Alteza el príncipe Carl Lindbergh hacen su entrada!
La puerta se abrió de par en par y los dos salieron.
Adrian sujetaba con firmeza la mano de Carl Lindbergh, fría como el hielo.
Y cuando Carl comenzó a caminar moviendo al mismo tiempo el pie izquierdo, la mano izquierda, el pie derecho y la mano derecha, Adrian contuvo la risa.
Una pequeña sonrisa se extendió entre los nobles, y la princesa Leia, que estaba de pie a solo unos pasos, se llevó una mano a la frente con impotencia. Sin embargo, al ver la expresión sonriente de Carl, las comisuras de sus labios temblaron con diversión.
Sus mejillas, ligeramente enrojecidas por el viento frío, se veían adorables con aquel tono rosado.
—Relájate. Solo es una ceremonia de compromiso.
Adrian susurró suavemente al oído de Carl, asegurándose de que solo él pudiera escucharlo.
—¿Cómo podría hacerlo?
Carl respondió sin siquiera mirarlo, concentrado únicamente en el edificio nuevo, completamente blanco, que se alzaba frente a ellos.
—¿Incluso cuando soy el único ante quien necesitas lucir bien?
Adrian murmuró:
—Aunque entraras dando volteretas, aquí nadie te criticaría.
Carl soltó una pequeña risa ante aquella broma.
—Di algo con sentido. Tenemos que mantener la dignidad de la familia real.
Aquella idea de que solo necesitaba lucir bien ante él era absurda.
Pero gracias a eso, se sintió un poco más relajado.
La distancia frente a él parecía medir cien metros.
Justo cuando la punta de su nariz empezaba a sentirse helada, Carl quedó frente al sacerdote y vio el rostro del sagrado Sumo Sacerdote resplandeciendo como si tuviera un halo. Entonces comprendió que la autora de aquella novela tenía una fuerte tendencia hacia lo sensual.
Es increíblemente apuesto.
El alto sacerdote, con un sombrero elevado y una túnica blanca, era hermoso como un lirio blanco.
Carl se sintió avergonzado de sí mismo por haber imaginado al sacerdote como alguien con una enorme cabellera blanca, dado el aire solemne de tan notable personaje.
El rostro de Adrian era innegablemente cautivador, incluso después de verlo cien veces, pero Carl siempre había pensado que era porque recibía el beneficio de ser protagonista.
¿Alguien que solo aparece una o dos veces en la historia podía ser así de apuesto?
—Ambos, por favor, extiendan sus manos aquí.
Cuando la música se detuvo, los dos extendieron las manos y las colocaron sobre la escritura sagrada que sostenía el sacerdote.
Cuando el Sumo Sacerdote puso su mano sobre las de ellos, todos los presentes en aquel lugar pudieron percibir brevemente una exquisita mezcla de flores y hierbas.
Se escucharon suaves suspiros desde varios puntos.
Carl Lindbergh también olió sus propias feromonas por primera vez.
Al pensar que todos los días emanaba una fragancia tan indescriptible y sutil, su rostro se tiñó de vergüenza.
—Hacía mucho tiempo que no sentía feromonas tan compatibles.
Cuando el Sumo Sacerdote sonrió con radiante alegría, Carl Lindbergh no pudo evitar sonreír también. Como resultado, la mirada primaveral de Adrian se enfrió de inmediato como la escarcha.
Glenn, sentado junto a la emperatriz en la terraza del piso superior, ambos cubiertos con gruesos abrigos, soltó una risa baja.
Theresa acarició su vientre abultado y miró de reojo a su esposo.
—¿Te estás riendo?
Era la ceremonia de compromiso de su preciado hijo.
Glenn no solo había organizado el compromiso sin decirle una sola palabra a Theresa, sino que además la había avergonzado delante de los nobles al besarle descaradamente la mejilla.
—Es divertido, ¿no?
Aliviada por aquel beso ligero como una pluma, Theresa se recostó contra el hombro de Glenn y miró hacia abajo, preguntándose qué le parecía tan divertido.
—La expresión que pusiste cuando viste al Sumo Sacerdote por primera vez… el príncipe está poniendo exactamente la misma.
Y Adrian está poniendo la misma expresión que puse yo en aquel entonces.
Theresa alternó la mirada entre la expresión disgustada de Adrian y el rostro enrojecido de Carl, arrugó ligeramente la nariz y dijo:
—No se puede evitar. Yo tampoco sabía que había vivido casi cien años.
Nota: “Maestro de ceremonias” se usa aquí para traducir el cargo encargado del protocolo y la organización de la ceremonia.